Palabras de aliento

RECUERDOS DE NIÑA

 

           Yo fui una niña feliz; hasta los seis años, muy feliz.

          En aquellos primeros seis años los Reyes Magos no se olvidaron de entrar por mi ventana para dejar, junto a la chimenea, mi juguete favorito: una muñeca. Nunca quise otro juguete; solo quería muñecas, y muñecas me traían.

          Las muñecas son mil recuerdos que el tiempo no ha conseguido borrar; sobre todo, la última que me trajeron; era preciosa; su carita redonda, con mofletes sonrosados, ojos verdes como los míos, pelo rubio y rizado… ¡y tan alta como yo! Los Reyes Magos la habían adquirido en una tienda de ropa infantil, donde servía como maniquí. ¡Cómo disfrutaba vistiéndola con mis propios vestidos!

          Y pasaron doce meses y cumplí siete años… y no vinieron los Reyes. Yo le pregunté a mi mamá:

          -¿Por qué no han venido los Reyes?

        -Hijita, -me respondió-, ellos no pueden venir. ¿No oyes el ruido de la calle? ¿No oyes cómo caen las bombas? Se asustarían los camellos, o quizás los matarían. Los Reyes y sus camellos solo acuden donde hay paz y concordia; ellos son luz y alegría.

          Ahora solo hay tinieblas.

          Durante aquella contienda fuimos de un lado para otro, buscando rincones más o menos seguros donde guarecernos de aquella tremenda guerra y, en cada cambio, se fueron quedando nuestros recuerdos más queridos; los míos, mis muñecas; la grande, mi preferida, hubo de ser vendida.

            Nunca volvieron los Reyes; nunca tuve otra muñeca.

          A los diecisiete años, terminada mi carrera, comencé a trabajar; había que ayudar a la economía familiar, que solo dependía de lo que mamá ganaba como modista (y muy buena), cosiendo hasta altas horas de la noche; minando su salud. Papá ya no estaba con nosotros. La inconsciencia de los hombres se lo llevó para siempre de una forma muy dolorosa. A mi madre solo le preocupaba una cosa: que aquellas tres pequeñas mentes jamás fuesen contaminadas con ideas de rencor o deseos de venganza. Así, siempre que era oportuno nos decía: -Papá no volverá; se lo han llevado los Reyes. Supimos la verdad cuando dejamos de creer en ellos.

          ¿Por qué comencé este relato? ¡Ah, sí! Recordando que, durante mis primeros seis años, había sido una niña feliz. No es difícil deducir la razón por la cual aquella felicidad desapareció de nuestras vidas. Pero he dicho “aquella” porque la fuente de la felicidad nunca se secó para nosotros; mi madre se encargó de mantenerla, fluyente y fresca, alejando toda sombra que pudiera perturbar nuestro desarrollo; más bien el de mis hermanos, porque yo… yo lo vi todo claro, y demasiado pronto: solo tenía nueve años.

          Pero les diré una cosa: la vida tiene de todo y hay que saber elegir; aprovechar la ocasión cuando esta se presenta; recordar aquello que un día perdimos y que tenemos la oportunidad de recobrar. Así me sucedió a mí; gané mi primer dinero, que mi madre no cogió: -Este es tu primer sueldo, gástalo en lo que tú quieras.

               No me lo pensé dos veces, salí corriendo a la calle y me compré una muñeca.

 

Recuerdos de niña por:  María Luisa Escrich

Anteriores Artículos

EL TRABAJO

Siguientes Artículos

REVISTA NÚMERO 86

Sin Comentarios

Deja tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.