EL MANIPULADOR EMOCIONAL

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El manipulador emocional

Comenzamos el año y también una nueva sección bajo el título “OBJETIVO: EL SER HUMANO”. En ella vamos a tratar distintos temas de cierta actualidad y que tienen que ver con el propio ser humano y su relación con los demás; valorando el enorme potencial que posee, así como aquellas cosas que le limitan y entorpecen. Una reflexión que esperamos aporte algo de luz o, al menos, nuevas ideas, nuevos horizontes donde poder explorar nuestro interior para ser mejores día a día. La intención es aprender juntos.

Vamos a empezar a desarrollar esta nueva sección con un tema un tanto delicado y difícil: El manipulador emocional.

Es curiosa la cantidad tan grande de información que se puede encontrar, en páginas web de psicología o de autoayuda, sobre un tema tan poco conocido pero tan importante; un trabajo desarrollado y divulgado por numerosos psicólogos y especialistas de la mente humana en diferentes medios de comunicación, así como en algunas obras escritas. Tan sólo vamos a citar a cuatro especialistas que aconsejo consultar, todas mujeres, que han hablado y escrito sobre este espinoso tema y en el que se va a basar este artículo: La psicóloga doctoranda Gema Sánchez Cuevas de la Universidad de Salamanca, la psicóloga y comunicadora Raquel Aldana, la psicóloga clínica y profesora Neus Colomer y, por último, la psicóloga clínica y colaboradora en distintos programas de radio y televisión Pilar Muñoz.

En primer lugar, diremos que existe un abanico muy amplio de posibilidades respecto a este problema, partiendo de los más graves y que pueden desembocar hasta en el suicidio de sus víctimas, a otros menos destructivos, pero no por ello menos preocupantes y que necesiten de una solución, o al menos de una visión clara del problema.

El manipulador emocional lo podemos encontrar en cualquier ambiente y situación. Puede aparecer en el terreno sentimental o de pareja, en el laboral e incluso en ambientes y grupos de carácter espiritual (a este último caso vamos a prestar especial atención). Suelen fijarse en las personas bondadosas, nobles y que no piensan mal de nadie. Se centran en ese tipo de personas porque tienen cualidades que se sienten incapaces de alcanzar.

Son especialmente peligrosos porque se cuelan muy sutilmente, sin darse cuenta nadie. El perfil psicológico de este tipo de personas, hablamos siempre desde un punto de vista muy general con casi infinitos matices, es el de aquellos que han tenido algunas frustraciones en la vida.

Parasitan, se refugian y se aprovechan de su o sus víctimas, quienes les perciben como a personas incomprendidas por el resto y que necesitan apoyo y cariño. El manipulador emocional se siente inferior a los demás, y lo compensa con un aire de superioridad y de aparente conocimiento profundo de la vida y de las personas; al mismo tiempo, se disfraza de persona modesta y humilde. Aquellos que han caído en sus redes tratan de incorporarlo a tareas que él mismo, por su propia iniciativa, nunca estará dispuesto a solicitar al conjunto abiertamente.

El manipulador o depredador emocional nunca pierde los nervios ni se altera de una manera visible ante la gente. Suele hablar mostrando control y autodominio. Es una máscara, es la manera en la que pretende mostrarse a los demás escondiendo sus carencias.

En el círculo social en que aparecen suelen mostrar muy bien su capacidad camaleónica, adaptándose rápidamente a la idiosincrasia del grupo, deshaciéndose en elogios hacia todos para ser fácilmente aceptados, y ya en ese entorno empezar a buscar aquello que más les interesa. Se muestran al principio como personas muy abiertas, entusiastas, generosas (suelen hacer algún regalo); es su manera de seducción, a la espera de que alguien quede prendado de su simpatía y saber estar. Pasado el entusiasmo inicial, y puesto que ese comportamiento no es natural sino ficticio, llega un momento en que ya se estabilizan y se acomodan con las personas que les proporcionan aquello que ellos buscan; a esas personas procuran cuidarlas, desentendiéndose muy sutilmente del resto.

El segundo paso suele ser el de aislar a la víctima o víctimas en la medida de lo posible, generándolas una cierta dependencia necesaria para que el depredador siga ejerciendo su influencia, por pequeña que sea; nunca hemos de olvidar el terreno tan sutil en el que se mueve. Con su arte de seducción atrae y distrae a la víctima, creando pequeños hábitos de conducta que siempre repite la víctima hacia el manipulador, sin que aquella se dé cuenta, algo que este último nunca haría con la misma constancia y desinterés por nadie. Si por alguna razón la víctima se aleja, el manipulador buscará hábilmente la manera de que vuelva a su círculo restringido, y a ser posible, que repita los mismos esquemas comportamentales. No le conviene que la víctima se aleje demasiado de él o ella, porque esta situación dejaría al descubierto, desamparado, al manipulador con respecto al grupo social en el que se mueve.

Una vez ya se ha instalado, esta nueva situación afecta, de rebote, al resto, provocando un desequilibrio que desemboca en conflictos de intereses entre aquellos que, fascinados, han caído en sus redes, y aquellos otros que con mayor frialdad y distancia observan la jugada. A partir de ese momento, el comportamiento de las personas que se han dejado seducir ha cambiado pero sin darse cuenta; la cohesión natural de aquellos que comparten sentimientos y aspiraciones, que comprenden de forma natural y espontánea que todos son iguales en un grupo y que no existen categorías ni diferencias, queda perturbada al incorporarse un elemento extraño que no sintoniza con los ideales comunes, y que tan sólo busca sus intereses egocéntricos, generando una falla, una pequeña fractura que pone en juego la estabilidad y el futuro del conjunto. Es una situación tan sutil como peligrosa, poniendo a prueba la cohesión, la amistad y la nobleza de un grupo quizás forjado con mucho esfuerzo y posiblemente a lo largo de muchos años.

El perfil psicológico de estas personas, tal y como nos lo explican los especialistas, es, en lo que atañe a su infancia, el de niños que tiran la piedra y esconden la mano, es decir, nunca se ven envueltos en peleas o conflictos, aunque indirectamente puedan haber sido los causantes. Son niños que anhelan protagonismo; al no obtenerlo de la manera que ellos quieren, lo inhiben, lo frenan. De adolescentes se mueven en círculos sociales restringidos, suelen encerrarse entre muy pocos amigos o amigas, a quienes de alguna manera también manipulan. Tienen proyectos, empiezan muchas cosas pero nunca terminan nada.

Ya adulta, los demás van a ver a una persona muy controlada, muy estable y sociable. Tiene vocación de líder, le gustaría ser una especie de mentor o salvador del grupo en el que se mueven. Tienen una necesidad de sentirse admirados, reconocidos. Suelen ser tacaños con el grupo pero interesadamente generosos con sus tutelados, hacia ellos sí que suelen tener algún detalle.

Según afirman los especialistas, no suelen tener una buena conexión entre su mente y sus emociones. Tampoco son capaces de abrir su corazón y de expresar sus sentimientos verdaderos, ni tan siquiera hablar públicamente de sus aspiraciones personales ni mucho menos de sus conflictos o dudas. Suelen dar consejos de casi cualquier tema a nivel privado, pero nunca los piden. Actúan con disimulo social porque se sienten vigilados.

Otras características pueden ser: Transmitir dudas y una visión pesimista de las cosas que puede llegar a contagiar a sus víctimas. Tienen iniciativas para aquellas cosas que les interesan y que incentivan la separación del resto. Haciendo honor a este perfil psicológico, son incapaces de mostrar entusiasmo por proyectos u objetivos comunes.

En las situaciones difíciles no actúan ellos; los manipuladores jamás se exponen, dan consejos y orientaciones para que sean otros los que tengan que resolver los inconvenientes y dificultades. Si no lo consiguen solucionar, argumentan: “Ya te dije yo que…”, “ha faltado esto o aquello…”, etc.

Es muy difícil que la víctima o víctimas sean capaces, por sí mismas, de salir de ese círculo vicioso; suelen precisar ayuda psicológica para lograrlo, para lo que necesitarían reestructurar su percepción de la realidad que se ha visto alterada. Desgraciadamente, esta situación las descentra y las desorienta, provocando una pérdida de energía y de capacidad de sintonía con su entorno social, porque sus expectativas están puestas sobre el manipulador o manipuladora.

Tan solo la paciencia, el afecto de los familiares y la comprensión de sus amigos o compañeros construida en el tiempo pueden sostener una relación que se encuentra desviada por intereses nada nobles. En cualquier caso, se deben de evitar las disputas o los enfrentamientos, porque es una cuestión de percepción más o menos profunda, en la que tan solo los posibles desengaños que se puedan suscitar pueden lograr abrir unos ojos que están fascinados por una realidad artificial. No se pueden forzar cambios, salvo cuando se pudiera llegar a una situación extrema en la que pudiera estar en riesgo la estabilidad o el futuro de unos proyectos que afectan al conjunto.

Por otro lado, el manipulador o depredador emocional debe de observar firmeza y coherencia en su entorno, que el grupo no se deja arrastrar, y que su comportamiento falso y nada claro no convence a nadie. Son personas necesitadas de ayuda, pero siempre desde la unión total de los componentes de un grupo, sin fisuras, todos a una. Esa fortaleza grupal es la única forma que podría forzarles a un cambio de actitud. Han de aprender a ser una más en el conjunto, a respetar las normas de convivencia sin falsedades ni hipocresías. Bajo ninguna circunstancia se debe permitir que logren desestabilizar a un conjunto, un ideal común, una meta.

El manipulador emocional por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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