Enfocando la actualidad

¿CREER O SABER?

“Fé razonada es aquella que puede mirar frente a frente a la razón en todas las épocas de la humanidad”

Allán Kardec

Traemos a colación esta frase de Kardec para resaltar la importancia de la fe en la vida humana. La fe entendida como fuerza motora de todas las realizaciones, físicas, psicológicas, espirituales, materiales, etc. Despojamos de ella la connotación religiosa de la fe irracional, ciega o fanática que asumen determinadas ideologías o religiones en sus postulados, impidiendo la crítica, la duda o el cuestionamiento más simple.

Cuando hablamos de fe, utilizamos la palabra en su acepción más importante, la de una fuerza interior del ser humano que le permite creer en sí mismo, en sus capacidades de progreso intelectual, cultural, científico, moral, etc. La fe en uno mismo es una poderosa herramienta que permite al ser humano enfrentar las dificultades y conseguir los objetivos de todo tipo que éste se propone.

Esta “creencia” en las posibilidades de uno mismo, tiene mucho que ver con la autoestima de la persona; lo que le permite superar los miedos que nuestro inconsciente trae de vez en cuando al plano consciente y que nos atenazan y nos inmovilizan para crecer, evolucionar o progresar en la vida.

Hablamos de creencia en uno mismo como un aspecto positivo que nos permite levantarnos después de los errores, retomar el camino a pesar de los obstáculos, enfrentar las pruebas que la vida nos presenta; no rendirnos nunca ante la adversidad si nuestro objetivo en la vida está claramente definido y aceptado.

Desde este aspecto, la creencia en uno mismo, o en una escala de valores culturales, educativos o religiosos que nuestra sociedad nos ha inculcado, forman parte de ese conglomerado de principios que todo ser humano posee en mayor o menor medida. Cuando estos principios no son analizados ni cuestionados, y simplemente se aceptan como únicos o verdaderos, cometemos el error de no discernir suficientemente, cayendo con frecuencia en la descalificación de aquel que es diferente, aquel o aquellos que por cultura o educación no tienen los mismos principios que nosotros o piensan de otra forma.

En esta actitud; si no somos capaces de dudar, cuestionar o replantearnos los valores y principios adquiridos por herencia, educación familiar o social, tradición o costumbres que son contrarias a la razón y al sentido común, caemos en el foso del prejuicio, el preconcepto, el dogmatismo y la inflexibilidad. Hay quien lleva esta actitud a extremos de auténtica violencia: nacionalismos, extremismos, sexismo, racismo, xenofobia, etc.. No son más que expresiones de la errónea interpretación de creer que somos diferentes; y  del orgullo exacerbado al pensar que solamente a nosotros nos asiste el exclusivismo de la verdad y la razón. A lo largo de la historia estas actitudes han sido el detonante de violencias, injusticias y millones de muertos en las guerras de religión, de raza superior, etc..

La creencia sin razón y sin sentido crítico supone una ceguera mental que nos lleva al fanatismo, la destrucción y la exclusión; viendo en los que piensan diferente sólo adversarios o enemigos. En vez de aceptar la diversidad, la riqueza de valores, principios y pensamientos de todos los seres humanos, comprendiendo que todos somos iguales y que nadie es diferente en su origen y naturaleza espiritual, nos obcecamos en dividir, fragmentar, separar y distinguir a unos de otros simplemente por lo que “creen, piensan o son”.

Esta es la parte negativa de la creencia; aquella que es ciega y no permite discernir ni usar un sentido crítico de la misma. Y no hablamos sólo de creencia religiosa, sino también de la creencia política, de raza, de nación, científica incluso. Este “exclusivismo” que se atribuyen algunos en cuanto a su “única visión del mundo y de la vida” no es más que el error propio de mentes obtusas; encerradas en la comodidad de principios que no se atreven a cuestionar por comodidad, fanatismo, orgullo intelectual o de raza o creencias ciegas a la razón y al sentido común.

“La mente es un paracaídas; sólo sirve si se abre”
Albert Einstein

La creencia no es un mal atributo, por la fuerza que otorga al hombre en sus realizaciones, pero en nuestra humilde opinión debe ir después de la sapiencia; primero saber, dudar, cuestionarse, discernir, abrir la mente, razonar y aplicar el sentido común; para después, una vez aceptados los principios que nos parecen justos y razonables, creer en ellos con convicción y fomentarlos con absoluta fortaleza y determinación.

Este razonamiento anterior es válido para la ciencia, la religión, la filosofía, la espiritualidad, etc. El comprender la realidad de la vida que nos rodea, cuestionar aquellos principios que por educación, cultura, tradición o herencia damos por sentados y que nos parecen ilógicos o incoherentes, es un ejercicio mental saludable que nos hace libres y nos ayuda a discernir. Por practicar esta actitud no atentamos contra nada ni contra nadie, sólo elevamos nuestra capacidad de pensar, de actuar acertadamente, de razonar y eliminar con valentía aquello que hemos recibido y que sin duda no es lo que nuestra razón y sentido común acepta como válido.

Por ello el conocimiento es luz, acaba con la ignorancia, desbroza los caminos de la superstición, del engaño, del fanatismo, de la irracionalidad de algunas creencias; y coloca al hombre en la cima del discernimiento, para que pueda, por sí mismo, libremente elegir el camino a recorrer en su vida, alejado de los condicionamientos sociales, culturales o religiosos que le impone la sociedad y la educación recibida.

Sólo así se es libre verdaderamente; pues la libertad de conciencia, de pensamiento y de actuación, la libertad de poder elegir, es el atributo más grande de Dios concedió al hombre para su evolución y progreso. Todo lo que cercena o intenta restringir esta cualidad en el hombre es sin duda equivocado y contrario a la naturaleza del ser humano.

La cuestión entre creer o saber se dilucida pues rápidamente; lo primero es comprender, desterrar la ignorancia, razonar, cuestionar, discernir y actuar; y la convicción sobre aquello que aceptamos como válido, se convierte entonces en creencia indestructible, fortaleza mayor, que ha superado los test de la duda, el razonamiento, y nos acerca a la verdad de la vida y del hombre.

En el terreno de lo espiritual, cuando se destierra la ignorancia, el fanatismo, los prejuicios y los preconceptos religiosos recibidos desde niños, se está en condiciones de comprender la verdad del alma, del espíritu de Dios y de sus leyes.

Cuando aplicamos la fe razonada, derivada de la convicción adquirida libremente en principios espirituales que nuestra conciencia y sentido común nos sanciona como válidos, estamos ya en condiciones de andar por nosotros mismos en el camino del progreso espiritual. Sin tutelas de ningún representante de Dios en la tierra, sin restricciones dogmáticas de religiones proselitistas con intereses espurios. Con el paso firme y seguro de la convicción personal que nos concede una conciencia clara, nítida y sin manchas, que no entorpezca nuestro camino de ascensión hacia la plenitud, encontrando así la llave de la felicidad.

Es a partir de ese momento cuando, ayudados por la instrucción que nos ofrece el conocimiento de la vida espiritual, abrigamos la esperanza de conquistar nuevos atributos de felicidad que descubrimos en nuestro interior; y que nos encaminan con la determinación inexpugnable, de aquel que va descubriendo día a día nuevos conceptos de verdad, a la consecución del objetivo mayor de la vida de todo ser humano: el crecimiento en el amor a través de la transformación moral.

¿Creer o saber? por:     Antonio LLedó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

“En el comienzo no se trata de creer, es preciso saber; para alcanzar la convicción que nos proporciona la fuerza de la fe razonada y que nos concede un progreso espiritual libremente aceptado mediante la transformación moral”

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