Apartado espírita

EL HOGAR Y LA FAMILIA

A veces no somos conscientes de la importancia que supone el hogar y la familia en nuestras vidas. Probablemente porque nacemos en ella y no la valoramos hasta que cambian las circunstancias, bien porque los hijos se independizan y crean sus propias relaciones, o porque las personas desaparecen de la esfera física con el paso inevitable de los años.

En un sentido estrictamente espiritual, podemos darnos cuenta de que la primera piedra de toque, el primer molde-escuela al que nos vemos sometidos durante la infancia, pasa por las personas más queridas y cercanas, poniendo de manifiesto en torno al hogar nuestra personalidad en desarrollo, o dicho de otro modo, las virtudes y defectos.

Cuando los pilares que sostienen el hogar y la familia son el respeto, la solidaridad, la comprensión y el cariño, se genera un ambiente común de progreso, propiciando el desarrollo interno de cada componente familiar. Seguramente, una de sus tareas primordiales sea favorecer el enriquecimiento espiritual de todos con una sana convivencia, empezando en primer lugar por los padres, educando a través de su ejemplo a los hijos; tarea nada fácil, ya que estos últimos algún día se tendrán que enfrentar a las pruebas que les depare el destino, así como el compromiso que tendrán que afrontar al formar su propio hogar.

No obstante, debido al materialismo que envuelve a nuestra sociedad, se puede observar con facilidad el establecimiento de relaciones de pareja cuya base no es el amor auténtico, sino que se sustentan en satisfacer exclusivamente los gustos personales, es decir, vivir para el sensualismo, el disfrute exclusivo de los estímulos materiales o priorizando el éxito profesional y económico por encima de las relaciones humanas de afecto y cariño. Las consecuencias de este tipo de relaciones interesadas no tardarán en llegar: vacío interior, soledad, depresión, hastío. Si además predominan en dicha relación los egos, la falta de respeto inicial, dejándose llevar por el orgullo y el egoísmo, el hogar se puede convertir en un tormento y fuente permanente de desequilibrio.

Finalmente, si las parejas optan por la ruptura y además existen hijos de por medio, corren el riesgo estos últimos de convertirse en las primeras víctimas inocentes. También los procesos legales de separación de bienes y custodia de los propios hijos pueden ser fuente de sufrimientos y disgustos, no sólo para los padres sino también para los abuelos y familiares allegados. Desgraciadamente se transforma, lo que era en principio un proyecto de amor en común, en un campo de batalla y de sufrimiento.

Sin duda, no es una tarea fácil. Para acercarnos lo máximo posible a ese ideal de equilibrio familiar resulta necesario un esfuerzo constante, renunciar a muchos de los gustos personales y unas grandes dosis de comprensión y tolerancia hacia las torpezas ajenas, del mismo modo que ellos tienen que soportar las nuestras.

Ciertamente, si lo logramos habremos encontrado la fuerza y el estímulo necesarios para afrontar todas las vicisitudes de esta existencia; además, se habrán alcanzado las claves para un progreso en común más rápido y feliz. Habrá vencido el amor en sus variadas formas de manifestación.

Para muchos, por desgracia, el matrimonio (con todo lo que conlleva) ya no es sinónimo de responsabilidad ni de un compromiso a asumir; simplemente se busca el mero disfrute mutuo de una manera superficial y sin mayor relevancia. Cuando dicha relación se agota o pierde estímulos, tendemos a buscar alternativas en busca de nuevas experiencias y sensaciones. Pensamos que el error, si es que lo ha habido, está en la otra parte, en la pareja. Con ello, tenemos la excusa perfecta para continuar buscando la pareja ideal, sin pensar en que, quizás, somos nosotros parte del problema, el obstáculo para concretar una relación sana y estable.

Esa es probablemente una de las principales causas por las que la tasa de separaciones y divorcios haya crecido exponencialmente en nuestra sociedad en las últimas décadas. Relaciones que se establecen de una manera más o menos formal y se rompen a los pocos meses o a los pocos años.

Otro de los motivos de las rupturas de pareja puede venir también cuando llega el momento de plantearse la conveniencia de tener o no tener hijos. Muchos lo observan como una traba para satisfacer sus anhelos más inmediatos, o como algo secundario que debe de llegar cuando se haya disfrutado suficientemente de la vida, o también una vez alcanzados los objetivos materiales que se consideran prioritarios. Por desgracia, muchas parejas llegan tarde cuando consideran que ha llegado el momento de ampliar la familia, bien porque cuando lo buscan no llega, incluso con la ayuda de los recursos que nos aporta la medicina moderna que facilitan la natalidad, o simplemente por haber alcanzado una edad difícil o inadecuada para ello, generando todas estas circunstancias una cierta impotencia, vacío interior y malestar. Resulta, por tanto, necesario considerar bien esta cuestión, no es un tema menor. En la mayoría de los casos, el construir un hogar, así como traer hijos al mundo, forma parte de los compromisos que se traen del pasado, y cada quien debe de examinar su conciencia, su interior, para reconocer el momento en el que se encuentran, y a través del diálogo sincero tomar las decisiones que sean mejores para todos.

Al mismo tiempo, observamos también casos en que, cuando se presentan los hijos por propia voluntad o por accidente, la carga se hace muy incómoda y hasta insoportable para algunas parejas, sobre todo por la acumulación natural de responsabilidades y porque las dificultades aumentan. Si no existe una buena base de amor y cariño común, de ese amor dispuesto al sacrificio y la renuncia, entonces es cuando surgen los conflictos y las rupturas.

Todas estas trabas que el propio ser humano se genera pueden llevarle a desaprovechar una oportunidad de progreso muy grande.

En general, la familia debe funcionar como un buen engranaje forjado con esfuerzo y constancia. El hilo conductor que la une y cohesiona es el respeto y la tolerancia, consecuencia directa del amor en sus diversas formas de manifestación. El hogar es un laboratorio perfecto del que, si salimos victoriosos, redundará no sólo en beneficio propio sino también en beneficio de la sociedad. Es en ese entorno afectivo donde nos manifestamos como somos, sin máscaras. Tarde o temprano salen a relucir todas nuestras deficiencias y debilidades, sobre todo cuando surgen las dificultades, los inconvenientes que nos ponen a prueba.

Hay que tener en cuenta, en lo concerniente a este aspecto de la vida, que todo aquello que realmente merece la pena, que significa un motivo de satisfacción y de alegría, aquello que podemos considerar como una verdadera felicidad interior, requiere de un trabajo, de una disciplina, de un tiempo de dedicación, de esfuerzo. Lo fácil, cómodo e inmediato no puede traer nada duradero y que merezca la pena. Es algo parecido a las sensaciones de los ludópatas, la búsqueda de pequeñas dosis de éxito económico que desaparecen rápidamente en cuanto se consume el beneficio acumulado.

La base del progreso social nace y se construye a partir de las relaciones humanas en el hogar. La familia es el termómetro que mide la temperatura y los niveles de salud de una sociedad, por eso es tan importante. Es desde ahí de donde parte la estabilidad emocional, la alegría de vivir, el entusiasmo, la ilusión. Es también ahí donde damos los primeros pasos, vamos forjando la personalidad y aprendemos de lo que vemos y experimentamos.

La compresión espiritual sobre el motivo por el que venimos al mundo y la necesidad de relacionarnos para construir un futuro en paz y solidaridad nos puede facilitar el camino; algo de lo que, por desgracia, se ignora y se desestima en un amplio espectro de nuestra sociedad. El materialismo, el afán individualista y el éxito rápido a cualquier precio priman por encima de otras cuestiones trascendentes.

Somos espíritus con unas necesidades espirituales, ese es el motivo principal de que estemos aquí. Nacemos y vivimos en un entorno que no es casual. Los lazos familiares se configuran espiritualmente antes de encarnar, bien por simpatías del pasado o por deudas que a su vez nos imponen unos compromisos para reparar o restablecer el equilibrio, la armonía. Unas relaciones nos fortalecen, otras nos liberan de cargas del pasado; no obstante, todas están destinadas a ser una fuente de progreso y de crecimiento espiritual sin par.

 

El hogar y la familia por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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