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Y FUE EN EL MES DE DICIEMBRE

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Y fue en el mes de diciembre

en el pueblo de Belem:

mientras las gentes dormían

vino Jesús a nacer.

En un humilde pesebre

fue Jesús depositado,

el espíritu más grande

que jamás haya encarnado.

Desde aquel día ya son

bendecidos los pesebres,

porque en aquel de Belem

durmió el Rey de los Reyes.

Los tres magos le ofrecieron

el oro, el incienso y la mirra;

los pastores le ofrendaron

queso, miel y una ovejilla.

La estrella que los guiara

empalideció su luz,

igual que todos los astros,

ante la luz de Jesús.

¡Que resuenen castañuelas,

pandereta y guitarrillo;

que repiquen las campanas,

que ya ha renacido el Niño!

¡Ya los instrumentos tañen,

desde el arpa al caramillo;

que cada tañido sea

loor al recién nacido!

El mundo se regocija

porque quiso aquí encarnar,

el más grande de los maestros

a enseñar cómo hay que amar.

¡Jesús ha vuelto a nacer!

¡Canta alegre, humanidad!

Que en todos los corazones

sea siempre Navidad.

Mª Luisa Escrich

Guardamar, diciembre de 2018.

Con esta poesía, Y fue en el mes de diciembre de nuestra compañera Mª Luisa Escrich, Amor, paz y caridad y el Grupo Villena quiere felicitar la Navidad y el año nuevo a todos aquellos que siguen nuestro trabajo.

Mucha Paz y Amor para todos.

EXPERIENCIAS Y VIVENCIAS

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Experiencias y vivencias

Experiencias y vivencias

Sí, hermanos: los buenos espíritus están a nuestro alrededor y nos prestan mucha ayuda sin que ni siquiera seamos conscientes de ello.

Hace algún tiempo que vengo compartiendo con vosotros, lectores de la revista AMOR, PAZ Y CARIDAD, experiencias y vivencias que, a lo largo de mis muchos años, me han venido acaeciendo, y que el buen Dios me va permitiendo recordar.

Uno de esos recuerdos lo he guardado durante toda mi vida, por temor a que pudiera ser causa de incredulidad, debido a lo que, por desconocimiento de las Leyes Divinas, pudiera parecer insólito o maravilloso, o lo que aún es peor: pura invención. Nada de eso.

Hoy, tanto la ciencia como la filosofía han podido corroborar lo que, a partir de finales del siglo diecinueve con la llegada del Espiritismo, que esos fenómenos no tienen nada de maravillosos en el sentido de extraordinarios o raros; que son perfectamente naturales y que no hay necesidad de inventarlos; están ahí.

Uno de esos “fenómenos” tuvo lugar hace muchos años, que yo tuve la inmensa dicha de presenciar y sentir. Para una jovencita de dieciséis años, aquella noche del 24 de diciembre en la que fuimos convocados para celebrar la Noche Buena en compañía de hermanos espirituales, tal HECHO sí que constituyó un acontecimiento extraordinario, que dejó una huella que jamás se borró y que marcó mi vida para siempre.

Una semana antes, en un momento del trabajo que se estaba realizando, un hermano nos advirtió que en el plano espiritual se estaba preparando un acontecimiento muy especial, que tendría lugar el día veinticuatro, y que nosotros seríamos los testigos de tal acontecimiento. Se nos pidió que tuviéramos preparados pan y agua; entendimos que esa sería nuestra cena de Nochebuena. Nadie preguntó; nadie cuestionó el mensaje; nadie se hizo eco de duda ninguna, y todos nos dispusimos a cumplir el “mandato” y a esperar, llenos de gozo, la llegada de la noche anunciada. Y por consejo de don Julio, nuestro mentor, nos dedicamos durante aquella semana a prepararnos lo mejor posible para el acontecimiento: frugalidad, serenidad y mucha oración. (Aquí debo hacer un inciso para explicar que Julio –para mí, don Julio- era un gran espiritista y extraordinario médium, al igual que Isabel, la otra médium del grupo, y que gracias a él podíamos conocer la doctrina, dado que carecíamos de libros, por estar prohibidos).

Llegado el día, después de ingerir una sencilla merienda en nuestra casa, nos dirigimos a la de Isabel, libres de todo temor, a pesar de los inconvenientes entre los que nos desenvolvíamos.

En un principio, fue como una noche más en cuanto a su desarrollo; sin embargo, no era igual: el ambiente que a partir de las once se respiraba, no tenía nada que ver con los demás días, en aquel humilde comedor de la casa de Isabel. Describiré algunos pormenores: por ejemplo, nadie en aquella estancia había colocado ningún ambientador, entre otras causas porque no existían y porque no había dinero para comprar perfumes; sin embargo, sí que el ambiente estaba perfumado. Tampoco había velas que pudieran alterarlo (todos sabemos que la doctrina no admite rituales de ningún tipo); generalmente se dice que, cuando ocurre algo fuera de lo común, huele a rosas; pero yo puedo asegurar que aquel olor no se parecía en nada a ningún otro que yo conociera, de cualquiera otra flor. Me es muy difícil definirlo.

Ahora describiré cómo era físicamente Isabel para comprender mejor lo que ocurrió después. Isabel era una mujer de unos cuarenta años; un metro sesenta de altura; ojos negros, y de tamaño normal. Cara regordeta y redonda. Diré que, en general, era toda regordeta sin llegar a obesa. Sus labios, asimismo, gruesos y bien perfilados.

Hacia las once y media, aproximadamente, y siguiendo las instrucciones que Julio había recibido de su mentor, dispusimos la mesa del comedor en el centro de la habitación, debajo de la única bombilla, carente de lámpara, que iluminaba la estancia. Tendimos un mantel blanco y liso sobre la mesa; colocamos dos bandejas, una con el pan y la otra con una jarra de agua; luego pusimos los vasos frente a cada uno de nosotros. Nos sentamos en los lugares que siempre ocupábamos y nos pusimos a orar. En aquellos minutos, creo que el mundo desapareció de nuestro entorno y, a punto de dar las doce, Isabel entró en trance. Y… ¡Dios mío!, todos quedamos sobrecogidos. ¡Isabel se puso en pie, con los ojos desmesuradamente abiertos; su cara se alargó, ya no guardaba nada de su redondez; la nariz, afilada, y los labios, finos y tan bien perfilados como siempre! Sin decir una palabra, aquel ser tomó el pan y lo partió por la mitad; luego los tendió sobre la jarra con el agua, y apenas unos segundos después los bajó hacia los costados, e Isabel se desplomó sobre la silla. ¡Estábamos conmocionados; nadie podía articular palabra! Julio y los demás compañeros eran conscientes de la gran trascendencia de lo que había tenido lugar.

Esperamos unos minutos hasta que Isabel se repuso, y luego de unos segundos de oración, Julio recibió la orden de partir el pan en pequeños trocitos y poner agua en los vasos. Después deberíamos empezar a cenar, sin olvidar beber el agua; lo hicimos casi en completo silencio. Por último, cada uno fue dando gracias a Dios por aquella Noche  memorable, y luego de recoger la mesa, nos dispusimos a salir hacia nuestros hogares.

Al día siguiente, Navidad, volvimos a reunirnos para comentar el suceso de la noche anterior, algo lógico por cuanto nuestra querida Isabel no tenía ni la menor idea de lo que en su materia se había desarrollado.

Al principio dije que para mí, a mis dieciséis años, supuso aquel acontecimiento, y por ello me limitaré a relatar lo que sentí. Siempre estuve familiarizada con los espíritus; desde pequeña oía en casa hablar de ellos con absoluta naturalidad y, por lo tanto, también desde jovencita se me permitió participar de las reuniones mediúmnicas, por lo que pensé que aquella noche sería una como las demás; así que, cuando se produjo aquella transfiguración de la que no tenía ni la menor idea que se pudiera producir, la emoción que experimentaba en cada una de las sesiones se transformó en asombro, y solo era capaz de mirar aquel rostro; aquel, digamos “estiramiento”, que se operó en aquel cuerpo; aquellos ojos abiertos y brillantes como jamás había visto; el rostro… y las manos: aquellas manos no eran las de Isabel…

Repito: jamás olvidaré aquella vivencia, y que solo después de muchos años de estudiar, preguntar e indagar y, sobre todo, dilucidar acerca de la doctrina de los espíritus, he podido comprender lo trascendental de aquella Noche Buena del año 1946; una noche que no tuvo nada de “maravilloso” y “extraordinario”; simplemente, nuestro Padre celestial mostró, una vez más y de una manera muy especial, su Bondad y Misericordia a unos hijos suyos muy necesitados de consuelo y consejos en unos tiempos conflictivos en los que las emociones podían “dispararse” de forma inadecuada, perdiéndose lo alcanzado, espiritualmente hablando, y retardando considerablemente nuestra evolución. Y lo que es más importante, y más tarde pude entender: nosotros éramos los espiritistas de los malos tiempos, y no podíamos dejar de serlo hasta que los tiempos cambiaran las cosas.

En cuanto al hermano que aquella noche tuvo la bondad de manifestarse, de una forma tan hermosa, nunca se nos ocurrió hacer cábalas acerca de su identidad, ni preguntamos en reuniones posteriores; no hacía falta. Fuera quien fuera, estábamos convencidos de que aquel Ser estaba muy por encima de todos cuantos antes se nos habían manifestado.

Dejo aquí el relato de algo que nunca más he tenido la ventura de vivir, pero que no todo el que conoce las comunicaciones con el mundo espiritual ha tenido esa fortuna, y que carga sobre mí una mayor y tremenda responsabilidad.

 ¡Gracias, Señor! ¡Gracias por tu regalo, que guardo en mi corazón desde aquellos dieciséis años, y que me acompañará hasta el día en que me digáis: Ven!

 

Experiencias y vivencias por:  Mª Luisa Escrich.

Guardamar, abril de 2018

LLORAR

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Llorar

La tristeza, la melancolía, los avatares de la existencia en la Tierra provocan dolor, y el dolor nos hace llorar; lloramos de miedo, de ira, de celos, por despecho y amor propio mal entendido; y por orgullo…

Ciertamente, hay momentos en la vida en los que no podemos evitar que las lágrimas afluyan a nuestros ojos, y eso no es malo: la pérdida de un ser querido es el mejor ejemplo. Dios nos ha puesto los sentimientos en el alma y las lágrimas en los ojos como máxima expresión del dolor.

Aun así, es equivocado pensar que hemos venido al mundo a llorar y sufrir. Somos aprendices de la vida: desde tiempos inmemoriales, y reencarnación tras reencarnación, los seres humanos han ido desarrollando cualidades que les han permitido primero proveer a su sustento y abrigo, y no si grandes esfuerzos y aun peligros; estoy segura de que no se pararían a llorar, más bien se verían obligados a agudizar su ingenio para solventar las dificultades, y así, a través de los siglos fueron aprendiendo que nada se consigue sin lucha y esfuerzo. De tal modo hasta llegar donde hoy están.

Pienso que deberíamos aprender a llorar.

Ahora que la ciencia y la tecnología le han allanado el camino, es cuando más se queja y más trabas encuentra para lograr una felicidad y una satisfacción para vivir exento de dolor y llanto, algo que no podrá conseguir mientras siga corriendo en pos de lo que ni él mismo sabe qué, porque siempre sentirá más y mayores deseos que conquistar.

Cuando aprendamos a considerar las cosas como un medio y no como un fin; cuando aprendamos a valorar las cosas como necesarias; cuando seamos capaces de despegarnos de lo superfluo, que es precisamente de lo que carecen los demás, habremos conseguido la felicidad que solo es posible con la paz de espíritu.

No hemos venido a la Tierra a llorar; hemos venido a trabajar, a borrar malos hábitos, a erradicar nuestros muchos y grandes defectos. Somos nosotros los que provocamos nuestros males y los dolores que nos hacen llorar; los causantes de nuestro propio infortunio,

Nos hemos olvidado de cuántas lágrimas nos enjuga Dios a cada instante; si lo tuviéramos siempre presente, sí deberíamos llorar de agradecimiento ante tanta bondad y misericordia.

Es hora de despertar a la realidad de nuestra existencia.

Aprovechemos la oportunidad que nos otorga nuestro Padre Celestial para rectificar.

No dudemos de que, si nosotros queremos… ¡adiós dolor! ¡Adiós llanto!

Mª Luisa Escrich

Guardamar, septiembre de 2016

CÓMO CASTIGA LA VIDA

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Cómo castiga la vida

El alma en cuerpo encarnada

en pesar está sumida,

y se queja, consternada.

¡Cómo castiga la vida!

 

La estancia en este planeta

no es un camino de mieles;

aquí debemos ganar

del espíritu los bienes.

 

Nuestro espíritu está enfermo;

olvidó que es inmortal

y que seguirá viviendo.

¡La fe lo puede curar!

 

Y se curará el alma

si se tiene caridad.

Aunque el alma no se enferma

ante esa fuerza moral.

 

Es grande fuerza el perdón;

es fuerza la tolerancia;

es fuerza la comprensión,

y la más grande, sin duda,

es la fuerza del Amor.

 

Aprovechar bien el tiempo

mientras estamos aquí;

hacer bien nuestro trabajo,

y no habrá miedo al partir.

 

Dios es siempre bondadoso;

nos otorgó fortaleza

para apartar los escollos

y afrontar las duras pruebas.

 

Siempre tenemos un ángel

que camina a nuestro lado.

Olvidemos la tristeza;

no estamos abandonados.

 

Como castiga la vida por:  Mª Luisa Escrich

Guardamar, 6 de julio de 2018

LA CARIDAD CON MAYÚSCULA

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La caridad con mayúscula

Jesús nos enseñó que hay que ser caritativos, que sin Caridad no hay salvación. También dijo: “Haz caridad, pero cuida que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”; “cuida que tu hermano no se sienta humillado”. Así, pues, debemos estar siempre dispuestos a ayudar cuando nos la pidan, y estar atentos a cuando podamos prestarla.

Cuando veamos que puede existir una necesidad, debemos preguntar con delicadeza, por ejemplo: “¿Puedo hacer algo por ti?” Hay personas que pueden sentirse avergonzadas, dejando al descubierto sus necesidades; o se pueden sentir infravalorados. Los hay que su orgullo les impide reconocer y aceptar que necesitan; o el egoísta que no quiere aceptar ayuda por si en un futuro hubiera de corresponder. Están aquellos que, sintiéndose agradecidos, prefieren luchar por ellos mismos para salir de las dificultades.

Pero también están los que se conforman con las ayudas que la sociedad les presta (que los hay), lo que les conduce a la inactividad, olvidando que el trabajo individual o colectivo es el motor de la humanidad. Aquí podemos aplicar el principio de “ayúdate, y te ayudaré”. Nadie tiene la obligación de hacer el trabajo de los demás; cada cual es labriego de sí mismo. Alguien dijo: –Una cosa es dar la mano para ayudar y otra es llevar a cuestas.

Eso no debe hacernos olvidar el deber que tenemos para con nuestros semejantes, eso sería faltar a la Caridad y la solidaridad. Todos tenemos algo que dar y recibir, enseñar y aprender; y en ese punto nos daríamos cuenta de que la Caridad es recíproca, y de ese modo nadie se sentiría superior dando, ni inferior recibiendo.

En estos momentos de crisis (en todos los sentidos) en que está sumida la humanidad, podemos vernos envueltos en pruebas de necesidad, y entonces ¿no acudiríamos a nuestros hermanos sin sentirnos humillados?

Estamos en un proceso de cambio, y todo cuanto hemos aprendido debemos llevarlo a la práctica, para ayudar a la consecución de ese cambio ya imparable. Tenemos una responsabilidad adquirida en el momento en que abrazamos la tercera revelación: ha llegado el momento de teorizar menos y practicar más; interiorizar los mensajes recibidos y sacarlos de nuestro interior para enseñar, con nuestro comportamiento, a amar amando. ¿Puede haber una más hermosa Caridad?

Hermanos espíritas, no desaprovechemos nuestra oportunidad. ¿No os gustaría pensar que somos los trabajadores de la última hora?

                                                                    La caridad con mayúscula por:  Mª Luisa Escrich

(Guardamar)

Caridad según la RAE

CAMINO DURO

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Camino duro

Son muy duros los caminos

para quien quiere elevarse;

como querer cortar rosas

y pretender no pincharse.

 

El ser vive prisionero

de los placeres del mundo

y que, según pasa el tiempo,

se van convirtiendo en humo.

 

Cuando el alma está encarnada

no consigue comprender

que, cuando deja esta vida,

hay otra vida después.

 

Y que el destino del hombre

no es vivir en la quimera:

al mundo vino a limpiar

las faltas que el alma yerra.

 

Borrar las deudas del alma

es sufrir y padecer;

hay que quitar todo el lodo

del alma y cuerpo a la vez.

 

Hay sin dudar otro mundo:

Se nos depara glorioso,

que aunque aún esté lejano,

el final será gozoso.

 

No importa que sangre el alma,

que al acabarse su ciclo

el espíritu inmortal

pueda sin duda alcanzar

de la Angelitud, la Palma.

 

Camino duro por: Mª Luisa Escrich     (Guardamar, mayo de 2018.) 

AYUDA ESPIRITUAL

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Ayuda espiritual

En todo tiempo el hombre ha amado lo maravilloso. ¿Y qué es lo maravilloso? Lo que es sobrenatural. ¿Y qué es sobrenatural? Lo que es contrario a las leyes de la naturaleza.

Las leyes de la Naturaleza son leyes Divinas, y como no puede ser de otro modo, la inmensa mayoría de ellas nos son desconocidas y muchas otras se nos hace muy difícil comprenderlas. No obstante, a lo largo de la historia hemos visto y experimentado numerosas manifestaciones que se han considerado milagrosas.

Los milagros no existen: todo es consecuencia de una causa que provoca un efecto: Dios, causa primera de todas las cosas, cuya voluntad permite esas manifestaciones que han sido perfectamente demostradas y que son consecuencia de la existencia del alma o espíritu; su supervivencia después de la muerte física y su poder otorgado por Dios para obrar sobre la materia.

Quiero relatar una experiencia que viví en una época conflictiva y que conservo en mi memoria. Eran tiempos difíciles, especialmente para los que teníamos unas creencias ajenas a los postulados, digamos, oficiales. Esas creencias, sobre todo el espiritismo, eran perseguidas y castigadas; por ese motivo, nos era muy arduo poder celebrar reuniones que nos permitieran estudiar y profundizar es esta maravillosa filosofía. Sin embargo, aprovechábamos cualquier evento familiar, como cumpleaños, santos o comuniones de los niños, para juntarnos, no solamente para estudiar, sino para mantener comunicaciones con el mundo espiritual, que siempre se mostró dispuesto y atento a nuestras necesidades espirituales, un tanto maltrechas a causa de los acontecimientos vividos.

          Cierto día se nos hizo tarde y, dado que la vigilancia en las calles era exhaustiva, a todos nos invadía el temor a ser abordados por la policía e interrogados, teniendo que dar cuenta de dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos; era realmente comprometido.

Entonces ocurrió, un hermano espiritual se manifestó espontáneamente, y dulcemente nos dijo: -Queridos hermanos, id a vuestros hogares; salid a la calle sin temor; os aseguramos que no os van a ver.

No lo pensamos, salimos a la calle llenos de fe y confianza, y durante todo el trayecto pasamos por cuatro controles, en realidad parejas de policía que se situaban en cada manzana de casas. Como digo, anduvimos sin ningún temor y ni uno solo de aquellos policías dio muestras de haber advertido nuestra presencia; ni siquiera movieron un músculo. Cinco personas, tres compañeros, mi madre y yo, llegamos a casa sin ningún contratiempo.

Nada ni nadie podrá rebatir, aunque lo intente, aquella experiencia que viví y que más tarde pude comprender con el estudio de la doctrina; y ante aquella experiencia, pienso en lo que muy bien pudiera ser: ¿Acaso los espíritus, nuestros protectores, tendieron un velo invisible para nuestros ojos que nos ocultaba a los ojos de los demás? Sí, queridos amigos, nada es extraño ni sobrenatural. Como nos dice Erasto: “Los espíritus están en todas partes; son una de las fuerzas de la Naturaleza que obran en nuestro entorno, creando las condiciones para el cumplimiento de nuestros destinos”. Yo podría añadir que también para nuestras necesidades, siempre que sean de utilidad; nunca para nuestro capricho, curiosidad o vanidad.

Compartir esta experiencia con todos vosotros que me leéis, no tiene más objetivo que dar testimonio de cuán grande es la Misericordia Divina, que cuida de todos constantemente sin que lo apreciemos, y que a veces se hace ostensible en momentos muy especiales; siempre para nuestro aprendizaje y evolución espiritual.

Así, pues, por tantas y tantas muestras de Amor recibidas a lo largo de mi existencia, una vez más, ¡gracias, Señor!

 

Ayuda espiritual por:   Mª Luisa Escrich.

Guardamar, abril de 2018

SER Y ESTAR

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Ser y estar

Cada existencia en la Tierra

es grande oportunidad

de lograr la perfección

del espíritu inmortal.

 

No debemos olvidar

que este mundo es de aflicción:

aflicción por nuestras culpas,

que el dolor no lo da Dios.

 

Somos tan solo nosotros

que, viviendo en el error,

vamos enfermando el alma

propiciando ese dolor.

 

Sanear nuestra conciencia

tiene la finalidad

de extirpar de sí el orgullo,

prepotencia y vanidad.

 

Aunque la palabra “orgullo”

ha mala reputación.

Hoy yo me siento orgullosa

de llamarme hija de Dios.

 

El orgullo es un defecto,

mas se puede valorar

conjugando bien los verbos:

no es lo mismo ser que estar.

 

Luchemos contra el orgullo

en su concepto de ser;

será una dura batalla

muy difícil de vencer.

 

Y llegaremos a Dios

si hemos sabido luchar

y sentirnos orgullosos

de haber logrado ganar.

 

Ser y estar por:    Mª Luisa Escrich

               Guardamar, abril de 2018

COMUNICACIÓN CON LOS ESPÍRITUS

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Comunicación con los espíritus

          Mediumnidad: ¿Para qué es la mediumnidad? O más bien, ¿qué creen la mayoría de los seres qué es la mediumnidad? Para muchos es un raro fenómeno que despierta curiosidad; para los que la aceptan como un hecho patente, es la posibilidad de hablar con los “muertos”, expresión habitual. Y aun piensan que se puede hacer a nuestro antojo, cuando nos viene bien y a la hora o momento que lo necesitamos. Esto los espiritistas sabemos que es un error.

          Yo voy a relatar mi propia experiencia y lo que aprendí en cuanto a la comunicación con los espíritus desencarnados.

          Cuando desencarnó mi padre, espiritista comprometido y trabajador, tanto mi madre como yo sentíamos el deseo y la necesidad de comunicar con él. Mi madre, conocedora de la doctrina, nunca en mucho tiempo mostró ese deseo, pero yo, a mis catorce años, sí me mostraba un tanto impaciente. Acudíamos a nuestras reuniones clandestinas y los hermanos espirituales se comunicaban con cierta asiduidad, dado que las  circunstancias que atravesábamos eran profundamente dolorosas, y precisábamos de su asistencia, de sus consejos, de su consuelo… ¿Por qué nunca venía? ¿Por qué nunca se comunicaba? Habían transcurrido cinco años y aún no habíamos tenido la oportunidad; yo, impaciente, le pedía a mi madre que preguntara si habría alguna posibilidad. Ella siempre me decía lo mismo: -Cuando Dios quiera. O bien –quizá no le den permiso…

          Al fin, un día en el que ni siquiera pensábamos en ello, pues nuestra reunión no era sino la de estar juntos, cuando menos lo esperábamos, Isabel, nuestra médium (excelente, por cierto) entró en trance espontáneo y un hermano espiritual se manifestó con un saludo general y una mención especial; dijo: -“Que la paz del Supremo Amor sea con vosotros, -y volviendo la cara hacia nosotros, añadió Peque”. ¡Era papá! Nadie excepto yo sabía que mi padre siempre se dirigía a mi madre llamándola “Peque”. Nada puede expresar lo que yo sentí en aquellos momentos; fue breve su mensaje pero intenso; quedó grabado para siempre en mi memoria y en mi corazón.

          Así transcribo: -“Queridos míos: solo dispongo de unos minutos para daros testimonio de mi amor y deciros que jamás os olvidé; que siempre estuve a vuestro lado y siempre contaréis con mi amparo; nunca olvidéis la bondad de Dios. Debo irme; que el Señor quede con vosotros.”

           Este fue su mensaje. Confieso que, a pesar de la brevedad, yo me sentí plena; había podido escuchar a mi papá cinco años después de su desencarnación.

          Mi madre tenía otra inquietud, anhelaba saber más de él, y antes de que se retirara, le dijo: -¿Puedo hacerte una pregunta antes de partir? –Tras unos instantes de silencio, respondió- .

-¿Puedes decirme cómo es tu situación en el mundo de los espíritus? –Otro segundo de silencio.

Dios, el Amor Supremo, ha sido inmensamente misericordioso conmigo. Adiós.

          Hasta aquí una de mis experiencias, y que fue decisiva en toda mi existencia; experiencia que junto a otras muchas, me han enseñado algo, que todos los que creemos en el espiritismo, a nuestra vez, tenemos la obligación de enseñar para erradicar el falso espiritismo que tanto daño hace a esta hermosa filosofía: que la mediumnidad no es un juego, que es un compromiso, que los espíritus no están a nuestra disposición; que se manifiestan cuando entienden que puede ser útil e instructivo; pero jamás por nuestro interés o capricho ni curiosidad y, por supuesto, nunca se venden.

          He dicho que todo espiritista debe enseñar lo que es en verdad la mediumnidad; nosotros, conocedores de ella, tengamos siempre presente que Dios, nuestro Padre Celestial, más pronto o más tarde, de una forma u otra, nos da satisfacción.

          Aprendí algo muy importante: que la comunicación de los espíritus está exenta de vanidad; es sobria, breve pero con un contenido intenso y moralizador.

 

Comunicación con los espíritus por:     María Luisa Escrich

(Guardamar, 2016)

TIEMPO PARA ORAR

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Tiempo para orar

¿Necesitamos tener tiempo para orar? En general, consideramos la oración como un ritual que, si no se cumple fielmente, carece de valor.

Esto viene a tenor de un comentario que escuché y que decía, más o menos: “…es imposible, con el poco tiempo de que se dispone…” Tal y como se entiende lo que es orar, en efecto, se necesita tiempo; retirarse en solitario, entrar en un templo; arrodillarse; cruzar las manos, cerrar los ojos y rezar… Un ritual.

Para rezar no es necesario dejar nuestros quehaceres y obligaciones, cuando estos nos impiden disponer de unos momentos de tranquilidad; nos basta el pensamiento, que es el lenguaje de los espíritus encarnados y desencarnados. Es rápido como el rayo, solo necesita una décima de segundo para recorrer todo el espacio. Por el pensamiento nos ponemos en comunicación con Dios  y los buenos espíritus. Cuando hacemos un ruego al Señor, o bien una oración  de gracias, diciendo: “¡Dios mío, cuídame!” O “¡Gracias, Señor, por todo cuanto me das!”, antes de pronunciar las palabras, si estas salen del alma, ya las ha proyectado el pensamiento hacia las alturas…

Cierto que Jesús se retiró al monte a orar; pero Él necesitaba elevarse hasta el Padre; se preparaba para afrontar el gran sacrificio de amor hacia sus hermanos: morir para darnos la vida eterna.

Ciertamente; el pensamiento es el lenguaje de los espíritus, y llegará el día en que entre nosotros los encarnados, al cruzarnos, nos diremos con el pensamiento: “Ve con Dios”; y se nos responderá del mismo modo: “Que Él te acompañe”. Así ocurre entre los hermanos desencarnados; pero para que esto sea posible, nuestra mente debe estar limpia y diáfana; merece la pena trabajar para asearla.

El tiempo no debe ser una excusa para orar. Dios solo desea que siempre le tengamos presente.

 

Tiempo para orar por: Mª Luisa Escrich

(Guardamar, julio de 2016).

ENSEÑANZAS DE TERESA DE JESÚS

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Enseñanzas de Teresa de Jesús
Murallas de Avila, ciudad natal de Santa Teresa de Jesús.

Teresa habla a sus hijas de aquello que el Maestro le enseña:

Ahora que el buen Maestro, nuestro hermano, nos ha enseñado a pedir, cosa de tanto valor que encierra en sí todo lo que acá podemos desear y necesitar (nos ha hecho gran merced haciéndonos sus hermanos), veamos qué quiere que nosotros demos a nuestro Padre, que justo es le sirvamos por tantas mercedes recibidas.

          Aquí establece Teresa la gratitud que debemos a Dios:

Ciertamente, el hombre olvida esa gratitud; generalmente, se acuerda de Él cuando necesita algo, y aun cuando no lo necesite; nunca se cansa de pedir, y también, en general, pide aquello que no le conviene desde el punto de vista de su transformación moral. Como dice Teresa, Jesús nos ha enseñado a pedir aquello que acá necesitemos; Él sabe muy bien cuáles son nuestras necesidades, y lo que solicitamos se nos concede o no, según Su sabio criterio, pues en la mayoría de las ocasiones esas “necesidades” no son las que nosotros creemos necesitar, y cuando eso ocurre, nuestra reacción es siempre la misma:

– Dios no existe. Si existiera, me escucharía; si existiera, vería el calvario que estoy pasando y le pondría remedio; o, si existiera, no consentiría esto o aquello… De una manera o de otra, pensamos en Dios, aunque sea para negarle; sin embargo, cuando las cosas nos salen bien no pensamos en la posibilidad de que sea Dios quien nos lo proporciona, lo achacamos a la casualidad o a lo listos que somos, pero lo cierto es que no solamente Dios existe, sino que nada ocurre sin su voluntad. Por ello, jamás debemos dejar de darle gracias por todo cuanto tenemos. Y aún más: ¿Qué podemos darle nosotros, que como dice Teresa de Jesús, “razón es le sirvamos por tantas mercedes recibidas”?

          Y Él, ¿qué nos pide? Muy poco para lo que de Él recibimos; tan  solo que nos  mostremos como hijos sumisos y agradecidos, ofreciéndole nuestro compromiso de ser cada día un poquito mejores, tal y como Él desea.

          Y no olvidemos que, cuando Dios no nos concede aquello que deseamos, será sin duda porque no nos sea útil o necesario para el futuro, de nuestro espíritu inmortal.

 

                                                                     Enseñanzas de Teresa de Jesús por:    Mª Luisa Escrich

Guardamar, 2012

EL ESTUDIO Y LA CONVIVENCIA

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El estudio y la convivencia

¿Qué es más importante, el estudio o la convivencia? Ambos lo son, y necesarios. El estudio para adquirir los conocimientos que la nueva revelación nos ofrece, y la convivencia para establecer vínculos de fraternidad afectiva.

Desde el punto de vista del espiritismo, ¿qué es más importante? Si hemos estudiado, habremos aprendido lo que los espíritus nos recuerdan constantemente: -hermanos, amaos e instruíos. ¿Fue ese el orden? Sea como fuere, en la mayoría de los casos hemos olvidado lo primero, centrando nuestra atención en lo segundo, no tanto el leer como el estudiar: leer mucho y adquirir muchos conocimientos, siendo esta la prioridad. No se trata de saber mucho, sino de razonar mejor. Conocer la doctrina no nos hace ser espíritas. Los hermanos espirituales nos informaron al respecto: “se conoce a los buenos espíritas por su transformación moral y por lo mucho que se aman”.

Entendiendo que el estudio es importante y necesario, lo que no debemos olvidar es que el espiritismo se basa fundamentalmente en el Amor. Amar a Dios y al prójimo. Pero para que esto sea posible, debemos empezar por amarnos a nosotros mismos, y la mejor forma de hacerlo es erradicar de nosotros cuantos más defectos sea posible. Limpiarnos de rencores, de intolerancia, de orgullo y vanidad… solo así seremos capaces de sentir a Dios en nuestro interior y ver a nuestros semejantes como a hermanos, siendo así capaces de amar.

¿Cómo empezar? Con la convivencia. Estando juntos empezaremos por conocernos: mirarnos sin prejuicios; ofrecer confianza a los demás para que sepan que estamos dispuestos a ayudar cuando lo necesiten; saber que podemos contar con su apoyo, si fuera necesario.

 Generalmente se dice que la convivencia es difícil; pero la verdad es que, también en general, no se ha intentado, y a las primeras dificultades abandonamos. Y realmente no debe de ser tan difícil cuando Dios, que todo lo sabe, nos ha dicho por medio de Jesús “Sed perfectos, como el Padre es perfecto”. Así pues es posible, y para ello nos ha dotado de inteligencia, fuerza y voluntad, y que esa tarea no va más allá de lo que nosotros seamos capaces de hacer.

Por lo tanto, empecemos; ha llegado el momento: somos una familia con un Padre común y un Hermano Mayor. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, ampliando nuestro horizonte de amor hasta llegar a Dios, para que Él pueda decir: “En verdad me amáis”.

Tomás de Kempis escribe:

Porque muchos estudian más para saber que para bien vivir; y mucho yerran y poco o ningún fruto cogen.

Mucho Amor.

 

El estudio y la convivencia por: Maria Luisa Escrich

(Guardamar, julio de 2016)