Consideraciones sobre el Más Allá

EL FUTURO Y LA NADA

En el capítulo primero de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, Allan Kardec nos hace un amplio análisis y reflexión sobre la idea que nos formamos los seres humanos respecto a el futuro y la nada; un debate que existe desde que el hombre es hombre y que perdura hasta nuestros días. Las consecuencias de algunas de las ideas materialistas que circulan al respecto, y de la falta de claridad sobre el sentido de la vida, se ven reflejadas actualmente en casi todos los ámbitos de las manifestaciones humanas.

(*) “Al no creer en nada, el hombre concentra forzosamente todos sus pensamientos en la vida presente, pues, ¿cómo preocuparse por un futuro en el que no cree?”

Como consecuencia de la descreencia generalizada y la falta de claridad respecto al futuro, donde las religiones no son capaces de aportar argumentos que satisfagan la razón, el hombre concentra sus expectativas en el aquí y ahora. Todo pasa por alcanzar unos objetivos que están más vinculados al tener que al ser, y de carácter inmediatista. El hombre de hoy se admira cuando contempla ejemplos de personas que han conseguido sus sueños, sembrando con ímpetu y energía y recogiendo los frutos de una manera casi inmediata. El anhelo de muchos es satisfacer sus ideales prácticos alcanzando en poco tiempo, por ejemplo, un estatus económico, social, académico, deportivo, etc.; para ello se apela a la fe en uno mismo y en sus posibilidades. Es la filosofía del no hay nada imposible si te lo propones. Cuando el objetivo finalmente se alcanza llega la alegría, la satisfacción, pero poco después, una vez alcanzada la meta, surge la pregunta: ¿Y ahora, qué? ¿Cuál habrá de ser el siguiente paso? ¿Cuál será el próximo objetivo?

Estamos hablando de objetivos concretos, de carácter material, que visualizamos e imaginamos, y cuyo recorrido así como el esfuerzo son estimables; no obstante, si miramos más alto, por encima de lo que vemos, podemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Dónde quedan los proyectos grandes, aquellos que forman parte de unos ideales superiores, de unas pautas de trabajo y de esfuerzo que nos ocupen toda una vida y cuyos resultados (aunque se pueda sentir una cierta satisfacción por las conquistas parciales alcanzadas), la cosecha definitiva nos aguarde después de esta vida física? ¿Dónde quedan esos esfuerzos por ser cada día mejores, por el mero hecho de ser consecuentes con unas aspiraciones de carácter espiritual asumidos íntimamente, al comprender la transitoriedad de la vida física y la certeza de un futuro mucho mejor y más feliz en el otro plano de la existencia? Esto son palabras mayores, estamos hablando de lo más profundo del ser, fruto de un proyecto de vida, delineado a través de un conocimiento espiritual razonado y adquirido libremente, que nos hace ver la realidad de una manera distinta a como la ve la mayoría de la gente, y que afecta a la forma en que decidimos conducirnos por la vida y asumir retos de gran trascendencia.

No obstante, hoy día, al carecer de unos objetivos superiores, nos quedamos en el substrato material que aspira exclusivamente al bienestar y el confort material. De esa forma, las familias, la educación, las instituciones, etc., centran sus esfuerzos en ese propósito, sin profundizar en otros aspectos de la vida. Bien es cierto que el objetivo en un principio tiene un fondo positivo y justo, pero no nos podemos quedar sólo en eso, en perseguir exclusivamente una seguridad económica y social. El bienestar no debería ser un objetivo último, sino un medio para alcanzar otras metas. El poseer estabilidad económica y laboral puede ser un medio que facilite el trabajar en otros objetivos superiores, en desarrollar capacidades personales, bien sean artísticas, intelectuales, etc.; también nos puede permitir colaborar en obras sociales, en favorecer a aquellos que son vulnerables por su situación personal. En definitiva, un desarrollo de actividades enfocadas a las solidaridad y la fraternidad, construyendo entre todos una sociedad más justa y equilibrada. Por el contrario, pretender alcanzar el bienestar para goce exclusivamente personal y egoísta no tiene justificación y no es su sentido real, su verdadero significado.

Para resumir en pocas palabras, no hemos venido al mundo de vacaciones, para vivir de rentas y del ocio continuado. Esto sería contrario a la salud psíquica y espiritual, vaciar de contenido la existencia, ahogar la llama interna que nos reclama actuaciones edificantes.

Es la falta de un horizonte claro lo que lleva a la incredulidad, y esta, a su vez, a una conclusión grave desde el punto de vista colectivo. Hoy día lo podemos observar con bastante profusión: “Gocemos a pesar de todo; cada cual para sí; la felicidad terrenal siempre será del más astuto”. Creen que la ley humana sólo alcanza a los tontos, razón por la cual utilizan su inteligencia para encontrar medios que les permitan esquivarla.

Esto lo observamos todos los días con los casos de corrupción de los poderosos que llenan los periódicos de casi todos los países. Muchos de ellos hablan de aspiraciones sociales, del bien para la comunidad, y ofrecen una imagen de valores ético-morales que no poseen; sin embargo, necesitan aparentar para que la gente confíe en ellos y les vote. Pero esto es apenas un reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Ante los malos ejemplos, la gente piensa que no hay que ser tontos: “Si todo el mundo mira para sí, no vamos a ser ingenuos y hacer lo contrario, en perjuicio personal”.

Como nos indica el insigne codificador: La doctrina de la nada es la más dañina y antisocial de todas, porque destruye los auténticos lazos de solidaridad y fraternidad, que son la base de las relaciones sociales.

Sin duda alguna, este no es el camino; y además, transitar por esos derroteros es la forma más segura de desestructurar, desnortar y dividir a la sociedad, como ya lo estamos comprobando hoy día.

Por otra parte, se debería estimular el crecimiento de una sociedad en base a unos valores básicos y comunes, con un proyecto de vida que pudiera satisfacer todas las conciencias, todas las aspiraciones; con razonamientos prácticos y sólidos, amparados en la libertad, la fraternidad  y la igualdad, como fue proclamado por primera vez durante la revolución francesa, siendo, por cierto, el lema de algunos países en la actualidad. Unos principios que deberían inculcarse desde la más tierna infancia, empezando por la familia y continuando en la escuela. Partiendo además de la base de que somos seres complejos, con sentimientos, emociones e inteligencia; un conjunto de atributos que no son casuales y que nos deben de servir para descubrir cuáles son nuestras aptitudes, y a partir de ahí formarnos un proyecto de vida que no dependa exclusivamente de los vaivenes materiales de la existencia.

Necesitamos recuperar unos ideales nobles que puedan mirar cara a cara al futuro con optimismo y seguridad. La ciencia camina en ese sentido; hoy día existe una corriente más abierta a la espiritualidad que nos habla de una realidad de la que ya nos hablaban en la antigüedad los filósofos y sabios, y que también se puede encontrar fácilmente en los innumerables testimonios recibidos desde “el otro lado”, a través de la mediumnidad en distintas partes del mundo.

Kardec afirmaba en el siglo XIX: “Lo que le falta a la religión en este siglo positivista –que quiere comprender para luego creer-, es la confirmación de sus creencias mediante hechos científicamente verificados”. Eso es algo que está avanzando a pasos agigantados. El ser humano necesita respuestas, hechos que demuestren la otra realidad, que le aproximen a una comprensión diáfana del futuro que le espera, una vez deje el cuerpo físico (algo, por cierto, inevitable y que forma parte de la misma vida), desechando las viejas creencias basadas en dogmas, utopías o conceptos muy confusos que alejan al ser humano de esa misma realidad, sin un soporte sólido que resista cualquier análisis.

Prestigiosos investigadores y pensadores de hoy día están llegando a contundentes conclusiones, desembarazados ya de los prejuicios que existían antaño. Por citar algunos ejemplos actuales, la experiencia personal vivida por el profesor de Harvard Eben Alexander, las investigaciones del cardiólogo Pim Van Lommel o las del profesor de física Konstantin Korotkov, entre otros; sin olvidar a algunos pioneros que impulsaron la investigación hace algunas décadas, como Raymond Moody o Elisabeth Kübler-Ross. Todos ellos están aportando unos resultados, fruto de sus investigaciones, que no podemos pasar por alto.

Vivimos, por tanto, una época crucial. Permanezcamos atentos y receptivos a las distintas alternativas y posibilidades que en esta sociedad moderna podemos encontrar. Sobre todo, siendo conscientes de las herramientas poderosísimas con las que cuenta el ser humano: por un lado la razón para comprender, y por otro, la voluntad para superar todas las dificultades. Todas ellas nos deben llevar hacia la consecución de unos ideales superiores que den un sentido auténtico a nuestras vidas.

 

El futuro y la nada por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

(*) Lo destacado en negrita y cursiva está extraído del capítulo I de la obra “EL CIELO Y EL INFIERNO o la justicia divina” de Allan Kardec.

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