La Vida en el Mundo Espiritual

LA MUERTE ¿NOS CAMBIA?

En cuántas ocasiones nos hemos cuestionado cómo será la vida en el Mundo Espiritual. ¿Podemos tan siquiera imaginarnos cómo será la existencia en ese nuevo mundo que nos resulta desconocido? Cuando muramos ¿dónde despertaremos? ¿Cielo, Infierno, Purgatorio? ¿Cuáles serán las condiciones en esos lugares? ¿Cómo sucederá? ¿Con quién nos encontraremos? ¿Cómo será nuestra forma de vida allí? ¿Y qué ocurrirá a partir de entonces? ¿Seremos iguales? ¿Cambiaremos? Son tantos y tantos los interrogantes que nos asaltan que nos quedamos en un mar de dudas.

¿Existen repuestas para todo este género de dudas? Y ¿dónde podemos encontrarlas?

El espíritu, al que también podríamos denominar nuestro yo superior o alma, es siempre el mismo, y aunque suele ocupar distintas personalidades a lo largo de sus innumerables existencias, tiene en su origen la misma y única esencia espiritual, es decir, es en todo momento el mismo ser.

Estar viviendo dentro de un cuerpo físico o fuera de él, no nos cambia en absoluto la forma de pensar y sentir. El cuerpo físico del que nos valemos para manifestarnos en el planeta es solo un instrumento, una herramienta de trabajo adaptada al entorno que nos rodea, es el traje que permite al buceador moverse en su elemento para, una vez finalizada la jornada, aparcarlo. El hecho de llevar o no esa indumentaria temporal no cambia los pensamientos e ideas, ni nos hace mejores o peores, pues íntimamente todo continúa igual.

Llegados aquí, quienes tienen nociones sobre las relaciones entre encarnados y desencarnados; o como dirían otros, entre vivos y muertos, ya deben ser conscientes de que el cuerpo físico es apenas una máquina adaptada a su entorno.

Como chispas divinas creadas por Dios a su imagen y semejanza espiritual, somos todos únicos e irrepetibles, diferentes entre sí, pues la suma de las peculiaridades y el bagaje de las experiencias acrisoladas nos convierten en seres absolutamente diferentes. Cada ser es una crisálida divina trasladándose a lo largo del tiempo y del espacio, aprendiendo encarnación tras encarnación, buscando la sabiduría a través de experiencias y luchando por acercarse, poco a poco, a su origen, a su Creador. Las diferentes vidas o reencarnaciones sirven para atesorar nuevas experiencias y completar aquellas que quedaron a medias. Evidentemente, repetiremos las pruebas no completadas, y algunas más a título de prueba o como expiación por los errores cometidos en el tránsito existencial. Es el medio para demostrar haber aprovechado las lecciones y desarrollado los valores internos que como seres espirituales poseemos.

Podemos encarnar en innumerables planetas; planetas que se ajustarán a las necesidades evolutivas y a la situación específica de cada persona. Usaremos indistintamente un cuerpo de hombre o de mujer, según sean las necesidades de aprendizaje, siempre en función de los valores y objetivos buscados (no olvidemos que el espíritu no tiene sexo); pues cada condición, masculina o femenina, lleva implícitos unos valores claramente diferenciados que potencian valores concretos del ser. Es decir, a lo largo de nuestra andadura existencial utilizaremos indistintamente un cuerpo masculino o femenino, siempre a tenor de las necesidades evolutivas. Extraeremos las virtudes y cualidades del ego superior aprendiendo con las diferentes situaciones que la existencia propicia: la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, el poder y la miseria, la belleza y la fealdad, y toda suerte de condiciones humanas. Y, dejando atrás el lastre que suponen las debilidades e imperfecciones, podremos superar nuestra triste condición de cuasi-humanos en lucha por la superación personal.

Pero en todas y cada una de estas fases el espíritu es siempre el mismo, aunque animando personalidades cambiantes. Debemos tomar consciencia de que la individualidad es única e intransferible; que se enriquece, se eleva, que amplía horizontes y fuerza espiritual, que adquiere mayor fe y amor, que crece en una mayor esperanza y deseo de progreso, que se supera constantemente buscando la mayor dicha, la paz, la felicidad. Con este trabajo subiremos en la escalera de Jacob, la escala evolutiva de los mundos, mundos físicos en la actual etapa y mundos espirituales en el futuro. Únicamente se nos exige luchar; luchar vida tras vida, prueba tras prueba y expiación tras expiación.

Que la evolución es lenta, que actúa sin saltos, ¡es cierto! Pero podemos progresar, más o menos rápido, dependiendo siempre del uso adecuado de nuestro libre albedrío. Cuando llega el acto natural de la muerte, cuando abandonamos el cuerpo físico, nada cambia interiormente, no sufrimos transformación personal alguna, solo nos llevamos aquello que podemos transportar, nuestros actos y experiencias. Actos que han quedado grabados a fuego en la conciencia y experiencias que se añaden al bagaje del alma: emociones, gustos, inclinaciones, virtudes y defectos. ¡Esa y no otra es la herencia! Y con esta maleta partimos al mundo espiritual, equipaje que guarda nuestras únicas pertenencias.

Y cuando llegamos allí comprobamos, con gran sorpresa, que seguimos siendo las mismas personas, que sentimos y pensamos exactamente igual, y que debemos someternos al juicio implacable de nuestra propia conciencia; juicio que determinará si nuestras acciones fueron equívocas o acertadas, qué hicimos a medias o qué dejamos sin hacer. El mundo espiritual es tan real o más que éste, allí no hay posibilidad de engañar, todo queda a la vista de los demás, no existen caretas que ponerse y ocuparemos inapelablemente el lugar que merezcamos en base a nuestros propios actos y evolución. No existen enchufes, atajos ni excusas. Las Leyes Universales imponen sus condiciones y dejan ver nuestra realidad espiritual, la única que sobrevive al cuerpo físico. Nada que discutir, nada que reclamar, quedamos a merced de la justicia de nuestra propia conciencia. Veremos pasar nuestra existencia y seremos nuestros propios jueces y árbitros; entonces habrá llegado el momento de asumir los equívocos y aceptar la responsabilidad de nuestros actos, recibiendo la justa corrección y las expiaciones necesarias para seguir progresando.

Nacer, morir, renacer, progresar siempre, tal es la ley.

Allan Kardec.

Esta es la diferencia que distingue a quienes, una vez aprovechadas las lecciones, regresan al Hogar Espiritual: Comprenden lo transitorio de la vida en la Tierra y se dejan ayudar por los sus colaboradores desencarnados. Asumen que ya no les queda nada por hacer en el mundo físico y solicitan aprovechar la fuerza que reciben de la Naturaleza para subir un peldaño más en su camino y seguir adelante con su destino; estudiando, aprendiendo de todas las vicisitudes acumuladas en su recorrido por la Tierra.

Con la colaboración de los trabajadores desencarnados recibimos la dádiva de asimilar las razones de los principales acontecimientos de esa vida recién concluida. Concienciados del momento evolutivo en que nos encontramos, disfrutamos de los aciertos y experiencias positivas, y sufrimos y nos acongojamos de las malas acciones y de todo aquello que pudimos hacer y no concluimos, lamentando los errores y daños causados a nuestros iguales. Todo daño queda anotado en el Libro de la Vida y pendiente de futura reparación, y para ello, llegado el momento oportuno recibiremos una nueva oportunidad para encarnar. Esta espera resulta imperativa, pues las necesidades son muchas y las disponibilidades de cuerpos humanos, pocas. No debemos olvidar que existen, aproximadamente, cuatro seres en espera de un cuerpo físico por cada uno utilizado en el planeta.

Identificarse como seres en evolución, mitigar defectos, pulir errores, retomar la senda del progreso y planificar una nueva encarnación es el camino que eligen los seres que desean superar los ambientes humanos en búsqueda de la luz, luz que no es otra que el conocimiento y la responsabilidad.

Pugnando en dirección contraria se encuentran los reacios al progreso, los orgullosos y egoístas, los fatuos y engreídos, los pagados de sí mismos, los soberbios, los imantados a vicios y bienes materiales; todos aquellos que se resisten a admitir sus errores y aceptar que son hijos de un mismo Dios, de un mismo padre, que son eternos y responsables de sus actos, y que apoyándose en su soberbia rechazan cualquier ayuda, se enredan en sus vicios e inclinaciones materiales, incrementan sus miserias morales y van degradándose cada vez más, aumentando las deudas kármicas y enfangándose en las tendencias degradantes de la materia, con desprecio a los valores del espíritu. Para estos llegará el crujir de dientes, afirmó el Maestro Jesús.

Solo existen dos opciones: adelantar o estancarse, luz u oscuridad, cielo o infierno; en cualquier caso, todos son estados de conciencia libremente elegidos. El cielo y el infierno que nos predican las religiones no existe como tal; cielo o infierno son estados de la propia conciencia, estados a imagen y semejanza de los pensamientos y sentimientos íntimos con los que vibramos.

El acto de fallecer y volver al plano espiritual será el catalizador que ayude a entender las circunstancias de lo vivido en la tierra; el catalizador que nos predispondrá a un cambio de actitud, a vislumbrar el porvenir y a aceptar las consecuencias de nuestras acciones durante esa vida ya finalizada. No obstante nada cambia, seguiremos siendo lo que éramos, pero la espada de Damocles penderá sobre nosotros exigiendo un cambio, un nuevo reto en nuestra condición espiritual, forzando el proceso metamórfico que nos convierta en seres angélicos, conscientes de su participación en la construcción del Universo.

 

La muerte ¿Nos cambia? por: Fermín Hernández Hernández
© 2017 Amor, paz y caridad

 

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