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REFLEXIÓN SOBRE LAS CREENCIAS

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Reflexión sobre las creencias

          Un día, leyendo un poema, al terminar alguien me dijo:

-Eres muy creyente.

-Sí –le contesté-, mas creo a mi manera. No soy practicante de ninguna religión; creo en la bondad; creo en la sinceridad, en la tolerancia, en la comprensión; en la verdadera caridad y en el Amor con mayúscula, verdadero.

            Para mí eso es ser creyente, porque en todos esos valores es donde está el verdadero Dios.

          Es triste reconocer que nos hemos olvidado de algunos de esos valores, abriendo inmenso abismo entre unos y otros.

          Estamos empeñados en querer demostrar que somos distintos: -Yo soy mejor que tú! -Mi raza es mejor que la tuya. –Mi sangre es azul… Cuando el ser que se cree distinto sangra, ¿acaso su sangre no es roja, como roja es en todos los demás?

          Nadie es distinto. Todos nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Y todos nacemos de la misma forma; crecemos igual; igual nos reproducimos y, variando las causas, la muerte nos sobreviene a todos. Somos distintos porque nos hemos empeñado en serlo.

          Nos hemos separado; hemos abierto ese abismo por medio de la raza, la religión, la política…

          Ahora, cuando el hombre ha conquistado grandes cotas de ciencia, de tecnología, etc., ha abierto aún más la brecha con las lenguas. Ha creado una nueva Babel en la que, poco a poco, vamos perdiendo la capacidad del diálogo, porque no nos entendemos. ¡Los idiomas! Ya no hay solo los idiomas que podríamos llamar naturales. Son los idiomas que queremos imponer en nuestra propia casa, esa casa que compartimos unos cuantos millones de seres, ubicada en un rinconcito de la casa común que es el planeta Tierra.

          Nunca seremos libres mientras seamos esclavos de nuestros propios errores; porque un error es pensar que podemos crear algo grande por separado, desunidos y atendiendo solo a nuestro egoísmo.

          Las grandes metas se alcanzan con el esfuerzo de todos; todos saldremos a flote si nos entendemos; de otra forma, nos precipitaremos más y más en el abismo.

          Nos cansamos de decir: Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Acaso dijo: -¿Menos a estos o aquellos? No, Él no lo dijo; y nosotros, inconscientes, le estamos enmendando la plana; nos empeñamos en querer ser distintos, pero ¿en qué? Orgullo y soberbia.

          Reflexionemos, pues. Mientras no erradiquemos esos terribles “pecados” –orgullo y soberbia- jamás seremos libres y seguiremos siendo esclavos de nosotros mismos.

            Dios nos creó a todos iguales, y Dios no se equivoca.

 

Reflexión sobre las creencias por:   Mª Luisa Escrich

AQUELLA NOCHE

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-¿Por qué no cuentas, mamá,

aquella historia tan linda

que cuando era pequeña

siempre solías contar?

 

-Escúchame atentamente:

no es una historia cualquiera;

ocurrió hace dos mil años

y aún no se borró su huella.

 

Era una noche muy fría;

hacía viento y nevaba;

nadie andaba por la calle;

estaba la calle helada.

 

Pero a pesar de aquel frío

y de la fría nevada,

se respiraba en la noche

una suave y dulce calma.

 

En un humilde portal

de una casa, allá en Judea,

mientras el pueblo dormía

vino a posarse una estrella.

 

Pasada la media noche

de aquel día veinticuatro

se produjo para el mundo

el más hermoso milagro.

 

Aquella noche de invierno

del mundo, todas las flores,

derramaban su perfume:

esencias de mil olores.

 

El céfiro acariciante

besaba su frente pura

y el olor de aquellas flores

le envolvían con ternura.

 

Aquella noche brillaba

mucho más pura la luna,

lanzando rayos de plata

iluminando la cuna

 

en donde vino a nacer,

enseña de amor profundo,

aquel que habría de ser

la luminaria del mundo.

 

¡Fue en el pueblo de Belem!

 

Mª Luisa Escrich.

REFLEXIÓN ACERCA DE LA REENCARNACIÓN

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Reflexión acerca de la reencarnación

Comentario de Hermes Trismegisto sobre la reencarnación:

“Estando así las cosas, ¡oh, Tat!, hemos gozado y gozaremos de lo que viene de Dios; pero de las cosas que vienen y crecen de nosotros, que tengan sus consecuencias.

          La causa de nuestros males no viene de Dios sino de nosotros, que las preferimos a los bienes.

          ¿Ves, hijito mío, cuántos cuerpos necesitamos atravesar a fin de que nos apresuremos hacia el Señor Uno y Único?”

          Cuatro mil años antes de Cristo, Hermes Trismegisto entiende la verdad acerca de la reencarnación y la necesidad de ella, a consecuencia de nuestras imperfecciones. Asimismo, advierte del inconveniente de la divulgación sin que haya un conocimiento de lo que ella significa. Así, añade a su hijo y alumno Tat cuando este le pide que su amigo Amón asista a la clase:

– “Luego de Amón, no llames a nadie más, no sea que un tema tan delicado sea profanado por la intervención de muchos. Es impuro divulgar masivamente un asunto tan lleno de la Majestad de Dios”.

          Del mismo modo leemos los comentarios de Orígenes acerca del mismo tema, la reencarnación. En una réplica dejó escrito:

“Pero respecto a estos asuntos que pertenecen al género místico, conviene mantener el secreto porque la entrada del alma en el cuerpo no es cosa que comprenda el común de los mortales”.

          Hoy ya se ha alcanzado un mayor conocimiento para comprender mejor lo que es y significa la reencarnación y nos es más fácil poder explicarla; sin embargo, no todo el mundo tiene la misma capacidad para asimilarlo. Allan Kardec nos explica con claridad en el Libro de los Médiums cómo debemos actuar en principio con aquellos de nuestros hermanos que se interesan en tan delicado tema.

          La reencarnación, así como la mediumnidad son, como dice Trismegisto, asuntos tan llenos de la Majestad de Dios que no debemos tomarla sino con mucho respeto y cuidado. Es nuestra responsabilidad explicar con claridad a quienes estén verdaderamente interesados en aprender lo que, repito, son y lo que significan ambos temas, y dejar pasar a aquellos que aún no tengan alcanzado su momento: todos, unos antes y otros después, alcanzaremos el conocimiento a medida que crezcan nuestras capacidades. De esa manera, erradicaremos la simple curiosidad, despertando el interés por aprender en aquellos que den testimonio de ello, sinceramente.

          Jesús dijo:

“Serán muchos los llamados y pocos los elegidos”, pero no olvidemos que para ser elegidos deberemos aprovechar las oportunidades que se nos dan, y no siempre somos capaces de hacerlo. No obstante, Dios no deja de llamar y todos responderemos cuando realmente nos encontremos perfectamente preparados.

          La Misericordia Divina es inagotable.

 

                                              Reflexión acerca de la reencarnación por:    Mª Luisa Escrich

Guardamar, octubre de 2016

DORMIR DEL ALMA

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Dormir del alma

¡Qué se dirán nuestras almas

cuando en el sueño se encuentran!,

pues cuando el cuerpo reposa

el espíritu se ausenta.

 

El sueño es como una muerte

que solo dura unas horas;

y el espíritu regresa

a la carne donde mora.

 

El espíritu se aleja

dejando el cuerpo en la cama

gozando su libertad

que en el cuerpo siente atada.

 

¡Qué se dirán nuestras almas!

Quizá se cuenten sus cuitas;

o tal vez se hagan promesas

para una próxima cita.

 

Ya pronto amanecerá:

la noche agota su tiempo;

y el alma vuelve a ingresar

en la cárcel de su cuerpo.

 

De nuevo está prisionera;

ya no tiene libertad:

tampoco sus ojos lloran.

¡Llora el alma al despertar!

 

Dormir del alma por: Mª Luisa Escrich

(Guardamar, 2016)

YO SABÍA

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Yo sabía

Ha sido muy largo el viaje

que mi espíritu ha emprendido

y muy largo el batallar,

buscándote sin cesar

hasta encontrarme Contigo.

 

Yo sabía que existías:

un día caí en tu trampa;

trampa que Tú me tendías

y en ella quedé atrapada

dando sentido a mi vida.

 

Me pesaba la materia;

me era duro caminar;

me sentía prisionera,

yo quería abrir la jaula

y echar ligera a volar.

 

Tú me hiciste comprender

que nos es preciso penar:

que es necesario sufrir

si es que queremos lograr

en la eternidad vivir.

 

Que el dolor es lenitivo

que purifica las almas,

que aunque el cuerpo se resienta

el espíritu se eleva

cuando el dolor le atenaza.

 

No me importa el sufrimiento;

quiero agotar mi existencia

de tu trampa prisionera:

¡quiero seguir atrapada!;

¡no me liberes de ella!.

Yo sabía por:

Mª Luisa Escrich

(Guardamar, 2016)

BUSCAR LA SABIDURÍA

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Buscar la sabiduría

Buscar la sabiduría dentro de sí. Ser el jardinero de uno mismo y cuidar el jardín que hay en nosotros.

Es difícil cultivar la tierra: quitar las malas hierbas; aricar, sembrar y esperar con paciencia hasta que dé sus frutos. Las semillas deberán ser de buena calidad para que el fruto sea dulce.

La mayoría de las veces la cosecha que obtenemos no es buena; pueden crecer muchos árboles pero no todos dan fruto, y los que dan, no pueden comerse porque son muy amargos.

El jardín es nuestro espíritu, y las malas hierbas que lo invaden son nuestros defectos, como son el orgullo, la vanidad, la soberbia, la intolerancia… Erradicar esas malas hierbas es tarea difícil, porque nos cuesta trabajo admitir que nos están invadiendo, y no nos ponemos a trabajar para hacer una buena limpieza; así, nuestro espíritu seguirá sin cosechar buenos frutos: las semillas que necesita son la compasión, la bondad, la tolerancia, la humildad… Todas estas semillas están a nuestro alcance y son gratuitas; no hay más que cogerlas y aplicarlas… pero hay que preparar la tierra.

El ser humano demasiado inmerso en el materialismo ha dejado de lado los valores morales, que no son otra cosa que las malas hierbas de que hemos hablado: para él, no hay nada más allá que aquello que ve y puede tocar, sin admitir cualquier otra posibilidad, y eso le lleva a encerrarse en sí mismo, ensanchando su ego.

Para aquellos que al igual que yo creemos que hay algo más que ese materialismo que nos inunda, ese algo más nos empuja a, por lo menos, intentar erradicar algunas de esas malas hierbas, haciendo un esfuerzo para cambiarlas por buenas semillas.

Como he dicho, no es tarea fácil, pero merece la pena intentarlo.

Si todos los jardines del mundo estuvieran bien cuidados, la tierra de nuestras almas dejarían de ser tierra baldía, y todos los árboles producirían dulces frutos.

 Trabajar sin descanso para lograr ese fin, aun cuando nos parezca que la cosecha se retrasa: trabajamos para el futuro del espíritu, que es quien recogerá el fruto según haya sido nuestra sementera. Tal vez no sea aquí, y es por ello que nos sentimos decepcionados, y dejamos la labor.

No debemos engañarnos: la vida en este planeta es efímera, perecedera; y es el alma la que supervive y la que gozará de su jardín por toda una eternidad.

 Se podrá no creer en todo cuanto digo, pues como no puede ser de otro modo respeto absolutamente todas las opiniones e ideas, pero de lo que sí estoy segura es de que: “Uno se siente mejor cuando se ha trabajado con la esperanza de poder recoger un día, aunque sea lejano, una buena cosecha después de haber sembrado para los demás.”

 

 

Mª Luisa Escrich    (Guardamar, 2014)

A UN PERRO DESCONOCIDO

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A un perro desconocido

Dejó de ser cachorrillo

y comenzó a envejecer;

y cuando un perro envejece,

hay que librarse de él.

 

Es una pequeña historia

de un perro desconocido

que tuvo sin duda un amo

pero no tuvo un amigo.

 

Un día frío y lluvioso

apareció por mi barrio

sin hacer caso de nadie;

loco, buscando a su amo.

 

Se recorría las calles

cada día más despacio;

al final, perdió las fuerzas;

se tumbó sobre el asfalto.

 

Yo me acerqué a acariciarle,

miré sus ojos vidriados

y en ellos vi lealtad:

vi la imagen de su amo.

 

-Está muy lejos, perrillo;

  no le volverás a ver.

  Tú adorabas a tu amo,

  él… te daba de comer.

 

¡Perrillo, levántate!

Haz un esfuerzo, perrillo;

yo seré tu nuevo amo;

tú serás mi nuevo amigo.

 

Alzó un poco la cabeza;

hizo un esfuerzo supremo;

apenas se puso en pie

se desplomó sobre el suelo.

 

Subió al Cielo de los perros:

Dios lo acogió entre sus brazos;

volvió a ser un cachorrillo

de nuevo por Él creado.

 

Miró a los ojos de Dios;

se vio en ellos reflejado,

pero en los ojos de Dios

no se reflejó su amo.

 

Mª Luisa Escrich  (Guardamar, mayo de 2017)

MIEDO A MORIR

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Miedo a morir

¿Qué es vivir?

Ir muriendo poco a poco

con el miedo a morir.

 

Ciertamente, este pequeño verso no es más que una reflexión acerca del miedo a la muerte, un miedo que nos han inculcado a lo largo de la vida, de generación en generación, y nadie se ha parado a pensar que, desde el primer momento en que llegamos al mundo carnal, emprendemos un viaje que nos conduce inevitablemente hacia un final de trayecto, más o menos largo en el tiempo.

A la vez, nos han pintado el final de la existencia terrestre como una muerte fea: una figura siniestra, revestida de negro, portando en su mano una guadaña segadora de vidas.

Yo nunca tuve miedo a esa figura; me enseñaron que no existe como tal, y la muerte tampoco; que el fin del tiempo de cada uno no es otra cosa que un sueño como el que gozamos en la materia, con la diferencia de que, al despertar, lo hacemos en otra dimensión, en otro plano; y que si somos merecedores, nos acompañará una figura, pero esta será luminosa, rodeándonos con  su luz. Esta figura siempre estuvo a nuestro lado; Espíritu Protector o Ángel de la Guarda, da lo mismo cómo lo denominemos.

Pero, ¿es posible sentir miedo de lo que llamamos muerte, aun ante la perspectiva de una vida eterna? En realidad, sí: se puede sentir miedo porque esa realidad solo será posible si somos capaces de transformar nuestros hábitos, pensamientos y actitudes negativas, abrazando la compasión, la tolerancia, la caridad y el Amor; un profundo amor a Dios y a todos nuestros hermanos que configuran la humanidad.

Nuestro Padre no ha creado nada oscuro y tenebroso como castigo para sus hijos, y la muerte seguida del infierno, otro miedo instalado en nosotros, sería una punición incompatible con la inconmensurable misericordia de Dios.

Fuera miedos, porque…

 

Tenemos miedo a morir,

y es, sin embargo, cierto

que después que hayamos “muerto”,

comenzamos a vivir.

 

                                         Mª Luisa Escrich García

(Guardamar, julio de 2016)

CARIDAD

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Caridad

¡Caridad!

Nadie la puede medir

en toda su inmensidad,

cuando el hombre la practica

con grande desinterés,

con gran generosidad.

 

¡Caridad!

Poderosa luz que alumbra

a todo ser por igual,

porque lo enseñó Jesús:

-«No puede haber salvación

  si no existe Caridad.»

 

¡Caridad!

El hombre en su trayectoria

olvidando ese principio

y faltando a esa verdad,

fue cayendo en el abismo

de su propia realidad.

 

¡Caridad!

Un don que todos tenemos,

que podemos practicar

tan solo si lo queremos

extrayendo de nosotros

el Amor por los demás.

 

¡Caridad!

Es una escala ascendente

en la escuela universal,

por donde se va ascendiendo

al plano espiritual

donde Dios nos va acogiendo.

 

¡Caridad!

Dulce y hermoso nombre,

Cuyo mandato divino

Jesús impulsó a ejercer.

¡Es tan hermoso ese nombre

que lo adoptó la mujer!

 

Despertemos las conciencias:

No olvidemos al Maestro.

Practiquemos Caridad.

¡Caridad!

Sinónimo de Amor Fraterno.

 

                                                 Mª Luisa Escrich

                                                                (Guardamar, abril de 2017)

EXPERIENCIA ESPIRITUAL DE UNA ESPIRITISTA

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Experiencia espiritual de una espiritista

           En cierta ocasión escribí de mi experiencia en lo referente a la comunicación con el mundo espiritual. Entonces hablé de cómo tuvo lugar aquella, cinco años después de la desencarnación de mi padre y las enseñanzas que obtuve de él.

          Con el paso del tiempo fui adquiriendo más conocimientos propiciados por mi madre, y sobre todo por don Julio, médium y gran conocedor de la doctrina; gracias a él pudimos aprender, pues como he dicho ya, carecíamos de libros. Eran unos tiempos bastante complicados, consecuencia de la Guerra Civil Española. El espiritismo, al igual que otras creencias, estaba prohibido, y por ende también los libros sobre esta temática: solo teníamos un ejemplar del “Evangelio según el Espiritismo” que, debido al título, teníamos que ocultarlo, pasándolo de unos a otros clandestinamente, tal y como eran nuestras reuniones.

          En aquellos tiempos, nuestros hermanos espirituales, haciendo gala de la más excelsa caridad, se comunicaban con bastante asiduidad; como he dicho, eran tiempos difíciles y nosotros necesitábamos mucho de sus consejos y dirección; las almas estaban traumatizadas y no podían permitir que malos pensamientos nos desviaran de nuestro camino; así, acudían a nosotros en nuestra ayuda. Yo aprendí que los espíritus no están a nuestro capricho y que, para ser atendidos por ellos, deben vernos humildes; deseosos de aprender, cuando verdaderamente los necesitamos; pero ante todo, sumisos a la voluntad de Dios.

          Es lógico, y sobre todo humano, el deseo de comunicar con aquellos que ya no están con nosotros, pero por eso mismo los espíritus vienen con gusto a enseñarnos que no siempre es posible; hay múltiples razones para ello; nosotros los espiritistas lo sabemos, y así lo aceptamos.

          Todo lo que ahora sé y que entonces también sabía, con el paso del tiempo se fue diluyendo en mi memoria, y de nuevo comencé a sentirme un tanto impaciente: transcurría el tiempo y no teníamos ningún contacto con papá: el recuerdo de aquella  primera y única vez me empujaba al deseo de volver a tener una nueva oportunidad; ya tenía dieciocho años y había dejado de ser oyente y observadora; ahora tomaba parte en los trabajos que se hacían y me sentía capacitada para, llegado el momento, hacer la gran pregunta: ¿Existe la posibilidad de contactar con quien fue mi padre en la Tierra? Y, llegado el momento, la hice.

          La respuesta que recibí fue una nueva lección que jamás he olvidado:

    –Querida hermana. Sabes que no siempre podemos satisfacer nuestros deseos, aunque los consideremos legítimos, y por diversos motivos. En este caso, debo decirte que este hermano por el que clamas tiene misiones más importantes que cumplir; piensa en ello. No obstante, tengo un mensaje de Él para vosotras: «Os reitero todo mi amor y mi compromiso de que siempre estaré a vuestro lado.»

            Por unos momentos no supe qué contestar. Todos me miraban y solo dije: -Perdóname. Pensaré en ello.

          Y pensé; ¡claro que lo hice!  Me di cuenta de que, en todo aquel tiempo transcurrido, yo no había tenido una necesidad tan perentoria como para que mi padre o cualquier otro hermano espiritual tuviera que acudir en mi auxilio. Aprendí la lección para siempre.

        Debemos ser más humildes, no somos tan importantes y debemos entender que hay mayores causas que atender. El trabajo y la lucha son nuestros y solo debemos contar con su ayuda cuando sea realmente necesario. ¡Y cuántas veces nos ayudan sin que ni siquiera nos demos cuenta!

          No hay que ser impacientes; la rueda de la vida no deja de girar, y cuando llega al final y traspasamos la gran puerta, si hemos cumplido lo mejor posible con nuestros compromisos, tendremos toda una eternidad para hablar con nuestros seres más queridos, y aun con muchos otros.

          Por último, quiero deciros, queridos hermanos que leáis estas experiencias mías, que hay un consejo, el que me dio mi padre aquella única vez, que jamás he olvidado:

                          “No dudéis jamás de la bondad de Dios”

 

Experiencia espiritual de una espiritista por: Maria Luisa Escrich

(Guardamar, 2015)

RECUERDOS DE NIÑA

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Recuerdos de niña

 

           Yo fui una niña feliz; hasta los seis años, muy feliz.

          En aquellos primeros seis años los Reyes Magos no se olvidaron de entrar por mi ventana para dejar, junto a la chimenea, mi juguete favorito: una muñeca. Nunca quise otro juguete; solo quería muñecas, y muñecas me traían.

          Las muñecas son mil recuerdos que el tiempo no ha conseguido borrar; sobre todo, la última que me trajeron; era preciosa; su carita redonda, con mofletes sonrosados, ojos verdes como los míos, pelo rubio y rizado… ¡y tan alta como yo! Los Reyes Magos la habían adquirido en una tienda de ropa infantil, donde servía como maniquí. ¡Cómo disfrutaba vistiéndola con mis propios vestidos!

          Y pasaron doce meses y cumplí siete años… y no vinieron los Reyes. Yo le pregunté a mi mamá:

          -¿Por qué no han venido los Reyes?

        -Hijita, -me respondió-, ellos no pueden venir. ¿No oyes el ruido de la calle? ¿No oyes cómo caen las bombas? Se asustarían los camellos, o quizás los matarían. Los Reyes y sus camellos solo acuden donde hay paz y concordia; ellos son luz y alegría.

          Ahora solo hay tinieblas.

          Durante aquella contienda fuimos de un lado para otro, buscando rincones más o menos seguros donde guarecernos de aquella tremenda guerra y, en cada cambio, se fueron quedando nuestros recuerdos más queridos; los míos, mis muñecas; la grande, mi preferida, hubo de ser vendida.

            Nunca volvieron los Reyes; nunca tuve otra muñeca.

          A los diecisiete años, terminada mi carrera, comencé a trabajar; había que ayudar a la economía familiar, que solo dependía de lo que mamá ganaba como modista (y muy buena), cosiendo hasta altas horas de la noche; minando su salud. Papá ya no estaba con nosotros. La inconsciencia de los hombres se lo llevó para siempre de una forma muy dolorosa. A mi madre solo le preocupaba una cosa: que aquellas tres pequeñas mentes jamás fuesen contaminadas con ideas de rencor o deseos de venganza. Así, siempre que era oportuno nos decía: -Papá no volverá; se lo han llevado los Reyes. Supimos la verdad cuando dejamos de creer en ellos.

          ¿Por qué comencé este relato? ¡Ah, sí! Recordando que, durante mis primeros seis años, había sido una niña feliz. No es difícil deducir la razón por la cual aquella felicidad desapareció de nuestras vidas. Pero he dicho “aquella” porque la fuente de la felicidad nunca se secó para nosotros; mi madre se encargó de mantenerla, fluyente y fresca, alejando toda sombra que pudiera perturbar nuestro desarrollo; más bien el de mis hermanos, porque yo… yo lo vi todo claro, y demasiado pronto: solo tenía nueve años.

          Pero les diré una cosa: la vida tiene de todo y hay que saber elegir; aprovechar la ocasión cuando esta se presenta; recordar aquello que un día perdimos y que tenemos la oportunidad de recobrar. Así me sucedió a mí; gané mi primer dinero, que mi madre no cogió: -Este es tu primer sueldo, gástalo en lo que tú quieras.

               No me lo pensé dos veces, salí corriendo a la calle y me compré una muñeca.

 

Recuerdos de niña por:  María Luisa Escrich

REFLEXIÓN A LAS JORNADAS DEL MEDITERRÁNEO

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Reflexión a las Jornadas del Mediterráneo

Dada mi tendencia a reflexionar acerca de todos los acontecimientos o vivencias que tienen lugar en momentos de mayor relevancia, he sentido el impulso, como no podía ser menos, a hacerlo con motivo de las últimas “Jornadas del Mediterráneo”, que tienen como objetivo el encuentro de los diferentes grupos de hermanos en doctrina; en este caso, la doctrina espiritista. Mi reflexión es la siguiente:

          ¿Qué es lo que se pretende con estos encuentros; qué es lo que a nivel de grupo esperamos encontrar; qué es lo que a nivel personal nos mueve a asistir a esas jornadas?; y lo más importante ¿qué es lo que queremos o nos proponemos aportar a los demás con nuestra asistencia? Y cuando digo a los demás, no me refiero a los que allí nos encontramos, sino a nivel global.

          Estas últimas Jornadas han sido, como todas, extraordinariamente importantes porque son participativas; cada uno de nosotros tuvimos la oportunidad de dirigirnos a los hermanos con toda libertad, amén de las intervenciones de los representantes de los distintos grupos, y hemos compartido momentos divertidos (como no podía ser de otra manera), pues nunca debemos olvidar que el Espiritismo es serio pero no es triste.

          Mi reflexión me lleva a preguntarme qué hacemos, qué podemos o queremos hacer para elaborar esa PAZ, eslogan de estas jornadas. Y digo elaborar, porque la paz no se consigue, no se alcanza, sólo se logra si la “fabricamos” dentro de nosotros…

          Dije más arriba, a nivel global. En efecto, a medida que cada uno de nosotros iba llegando y mis brazos se abrían para acoger a cada hermano, se me antojaba estar abrazando a cientos de miles de hermanos que han perdido el rumbo o aún no lo han encontrado, y que están muy necesitados de amor, única máquina que puede generar la energía necesaria para elaborar la paz que reinará cuando nuestro planeta alcance su total transformación. Nosotros, que hemos sido tocados por la tercera revelación, y desde el momento en que la aceptamos, incurrimos en una tremenda responsabilidad; estamos comprometidos con la consecución de esa transformación planetaria, aportando lo mejor que tenemos, acrecentando nuestra Fe, nuestra Caridad, nuestra Esperanza en el futuro, irradiando hacia todos los rincones del orbe nuestros pensamientos y sentimientos de Amor, con la absoluta convicción de que serán semillas que fructificarán, aun cuando los resultados no los veamos desde este lado de la vida.

          Amemos, hermanos; amemos sin medida; el Amor será el arma más poderosa para limpiar las almas; de ese modo, cada una de ellas podrá elaborar su propia paz interior, la cual dará como resultado la PAZ. Entonces quedará establecido el Reino de Dios en el planeta Tierra.

          ¿No os gustaría pensar que podemos ser los trabajadores de la última hora?

          Mucho amor para toda la humanidad.

Reflexión a las Jornadas del Mediterráneo por: Mª Luisa Escrich García

Guardamar, abril de 2017