Apartado espírita

¿SOMOS REALMENTE LIBRES?

¿Somos realmente libres? Esta es una cuestión muy interesante, puesto que nos referimos a un principio básico del ser humano como es la libertad. Sin embargo, de entrada, resulta complicado dar un perfil que pueda satisfacer a todas las personas de diferentes culturas y credos. Lo bien cierto es que dicha palabra ha sido utilizada muy a menudo a lo largo de la historia como emblema o pretexto en revoluciones políticas, religiosas y sociales.

Las interpretaciones al respecto varían dependiendo de las circunstancias de cada uno, según su posición o intereses particulares. Hay quien llama libertad a hacer con su cuerpo lo que quiera (ahí tenemos los debates sobre el aborto, la eutanasia o la donación de órganos, entre otros). O también la visión muy particular de libertad que sostienen algunos mandatarios  políticos, así como aquella minoría que ostentan casi todo el poder económico mundial, quienes consideran imprescindible, en base a su ambición, vanidad y orgullo, privar o restringírsela a los otros. Los primeros porque mayor libertad y democracia amenazaría su perpetuidad en el poder, y los últimos, porque mejorar las condiciones a los trabajadores irían en detrimento de sus intereses económicos.

También hay quien llama libertad a la capacidad de hacer lo que a uno le place en cualquier momento, sin tener en cuenta a los demás. Esto, más bien, sería libertinaje, concepto asociado al descontrol, falta de respeto al semejante y a la indisciplina.

Esto último, por desgracia, es bastante frecuente hoy día, sobre todo a lo que respecta a la educación de los hijos. Es fácil observar en lugares públicos esos cuadros lamentables de desorden, es decir, molestias e impertinencias que provocan algunos niños a las personas que tienen a su alrededor, ante la pasividad de unos padres despreocupados, que obligan a los demás a tener que soportarlos estoicamente; sin estar pendientes de ellos para inculcarles una educación, una enseñanza sobre el respeto a los demás, para que sepan convivir con los adultos, pues esa es su responsabilidad. Muchas veces permitiendo esos mismos padres que los niños generen un exceso de ruido, o también invadiendo el espacio que necesitan las otras personas, sin intervenir para nada, o muy débilmente. Teniendo siempre a mano una justificación, una excusa para tapar esas deficiencias, afirmando: “Son cosas de niños”. Piensan erróneamente que la vida y el tiempo corregirán de manera automática y natural esos comportamientos, a veces, embrutecidos. ¡Craso error!

Al mismo tiempo, esos padres que menosprecian la educación en valores son los que les proporcionan todos los caprichos a sus hijos, incentivándoles el afán de poseer sin medida, exclusivamente por el dudoso mérito de haber obtenido buenas notas en el colegio.

No cabe duda que la sociedad materialista de hoy día se ha despreocupado del auténtico significado de la palabra libertad. Sin embargo, podemos encontrar algunas claves que nos ayuden a entender, como son las que nos proporciona la doctrina espírita.

En la pregunta 826 del Libro de los Espíritus, estos afirman lo siguiente: “Tan pronto como haya dos hombres juntos, tendrán derechos ajenos que respetar y, por tanto, ya no gozarán de libertad absoluta”. De esa manera, el convivir obliga al autocontrol y a respetar el espacio del otro.

La Real Academia de la Lengua, al definirla, nos aporta otros matices como: Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Es una definición muy interesante porque asocia libertad a responsabilidad, lo que supone que el hacer o no hacer tiene sus consecuencias.

Se trata de un bien innato, forma parte de la naturaleza del ser. Es un derecho que en el transcurso de la evolución hemos de aprender a encauzar y usar con sabiduría; teniendo claro no sólo los derechos que poseemos, sino también las obligaciones para con el prójimo, para una correcta convivencia y armonía con nuestro entorno; así lo afirma la pregunta 827 del Libro de los Espíritus: “La naturaleza nos otorga el derecho de ser dueños de nosotros mismos”.

En el Evangelio también encontramos referencias muy importantes sobre la libertad, como son las siguientes palabras del Maestro: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». (Juan 8, 31-32)

Este comentario del insigne rabí es muy significativo, puesto que nos habla de “mantenerse en su palabra”. Se refiere a la constancia y al sacrificio. Es el precio de un ideal superior y de mantenerlo a toda costa, pese a las dificultades del camino, los sinsabores, las zancadillas, incomprensiones y los propios defectos que ensombrecen el camino que tenemos trazado, para proseguir con esfuerzo y tesón, y de ese modo, alcanzar los objetivos.

¿Cuál es el resultado de esa lucha por mantenerse fiel a esos ideales o Palabra? El descubrimiento de la verdad, esa verdad que clarifica, reconforta y ofrece seguridad. Es, en pocas palabras, el encuentro con la auténtica libertad; aquella que supera todas las barreras; que no vacila, que confía y consigue siempre buenos resultados. Es la misma verdad que se le niega a los poderosos, o a aquellos que se envanecen por su aparente saber.

Por otro lado, persistir en el error, en las debilidades o defectos nos atan, nos imantan a los planos groseros, adquiriendo nuevas responsabilidades, deudas que nos privan de la ansiada libertad hasta que la reparación esté concluida, como nos aclara el Maestro en la siguiente cita: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo…» (Juan 8, 34).

Sabemos que la actual existencia no es más que una de tantas de la larga sucesión de vidas físicas necesarias para nuestro desarrollo y evolución espiritual. Obviamente, el uso de la libertad se convierte en un gran bien para aquel que conoce cuál es su misión y el destino al que aspira; si es capaz de aprovechar su tiempo en el cumplimiento de sus tareas, tanto en beneficio propio como en el de sus semejantes.

En ocasiones, cuando un espíritu está muy atrasado e instalado en el mal y no es capaz de conducirse, haciendo que su estancamiento sea excesivamente prolongado, es cuando actúan las leyes para favorecer el reajuste necesario. Privándole temporalmente, si fuera necesario, de esa libertad natural e innata, hasta que el proceso regenerador haya concluido. Obligándole a tomar un nuevo cuerpo, muchas veces en condiciones muy penosas, para sensibilizarlo y comenzar a rescatar sus débitos del pasado, generados en otras existencias.

Por lo tanto, la libertad se desarrolla según el nivel de evolución alcanzado, como la responsabilidad de sus actos. Con la muerte física, y una vez desembarazado de los lazos materiales, el ser goza de una mayor autonomía que le permite desenvolverse con una mayor facilidad, al desaparecer el obstáculo que le ataba; pero aun así, existen las limitaciones propias del grado de elevación de cada espíritu.

Dios nos dota de sus atributos, nos concede la libertad para decidir el camino que deseamos recorrer por propia voluntad, pero tarde o temprano vivimos las consecuencias de lo sembrado. Efectivamente, “somos libres para sembrar, pero la cosecha es obligatoria”. El camino del orgullo y del egoísmo, cuando no existe vigilancia y autocontrol, nos puede empujar hacia unas actuaciones equivocadas que retardarán nuestro progreso e impedirán la conquista de la libertad plena y la felicidad tan anhelada. Del mismo modo, si  optamos  por el camino del bien y del amor, el horizonte se irá despejando y se descubrirá ante nosotros un camino lleno de posibilidades. La luz irá diluyendo las sombras de la duda, acercándonos día a día al Creador.

Hemos de pensar en que gozamos de un verdadero tesoro, que consiste en la capacidad de poder decidir libremente, de actuar, de aprender. Hemos de valorar cada momento en su verdadera dimensión. Los hechos del pasado ya no los podemos cambiar, permanecen inamovibles; el presente es su consecuencia inmediata. De las actuaciones que resolvamos acometer, así será el futuro; algo que estamos escribiendo ahora mismo. De nosotros depende el soltar amarras, desembarazarnos de los grilletes que nos aprisionan, que representan los errores y limitaciones del pasado, cumpliendo con la ley del amor y siendo fieles a nuestros compromisos adquiridos libremente antes de encarnar.

¿Somos realmente libres? por:   José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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