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PAZ Y LIBERTAD

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Paz y libertad

Dios dio al hombre este planeta hermoso y fértil, y le dijo:

                          «¡Ve, ocúpalo, crece y reprodúcete!». 

Y el hombre creció en número y el núcleo se transformó en aldea, la aldea en pueblo, el pueblo en ciudad y la ciudad en nación…

Pero las naciones crecen y el territorio se acorta cada vez más; es difícil la expansión, la lucha por el espacio se hace dura y la ambición territorial se apodera de las gentes; hay que ganar terreno, pero este está ocupado y solo hay una salida: ¡La invasión! Comienza la lucha y ¡¡la guerra!! Desolación, destrucción, muerte… El fuerte somete al débil y el débil perece; ya nunca habrá Paz verdadera, todos entre sí son enemigos.

Pero ¿puede haber justicia para el débil? ¿Puede el débil vencer al fuerte? Seguramente diremos: moralmente, sí, pero no en la práctica, y es muy cierto; pero estamos hablando de justicia humana, y no olvidemos que hay una justicia por encima de pueblos y naciones, ¡la Justicia de Dios!

Paz y libertad por: María Luisa Escrich

DE LA MUERTE A LA VIDA

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De la muerte a la vida

¿Es posible hablar de la muerte sin temer, e incluso hacerlo con la misma naturalidad con la que lo hacemos de la vida? Al fin, la vida y la «muerte» caminan juntas desde el mismo instante en el que el espíritu accede a la existencia material, y cuando eso ocurre comienza para el espíritu el trabajo de regeneración; a cumplir el proyecto de progreso, y les es concedido un tiempo para cumplirlo. Y cada día que pasa por la existencia en la materia es una oportunidad para el avance espiritual, eso lo sabemos, pero en lo que nunca pensamos es que cada día que pasa es un día menos en la materia, restada, según la creencia, por esa compañera inexorable que camina junto a nosotros a la que llamamos muerte.

Pero ¿qué es en verdad la muerte? Si fuésemos capaces de dejar de pensar en ella como un ente destructor y considerarla como un ángel libertador…; porque ¿qué es en realidad la vida? Hemos dicho que es la oportunidad para que el espíritu pueda cumplir su proyecto de alcanzar lo que nuestro Padre nos tiene reservado: ganar su Reino. Pero no es un camino fácil, es un camino de penalidades y sufrimiento.

Es, pues cierto que, al final de nuestro camino, cuando hayamos cumplido nuestro proyecto, ese ángel libertador nos restará el último día de nuestro camino material y nos conducirá al verdadero hogar, al lugar de donde partimos. Que es un ángel que ha venido midiendo nuestro comportamiento a lo largo de nuestra existencia, y según haya sido éste, así será la forma de su liberación.

Hagámonos dignos cumpliendo con fervor la oportunidad adquirida, esperando con tranquilidad el instante en el que ese ángel liberador dé con nosotros el último paso por la materia, introduciéndonos dulcemente en el mundo espiritual. 

Lo sabemos. La muerte no existe; es simplemente la cesación de la vida, de esta vida, y el reencuentro con la del Más Allá; y es nuestro Padre Creador el que toma nuestro espíritu llevándolo al lugar que le tiene destinado según sus merecimientos. Él da la vida, y Él dispone de ella. Así pues, ¿dónde está la muerte?

De la muerte a la vida por: María Luisa Escrich 

Guardamar, julio de 2025

2025 © Amor, paz y caridad

VESTIMENTA APROPIADA

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Vestimenta apropiada

Durante nuestro paso por la Tierra nos afanamos en procurarnos los vestidos más preciosos que den relevancia a nuestra posición social, procurando poner de relieve la diferencia de clase; en esa vorágine nos olvidamos de que esos vestidos dan cobertura al cuerpo, pero que hay algo más importante en nosotros que es preciso vestir e incluso engalanar, y ese algo es el espíritu. Hablemos de la vestimenta.

Había un hombre que salió de su casa ricamente engalanado. Paseando, recorrió sus vastos dominios. Caminando, caminando, y sintiéndose cansado, se sentó sobre el fresco césped y dejó vagar su mirada por todo su entorno…

¿Qué era aquel bonito edificio que tenía ante sus ojos? No recordaba tener tal… ¿Desde cuándo estaba allí? Se levantó con intención de esclarecer tan singular hallazgo. A medida que se aproximaba iba observando cómo aquel hermoso edificio pareció mecerse al compás de una suave y perfumada brisa, y que antes no había percibido. Cuando al fin hubo llegado, observó que las puertas, que estaban cerradas, carecían de aldabas para poder llamar. Miró detenidamente, pero, en efecto, no había llamadores. Por unos instantes no supo qué hacer; estaba confuso. Pensó alejarse de allá… Una extraña sensación le invadía, pero una fuerza también extraña le impelía a seguir esperando acontecimientos, que sin duda tendrían lugar…

–¿Qué buscáis, señor?

Una figura vestida con una túnica de un suave tono dorado se hallaba frente a él. ¿De dónde había salido aquel hombre? ¿Era acaso un monje? ¿Sería, por ventura, aquel edificio un monasterio? Pero ¿desde cuándo en sus dominios hubo alguna vez un convento? Cientos de preguntas se agolpaban en su mente… su confusión iba en aumento; aun así, haciendo un esfuerzo, se propuso indagar.

–¿Podéis decirme quién sois? ¿Acaso un fraile? Por vuestro aspecto así parece, y en ese caso, este singular edificio tiene que ser un convento… Mas, dado que todo cuanto abarca la vista es de mi propiedad, no recuerdo que haya existido jamás ni monasterio ni abadía…

–Señor, este edificio siempre estuvo aquí, aunque nunca lo vierais. Este edificio es un lugar de acogida, de descanso… aquí son acogidos todos aquellos que llegan cansados y doloridos; y aquí encuentran paz y sosiego. Pero para poder entrar en este recinto han de llegar convenientemente vestidos y ricamente engalanados; solo así serán admitidos.

 –¡Oh! Sí; entiendo. ¡Acogedme! Deseo aliviar mi cansancio; ha sido muy largo mi caminar, y… como veis, mis vestidos son ricos y mis joyas suntuosas…

Aquel ser luminoso nada dijo: se volvió lentamente y levantó los brazos como en un gesto de descorrer unas cortinas, y al punto aquellas puertas quedaron abiertas. El caballero hizo intención de penetrar, pero el ser lo detuvo, y suavemente le dijo:

–Aún no podéis entrar; escuchad y observad.

El caballero miró hacia el interior, y lo que vio le produjo tal conmoción que a punto estuvo de caer al suelo. Un número incontable de hombres, mujeres y niños, de todas las edades y razas, eran atendidos por otros seres cuya luminosidad hirió sus ojos. La mayoría vestía pobremente, y muchos de ellos se cubrían con auténticos harapos. En sus rostros se adivinaban incontables sufrimientos, pero pudo observar que, al contacto de sus manos de luz, una paz y sosiego se extendían sobre todos aquellos pobres menesterosos.

La confusión del caballero iba en aumento; no lograba entender cómo aquellos seres habían sido acogidos en ese recinto de paz, siendo evidente que sus vestimentas no se ajustaban a lo que, para ser admitidos, se exigía… La voz suave de aquel extraño personaje calmó en unos momentos la inquietud de su alma.

–Tranquilízate, hermano; no tardarás en comprender; escucha: Te maravilla que todos los acogidos, cuyos ropajes no son sino viejos harapos, vestidos, hechos jirones, incluso sucios andrajos, sean considerados atuendos apropiados. Pues bien, cada uno de esos andrajos, jirones y harapos simbolizan los dolores, las penurias y sinsabores; las luchas y vicisitudes que el espíritu encarnado, en su periplo por este planeta de expiación y pruebas, debe afrontar; es un ejercicio obligatorio en el camino de la evolución y perfección espiritual, y las joyas que dan la fuerza para sobrellevar esas vicisitudes son la tolerancia, el respeto, la paciencia, la fe, esperanza y caridad, el perdón…, y la más preciosa de todas ellas: el Amor. Esas son las vestimentas y joyas apropiadas, porque adornan el espíritu; las otras, las ricas y recamadas túnicas y las refulgentes piedras preciosas, solo adornan el cuerpo material, y solo lucen entre tanto, este existe; después desaparece su brillo, encerradas en su estuche. Las primeras jamás se apagan…  

          Así pues, entenderás ahora lo que es la vestimenta apropiada para ser acogido en este lugar; y así mismo, comprenderás por qué las puertas carecen de aldabas. Todos aquellos que llegan convenientemente vestidos y adornados, encuentran las puertas abiertas. Ahora debo cerrarlas. ¡Adiós, hermano! ¡Ve y trata de cambiar tu vestimenta!

          El hombre abrió los ojos y se vio tendido sobre el césped. Recordaba haberse sentado a descansar; debió quedarse dormido y, repentinamente, le vino a la memoria el extraño sueño que había tenido; porque, sin duda, había sido un sueño. Sin embargo, algo en su interior le producía cierta inquietud, no solo dentro de sí, sino que el propio entorno no parecía el mismo… Se levantó dispuesto a alejarse de allí. Puesto en pie, fijó su mirada al frente: Un disco luminoso se iba apagando lentamente hasta desaparecer… «La tarde declina y el sol se pierde en el horizonte, hacia el oeste», se dijo… Y una extraña emoción invadió su alma, porque aquel disco luminoso se iba diluyendo hacia el oriente…

Vestimenta apropiada por: Mª Luisa Escrich 

Guardamar, 4 de octubre de 2020

2025 © Amor, Paz y Caridad

DEJAD QUE LOS NIÑOS VENGAN A MÍ

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Dejad que los niños vengan a mí

«¡Dejad que los niños vengan a mí! Los niños del primer tiempo y todos los que se hacen como ellos».

Cuando Jesús pronunció aquellas palabras nos dio un mensaje de amor y esperanza; no se refirió solo a los niños en su exacto sentido, sino a todos los que en algún momento de su vida se sienten como un niño: indefenso, enfermo, desprotegido… Que así como un niño busca consuelo y amparo en sus padres, los espíritus encarnados, ya en estado adulto, necesitan ayuda espiritual porque se sienten perdidos, han abandonado el camino o aún no lo han encontrado.

Así, cuando Jesús acogía a los niños tendiéndoles sus brazos, nos acogía a todos nosotros; nos veía como realmente somos; niños en periodo de aprendizaje y evolución; necesitados de ayuda, guía y consuelo.

Él se ofreció a ser esa guía y ese apoyo; nos ofreció sus brazos para que nos refugiáramos en ellos. 

Con él dejaremos de ser niños indefensos; con él alcanzaremos nuestra mayoría de edad espiritual y seremos capaces de manejar nuestra vida material con valor hasta que, llegado el momento, solo tengamos que decir: 

¡Gracias, Jesús, por cobijarnos entre tus brazos!

Jesús es el bálsamo;

Dios, el remedio final.


Dejad que los niños vengan a mí por: María Luisa Escrich

Guardamar, 2010

2024 © Amor, paz y caridad

CUANDO ABRO MI VENTANA

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Cuando abro mi ventana
Cuando abro mi ventana

aparece ante mis ojos

todo un mundo de esplendor;

es el mundo donde habito,

planeta de azul color.

Y al abrir yo mi ventana

el canto del ruiseñor

alegra el amanecer

y el primer rayo de sol

me envuelve en su calidez,

me inunda su resplandor.

¡Hermoso Planeta Tierra!

¡Planeta de azul color!

Asomada a mi ventana,

contemplando tal belleza

veo la obra de Dios.

Cuando abro mi ventana por: María Luisa Escrich.

(Guardamar, octubre de 2024)

2025 © Amor, paz y caridad

MÁS DOLOROSO ES NACER

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Más doloroso es nacer
Más doloroso es nacer
que el instante de morir.

Es un grito de dolor;
el bebé prorrumpe en llanto
al momento de nacer,
gozaba de libertad
y la acaba de perder.

Es para el alma un suplicio
dejar un mundo de luz,
sumergirse en la materia
despertando en este mundo
rodeado de tinieblas.

Porque el alma aún recuerda
aquel mundo que dejó
al tener que reencarnar.
¡Tan profunda es la nostalgia
que quisiera regresar!

Porque sabe con certeza
lo que en la Tierra le aguarda.
Inciertos aconteceres,
duras pruebas para el alma…

Que comenzará una lucha
con el miedo a fracasar;
que si de nuevo fracasa,
de nuevo reencarnará.

Más doloroso es nacer
que el instante de morir.

Porque pierde la consciencia
al momento de nacer,
que el mundo que dejó atrás,
acabado su trabajo 
a ese mundo volverá.

Con el paso de los años
la vida llega a su fin
y el alma se regocija,
pues con la muerte del cuerpo
el alma vuelve a vivir.

¡Si el morir del cuerpo es vida,
¿por qué ese miedo a morir?!

No temamos a la muerte
ni temamos a la vida.
La vida nos templa el alma
y a la muerte sigue viva.

Más doloroso es nacer por: Maria Luisa Escrich

Guardamar, 30 de junio de 2022

2025 © Amor, paz y caridad

LA ÚLTIMA HOJA DEL CALENDARIO

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La última hoja del calendario

Hoy, treinta y uno de diciembre, arrancamos la última hoja del calendario que marca el año 2024. Un calendario común; un calendario en el cual cada uno de nosotros ha ido escribiendo día a día cada vivencia, cada avatar que nos han proporcionado nuevas experiencias para nuestro acervo y que, desgraciadamente, para muchos de nuestros compañeros de viaje por este calendario ha constituido dolor y tragedia.

No es la primera vez que escribo acerca del calendario que todos, y cada uno por separado, traemos con nosotros al llegar al mundo terrenal; creo que fue en 2021 cuando, haciendo balance de todo lo acontecido durante ese año, me di cuenta de que no todo lo que en sus hojas está escrito lo está de antemano, sino que, como dije al principio, somos nosotros los que vamos escribiendo día a día nuestros actos, aciertos y errores, éxitos y fracasos…, y recordé viejas anécdotas que marcaron mi vida para siempre, dejando constancia de ellas en cada una de las hojas. Y aun cuando, llegado el último día arranque la última, todo lo sucedido durante el año quedará como un valor de aprendizaje, y comenzará para mí un nuevo calendario (ignoro cuántas hojas contendrá…); al igual que, como ley natural, cada uno de nosotros comenzará el suyo, y ojalá que todos escribamos uno en paz, amor y armonía.

Hagamos votos para que, al arrancar la última hoja de este almanaque, arranquemos con ella el dolor y sufrimiento para siempre; y roguemos a Dios para que nos dé fuerzas para seguir adelante en este viaje común.

                                  La última hoja del calendario por: Mª Luisa Escrich

Guardamar, 31 de diciembre de 2024

2024 © Amor, Paz y Caridad

CAMINANDO HACIA BELÉN

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En una gélida noche,
Madre María y José,
y en crudo mes de diciembre
caminan hacia Belén.

Sobre un viejo borriquillo
Madre María cabalga:
ya casi no puede andar,
porta en sí una dulce carga.

Y el ya viejo borriquillo
alegremente trotaba
como si él adivinase
lo que en su vientre llevaba.

A pesar de su fatiga,
feliz trotaba y trotaba…
¡quizá pudiera pensar…
qué bella y dulce es mi carga!

Y llegáronse a Belén
siendo ya noche cerrada…
un corral fue su refugio,
que no encontraron posada.

En el corral, un pesebre
colmado de heno y paja,
en donde un buey y una mula
tranquilos se apacentaban.

Fueron llegadas las doce
y llegada fue la hora
en la que por todo el Orbe
brillara una nueva aurora. 

Y llegándose las doce
se oyó que un niño lloraba…
por si lloraba de frío,
aquellos dos nobles brutos
con su aliento calentaban.

¡Ya ha nacido Jesús!
En todo el orbe un ¡¡hossana!!
…Y el burrito que los trajo
¡de alegría rebuznaba!

Caminando hacia Belén por: Mª Luisa Escrich

Guardamar, septiembre de 2024 

¿QUIÉN FUE HENRY DUNANT?

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¿QUIÉN FUE HENRY DUNANT?

Antes de contestar a esta pregunta, me referiré a una efeméride que conmemoramos en este año: en efecto, en este 2024 a punto de finalizar se conmemoran los 75 años de la aprobación de los Convenios de Ginebra de 1949, un 12 de agosto. 85 años antes, en 1864 y en la misma ciudad, finalizaba una conferencia impulsada por nuestro personaje, Henry Dunant, firmándose el primer Convenio, después de la fundación de Cruz Roja como entidad en la misma ciudad de Ginebra.

Henry se vio envuelto en el conflicto bélico que tuvo lugar el 24 de junio de 1859 entre Austria, siendo su emperador Francisco José I, y Cerdeña y Francia, comandadas respectivamente por Víctor Manuel II y Napoleón III. En la célebre batalla librada en la pequeña localidad de Solferino, Henry Dunant vio espantado la grave situación de los combatientes heridos, abandonados a su suerte sin ninguna atención sanitaria. Ante aquellas tremendas imágenes, decidió organizar ese socorro y atención, movilizando a las personas del lugar. Aquel impulso, aquella iniciativa, fue revolucionaria: se establecía en principio la atención igualitaria a los heridos de ambos lados del combate. No había bandos. Un único fin, las necesidades humanitarias. Más tarde, y siempre por su inmenso deseo de servicio, aquellas atenciones y socorros se ampliaron al personal civil.

Así pues, en el primer convenio se establecía la atención a los combatientes. El segundo, para aliviar el sufrimiento y suerte de heridos en tierra y mar. El tercer convenio se realizaba para garantizar el tratamiento a los prisioneros de guerra. Y el cuarto estaba dirigido a la protección de las personas civiles en tiempos de guerra.

Los objetivos de Henry Dunant se asentaban en un único propósito: la base del Derecho Internacional Humanitario (D I H) que protege a los no beligerantes. Por desgracia, y aunque esos objetivos han sido ratificados universalmente, su cumplimiento no ha tenido igual suerte.

De los derechos humanos soñados por Henry Dunant solo permanece la filosofía, los siete principios fundamentales: Humanidad, Imparcialidad, Neutralidad, Independencia, Unidad, Carácter Voluntario y Universalidad, prevaleciendo sobre todos ellos la primera.

Este año 2024 es significativo para nuestro país. Se conmemora el 160 aniversario de la creación de Cruz Roja Española; 160 años de actividad humanitaria sostenida por uno de los principios soñados por nuestro protagonista: el carácter voluntario. 250.000 voluntarios y voluntarias en el territorio nacional se afanan por ser útiles a los demás sin esperar ni siquiera el reconocimiento, sin pedir nada a cambio, dando así carta de naturaleza a otro de los principios fundamentales, el altruismo con carácter universal.

Son muchas las cosas que caracterizan a este movimiento humanitario que son Cruz Roja y Media Luna Roja. Sin embargo, si tuviera que definir aquellos con los que esta vieja voluntaria se siente más identificada, serían sin duda el voluntariado, el altruismo, la humanidad y la imparcialidad.

2024 corre hacia su final, y antes de decirle adiós vuelvo mi recuerdo a aquella otra fecha, aquel 1859 en el que un comerciante suizo de nombre Henry Dunant se conmovió ante el dolor de tantos seres a consecuencia de la guerra inmisericorde; en su generoso corazón se encendió la llama de la solidaridad con el que sufre, una solidaridad que ha ido creciendo año tras año. Hoy ya son varios millones de solidarios en todo el mundo.

Adiós, 2024. Te vas igual que otros se fueron y los que se irán, pero aquí queda la llama que un día se encendió en un generoso corazón, siempre alimentada por la más excelsa Caridad: el amor al prójimo.

¿Quién fue Henry Dunant? por: Mª Luisa Escrich

Guardamar, 5 de diciembre de 2024

2024 © Amor, paz y caridad

MANOS VACÍAS

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Manos vacías
Yo quiero coger la luz.
¡Vano intento!,
porque cuando abrí las manos
no había nada adentro.
Yo quise coger la luz.
¡Vano intento!,
porque la luz no se coge:
¡la luz se gana sufriendo!
Intentar coger la luz
siempre será vano intento,
porque la luz no se coge:
¡la luz la llevamos dentro!

Manos vacías por: Maria Luisa Escrich

2024 © Amor, paz y caridad

Guardamar 2016

DESEAR LA MUERTE

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Desear la muerte

¿UNA FALTA GRAVE?

          Al hacer esta pregunta. Así, sin más, la respuesta es obvia: sí, es una falta grave; cualquier espiritista al que se le hiciera esta pregunta, esa sería su respuesta porque, como bien sabemos, la vida solo depende de Dios, quien determina el final de ella; así se ve a la luz del espiritismo. Pero… Como todo lo establecido por Dios, nada es blanco o negro, todo tiene sus matices, y es precisamente a la luz del espiritismo donde encontramos esos matices.

          Sabemos que, cuando un espíritu está preparado para reencarnar, antes y durante un tiempo ha venido programando lo que será su devenir durante su estancia en la materia, y en ello cabe toda una serie de acontecimientos, como dolor por la pérdida de seres queridos, cambios de fortuna, enfermedades… todo ello planificado por él mismo en muchos casos, y aceptados por una superioridad mayor; y cuando todo está a punto, toma una materia y emprende un viaje que tendrá una duración asimismo fijada de meses, años…, a veces muchos años… Y durante todo el tiempo que permanezca en la materia, los avatares de su programa se irán realizando, proporcionando una vida de lucha, dolores, sinsabores que en principio han quedado olvidados al entrar en la materia, pero que el periespíritu guarda en sí; todo en él queda archivado, y cuando los avatares se dilatan en el tiempo, el espíritu se agota, va perdiendo la energía que le permitía realizar su trabajo, y es en ese momento cuando recuerda el lugar de donde partió y se empieza a sentir como un exiliado de su patria, y cada día que pasa es más acuciante el deseo de regresar y dar por concluido el exilio… ¿Es este deseo una grave falta? Volvemos de nuevo a la luz del espiritismo. Si el estado natural del espíritu es la libertad que Dios concede a sus hijos en el mundo espiritual por Él creado, ¿cómo puede ser «pecado» desear el goce de esa libertad?

          Volvamos por un momento al estado de encarnados envueltos en el trabajo a realizar. Dios, al dar su beneplácito a las tareas que el espíritu va a realizar para su evolución moral, le otorga, así mismo, las herramientas necesarias y la libertad para llevar a cabo su trabajo, y es esa libertad la que va a dar sentido a ese deseo de «morir para descansar», porque donde está verdaderamente la grave falta no es el deseo de regresar al hogar, sino en regresar antes de haber cumplido el tiempo que se nos ha asignado, sabiendo como sabemos que, durante todo ese tiempo que dura nuestro «calvario», tenemos la libertad para hacerlo, aunque después, las consecuencias…

                                    Desear la muerte por: María Luisa Escrich

Guardamar, 14 de julio de 2024  

2024 © Amor paz y caridad 

EL APORTE

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El aporte

Al continuar tratando mis experiencias quiero, antes de hacerlo, recordar lo que en un principio vengo explicando: todas y cada una de estas experiencias tuvieron lugar en momentos muy cruciales en nuestras vidas; momentos de dolor, de incertidumbre; eran tiempos difíciles y, sin embargo, era muy fácil dejarse dominar por sentimientos negativos, como, por ejemplo, el odio, el rencor, la ira… y el mundo espiritual, estando siempre atento a esos sentimientos que necesariamente perjudicarían nuestra evolución, se aprestaba a evitar en lo posible esas tendencias. Y como jamás interfieren en nuestro libre albedrío, llamaban nuestra atención por medio de aquellas manifestaciones, como un aviso de: -¡Eh!, estamos aquí, con vosotros; nunca os abandonaremos.

Ahora ya os contaré esta nueva experiencia.

Como siempre que los hermanos espirituales deseaban hacernos partícipes de aquellas manifestaciones, nos apuraban a prepararnos lo mejor posible para facilitar sus revelaciones que, en esa ocasión, tendrían la forma del fenómeno de los aportes.

Isabel, nuestra extraordinaria médium, se vistió con una falda y una blusa de manga corta; los brazos y manos libres de todo aderezo que pudiera dar lugar a sospecha de fraude por su parte.

Llegado el momento, puso con los brazos extendidos hacia el centro de la mesa con las palmas de las manos hacia arriba; así las mantuvo por algunos instantes, hasta que el espíritu encargado del trabajo estuvo dispuesto. Entonces, juntando las manos, las volvió hacia abajo y fue bajándolos lentamente hasta unos ocho o diez centímetros de la mesa. Acto seguido, y también muy lentamente, las fue abriendo, dejando caer dos pequeñas estampitas en blanco y negro; una con la efigie del Maestro Jesús y la otra con la de Madre María. ¿Os imagináis cuánta emoción? ¿Y la mía? ¿Por qué la mía tuvo que ser más intensa? ¡Ah!, mis queridos lectores, una vez que hubo terminado la manifestación, el hermano que había realizado aquel, para mí ¡prodigio!, tomando la estampita de Madre María la puso en mis manos, y me dijo: -Es para ti; recuérdala siempre.

Conservo un libro de oraciones que perteneció a mi abuela, y en aquel libro coloqué cuidadosamente mi tesoro. Por un tiempo y de vez en cuando, abría el libro para contemplar aquel rostro en aquella estampita, pues tenía otras, pero esta era muy especial.

Jamás olvidé aquella experiencia. Pero los embates de la vida, con todas sus dificultades, fue distanciando los momentos en los cuales yo abría el libro para mirar mi querida estampita.

Pasado un tiempo, no recuerdo con qué motivo, abrí el libro, pero ya no estaba; mi tesoro había desaparecido. Me pregunté qué podría haber pasado, a nadie le había dejado mi libro. ¿La saqué en aquel momento y la perdí? No, nunca salió del libro. Llegué a pensar que tal acontecimiento no había tenido lugar, que solo estaba en mi imaginación… ¡No!, fue demasiado tangible y, por supuesto, me habían enseñado a no crear fantasías en mi mente; también me he considerado siempre bastante racional.

Cuando tuve la oportunidad de leer El Libro de los Médiums, aprendí que, así como los espíritus pueden hacer aparecer objetos, también pueden hacerlos desaparecer cuando lo creen necesario y útil, y si la pérdida no es debida a nuestra negligencia, podremos pensar que esa pueda ser la razón de la desaparición.

Muchos años después, en un acontecimiento social, me encontraba en una iglesia, y en el momento en el cual se pasa el cepillo de las limosnas, cuando yo depositaba unas monedas, la persona que las recogía me ofreció una estampita, y… ¡sí!, era la misma imagen que la mía, pero a todo color. Mi alegría fue inmensa, pero en cierto modo, y sin saber muy bien el porqué, me dio que pensar… Nunca había ocurrido que, al dar una limosna, ofrecieran una estampa; al menos, en mi dilatada vida jamás me había sucedido. Por otra parte, ¿por qué aquella imagen igual a la mía, aunque esta fuera a color? Decidí buscar en las tiendas especializadas, esperando encontrar otras semejantes, pero en cada una de las que entraba me decían siempre lo mismo o algo parecido: “No; no tenemos este modelo”; “debe ser muy antigua…”; no figura en el catálogo”.

Así dejé de buscar, cuidando mucho aquella que me ofrecieron, que aún conservo y que pueden ver al pie de este relato.

Sí me gustaría saber si alguno de quienes estáis leyendo esta experiencia habéis visto alguna vez esta bendita imagen, y si no es así, os animo a que la busquéis, como yo sigo haciendo cuando paso por alguna tienda de objetos religiosos. De esta forma tendrán sentido las preguntas que me hago cuando recuerdo a aquella persona que me la ofreció: ¿Por qué aquella imagen y no otra? ¿De dónde la había sacado? ¿Por qué a mí? Hay muchas interrogantes que quizá nunca hallen respuesta.

He relatado todas estas experiencias que estaban vivas y frescas en mi memoria. Acaso queden en ella otros recuerdos dormidos, y si Dios permite que afloren, prometo contárselos.

          Todo cuanto recibimos del mundo espiritual debe ser compartido.

          ¡Gracias, Padre Celestial!

          ¡Gracias, Bondad Infinita!          

                                                El aporte por: Mª Luisa Escrich

Guardamar, octubre de 2018.

                                                                                         2024 © Amor, Paz y Caridad.