Perfección Moral

LA EDUCACIÓN AL SERVICIO DE LOS VALORES

Sin duda, el camino de la perfección va íntimamente ligado al de la educación; pero no a una educación basada en la memorización y la asimilación de conocimientos sobre el mundo físico, sino en una formación ético-moral que consiga mejorar al hombre mediante el conocimiento de sí mismo. Así, buscaremos una educación que ayude al hombre a comprender y respetar mejor a sus semejantes y a pulir debilidades e imperfecciones; aceptando que estas cualidades negativas le inducen a equivocarse en perjuicio de sí mismo y de sus iguales, dañando en paralelo, sus relaciones sociales y la consecución de los objetivos planificados.

En general, entendemos la educación como el método imprescindible para la formación académica del hombre desde muy tierna edad, (aunque sería deseable un constante aprendizaje sin la limitación de la edad) y siempre  buscando atesorar los conocimientos adecuados para progresar en el mundo civilizado. En la práctica, buscamos esa titulación académica que nos permita emanciparnos y alcanzar los suficientes recursos económicos que nos permitan conseguir la libertad; libertad que las más de las veces nos lleva a fundar la propia familia.

Si nos atenemos a la definición de la R.A.E. sobre la Educación, encontraremos:

1.- Proceso de socialización y aprendizaje encaminado al desarrollo intelectual y ético de una persona;

2.- Instrucción por medio de la acción docente;

3.- Cortesía, urbanidad.

Vemos que en su significado se recogen dos alternativas diferenciadas, que son: el conocimiento y el apartado ético-moral. Sin embargo, todos tenemos muy claro que el aspecto intelectual y la asimilación de conocimientos absorben la práctica totalidad del interés académico, con un lógico detrimento del aprendizaje ético-moral.

Todo está perfectamente planificado y estructurado para ofrecer al estudiante los mejores resultados: ¿Pero, ocurre así en el aspecto ético-moral? ¿Y quién se ocupa de este aprendizaje?

Evidentemente es una obligación primordial de los padres; es su más relevante proyección para con sus hijos. No compete pues, a docentes e Instituciones impartir una educación moral a niños y jóvenes, pues aunque colaboran en ello, sus limitaciones son muy grandes. Tristemente, la mayor parte de los padres sigue creyendo que este peso recae sobre las Instituciones y por ese motivo, hacen poco, o casi nada para ayudar en estos fines. Y es que los pensamientos e intenciones de la mayoría no caminan en esa dirección.

¿Porqué los padres no reciben las mismas facilidades que los docentes a la hora de educar a sus hijos?

Porque no se considera una prioridad para los dirigentes sociales, pues si realmente estuviesen interesados, del mismo modo que existe todo un engranaje y organizaciones dedicadas a potenciar los estudios académicos, también se habilitarían los recursos necesarios para la transmisión de una educación ético-moral. Esta es, sin duda, la asignatura pendiente en la formación del hombre y la labor más ardua a realizar por falta de la conveniente formación y preparación académico-moral. Si miramos atrás en el tiempo, comprobaremos que nunca ha existido una formación que preparase a los padres para su responsabilidad paterna. Tan solo la tradición familiar y los ejemplos de los antecesores han servido como piedra de unión y modelo educativo de una a otra generación. Y es que la vida de nuestros ancestros y sus circunstancias familiares han sido más y más penosas a medida que retrocedemos en el tiempo.

 

Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto”, Aristóteles

 

Sabias palabras de Aristóteles, el eminente filósofo griego. Se habla mucho de conciliar la vida profesional y familiar, sin embargo, esto no deja de ser una utopía en la sociedad actual, porque son demasiados los hogares que necesitan el trabajo de ambos progenitores, dado que un único salario resulta insuficiente para cubrir las necesidades económicas del grupo familiar. La sociedad está enfocada desde hace un tiempo a que ambos componentes se vean en la necesidad de trabajar para alcanzar el standard de vida deseado.

En consecuencia: ¿De qué tiempo disponen los padres para atender a sus hijos, escucharles, disfrutar con ellos y enseñarles todos aquellos valores que deben aprender en el seno del hogar y a través de sus propios consejos?

Las tendencias actuales nos demuestran que la mujer, la madre, tiene el mismo derecho al trabajo remunerado que el hombre, y lucha para realizarse personal y laboralmente, porque en ese desempeño puede conseguir la independencia económica y social que le permita tener las mismas oportunidades que el sexo masculino. Aun cuando el hombre aporte recursos suficientes para cubrir las necesidades familiares, la mujer, por pleno derecho, ha de trabajar; pues posee el mismo derecho a sentirse útil a la sociedad y de ocupar puestos de relevancia. Y estos condicionantes inciden en que la educación ético-moral de los hijos quede en un segundo plano.  

Podemos observar que las circunstancias se complican cada vez, un poco más, cuando buscamos ofrecer a los vástagos esa educación ético-moral, que tan bien definida queda en nuestro diccionario.

¿Deberíamos sentirnos en la obligación de retirar a nuestros hijos de sus estudios en escuelas y universidades?

Evidentemente NO, sería un auténtico desatino. Queda fuera de toda duda que nuestros hijos necesitan una correcta educación y un adecuado aprendizaje académico. Y ello nos lleva a plantear la siguiente duda:

¿Creemos que necesitan también una enseñanza ético-moral y que esta formación hoy es apremiante?

¿Si los padres únicamente disponemos de tiempo para trabajar, cómo va a resultarnos posible prestarles la dedicación y ayuda moral que por Ley natural necesitan? Llegando al hogar cansados después de las largas jornadas laborales, ¿Cómo vamos a sacar fuerzas y la lucidez necesarias para formarles?, ¿Cómo podremos aportarles el cariño que necesitan y corregir sus imperfecciones y defectos? Resulta triste observar que existen demasiados padres ignorantes de las necesidades reales de sus hijos…y muchos (demasiados) hijos que ignoran la realidad de sus padres; bien por ausencia de la dedicación necesaria o porque este es un problema arrastrado del pasado. Pensamos en innumerables ocasiones que dándoles caprichos o juguetes podemos cubrir el gran hueco producido por nuestra ausencia, pero…nuestra conciencia nos advierte de justo lo contrario. Y es evidente que hay algo que no funciona.

¿En general, porqué damos tanta importancia al aspecto intelectual y tan poca al aspecto ético-moral?

Posiblemente, porque de algún modo estemos equivocándonos. Quizás estemos errando en nuestra consideración de lo que representa la formación ético-moral para esta civilización, para su progreso y para el bien común, amén de todos los condicionantes que inciden en la paz, felicidad, fraternidad, justicia e igualdad de pueblos y personas. Hemos generado un desequilibrio en la formación humana y sus resultados son el caos y desorden reinantes en la Humanidad. Resulta evidente que apenas vislumbramos el verdadero significado del concepto “Educación”.

¿Qué indica al respecto el Libro de los Espíritus? (del egoísmo, ítem, nº 914): Conforme los hombres se van instruyendo en lo concerniente a las cosas espirituales, atribuyen menos valor a las de la materia. Además, es preciso reformar las instituciones humanas que mantienen el egoísmo y lo fomentan. Esto corresponde a la educación. 

En efecto, a causa de nuestro actual escaso grado evolutivo, todavía no le damos la justa relevancia al aspecto espiritual de la vida humana, y siendo como es la faceta más importante en el desarrollo de los seres, esta deficiencia ha llevado a esta Civilización a atravesar momentos duros y difíciles. La gran mayoría de las personas que habitan este planeta sobreviven dentro de carencias, necesidades, enfermedades e incertidumbres, y el hecho de superar cada nuevo día les supone un difícil reto.

Mientras la sociedad continúe ciega a las necesidades del espíritu, menospreciando los valores ético-morales y dando prioridad, por encima de todo, al conocimiento y al intelecto, seguiremos padeciendo entre barbarie y crímenes: situaciones que vemos reproducidas constantemente en los medios de comunicación social y más o menos cercanas a nuestros hogares: “Guerra, terrorismo, atentados, crisis, etc.” Tristemente, hemos olvidado los principios que deben regir nuestra andadura por la Tierra.

Al carecer el hombre de los elementos primordiales de su evolución: El desarrollo del alma, el conocimiento íntimo y la responsabilidad en el progreso del espíritu, la sociedad de la que participa, camina completamente desestabilizada, necesitada del ingrediente que la motive, la eterna búsqueda: quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Por muchos esfuerzos que hagamos para mejorar la vida en el terreno científico, tecnológico y legislativo, seguirá faltando siempre el principal elemento de progreso que es la educación del alma y la responsabilidad del propio progreso.

En modo alguno debemos limitar la educación de nuestros hijos, y de todo hombre, a los conocimientos físicos y materiales. Debemos incidir, responsablemente, en la enseñanza de los conocimientos espirituales, pues únicamente a través de ellos, podremos armonizar nuestra existencia. Y esta armonía, por afinidad, cambiará la sociedad a la que pertenecemos.

No solo debemos educar nuestro cerebro, nuestra mente inundándolos de conocimientos; resulta imprescindible también darle sentido a la vida, llenando corazón y alma con otro anhelo diferente, anhelo de crecimiento moral; porque la materia no puede satisfacer al corazón, ni facilitar el impulso que necesita nuestra alma para vivir con ilusión. El cuerpo físico es apenas un instrumento dirigido por los instintos que no conoce el objeto de su existencia, es como un caballo desbocado que intenta llevarnos al olvido de las motivaciones de nuestra venida al planeta, encarnados en un cuerpo físico. Resulta por tanto prioritario, educarla y dominarla para convertirla así, en un instrumento dócil del trabajo en la evolución personal. Los valores morales, la actitud, la sabiduría, el amor, la felicidad y el deseo de progreso son características inherentes al espíritu.  

Cada uno de nosotros puede y debe romper los férreos lazos que impone el cuerpo físico, manteniendo la firme determinación de participar del mundo real, el mundo del espíritu y conectar así con la conciencia superior, que nos permitirá ir descubriendo las motivaciones que nos han traído hasta aquí, y cuales los compromisos y valores a desarrollar. Si no aprovechamos el momento nos arriesgamos a perder esta existencia y las metas propuestas, alargando de ese modo nuestra evolución.

Tenemos una lucha pendiente, la de los viejos valores, aquellos valores que nos enseñan a participar en la cultura de esta civilización y que ha llevado al mundo hasta la situación actual: La industrialización, la tecnología, la competitividad, el materialismo, la ambición, las guerras, el dinero, el afán de protagonismo y la búsqueda del poder.

Estos valores ético-morales, valores del espíritu, representan una nueva concepción del mundo, donde cobran especial importancia los valores humanos, la fraternidad, la sencillez, la humildad y el dominio del orgullo. Una mente abierta nos acercará, poco a poco, cada vez más, a nuestro yo interior y nos ayudará a conseguir que este mundo sea una auténtica escuela donde prime la paz y el amor. Mientras no reconozcamos que el único enemigo es nuestro yo inferior, hasta tanto no logremos conquistarlo, nuestro mundo seguirá siendo el que es ahora, un mundo de imperfección y egoísmo.

 

Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

En el mundo hay dos clases de seres: los sabios y los ignorantes. Esta sabiduría es la que nos interesa. La religión que un hombre profesa, la raza a la que pertenece importa poco. Lo realmente importante es que los hombres conozcan el Plan Divino. Porque el plan de Dios es la Evolución. Una vez que el hombre lo reconoce, no puede sino identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo en él, porque es tan glorioso como bello. Así, conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por egoísmo.

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