Palabras de aliento

EXPERIENCIAS Y VIVENCIAS

Experiencias y vivencias

Sí, hermanos: los buenos espíritus están a nuestro alrededor y nos prestan mucha ayuda sin que ni siquiera seamos conscientes de ello.

Hace algún tiempo que vengo compartiendo con vosotros, lectores de la revista AMOR, PAZ Y CARIDAD, experiencias y vivencias que, a lo largo de mis muchos años, me han venido acaeciendo, y que el buen Dios me va permitiendo recordar.

Uno de esos recuerdos lo he guardado durante toda mi vida, por temor a que pudiera ser causa de incredulidad, debido a lo que, por desconocimiento de las Leyes Divinas, pudiera parecer insólito o maravilloso, o lo que aún es peor: pura invención. Nada de eso.

Hoy, tanto la ciencia como la filosofía han podido corroborar lo que, a partir de finales del siglo diecinueve con la llegada del Espiritismo, que esos fenómenos no tienen nada de maravillosos en el sentido de extraordinarios o raros; que son perfectamente naturales y que no hay necesidad de inventarlos; están ahí.

Uno de esos “fenómenos” tuvo lugar hace muchos años, que yo tuve la inmensa dicha de presenciar y sentir. Para una jovencita de dieciséis años, aquella noche del 24 de diciembre en la que fuimos convocados para celebrar la Noche Buena en compañía de hermanos espirituales, tal HECHO sí que constituyó un acontecimiento extraordinario, que dejó una huella que jamás se borró y que marcó mi vida para siempre.

Una semana antes, en un momento del trabajo que se estaba realizando, un hermano nos advirtió que en el plano espiritual se estaba preparando un acontecimiento muy especial, que tendría lugar el día veinticuatro, y que nosotros seríamos los testigos de tal acontecimiento. Se nos pidió que tuviéramos preparados pan y agua; entendimos que esa sería nuestra cena de Nochebuena. Nadie preguntó; nadie cuestionó el mensaje; nadie se hizo eco de duda ninguna, y todos nos dispusimos a cumplir el “mandato” y a esperar, llenos de gozo, la llegada de la noche anunciada. Y por consejo de don Julio, nuestro mentor, nos dedicamos durante aquella semana a prepararnos lo mejor posible para el acontecimiento: frugalidad, serenidad y mucha oración. (Aquí debo hacer un inciso para explicar que Julio –para mí, don Julio- era un gran espiritista y extraordinario médium, al igual que Isabel, la otra médium del grupo, y que gracias a él podíamos conocer la doctrina, dado que carecíamos de libros, por estar prohibidos).

Llegado el día, después de ingerir una sencilla merienda en nuestra casa, nos dirigimos a la de Isabel, libres de todo temor, a pesar de los inconvenientes entre los que nos desenvolvíamos.

En un principio, fue como una noche más en cuanto a su desarrollo; sin embargo, no era igual: el ambiente que a partir de las once se respiraba, no tenía nada que ver con los demás días, en aquel humilde comedor de la casa de Isabel. Describiré algunos pormenores: por ejemplo, nadie en aquella estancia había colocado ningún ambientador, entre otras causas porque no existían y porque no había dinero para comprar perfumes; sin embargo, sí que el ambiente estaba perfumado. Tampoco había velas que pudieran alterarlo (todos sabemos que la doctrina no admite rituales de ningún tipo); generalmente se dice que, cuando ocurre algo fuera de lo común, huele a rosas; pero yo puedo asegurar que aquel olor no se parecía en nada a ningún otro que yo conociera, de cualquiera otra flor. Me es muy difícil definirlo.

Ahora describiré cómo era físicamente Isabel para comprender mejor lo que ocurrió después. Isabel era una mujer de unos cuarenta años; un metro sesenta de altura; ojos negros, y de tamaño normal. Cara regordeta y redonda. Diré que, en general, era toda regordeta sin llegar a obesa. Sus labios, asimismo, gruesos y bien perfilados.

Hacia las once y media, aproximadamente, y siguiendo las instrucciones que Julio había recibido de su mentor, dispusimos la mesa del comedor en el centro de la habitación, debajo de la única bombilla, carente de lámpara, que iluminaba la estancia. Tendimos un mantel blanco y liso sobre la mesa; colocamos dos bandejas, una con el pan y la otra con una jarra de agua; luego pusimos los vasos frente a cada uno de nosotros. Nos sentamos en los lugares que siempre ocupábamos y nos pusimos a orar. En aquellos minutos, creo que el mundo desapareció de nuestro entorno y, a punto de dar las doce, Isabel entró en trance. Y… ¡Dios mío!, todos quedamos sobrecogidos. ¡Isabel se puso en pie, con los ojos desmesuradamente abiertos; su cara se alargó, ya no guardaba nada de su redondez; la nariz, afilada, y los labios, finos y tan bien perfilados como siempre! Sin decir una palabra, aquel ser tomó el pan y lo partió por la mitad; luego los tendió sobre la jarra con el agua, y apenas unos segundos después los bajó hacia los costados, e Isabel se desplomó sobre la silla. ¡Estábamos conmocionados; nadie podía articular palabra! Julio y los demás compañeros eran conscientes de la gran trascendencia de lo que había tenido lugar.

Esperamos unos minutos hasta que Isabel se repuso, y luego de unos segundos de oración, Julio recibió la orden de partir el pan en pequeños trocitos y poner agua en los vasos. Después deberíamos empezar a cenar, sin olvidar beber el agua; lo hicimos casi en completo silencio. Por último, cada uno fue dando gracias a Dios por aquella Noche  memorable, y luego de recoger la mesa, nos dispusimos a salir hacia nuestros hogares.

Al día siguiente, Navidad, volvimos a reunirnos para comentar el suceso de la noche anterior, algo lógico por cuanto nuestra querida Isabel no tenía ni la menor idea de lo que en su materia se había desarrollado.

Al principio dije que para mí, a mis dieciséis años, supuso aquel acontecimiento, y por ello me limitaré a relatar lo que sentí. Siempre estuve familiarizada con los espíritus; desde pequeña oía en casa hablar de ellos con absoluta naturalidad y, por lo tanto, también desde jovencita se me permitió participar de las reuniones mediúmnicas, por lo que pensé que aquella noche sería una como las demás; así que, cuando se produjo aquella transfiguración de la que no tenía ni la menor idea que se pudiera producir, la emoción que experimentaba en cada una de las sesiones se transformó en asombro, y solo era capaz de mirar aquel rostro; aquel, digamos “estiramiento”, que se operó en aquel cuerpo; aquellos ojos abiertos y brillantes como jamás había visto; el rostro… y las manos: aquellas manos no eran las de Isabel…

Repito: jamás olvidaré aquella vivencia, y que solo después de muchos años de estudiar, preguntar e indagar y, sobre todo, dilucidar acerca de la doctrina de los espíritus, he podido comprender lo trascendental de aquella Noche Buena del año 1946; una noche que no tuvo nada de “maravilloso” y “extraordinario”; simplemente, nuestro Padre celestial mostró, una vez más y de una manera muy especial, su Bondad y Misericordia a unos hijos suyos muy necesitados de consuelo y consejos en unos tiempos conflictivos en los que las emociones podían “dispararse” de forma inadecuada, perdiéndose lo alcanzado, espiritualmente hablando, y retardando considerablemente nuestra evolución. Y lo que es más importante, y más tarde pude entender: nosotros éramos los espiritistas de los malos tiempos, y no podíamos dejar de serlo hasta que los tiempos cambiaran las cosas.

En cuanto al hermano que aquella noche tuvo la bondad de manifestarse, de una forma tan hermosa, nunca se nos ocurrió hacer cábalas acerca de su identidad, ni preguntamos en reuniones posteriores; no hacía falta. Fuera quien fuera, estábamos convencidos de que aquel Ser estaba muy por encima de todos cuantos antes se nos habían manifestado.

Dejo aquí el relato de algo que nunca más he tenido la ventura de vivir, pero que no todo el que conoce las comunicaciones con el mundo espiritual ha tenido esa fortuna, y que carga sobre mí una mayor y tremenda responsabilidad.

 ¡Gracias, Señor! ¡Gracias por tu regalo, que guardo en mi corazón desde aquellos dieciséis años, y que me acompañará hasta el día en que me digáis: Ven!

 

Experiencias y vivencias por:  Mª Luisa Escrich.

Guardamar, abril de 2018

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