Perfección Moral

MUCHO QUE MEJORAR

(*) “Para que el mundo sea habitable para el hombre”

Habitualmente, el hombre persigue los valores humanos, los estudia, los desarrolla y profundiza sobre sus características y virtudes, pero olvidando, sistemáticamente, comprender los mecanismos de la personalidad, sus defectos e imperfecciones. ¡Qué útil sería llegar a conocer los detonantes de las actos en las personas! No obstante, para poder hacerlo es necesario estudiar la naturaleza de esos defectos: ¿cómo se manifiestan?, ¿de dónde proceden?, ¿el porqué del egoísmo?, etc. etc.

Es importante centrarse en este asunto y comprobar cómo acompañan las imperfecciones el interior de las personas, pues el objeto de la vida humana es, en esencia, el progreso espiritual; y las imperfecciones, los impedimentos del progreso. Flaco favor se hacen quienes evitan el trabajo de autoconocimiento en la búsqueda de las imperfecciones.

Una vez detectadas esas imperfecciones, sería muy conveniente poder eliminarlas, arrancarlas de raíz y transmutar sus valores. Transmutarlos utilizando la caridad, el altruismo, la bondad, y todo acto en favor de los semejantes, desarraigando así el egoísmo, el mayor defecto y causa primera de todos los males humanos. No existen los milagros, nada es gratuito, es imperativo trabajar duramente, en aras de los valores humanos y en el desarrollo del yo superior. De poco o nada sirven las habilidades personales, el intelecto, la capacidad de trabajo o la voluntad, si no existiera un trabajo interior. La moralidad es siempre el timón hacia el puerto seguro, y el amor, la brújula hacia el norte.

(*) Al igual que las plantas necesitan el sol para convertirse en flores, el individuo necesita el amor para convertirse en hombre.

En este pequeño planeta existen lugares de los que resulta muy difícil salir, lugares resultado de la falta de concienciación y la nula responsabilidad de las industrias, dirigidas por el egoísmo y el materialismo embrutecedor. Por mencionar algunos ejemplos, diremos:

La contaminación es un callejón sin salida.

La mayor parte de la industria obvió los desechos que producía. Las comodidades que genera están causando deterioros y daños irreparables en el entorno, daños de tal magnitud, que desconocemos en qué situación quedará el planeta dentro de unos pocos años. Las nuevas generaciones encontrarán desiertos, vertederos y escasez de recursos naturales, producto de la falta de reacción de la humanidad y la falta de una concienciación general ante esta carrera al abismo.

La violencia es el pan nuestro de cada día.

Esta civilización se está habituando a convivir, cada vez más frecuentemente, con atentados terroristas y hombres y mujeres convertidos en bombas humanas; personas que movidas por la ignorancia y el fanatismo se auto-inmolan para causar destrucción y muerte; daños, generalmente, sobre personas inocentes que subsisten en la lucha diaria por la supervivencia. Su único pecado, pertenecer a una fe religiosa diferente a la de sus verdugos, vivir en occidente o en un país infiel; en suma, por ser diferente, pero ¿buscando qué?

Se ha perdido la paz y la convivencia, tu hermano es tu enemigo y se puede alzar contra ti en cualquier momento, sin conocerte; sin tan siquiera ver tu rostro, llega de otra parte del mundo y te destruye en nombre de su Dios. ¿En nombre de qué Dios?

(*) Si odias a alguien, lo matarás con tu imaginación, con tus palabras, tus maldiciones y tus actos. Si amas a alguien le verás vivir y crecer, desarrollarse al calor de tu amistad.

La sociedad de consumo nos ha desvirtuado.

Según dicta la sociedad de consumo, nuestro único fin, es consumir; la estabilidad económica está basada en el consumo, y la felicidad en las posesiones y el consumo desaforado. Y cuantas más posesiones, mayor felicidad: hay que igualar o superar a los demás, ir siempre a los últimos dictados de la moda, conducir el último coche, tener una mejor casa y, sobre todo, despilfarrar lo más posible. Y cuanto más se despilfarra, mayores deudas se contraen y mayor necesidad de ingresos se genera. Es una creciente esclavitud hacia el trabajo. Pero la felicidad es efímera, se escapa, y muy pronto, lo conseguido ya no satisface, hay que ir a por más. ¡¡Mientras la búsqueda de la felicidad no se realice dentro del corazón, nunca se alcanzará la auténtica felicidad!!

Se nos ha privado de la libertad, porque el afán de posesiones esclaviza; se nos ha privado de las cosas sencillas, de las relaciones sanas y naturales, del disfrute de la familia y la amistad.

La codicia ha desmantelado las bases de la sociedad.

Ese algo que denominamos sociedad, ¿en qué se ha convertido? Todos unidos deberíamos ser capaces de conseguir que toda persona y todo hogar, sin excepción, pudiese vivir con los recursos necesarios para su crecimiento y desarrollo, acceso a una educación, a unos cuidados médicos y a una alimentación; en suma, a una vida digna. Sin embargo, unos pocos poseen demasiado, mientras otros poco o casi nada. ¡Sálvese quien pueda!

La sociedad es un campo de batalla, y la codicia y el egoísmo han minado las estructuras sociales. El hombre se ha convertido en enemigo del hombre; se ha convertido en su adversario, su competencia; debe superarle, vencerle y destruirle; el pobre trabaja para el rico, y el rico para que el pobre siga viviendo en la pobreza. El mensaje de amor del Maestro quedó lejos, olvidado.

(*) Occidente no anda falto de conocimientos, de técnicas, de habilidades; básicamente, está necesitado de amor.

Ya no somos personas, sino números.

El ser humano como hombre ya no existe, es apenas un número, una ficha, un currículum para usar y tirar, no importan sus necesidades, no importa para quién trabaje, si multinacionales o estados; debe sujetarse a unas estrictas normas, sin cuyo cumplimiento no les sirve. Te dicen que existen demasiadas personas como tú, y te dejan en la cuneta. Tu vecino te mira como un adversario, está en tu misma situación, piensa que cada uno debe buscarse la vida por su propia cuenta, y ocurre que en lugar de trabajar unidos, nos ponemos zancadillas. Si a ti te va mal, yo lo tendré mejor.

Dios no existe, está olvidado.

Cuánto ejemplo, cuánto mensaje, cuánto sacrificio y enseñanzas han quedado sin calar. Las miserias, las debilidades e imperfecciones humanas han nublado la conciencia; el hombre se ha apartado del camino del bien, del camino de rosas que decidió no caminar, y ahora lo está pagando caro y busca una vía que no existe. Se ha perdido el camino, la verdad y la vida que el Maestro mostró. Por mucho que se busque en otra dirección, jamás se encontrará. Debería bastar con su ejemplo y la reflexión y trabajo humilde hacia la regeneración moral. Solo entonces el hombre podrá sentir a Dios en su interior y rechazar la ignorancia y la mentira.

Todo lo que vemos a nuestro alrededor es banalidad.

Hemos olvidado nuestra esencia divina, aunque debemos tener siempre presente que somos una conciencia espiritual trabajando en un mundo perentorio y artificial. Y quien fundamente su vida sobre el mundo provisorio, está errando el camino. No somos máquinas cumpliendo un programa preestablecido, y no podemos privarnos del tiempo necesario para experimentar lo trascendente de la existencia. Y es que la civilización actual impide al individuo el uso del análisis y la razón; tan solo busca cubrir sus mínimas necesidades.

(*) La casa en que vivimos está afectada hasta los cimientos. De nada sirve reparar tejados, interiores o fachadas, resulta imperativo renovar los cimientos.

El hombre destruye al hombre.

No prevalece religión ni filosofía alguna, únicamente la ambición, la codicia y el afán de los poderosos, la industria y el comercio para controlar el poder, el dinero; lo denominan mercado, pero todos se ensangrientan las manos y nadie se considera responsable. Estamos en manos de unos pocos que se arrogan el derecho a decidir por todos, reciben un voto de confianza y se consideran los dueños del mundo, se olvidan de su condición de servidores, se olvidan de sus obligaciones, de sus congéneres; no preguntan ni cumplen su misión adecuadamente, no se paran a pensar si están caminando por la senda correcta. Y no lo hacen porque están centrados en llenar la cartera, la suya, la de sus amigos y la de su familia. Han de procurar que no les falte de nada. Es un método legal e inmoral de convertir a la sociedad en un rebaño de materialismo y ceguera moral.

Es por ello prioritario, conocer en que está fallando la sociedad y salir de esa espiral que nos arrastra. Como Juan Salvador Gaviota, es hora de volar libres, levantar el vuelo por nosotros mismos, trabajar en nuestra autoeducación y reforma íntima y afrontar la vida positivamente, transmitiendo buenas prácticas e ideas.

Es igualmente imperativo un análisis de todas aquellas situaciones que nos afectan pues, en mayor o menor medida, todos somos responsables de la civilización en que vivimos, la que hemos construido. Cuanto mejor comprendamos nuestro entorno, cómo convivir en él, cómo caminar por él, mejor podremos adoptar actitudes y comportamientos encaminados a liberar al hombre de esa corriente poderosa que es la sociedad; ente vivo que se deja manejar por los mercados y los políticos, y por encima de todo, por esos poderes invisibles que buscan manejarnos como muñecos de feria. Resulta pues imperativo, como digo, conocer por qué y para qué estamos aquí, ser nosotros mismos y luchar para huir de cualquier tipo de influencia perniciosa.

Debemos, por tanto, analizar los defectos y las imperfecciones que siguen dominando este planeta, y debemos comenzar por nosotros mismos. No busquemos cambiar a los demás, no es labor nuestra, seamos más autocríticos y responsables y ello redundará en una mayor felicidad interior.

 

Mucho que mejorar por: Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

(*) La cultura del corazón es la tarea más urgente para la salud espiritual del hombre y para la habitabilidad del mundo.

 

(*) NOTA: Las frases  destacadas con asterisco han sido extraídas de la obra: EL DERECHO AL AMOR, de Phill Bosmman

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