Palabras de aliento

LLORAR

La tristeza, la melancolía, los avatares de la existencia en la Tierra provocan dolor, y el dolor nos hace llorar; lloramos de miedo, de ira, de celos, por despecho y amor propio mal entendido; y por orgullo…

Ciertamente, hay momentos en la vida en los que no podemos evitar que las lágrimas afluyan a nuestros ojos, y eso no es malo: la pérdida de un ser querido es el mejor ejemplo. Dios nos ha puesto los sentimientos en el alma y las lágrimas en los ojos como máxima expresión del dolor.

Aun así, es equivocado pensar que hemos venido al mundo a llorar y sufrir. Somos aprendices de la vida: desde tiempos inmemoriales, y reencarnación tras reencarnación, los seres humanos han ido desarrollando cualidades que les han permitido primero proveer a su sustento y abrigo, y no si grandes esfuerzos y aun peligros; estoy segura de que no se pararían a llorar, más bien se verían obligados a agudizar su ingenio para solventar las dificultades, y así, a través de los siglos fueron aprendiendo que nada se consigue sin lucha y esfuerzo. De tal modo hasta llegar donde hoy están.

Pienso que deberíamos aprender a llorar.

Ahora que la ciencia y la tecnología le han allanado el camino, es cuando más se queja y más trabas encuentra para lograr una felicidad y una satisfacción para vivir exento de dolor y llanto, algo que no podrá conseguir mientras siga corriendo en pos de lo que ni él mismo sabe qué, porque siempre sentirá más y mayores deseos que conquistar.

Cuando aprendamos a considerar las cosas como un medio y no como un fin; cuando aprendamos a valorar las cosas como necesarias; cuando seamos capaces de despegarnos de lo superfluo, que es precisamente de lo que carecen los demás, habremos conseguido la felicidad que solo es posible con la paz de espíritu.

No hemos venido a la Tierra a llorar; hemos venido a trabajar, a borrar malos hábitos, a erradicar nuestros muchos y grandes defectos. Somos nosotros los que provocamos nuestros males y los dolores que nos hacen llorar; los causantes de nuestro propio infortunio,

Nos hemos olvidado de cuántas lágrimas nos enjuga Dios a cada instante; si lo tuviéramos siempre presente, sí deberíamos llorar de agradecimiento ante tanta bondad y misericordia.

Es hora de despertar a la realidad de nuestra existencia.

Aprovechemos la oportunidad que nos otorga nuestro Padre Celestial para rectificar.

No dudemos de que, si nosotros queremos… ¡adiós dolor! ¡Adiós llanto!

Mª Luisa Escrich

Guardamar, septiembre de 2016

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