VALORAR A LOS DEMÁS

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Valorar a los demás

Valorar a los demás

“La persona que se siente entendida y querida adquiere una liberación muy grande”.

(Doctor Mario Alonso Puig)

Vivimos en sociedad y nos necesitamos unos a otros, de esto no cabe la menor duda. Nadie es autosuficiente, lo que le falta a uno o no tiene muy desarrollado, lo posee el otro.

Cuando afrontamos un compromiso espiritual, una misión en la vida, esta siempre posee dos vertientes: una, que es la personal e intransferible; nadie puede hacer por nosotros lo que nos corresponde hacer. Y otra que depende de la colaboración y la sintonía con el resto de compañeros en el ideal, del trabajo en común.

Muchas veces, en el transcurso de las actividades que realizamos en grupo, nos centramos tanto en la parte que nos toca que olvidamos la contribución tan importante de aquellos que nos rodean. Ahí entra en juego la percepción que tenemos del entorno en el que nos movemos y el valor que le atribuimos.

La base para saber si valoramos a los demás reside en plantearnos si les prestamos la suficiente atención a nuestros compañeros de grupo, si sabemos escuchar para saber de sus problemas, pensamientos e inquietudes, si tenemos en cuenta sus opiniones o propuestas.

Hay que tener en cuenta que en las relaciones sociales somos como espejos; proyectamos y recibimos constantemente. Poseemos dos clases de lenguaje, uno verbal y otro corporal, y el segundo es más poderoso que el primero.

El orgullo es el principal enemigo del trabajo colectivo y la valoración del prójimo. En palabras del pedagogo francés Allan Kardec: “¿Cómo un hombre, bastante vano para creer en la importancia de su personalidad y en la supremacía de sus cualidades, puede tener al mismo tiempo bastante abnegación para hacer resaltar en otro el bien que podría eclipsarle, en lugar del mal que podría realzarle?” (El Evangelio según el Espiritismo; capítulo 10, ítem 10).

No obstante, poner en valor lo que otros hacen es una muestra palpable de reconocimiento y de gratitud, estimula la confianza y refuerza los lazos de cooperación.

Desde un punto de vista espiritual, trascendente, hemos de comprender que no es casualidad estar con las personas que forman parte de nuestras vidas, aquellas con quienes compartimos unos ideales comunes; incluso con las que nos unen unos vínculos familiares y afectivos. Existen para con ellas unas obligaciones y unos compromisos que hemos de saber identificar y trabajar eficazmente.

Para saber en qué punto se encuentra la valoración que hacemos de los demás, nos puede ayudar el formularnos las siguientes preguntas:

  • ¿Qué aporto yo al conjunto y qué espero de mis compañeros?
  • ¿Soy exigente con los demás? ¿Y conmigo mismo, soy exigente?
  • ¿Estoy dispuesto a comprender y tolerar las limitaciones de mis compañeros? ¿Soy consciente de las mías?
  • ¿Considero mi trabajo o aportación más relevante que el de los otros?
  • ¿Qué estoy haciendo para que mis compañeros se sientan valorados, queridos?
  • ¿Soy consciente de las enormes posibilidades que encierra un trabajo colectivo, y que yo mismo, sin los demás, apenas soy nada?

Olvidamos que el talento y la grandeza son elementos básicos que se esconden en todas las personas. La excelencia, el éxito, no se regalan, requieren de mucho esfuerzo, disciplina, constancia; un precio que muy pocos están dispuestos a pagar, sobre todo en una sociedad tan inmediatista, tan resultona, que busca el éxito a través de golpes de suerte o de genio muy rápido. Esto es algo ilusorio, que no se corresponde con la realidad.

Aquellas personas y grupos que han alcanzado algún objetivo importante se han encontrado por el camino con un rosario de complicaciones a superar, desde incomprensiones familiares y sociales hasta muchos fracasos; sin olvidar las disputas, conflictos de diversa índole entre los propios compañeros… ¿Dónde está la diferencia? En que unos han creído y luchado hasta el final y los otros han desistido.

Los grupos idílicos no existen, los campeones de la comprensión, la solidaridad y el trabajo en equipo perfecto es una fantasía a día de hoy, al menos en un mundo como el nuestro. Esta sería una percepción nada realista y hasta un obstáculo serio para afrontar cualquier realización.

Admiramos los logros de otros como si fueran verdaderos héroes, y quizás en cierto sentido sí lo sean; llegamos incluso a mitificarlos, a verlos como iconos, espejos donde reflejarnos. Cuando tienen incluso una relevancia social y tenemos la suerte de coincidir con ellos, nos gusta darnos un cierto valor aproximándonos y haciéndonos fotos, escuchando sus conferencias o comprando sus libros. Olvidamos que son personas como las demás. La diferencia entre ellos y nosotros estriba en la fe y en la persistencia que han puesto siempre en sus objetivos trascendentes. Cuando se han caído, en lugar de lamentarse o buscar culpables, han tratado de entender la situación para después volver a levantarse y proseguir su camino, lo cual nos lleva a la conclusión de que en todo ser humano hay grandeza; lo único que nos falta es descubrir cuál es la nuestra, trabajarla con tesón y ponerla al servicio de los demás.

Por el contrario, si no valoramos, si no creemos en las personas que tenemos alrededor, compañeros, amigos, etc., difícilmente se van a poder alcanzar resultados satisfactorios. En este campo, como en muchos otros, el que más tiene es quien más debe de dar, buscando siempre el bien general antes que el propio.

Cuando hablamos de un trabajo colectivo, de carácter espiritual, hemos de ser conscientes de que no todos lo van a vivir de la misma forma, y no todos van a tener la constancia y paciencia suficiente como para implicarse por tiempo indefinido. Después del entusiasmo inicial, muchos desisten porque no están dispuestos a realizar sacrificios. Esta circunstancia es comprensible y muy respetable, pero esto es algo que no debe desanimar ni paralizar. Se trata de un camino sólo apto para personas comprometidas, que necesitan impregnarse de los mejores sentimientos, del apoyo y la valoración mutua; dejándose envolver por esa fuerza positiva que nace de la colaboración, de la solidaridad, de la confianza.

El Maestro Jesús eligió a personas sencillas, simples, con sus conflictos y defectos; sin embargo, esto no le desanimó. Prosiguió trabajando con ellos pese a sus fragilidades y dudas hasta el final de sus días, demostrando amor y perdón incondicional. Ahí estuvo la clave del éxito, persistir en el “mensaje” que traía de lo Alto para que sus discípulos pudieran madurar con el paso del tiempo, tomaran conciencia de su verdadero significado y, de esa forma, acercarse al modelo de conducta, de vida interior que se necesita para crecer y elevarse.

Nosotros, infinitamente más pequeños que Él, debemos de imitarle. Primero trabajando nuestro interior, exigiéndonos a nosotros mismos antes que a los demás, para posteriormente saber apreciar lo bueno, lo positivo, la grandeza que existe en las personas que nos rodean. Esa es la clave.

Si no soy capaz de valorar y apreciar a mis compañeros o amigos más cercanos, cómo voy a ser capaz de comprender y ayudar a personas que no conozco.

El saber que el otro cree en ti, que no te juzga, procura ver lo positivo y si en algo considera que puedes mejorar, te lo insinúa, no como un reproche, sino como una posibilidad que quizás no te habías planteado. Esta metodología de comportamiento social abre muchas puertas y elimina muchos conflictos, puesto que los ahoga antes de que lleguen a desarrollarse, o incluso, que puedan llegar ni tan siquiera a aparecer.

Para llegar a este último punto se requiere de bastante trabajo interior, teniendo claras las prioridades. Para eso se requiere de un punto de madurez y de generosidad que no está al alcance de cualquiera; no obstante, se puede conseguir. También se necesita diálogo pero desde el respeto, buscando empatizar desde la igualdad y la sencillez, sin buscar que prevalezcan nuestras opiniones sobre otras, siempre en un tono constructivo, sereno y analítico.

Por el contrario, cuando no existe confianza y valoración, se puede llegar a generar un vacío, una frialdad por donde la parte negativa puede hacer su trabajo de desunión con mayor facilidad, potenciando los malos entendidos, despertando malquerencias, recelos, rivalidades, etc.

Por lo tanto, eliminar las dudas, los miedos y los prejuicios es una tarea que nos compete a todos. Un grupo es un engranaje que para que funcione bien necesita que sus componentes aminoren sus egos, los yoes, para dar paso al nosotros. Se trata de un laboratorio común que sirve para poner en práctica los preceptos morales que nos han enseñado, en especial el de la caridad, la tolerancia; y al mismo tiempo, sabiendo valorar el aporte de los demás.

Valorar a los demás por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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