Durante nuestro paso por la Tierra nos afanamos en procurarnos los vestidos más preciosos que den relevancia a nuestra posición social, procurando poner de relieve la diferencia de clase; en esa vorágine nos olvidamos de que esos vestidos dan cobertura al cuerpo, pero que hay algo más importante en nosotros que es preciso vestir e incluso engalanar, y ese algo es el espíritu. Hablemos de la vestimenta.
Había un hombre que salió de su casa ricamente engalanado. Paseando, recorrió sus vastos dominios. Caminando, caminando, y sintiéndose cansado, se sentó sobre el fresco césped y dejó vagar su mirada por todo su entorno…
¿Qué era aquel bonito edificio que tenía ante sus ojos? No recordaba tener tal… ¿Desde cuándo estaba allí? Se levantó con intención de esclarecer tan singular hallazgo. A medida que se aproximaba iba observando cómo aquel hermoso edificio pareció mecerse al compás de una suave y perfumada brisa, y que antes no había percibido. Cuando al fin hubo llegado, observó que las puertas, que estaban cerradas, carecían de aldabas para poder llamar. Miró detenidamente, pero, en efecto, no había llamadores. Por unos instantes no supo qué hacer; estaba confuso. Pensó alejarse de allá… Una extraña sensación le invadía, pero una fuerza también extraña le impelía a seguir esperando acontecimientos, que sin duda tendrían lugar…
–¿Qué buscáis, señor?
Una figura vestida con una túnica de un suave tono dorado se hallaba frente a él. ¿De dónde había salido aquel hombre? ¿Era acaso un monje? ¿Sería, por ventura, aquel edificio un monasterio? Pero ¿desde cuándo en sus dominios hubo alguna vez un convento? Cientos de preguntas se agolpaban en su mente… su confusión iba en aumento; aun así, haciendo un esfuerzo, se propuso indagar.
–¿Podéis decirme quién sois? ¿Acaso un fraile? Por vuestro aspecto así parece, y en ese caso, este singular edificio tiene que ser un convento… Mas, dado que todo cuanto abarca la vista es de mi propiedad, no recuerdo que haya existido jamás ni monasterio ni abadía…
–Señor, este edificio siempre estuvo aquí, aunque nunca lo vierais. Este edificio es un lugar de acogida, de descanso… aquí son acogidos todos aquellos que llegan cansados y doloridos; y aquí encuentran paz y sosiego. Pero para poder entrar en este recinto han de llegar convenientemente vestidos y ricamente engalanados; solo así serán admitidos.
–¡Oh! Sí; entiendo. ¡Acogedme! Deseo aliviar mi cansancio; ha sido muy largo mi caminar, y… como veis, mis vestidos son ricos y mis joyas suntuosas…
Aquel ser luminoso nada dijo: se volvió lentamente y levantó los brazos como en un gesto de descorrer unas cortinas, y al punto aquellas puertas quedaron abiertas. El caballero hizo intención de penetrar, pero el ser lo detuvo, y suavemente le dijo:
–Aún no podéis entrar; escuchad y observad.
El caballero miró hacia el interior, y lo que vio le produjo tal conmoción que a punto estuvo de caer al suelo. Un número incontable de hombres, mujeres y niños, de todas las edades y razas, eran atendidos por otros seres cuya luminosidad hirió sus ojos. La mayoría vestía pobremente, y muchos de ellos se cubrían con auténticos harapos. En sus rostros se adivinaban incontables sufrimientos, pero pudo observar que, al contacto de sus manos de luz, una paz y sosiego se extendían sobre todos aquellos pobres menesterosos.
La confusión del caballero iba en aumento; no lograba entender cómo aquellos seres habían sido acogidos en ese recinto de paz, siendo evidente que sus vestimentas no se ajustaban a lo que, para ser admitidos, se exigía… La voz suave de aquel extraño personaje calmó en unos momentos la inquietud de su alma.
–Tranquilízate, hermano; no tardarás en comprender; escucha: Te maravilla que todos los acogidos, cuyos ropajes no son sino viejos harapos, vestidos, hechos jirones, incluso sucios andrajos, sean considerados atuendos apropiados. Pues bien, cada uno de esos andrajos, jirones y harapos simbolizan los dolores, las penurias y sinsabores; las luchas y vicisitudes que el espíritu encarnado, en su periplo por este planeta de expiación y pruebas, debe afrontar; es un ejercicio obligatorio en el camino de la evolución y perfección espiritual, y las joyas que dan la fuerza para sobrellevar esas vicisitudes son la tolerancia, el respeto, la paciencia, la fe, esperanza y caridad, el perdón…, y la más preciosa de todas ellas: el Amor. Esas son las vestimentas y joyas apropiadas, porque adornan el espíritu; las otras, las ricas y recamadas túnicas y las refulgentes piedras preciosas, solo adornan el cuerpo material, y solo lucen entre tanto, este existe; después desaparece su brillo, encerradas en su estuche. Las primeras jamás se apagan…
Así pues, entenderás ahora lo que es la vestimenta apropiada para ser acogido en este lugar; y así mismo, comprenderás por qué las puertas carecen de aldabas. Todos aquellos que llegan convenientemente vestidos y adornados, encuentran las puertas abiertas. Ahora debo cerrarlas. ¡Adiós, hermano! ¡Ve y trata de cambiar tu vestimenta!
El hombre abrió los ojos y se vio tendido sobre el césped. Recordaba haberse sentado a descansar; debió quedarse dormido y, repentinamente, le vino a la memoria el extraño sueño que había tenido; porque, sin duda, había sido un sueño. Sin embargo, algo en su interior le producía cierta inquietud, no solo dentro de sí, sino que el propio entorno no parecía el mismo… Se levantó dispuesto a alejarse de allí. Puesto en pie, fijó su mirada al frente: Un disco luminoso se iba apagando lentamente hasta desaparecer… «La tarde declina y el sol se pierde en el horizonte, hacia el oeste», se dijo… Y una extraña emoción invadió su alma, porque aquel disco luminoso se iba diluyendo hacia el oriente…
Vestimenta apropiada por: Mª Luisa Escrich
Guardamar, 4 de octubre de 2020
2025 © Amor, Paz y Caridad