Perfección Moral

EL HOMBRE Y SU FALTA DE AMOR

El amor al prójimo ha estado siempre presente dentro de todas las filosofías y religiones a lo largo de la historia de la humanidad, pero no así el amor y respeto por uno mismo, que apenas ha sido motivo de consideración.

El hombre tiene necesidad de auto-valoración y respeto; esta es una premisa esencial en su existencia. Si no llega a ser feliz, si no está a gusto con lo que hace, si la vida que experimenta no le causa felicidad; difícilmente conseguirá encontrar la predisposición para compartir sus experiencias con otras personas y valorar su contacto. Esa actitud le estará llevando hacia un gran vacío interior, a veces tan profundo, que le desorientará y sumergirá en el lado destructor de la vida.

Al encontrarse inmerso en ese gran vacío interior, sus inclinaciones naturales estarán desviando su esfuerzo hacia el ego interior; le estarán forzando a dar preponderancia a esa fuerza primaria que es el egoísmo ancestral, el verdadero motor del hombre y el motor que le ha venido guiando a lo largo de la historia. Es la causa primera de su condición. El hombre sigue siendo enemigo del hombre, su mayor competidor y su propio depredador, justo todo lo contrario de lo que debería ser y que por ley le correspondería: un ser social enfocado a la amistad, a las relaciones, a la colaboración y al compañerismo.

La ausencia de amor que esta sociedad sufre es consecuencia de ese egoísmo e ignorancia ancestrales; ignorancia sobre las verdades y leyes que dirigen y condicionan la existencia. No es que el hombre viva inmerso en la maldad, pero ese sentimiento egoísta se ha instalado como un virus, como una enfermedad contagiosa de la que nadie consigue escapar y que ha llegado a convencer a la sociedad que es la única forma de coexistir y ha empujado al individuo a sobrevivir y desarrollarse ajeno a la vida de las demás personas.

Pero nada más lejos de la realidad; el ser humano es un ente social por definición, un ser incapaz de sobrevivir en soledad y que necesita compartir sus experiencias con los iguales. Por su propia naturaleza, y a pesar de las influencias sociales, las personas no son extrañas en sí, muy al contrario, están hermanadas y comparten la misión de edificar un mundo nuevo cuya base sea la ausencia de egoísmo. Y al igual que ese egoísmo se encuentra hoy arraigado en la sociedad, cuando el hombre finalmente llegue a conocer y compartir su destino común, conseguirá hacer desaparecer esa lacra social.

Puede parecer contradictorio que por un lado insistamos que la historia de la humanidad se fundamenta en el egoísmo, que ésta haya sido la única forma de convivencia entre los hombres, mientras que todos los grandes logros se han conseguido gracias a la convivencia. Esto hecho nos obliga a replantear posiciones ¿qué habría sucedido si en lugar de dominar el egoísmo como norma de subsistencia, se hubiesen establecido la solidaridad, el altruismo, la caridad y el amor? ¿La evolución de esa humanidad habría sido diferente? ¡Sin duda alguna! La convivencia habría sido una realidad, y la paz, la armonía y la fraternidad serían las notas dominantes.

El hombre ha venido arrastrando demasiado tiempo su primitivismo ancestral; se ha descolgado del carro de la evolución y no ha sabido modificar los derroteros. Esto le ha llevado hasta las críticas y deplorables condiciones actuales. Las personas conviven en medio de guerras fratricidas, dónde todo se destruye, dónde todo queda inmerso en la miseria y el dolor, y donde el hambre pasa a dominar a millones de inocentes. El ser humano crea y convive en la injusticia, ha perdido la caridad hacia sus semejantes; ¡Tal parece que se ha inmunizado a golpes de cotidianidad!

El individuo se preocupa únicamente por él mismo, pero ¿puede ser feliz en estas condiciones? ¿Puede disfrutar de la vida en medio de tanto egoísmo? ¿Puede vivir en ausencia de solidaridad?

Resulta por ello determinante conseguir hermanar a las personas, pero comenzando siempre por uno mismo. El hombre necesita ser feliz, alcanzar su auto-estima y plenitud.

Existe una fuente de felicidad muy cercana, que está dentro del propio individuo, es él mismo.

Si el hombre no consigue su auto-satisfacción, su plenitud, difícilmente podrá transmitir esa felicidad a los demás. Para colmar ese vacío que le impide tomar conciencia de la realidad, le resulta imperativo, primero: asumir que la felicidad depende exclusivamente del propio individuo y no de factores externos, y segundo: no poner límites a la búsqueda interior.

El hombre no alcanza la felicidad por lo que posee, sino por lo que es. 

Pero si puede trazar metas y objetivos a corto plazo, objetivos alcanzables que le permitan aumentar su propia autoestima y asimilar que si esos objetivos son alcanzables, se pueden conseguir otros más lejanos. Lo relevante es comprender que la felicidad está en las propias manos del individuo, que esa felicidad depende de él mismo, que puede construirla con su propio esfuerzo y superación, sustituyendo los logros materiales por los valores internos. Y esos valores le fortalecerán, llenando su vida de nuevos estímulos. Entenderá que su destino no depende del mundo exterior, sino de su propio trabajo ¡Habrá tanto por hacer, tantas ilusiones que alcanzar, que faltarán horas al día!

Mientras tanto, el descanso es necesario: poder disfrutar de aficiones, practicar deporte, expansionarse, relajarse; hacer en suma, todas aquellas actividades que resultan gratificantes al hombre. Pero no se debe confundir el descanso y el ocio con la verdadera felicidad y el estado interno de paz y plenitud, pues únicamente ese estado de plenitud puede dar sentido a la vida. Muy al contrario, los extremismos, los apasionamientos, el materialismo y la dependencia de vicios y pasiones arrastran al individuo a la vorágine de los sentidos, a los desequilibrios internos, a las frustraciones y a la depresión.

La dicha es un deseo que nace de lo íntimo del ser, es una fuerza interna que impele al individuo a la búsqueda de la felicidad, para, una vez conseguida, transmitirla a los demás. Es la fuerza de vivir, el deseo de construir, de realizar y realizarse. Pero en el anverso de la moneda encontraremos todo lo material, todo aquello que no se puede atesorar, las conquista efímeras, los usufructos temporales. Es por ello muy necesario saber reconocer las diferencias, pues de no hacerlo, los errores se prodigarán, el tiempo se habrá perdido inútilmente, y las deudas acumuladas terminarán pagándose más pronto o más tarde.

Esta vigilancia es posiblemente el trabajo más arduo del ser humano, o mejor dicho, del ser espiritual en evolución que es. Es un sentimiento que lleva inmanente dentro de su propia naturaleza, es la herramienta para su auto-realización. El ser evolutivo inicia su andadura, su camino hacia la perfección, hacia la sabiduría y la grandeza, partiendo de la ignorancia, de la inocencia y la sencillez, pero nunca se encuentra solo, está siempre acompañado con todas las virtudes de su espíritu inmortal que irán manifestándose a lo largo de su evolución.

Esta es la premisa, saber reconocerse como un ser eterno, como un depositario de los tesoros que la deidad, Dios Padre Creador confía a todo ser cuando emprende el camino de su auto-superación. Mientras el hombre no llegue a comprender esta gran verdad, mientras no busque en esa dirección, seguirá vacío, viviendo en la confusión y desviándose constantemente de su ruta, sometido a las atracciones del mundo material, al artificio que le rodea y que termina corrompiéndole.

La ausencia de amor comienza con uno mismo, comienza por el hecho de no valorarse, por el hecho de no buscar las metas y objetivos espirituales; es la causa de la falta de hermandad entre los hombres y de la constante deriva del individuo. Por muchos avances tecnológicos y materiales que se alcancen, estos apenas repercutirán en el adelanto espiritual del individuo, porque la mayoría de los seres viven enfocados hacia las cosas materiales, dejando de lado la búsqueda del beneficio común.

El egoísmo ha arraigado profundamente en la sociedad, ha dejado de ser una inclinación personal para convertirse en parte integrante de la sociedad; se ha instalado en el tejido y mentalidad colectivos.

Pero no nos llamemos a engaño, esta situación debe combatirse, comenzando por el propio individuo, por su propio auto-conocimiento, por averiguar cuál es su destino y el motivo de su presencia en la vida; en suma, saber hacia dónde se dirige. El individuo debe preocuparse por el presente, para así, construir el futuro.

De no resolver este grave error, la humanidad seguirá manteniendo esa falta de amor entre sus componentes, seguirá escapando de los problemas ajenos y viendo alejarse esa felicidad que tanto desea.

Es por tanto imprescindible la lucha contra el egoísmo, la enfermedad del individuo actual; individuo que ha quedado aprisionado en sus comodidades, que no ha entendido aún que forma parte de un todo, que necesita superar su egocentrismo, que necesita superar su necesidad de ser primero yo, después yo y siempre yo; superar a ese ser ignorante de su participación en el concierto universal. El hombre, en su afán de pensar y vivir sólo para sí mismo, está destruyendo las relaciones sociales, aislándose de su entorno, quedándose sólo y privado de la alegría de vivir en la compañía de sus semejantes. El egoísmo en todas sus variantes de amor propio, codicia, ambición, egocentrismo, afán de dominio, crueldad y demás manifestaciones, es el acicate que le conduce al hastío y a la soledad, a la infelicidad, al sufrimiento y al despertar doloroso en el más allá cuando, concluida su vida física, sus huesos terminen en la tumba y él, perdido en el umbral.

El egoísmo es ciego, desconfiado, irreflexivo, imprudente y vanidoso, conduce a la envidia y a la desesperación, destruye la salud del cuerpo y de la mente, aleja al individuo de su camino hacia Dios y le revuelve contra sí mismo, al punto de cerrar las puertas de su conciencia y con ello, su propia felicidad.

Nunca encontraremos a una persona egoísta que pueda vivir plácidamente, muy al contrario, la veremos siempre apesadumbrada y con la necesidad de luchar constantemente contra algo o alguien; no conseguirá el descanso ni la paz que anhela, pues siempre le faltará algo, estará buscando una felicidad que no existe.

 

Fermín Hernández Hernández

©2017, Amor, Paz y Caridad

 

En la economía del amor hay que dar más de lo que se posee. Hay que darse a sí mismo.

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