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VIVIR CON INTELIGENCIA

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Vivir con inteligencia

Del pasado y del presente

no debemos renegar,

porque debemos pensar

que ese pasado y presente

son el vestigio evidente

de aquello que hay que cambiar.

 

Vivir con inteligencia

en este mundo carnal

es aliviar la conciencia;

todo defecto borrar;

erradicar cuanto frene

nuestro adelanto moral.

 

Faltas que en el alma yacen;

trabas que hay que superar

sacudiendo la pereza,

y poder crecer con luz,

con coraje y fortaleza

y alcanzar la plenitud.

 

El trabajo a realizar

es luchar para salir,

y sin dejarse vencer,

de ese círculo vicioso,

que al alma tienen sumida

los hábitos perniciosos.

 

Que si el alma está manchada

no puede albergar Amor,

que es señal que determina

del alma la perfección.

Amor a nuestros hermanos

sin que importe su color.

 

Sacar de nuestro interior

los mezquinos sentimientos,

y los malos pensamientos

combatirlos con valor.

Son las reglas del progreso.

Las reglas las puso Dios.

 

Vivir con inteligencia por: Maria Luisa Escrich

© 2019 Amor, Paz y Caridad

EL TERCER MILENIO

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El tercer milenio

Con el título: El tercer milenio he leído un librito precioso; y digo librito porque apenas si tiene ochenta páginas, exactamente setenta y ocho. Su contenido son mensajes de amor y esperanza, pero también de advertencias acerca de lo que se avecina: un mensaje decisivo para el creyente y para el no creyente.

La luz de Cristo se hizo visible cuando se encarnó entre nosotros, aunque no todos supieron, o quisieron verla, y no ha dejado de brillar a lo largo de los más de veinte siglos. Él vino en un acto de Amor hacia los hombres, sus hermanos, pues ya lo dijo: Todos somos hijos del mismo Dios.

Como nos dice un mensaje, estamos inmersos en el tercer milenio, el decisivo; el milenio del cambio; no el de la destrucción de nuestro planeta, como muchos creen, sino el cambio del pensamiento; el cambio de esta civilización marcada por la sinrazón humana, hundida en los abismos de la incomprensión, la intolerancia y el desamor; donde ha imperado y aún impera la fuerza y no la razón. Una humanidad aferrada al materialismo, preocupada solo por el presente y pensando en un futuro erróneo, porque el verdadero futuro no tiene nada que ver con el futuro material.

En este tercer milenio, la humanidad tiene ya marcado un destino irreversible. El planeta está abocado a un cambio total; a lo largo de todo este milenio, las generaciones venideras vivirán y sufrirán esos cambios ineludibles, en todos los órdenes, sobre todo en el orden moral; ir recuperando muchos valores perdidos u olvidados; y lo más importante, erradicar todas las malas tendencias, los sentimientos de incomprensión, intolerancia; la mala conciencia, donde se esconden el odio, el rencor, los deseos de venganza que dan lugar a los enfrentamientos absolutamente cruentos que se han sufrido a lo largo de la historia. La humanidad corre alocada hacia su destrucción, pero no puede desaparecer, y este cambio ya iniciado la salvará de sí misma.

¿Cuántos años de este milenio serán necesarios para llevar a cabo la transición planetaria? Nadie lo sabe, pero algo es seguro: al final del milenio, la Tierra ya no será la misma, y esa luz de Jesús, que no ha dejado de brillar, aunque no hayamos querido verla, será el faro guía para la nueva humanidad.

Es seguro que la mayoría me dirá que es muy largo el plazo, y que ninguno de nosotros lo verá: cierto, pero nosotros y las generaciones pasadas somos las causantes del actual estado moral del planeta, y deberemos desaparecer para dar paso a una sociedad más justa donde impere el amor entre los hombres. Tal es el destino del Planeta Tierra.

Creo en la reencarnación, y quién sabe: la misericordia de Dios es infinita, y tal vez me sea concedido el regresar, con otro cuerpo, a la nueva Tierra redimida.

El tercer milenio por: María Luisa Escrich

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

HABLAR SOBRE LA MUERTE

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Hablar sobre la muerte

¿Hablamos los espiritistas de la muerte con naturalidad y abiertamente, como corresponde a quienes la conocemos? Creo sinceramente que los espiritistas aún no nos hemos dado cuenta de la trascendencia tan grande que puede tener hablar de la muerte con libertad.

A veces, cuando en alguna ocasión se ha suscitado una conversación en la que se aludía a ella, se hacía un silencio, como si mencionar el nombre pudiera provocarnos, cuanto menos, un problema de orden espiritual.

Cuando en el último Congreso Iberoamericano de Espiritismo, en abril del 2018 celebrado en Vigo, se habló precisamente de este tema, recordé lo que me ocurrió a mí hace algún tiempo hablando con unos compañeros. Conversábamos acerca de la degradación del cuerpo a medida que se van sucediendo los años, y en otras circunstancias, como una enfermedad degenerativa, y yo me puse como ejemplo de esa ley natural, debido a mis muchos años. Comenté con toda naturalidad cómo se acortaba mi tiempo, y lo hice, además, en un tono tranquilo, que es como en realidad me siento.

Mi sorpresa fue considerable cuando me dijeron que no debería hablar de ese modo, dado que nuestras vidas están en manos de Dios y que la muerte llega cuando Él lo decide. ¿Acaso se puede poner en duda la voluntad divina por el mero hecho de decir que vas acercándote, precisamente, al cumplimiento de su divina Voluntad? Lo verdaderamente importante es estar preparado para cuando Él lo decida, y una de las maneras de estar preparado es, precisamente, aceptando desde un principio que ha de llegar el momento; y esa preparación no se hace de la noche a la mañana, sino que debe comenzar reconociendo que, desde el mismo instante que llegamos al mundo, emprendemos una carrera, más o menos larga en el tiempo, que nos acerca al final.

Hablar de la muerte desde pequeños ciertamente es liberador, porque se destruye el mito de la “dama enlutada”, portadora de guadaña segadora de vidas, y se erradica el terror ancestral que envuelve a todo ser humano. Cuando se la cambia por un tránsito hacia otra dimensión donde el alma inmortal continúa viviendo, el miedo desaparece, como no puede ser de otra manera, ante la certeza de una existencia infinitamente superior a esta.

Debemos ser conscientes, y ya lo sabemos, que todo esto hay que ganárselo, para lo cual hay que adquirir los valores morales sin los que nada es posible; pero eso, como también sabemos, los vamos logrando con el conocimiento y el trabajo individual y colectivo. Y es precisamente que dentro del conocimiento se debe encuadrar lo que llamamos muerte; lo que se ha creído y cree que es, y lo que verdaderamente es.

Que hablemos de la muerte haciendo énfasis en la ‘muerte física’ puede ser revelador para aquellos que nos escuchen, dando lugar al convencimiento de que ‘después’ de… entraremos en otra dimensión en donde el alma sigue su progreso, cumpliéndose así la Divina Ley.

Hablar sobre la muerte por: Mª Luisa Escrich

© 2019 Amor, Paz y Caridad

MANIFESTACIONES MEDIÚMNICAS

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Manifestaciones mediúmnicas
João Pio Almeida Prado, médium de inspiración musical. Durante la II Semana Parapsicológica Villenense en 1983

Nos referimos a esas manifestaciones llamadas, para entendernos, extraordinarias, y que, como sabemos, son perfectamente naturales: son los fenómenos de la transfiguración, aportes, penetrabilidad de los pensamientos, etc., etc., que en el pasado fueron pródigas, por necesarias.

Sabemos que los espíritus no dicen ni hacen nada que no tenga una utilidad y que sea absolutamente necesario.

Ha habido épocas en nuestro pasado más próximo en que esa necesidad era más que notable; eran tiempos difíciles en los que las almas estaban perdidas; eran grandes las tribulaciones y los sentimientos prestos a aflorar descontrolados. Había mucho dolor y los hermanos espirituales, por la misericordia de Dios, vinieron en nuestra ayuda, haciéndose presentes en esas manifestaciones mediúmnicas para hacernos ver que realmente no estamos solos, que ellos están ahí para ayudarnos a sobrellevar las dificultades y los escollos que debemos superar durante el paso por la materia. Además, el espiritismo estaba en sus inicios y aún no se entendía muy bien la relación que existe entre el mundo material y el mundo espiritual, que es más cercano de lo que en aquellos tiempos se imaginaba.

Hoy puede caber la tentación de pensar que los espíritus nos consideran indignos de esa atención por su parte, y que todo pudiera ser una invención para darnos una importancia que no tenemos, como pueda ser mi caso, pues tuve la oportunidad de vivir esas experiencias en aquellos años, y que ya he compartido; se puede pensar que esas manifestaciones solo pueden producirse para espíritus más avanzados o grupos mejor preparados y que, aunque esto es muy necesario desde el punto de vista moral, desde el punto de vista natural es un error.

En el libro “Higiene del espíritu”, que fue publicado en Villena en 1904, en la página 488, nº 185, los espíritus dicen:

“No se extrañen los centros espíritas de estas manifestaciones que alguna vez reciben de espíritus elevadísimos, pues teniendo en cuenta que los hombres en general son muy atrasados y muy llenos de imperfecciones, es muy natural que Dios no escatime a sus hijos enfermos, ni en cantidad ni en calidad, todo aquello que necesiten para su mejoramiento y progreso. Es grandísima la influencia de esos espíritus y su amor, que les lleva a acudir adonde mayor falta hacen, y a menudo se comunican sin dar sus nombres para no fomentar el orgullo en los centros.

Así pues, ellos cumplen con la máxima: No hay falta más grave que saber la verdad y ocultarla, o enseñar la mentira”.

Hagamos lo mismo; proclamemos la verdad de todo aquello que hayamos tenido la oportunidad de vivir, para esclarecimiento de todos.

Mucho amor.

Manifestaciones mediúmnicas por: Mª Luisa Escrich

© 2019 Amor, Paz y Caridad

ES ACASO…

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Es acaso...

Andar sin tocar el suelo,

la luz besando tu frente

¿es acaso, por ventura,

eso que llamamos muerte?

 

Eso que llamamos muerte

¿es acaso, por ventura,

que al abandonar el cuerpo

el alma es la que perdura?

 

El Dios de misericordia

hizo al hombre un gran regalo;

le aseguró vida eterna

y dio a Jesús como hermano.

 

Él acabó con las sombras

do el mundo estaba sumido

inundándolo de luz

sacándolo del abismo.

 

Eso que llamamos muerte

no es acaso; sí ventura.

Jesús dijo: si me sigues,

tendrás la vida futura.

 

Por eso no existe muerte,

porque la vida es segura.

El Amor de Dios lo avala,

lo demás es desventura.

 

 M.ª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

FELICIDAD EN LA TIERRA

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Felicidad en la tierra

FELICIDAD EN LA TIERRA

 

El alma que ocupa un cuerpo

es como un ave en prisión,

que a causa de sus desvíos

es reo de sus delitos

condenado a reclusión.

 

Así no podrá encontrar

felicidad en la Tierra,

que en los placeres del mundo

el alma está prisionera.

 

¿Y por qué no ha de encontrarla?

La vida acaso ¿no es bella?

Contemplar la Creación,

todo es perfección en ella

porque es la obra de Dios.

 

Ver a nuestra Madre Tierra

toda tan llena de vida;

los animales, las plantas

que el soplo de Dios aviva.

 

Contemplar el firmamento:

los planetas, las estrellas;

el fulgor de los luceros;

la brillante luna llena.

 

Subir con el pensamiento

hasta las cumbres más altas,

allí, donde ulula el viento,

en las montañas nevadas.

 

Y en las mañanas de estío

cuando abrimos las ventanas

sentir el calor del sol,

y entre las hojas de un olmo

el trino de un ruiseñor.

 

Como un río de aguas frescas

que apaga el fuego del sol;

que alivia el ardor del alma,

así es el amor de Dios.

 

Él nos brinda la esperanza

de lograr felicidad,

y la podremos sentir

si la sabemos buscar.

 

Si olvidamos los placeres

de este mundo material;

no vivir la vida en vano;

la verdadera ventura

empieza cuando nos vamos.

 

Felicidad en la tierra por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

EDUCACIÓN PARA LA MUERTE

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Educación para la muerte

Educación para la muerte: lema de las  Jornadas Espíritas del Mediterráneo, en las cuales se consideró la necesidad de introducir tan delicado tema en las aulas, tal y como se lleva a cabo la educación sexual. Es, en efecto, un tema delicado, por cuanto ambos conceptos han sido considerados tabú y se han obviado deliberadamente como si fuera un problema inexistente. El primero por un falso pudor que ha llevado a cometer numerosas equivocaciones, precisamente por desconocimiento y por una férrea represión, y que hoy, como estamos viendo, se han relajado las costumbres (a mi modo de ver).

La segunda, la muerte; ni siquiera se ha pensado, ni se piensa en ella cuando llegamos a este mundo y vamos creciendo. Festejamos uno por uno los años que vamos cumpliendo, y nadie nos ha enseñado que cada año que cumplimos es uno menos que nos queda para llegar al final que, ineludiblemente, llegará. Así pues, sí: educación para la muerte es necesaria; pero una educación para los adultos; enseñarles que no se vive eternamente; que no existe nada que nos asegure el futuro, y que cuanto nos afanemos en poseer: dinero, poder, influencias, fama…, aquí se quedará, nada de ello nos podremos llevar al otro mundo, que es donde sí se vive eternamente y donde nada de aquello es necesario. Que estamos aquí con la finalidad de mejorarnos moralmente para el mundo que nos aguarda al final del paso por la Tierra; enseñar que la muerte no existe, porque seguimos viviendo; porque el alma o espíritu solo abandona el cuerpo, que es el que perece; enseñar a tener esperanza, a tener fe en ese futuro cierto; enseñar a contemplar la muerte física como una realidad natural, que forma parte de la vida en el planeta; y que, según las leyes de Dios, todo se transforma, nada muere; enseñar que se debe abordar el tema sin miedo, que cuando se tenga que hablar de ello se haga con toda naturalidad; y si nosotros lo hacemos así, los niños, que solo necesitan ver y oír para imitar, irán adquiriendo esos conocimientos sin ningún esfuerzo. Es mi propia experiencia: en uno de los artículos que he escrito comenté que, a los seis años, hice una pregunta y una reflexión que, por supuesto, en aquel momento no tenía idea de que lo era. La pregunta fue: “¿Qué es un espíritu?”. Obtenida la respuesta, mi reflexión: “Entonces, cuando yo me muera seré un espíritu”.

Una niña de seis años había aprendido, a fuerza de escuchar, que un día habría de morir, y aunque no tenía el conocimiento exacto del fenómeno, saber que este no existe no le procuraba ningún temor ni inquietud.

Hoy, con muchos años, puedo asegurar que ir creciendo sin olvidar nunca lo que somos; de dónde venimos y hacia dónde vamos; no dejar pasar nunca la oportunidad de aprender, dándole a la vida material la importancia que realmente tiene, todo ello nos proporciona una nueva dimensión de cómo es y de cómo deberíamos vivirla.

Aprender desde pequeña lo que es en verdad la muerte ha hecho que ahora, cuando se la siente más cercana, se la espere con serenidad y sin temor.

Después, la vida sigue.

Educación para la muerte por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

PRIMERA EXPERIENCIA 2

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Primera experiencia 2

El día en que, reunidos como era habitual, la hermana comunicante se identificó como Chatita, fue de una grandísima emoción para mí, pues como ya dije, omití hablar del tema por temor a que se me considerase fantasiosa, y así nunca hablé con nadie de Chatita; solo mi madre tenía conocimientos de ella. En aquellos tiempos en que era imposible hablar de nada que no estuviera fijado por la ortodoxia más estricta, la posibilidad de que alguien pudiera tener otro concepto de las cosas y poder manifestarlo abiertamente, y al mismo tiempo escuchar y comprender, era punto menos que imposible, y sobre todo tratándose de una niña. No obstante, siempre albergué la esperanza de que, en algún momento, se revelaría mi verdad.

Cuando el espíritu de Chatita se manifestó, lo hizo tal y como cuando a mí se me permitió vivir aquella experiencia durante mi enfermedad, y en esta ocasión para confirmarlo, pues según me confesó mamá, ella sí había comentado el caso con los compañeros de nuestras reuniones, y quién sabe si en ellos se había suscitado alguna duda.

Es maravilloso ir adquiriendo nuevos conocimientos del mundo espiritual, pero recibirlos directamente de los hermanos desencarnados es para no olvidarlo nunca.

Por unos segundos fue Chatita, la niña; pero pasados esos segundos su acento cambió totalmente; su voz adquirió el tono de un ser adulto. Su mensaje fue claro:

Hermanos míos, sin duda os sorprenderá este cambio; sin embargo, no hay nada raro, y tampoco debéis suponer que hay mistificación. Nosotros, los espíritus desencarnados, adoptamos la apariencia o la voz según las circunstancias, y nuestro trabajo, libremente aceptado, consiste en actuar de la manera más apropiada a cada caso. Cuando se trata de niños, nos hacemos como ellos para conducirles durante esos momentos en los que el cuerpo material sufre las consecuencias de una enfermedad y el espíritu se libera, entrando en el plano espiritual, y si han de volver cuando aún no es llegado su momento. Debéis entender también que el espíritu, en general, es siempre adulto; que ya ha vivido muchas vidas y solo es niño durante un corto espacio de tiempo, cuando reencarna.

Nada más por ahora, queridos hermanos. He cumplido la misión que se me había encomendado; daros a conocer y haceros comprender un poco de lo que es el mundo de los espíritus. No quiero retirarme sin deciros que el nombre de Chatita es el que mis padres usaban conmigo hasta mi desencarnación, que se produjo a los diez años.

Mucha paz.

Nunca me cansaré de agradecer a Dios y a los buenos espíritus sus enseñanzas directas. En aquellos tiempos en los que carecíamos de libros por estar prohibidos, sus manifestaciones adquirían una altísima magnitud, y que hoy, gracias a la codificación kardeciana y otros libros reveladores, he podido corroborar todo aquello que ellos, en aquellos difíciles años, me enseñaron.

Son muchos los años que tengo y mucho lo que he aprendido; sin embargo, necesitaría otros tantos y muchos más para adquirir los conocimientos que necesita el alma humana para crecer y evolucionar. Pero somos espíritus inmortales y la bondad de Dios nos concede muchas vidas para lograrlo, y solo debemos no desaprovechar todas las oportunidades que con ellas nos da para avanzar hacia la plenitud que, aunque lejana, es certera.

Mucho amor.

Primera experiencia 2 por: Maria Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

Este artículo viene de: Primera experiencia

PRIMERA EXPERIENCIA

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Primera experiencia

He ido relatando las experiencias vividas a lo largo de mi dilatada vida. Quizá quede alguna más que quiera seguir dormida en mi memoria, pero, como ya dije, si Dios permite que aflore, la contaré.

He querido dejar esta que voy a relatar para el final, y como veréis, quizá debería haber empezado por ella, pero he considerado ahora precisamente porque fue la primera, y yo solo tenía nueve años.

Era el año 1939. Había terminado la guerra, pero para mí comenzó una contra la muerte.

Un día de casi finales de mayo, me levanté un poco mareada; fui al baño y, casi al momento de meterme en el agua, caí al suelo sin conocimiento. Me llevaron al hospital con una fiebre de cuarenta grados. El diagnóstico: fiebres tifoideas.

Estuve unos días sin recobrar el conocimiento, creo que fueron cuatro o cinco. La gravedad de mi estado fue considerada irreversible y así se lo comunicaron a mi madre. Dadas las circunstancias, le permitirían quedarse conmigo en el hospital, pues consideraban que no salvaría aquella noche. Sin embargo, y como mucho tiempo después me contó, algo en su interior le decía que aquello que estaba sucediendo tenía que ser una prueba más de la que ya había sufrido (la reciente muerte de mi padre), pero que Dios no permitiría que perdiera también a su hija; me puso en Sus manos y se fue a casa a orar y descansar.

Al día siguiente, cuando regresó al hospital se encontró a médicos y enfermeras rodeando mi cama: yo estaba sentada, totalmente recuperada; absolutamente atónitos, no comprendían aquel súbito cambio, pero lo que realmente no entendían era lo que nos decía:

Quiero volver con mi amiguita. Se llama “Chatita”, y es muy guapa; hemos estado en un jardín muy bonito y hay muchos niños. Quiero ir a jugar…

Cuando volví a casa, mi madre me preguntó que cómo era mi amiguita; yo le dije que era como yo, pero que brillaba mucho. A partir de aquel momento, ya nunca me volvió a mencionar aquel hecho: era demasiado niña para comprender ciertas manifestaciones y corría el riesgo de que me obsesionara con aquella vivencia; llegado el momento, me lo podría explicar.

Con el devenir del tiempo, los acontecimientos y avatares de la vida, y al ir dejando de ser niña, los recuerdos de aquella experiencia se fueron difuminando (este concepto lo aprendí más tarde), y aunque nunca la olvidé del todo, sí que nunca volví a hablar de ella, quizá por el temor a que pudieran objetar que aquello no fue otra cosa que una fantasía debida a la altísima fiebre.

Un día, pasados algunos años, en uno de nuestros trabajos mediúmnicos, se manifestó un ser, y con una voz y acento infantil, dijo:

-Soy Chatita…

(Continuará)

Primera experiencia por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

CONOCER A LOS ESPÍRITUS

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Conocer a los espíritus

Hubo un tiempo en el cual mi conducta se fundamentaba en el hecho de ser espiritista: era muy jovencita y cualquier acto se me antojaba no acorde con ese principio; todos los días, cuando me acostaba, me preguntaba si habría hecho, dicho o pensado algo que desagradara a los espíritus; pensaba que ellos me estaban mirando, sobre todo mi guía, que es como me enseñaron a denominar al conocido como “ángel de la guarda”, y me lo imaginaba muy triste por mi culpa. A los doce o trece años eran muy comunes esos pensamientos; era el concepto de ser “buena o mala”.

Nacida de unos padres espiritistas, durante los primeros años (hasta los seis) oír hablar de los espíritus, o mundo espiritual, era algo normal para mí; en casa, papá y mamá comentaban lo acaecido en las reuniones a las que asistían con toda naturalidad, y un día pregunté: ¿qué es un espíritu? Papá me lo explicó de una forma que yo pudiera entender:

-Si tú tienes una amiguita y se pone enferma y no puede curarse, tú sabes que se puede morir, ¿no es verdad?

-Sí –le contesté-, es que Dios se la lleva.

-Así es, pero solo se lleva su alma, y el alma de tu amiguita es un espíritu. Todos somos espíritus…

Pasados unos años, mi madre me contó que hice una reflexión sin saber que lo era; y dada mi edad, fue sorprendente:

-Entonces, cuando yo me muera, seré un espíritu…

Los acontecimientos que se desarrollaron en nuestro país, años 36 – 39, guerra civil, acabaron con aquel estado normal y natural en el que vivíamos en cuanto a la práctica y estudio del Espiritismo (me refiero a que ya no podían reunirse con regularidad; sin embargo, aún había libertad.

Así, nunca se dejó de hablar del mundo espiritual en casa; si bien sin la presencia de papá, que se encontraba en el frente…

En el año 1939 se cortó de raíz toda posibilidad de retomar la normalidad. Perdimos a papá, y el espiritismo fue proscrito y perseguido; no obstante, y con una buena dosis de valentía, seguimos reuniéndonos siempre que podíamos; y en aquellas reuniones pude empezar a tener consciencia de lo que eran los espíritus y de su relación con nosotros:

Qué eran y cómo eran la bondad y la maldad, el libre albedrío y la fuerza de voluntad; aprendí que todo depende de nosotros, pero que podemos contar con ellos, con sus consejos; su ayuda, en cuanto a los esfuerzos que hagamos por poner en orden nuestra alma.

A partir de los catorce años pude compartir las experiencias que, generosamente, nos hicieron vivir desde el otro lado de la existencia, y que fueron un río de enseñanzas. Dejé de considerar que los espíritus se pueden enfadar y llorar por nuestra culpa, para entender que son hermanos nuestros cuyo interés por nosotros es ayudarnos a mejorar nuestros comportamientos; ayudarnos a evolucionar y a acortar, en lo posible, nuestra preparación para el momento en que seamos llamados a ser espíritus; un nuevo concepto que aprendí: hacer distinción, para entendernos, entre alma, cuando estamos encarnados, y espíritu, al desencarnar, aun siendo lo mismo.

Así fui creciendo y, poco a poco, aprendiendo.

He sido afortunada, me enseñaron qué y cómo son los espíritus, y la “convivencia” con ellos.

¡Gracias!

Conocer a los espíritus por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

EL CARDO TAMBIÉN TIENE SU FLOR

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El cardo también tiene su flor

Esta tuvo lugar siendo yo muy joven; no puedo precisar el año exacto; sin embargo, dado que yo comencé a colaborar en los trabajos mediúmnicos a los dieciocho años, se podría fijar la fecha en 1948 o 1949.

Como es lógico, dejó una profunda huella en mi alma, y el transcurso de los años no ha logrado borrar.

Era Semana Santa y se decidió hacer una elevación hacia el mundo espiritual, considerando aquellos acontecimientos que tuvieron lugar en Jerusalén, cuando el querido Maestro, encarnado entre nosotros, tuvo el gran gesto de amor haciéndonos comprender con su dolor lo que es el paso por este planeta, y enseñándonos a sufrir conforme a la voluntad de Dios, que lo único que desea es nuestro perfeccionamiento espiritual.

Llegado el día, jueves, el director de los trabajos, don Julio, expuso al hermano guía del grupo la idea, que consistía en hacer una ofrenda a Jesús: cada uno de nosotros haría el firme propósito de trabajar aquel defecto que más dañara a nuestro espíritu, y el firme propósito de erradicarlo, estableciendo así un fuerte compromiso.

A este propósito le daríamos la representación de nuestra flor preferida, y con cada una de ellas se haría un ramillete espiritual para Él. El espíritu protector nos dijo que nuestros deseos habían sido bien acogidos y que él mismo recogería las flores.

Desde el mismo instante en que se habló del proyecto, en mi mente se instaló el nombre de una planta que sin ser, ni con mucho, mi preferida, se negaba a abandonarla: un cardo.

¡Señor! ¿Qué razón había para querer ofrecer una planta tan lacerante como un cardo? ¿Acaso no había tenido Jesús suficientes espinas durante su martirio, que aún yo quería ofrecerle más?

En ningún momento comenté con nadie el nombre de mi flor, mucho menos tratándose de aquella.

Era una constante preocupación y una tremenda desazón, y esa desazón duró todo el tiempo que transcurrió desde que se hizo el proyecto hasta el día del trabajo. No pude erradicar de mi mente el nombre de la planta; cada vez que intentaba buscar otra flor –con tantas como existen-, el cardo evitaba todo intento.

Llegado el momento, cada uno de los presentes fueron entregando su flor: rosa, hortensia, violeta, azucena… Cuando llegó mi turno, el hermano comunicante, sin permitirme hablar, me dijo:

Querida hermanita: ¿Por qué dudas? El cardo también tiene su flor, y es hermosa como todas las flores que Dios ha creado. En cuanto a las espinas, solo pinchan cuando hay intención de que lo hagan. ¡Dame tu cardo!

Mi estado de ánimo varió al instante, y una paz y tranquilidad me invadieron por completo. Mi planta había sido elegida para hacernos recordar lecciones que solemos olvidar y enseñanzas que los espíritus no se cansan de darnos, y esta está viva en el Libro de los Espíritus. Dice así:

Los espíritus con frecuencia conocen hasta lo que quisierais ocultaros a vosotros mismos; pues no hay actos ni pensamientos que les puedan ser simulados.

Así fue: ellos habían penetrado en mis pensamientos y no permitieron que los modificara para, llegado el momento, demostrarnos una vez más que entre el mundo material y el espiritual hay menos distancia de lo que creemos, y que nunca la modifican; solo nosotros lo hacemos cuando olvidamos que ellos están ahí para ayudarnos con sus consejos, y cuando no les escuchamos, se alejan… Se alejan; pero, siendo una realidad que leen nuestros pensamientos, no tardan en estar de nuevo a nuestro lado en el mismo instante en que nosotros los modificamos. Así pues, procuremos que nuestros pensamientos y acciones estén siempre en consonancia con las leyes morales, para de esta forma poder ganar el favor de los buenos espíritus, que nos conducirán hacia nuestro perfeccionamiento espiritual.

Una vez más, la bondad de Dios me permitió vivir una nueva experiencia: la influencia oculta de los espíritus en nuestros pensamientos y acciones.

         ¡Gracias, Señor!

El cardo también tiene su flor por: Mª Luisa Escrich

2019 © Amor, Paz y Caridad

SENTIMIENTO Y RAZÓN

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Sentimiento y razón

¡Ya sabes lo que es amor,

alma en el cuerpo encarnada!;

da rienda suelta a ese amor

que se alberga en su morada.

 

Amor es la convivencia,

la comprensión es amor,

es amor la tolerancia

como es amor la razón.

 

No la razón que yo tenga

sino la buena razón,

que si el hombre no razona

gobierna la sinrazón.

 

Sin sentimiento y razón

no es fácil poder amar,

que el amor que Dios demanda

es amor universal.

 

El amor es sentimiento,

no confundir con pasión;

la pasión nubla el sentido

y termina en desamor.

 

¡Amar todo lo creado,

qué grandiosa cualidad,

porque es amor el respeto

a toda la humanidad!

 

¿Acaso es amor amar

tan solo a los que nos aman?

Eso, entonces, no es amor;

no existe amor en el alma.

 

El amor es sacrificio

a favor de los demás

y sin pedir nada a cambio.

¡Solo la dicha de amar!

Sentimiento y razón por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019