¿EL CIELO EXISTE?

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¿El Cielo existe?

¿El Cielo existe? Hablar del “Cielo” con cierto rigor es una misión casi imposible, por la cantidad de connotaciones religiosas que lleva aparejado este concepto. Ya de por sí, el término es asociado a un lugar determinado. Según definición de la RAE (Real Academia de la Lengua): “En la tradición cristiana, morada en que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios”.

Durante siglos, y como ya hemos comentado en otras ocasiones, ha existido la firme e implacable voluntad por parte de las autoridades religiosas de controlar las creencias y las posturas que eran consideradas aceptables respecto al Más Allá. La vida futura quedaba reducida a una serie de alternativas, de premios o castigos, consecuencia de la naturaleza de los actos de la vida, y la predisposición al arrepentimiento de los pecados y la posibilidad del perdón divino. Si eras malo ibas al Infierno, si eras bueno y cumplías con los preceptos religiosos, ibas al Cielo. Un Cielo que es representado como una especie de oasis contemplativo, con la visión permanente de Dios y de toda su inmensidad. Hasta ahí llega la imaginación, se para y ya no da para más.

Se trata de un Cielo donde sus pobladores no poseen ni la capacidad para contactar ni la de intervenir en el plano físico; de eso se encargan los ángeles que han sido creados al margen del resto, son seres privilegiados que no han hecho ningún mérito para ser lo que son. Al mismo tiempo, el reencuentro con los seres queridos solo será posible, según esta idea, cuando todos hayan muerto. Mientras tanto, a los que todavía se encuentran en el mundo físico, y como sólo se vive una vez, apenas queda la esperanza y el consuelo de aspirar a alcanzar ese mismo Cielo feliz a través del bien y el cumplimiento de los preceptos establecidos; de lo contrario, y según estas ideas ya desfasadas, el reencuentro será eternamente imposible.

Esta visión tan limitante como ilógica de lo que se ha considerado como Cielo, según estas creencias dogmáticas, es uno de los motivos que explican la distancia que ha existido entre la ciencia y la espiritualidad hasta hace unas décadas. La ciencia, siguiendo su camino, nos ha demostrado que no somos, ni mucho menos, el centro del universo. La visión limitada de la vida y del cosmos se ha visto superada por los enormes avances científicos. Hoy día se habla de otras dimensiones, de varios niveles de conciencia que hacen que la felicidad sea un estado interior y que no dependa de lo externo. Las creencias limitantes han dado paso a un escenario de reflexión, de amplitud de miras, de fe razonada que nos abre un sinfín de posibilidades. Como decía Ortega y Gasset: “En las creencias estamos”. No obstante, la realidad es tozuda y no paramos de descubrir nuevos ángulos de esa misma realidad. Somos nosotros los que tenemos la llave, la libertad y la posibilidad de cambiar para ser capaces de captar la grandeza que nos rodea.

“En esa inmensidad sin límites, ¿dónde se halla el Cielo? Por doquier, pues no tiene límites; los mundos felices son las últimas estancias antes de llegar a él; las virtudes abren el camino, los vicios cortan el acceso”. Capítulo III; 18. Allan Kardec.

Tampoco podemos creer que lo que podríamos denominar como Cielo sea un lugar de inactividad y de contemplación perpetua. No olvidemos la inolvidable respuesta del Maestro cuando le increpaban porque curaba en sábado, día festivo para los judíos: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo”. (San Juan; 5, 17).

El mensaje del Maestro es muy claro y profundo. El Padre trabaja desde la noche de los tiempos. No nos podemos imaginar un solo instante de inactividad. Para ello sólo basta observar el Universo, los distintos soles y planetas formando los casi infinitos sistemas solares, en constante movimiento armónico. O aquí mismo, en nuestro planeta, podemos examinar a la naturaleza cómo actúa sin cesar, la propia vida esforzándose por abrirse paso. Nada permanece estático. Si además, por las informaciones que poseemos, el plano material es un pálido reflejo de la realidad espiritual, en consecuencia nos podremos dar cuenta fácilmente de que la actividad en los planos superiores, inmateriales, debe de ser todavía mucho mayor.

“El Universo es, al mismo tiempo, un mecanismo inconmensurable conducido por un número no menos inconmensurable de inteligencias; un inmenso gobierno donde cada ser inteligente tiene su parte de acción bajo la mirada del soberano Señor, cuya voluntad única mantiene en todas partes, la unidad”. (La Génesis, Capítulo XVIII, 4; Allan Kardec).

El espíritu, desde que es creado, trae una misión a cumplir; para ello, comienza su largo periplo de crecimiento, de expansión de su conciencia, de control de sus instintos para dar paso a las percepciones más sutiles y elevadas. Muchas existencias de trabajo, sacrificio, dolor, caídas y ascensiones. El Homo sapiens va dando paso al Homo spiritualis. Las imperfecciones morales poco a poco van perdiendo fuerza en el espíritu a través de las pruebas que la vida una, durante sus múltiples existencias, le proporciona. Del mismo modo, con el paso del tiempo el espíritu se engrandece, las cualidades y virtudes se desarrollan, así como sus capacidades de trabajo y servicio, aumentando sus responsabilidades en el concierto universal. Es, en definitiva, una ascensión perpetua hacia la plenitud, hacia la perfección.

 “Las atribuciones de los espíritus guardan relación directa con su progreso, iluminación, capacidad, experiencia y grado de confianza que inspiren al Soberano Señor. No existen privilegios ni favores… Las misiones más importantes son confiadas a quienes Dios los sabe capaces de cumplirlas sin fallar”. (Capítulo III; 13.- Allan Kardec; El Cielo y el Infierno).

Por lo tanto, podemos decir que el grado de felicidad está en relación directa con el grado de progreso alcanzado. Esto es algo que al espíritu evolucionado le permite desarrollar misiones cada vez más delicadas e importantes en el concierto universal, lo cual aumenta su grado de satisfacción y de alegría interior. Estamos hablando de estados de conciencia y de percepción del espíritu que en el actual grado de evolución, así como el hecho de estar encarnados en un plano material, con los sentidos físicos, nos es muy difícil, por no decir imposible, comprender todavía.

Formamos parte, como hemos visto ya, de una unidad. Formamos parte de un todo, en donde la confianza de lo Alto nos la tenemos que ganar día a día. Dios asigna responsabilidades a todos los espíritus desde que son creados, desde las más ínfimas a las más grandes. Todas son importantes, todas tienen un porqué y para qué, un sentido superior. Hasta que no las cumplimos, no podemos pasar a otras más importantes, de mayor envergadura. Nada es producto del azar. Cuando nos preguntamos cuál es nuestra misión en la vida, debemos hacer un alto en el camino y, con serenidad y humildad, observar a nuestro alrededor para comprobar que tenemos una misión para con nosotros mismos, tratando de ser cada día mejores; tenemos una misión con la familia, dando ejemplo y ayudando en la medida de lo posible; tenemos una misión en nuestro trabajo, con los compañeros; también con los amigos, con la sociedad; etc.

Por otro lado, sabemos que existen distintos grados de evolución de los planetas; del mismo modo, existen distintos planos espirituales. A mayor elevación, mayor perfección y belleza. Las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) nos dejan multitud de testimonios; luz y paz inefables al final de un túnel, descripciones maravillosas de realidades paralelas, como es el caso del archiconocido doctor Eben Alexander que nos habla de un escenario de gran hermosura. Son multitud de testimonios de personas a las que se les ha permitido, durante  momentos muy críticos de salud, debatiéndose entre la vida y la muerte, visitar regiones impensables para la gran mayoría de personas corrientes como nosotros. Son pruebas evidentes de una realidad que está al margen de creencias o supersticiones.

No es ya cuestión de una fe ciega, sino de una fe razonada y avalada por estos testimonios fuertemente vividos, así como otras vías de información espiritual que nos hablan de esa realidad espiritual, como es el ejemplo de las informaciones recogidas a través de la mediumnidad, donde nos hablan los propios espíritus de lugares paradisiacos, alejados de las sombras y de las miserias características de mundos como el nuestro, sin desdeñar la grandeza que también albergan.

Las experiencias vividas por esas personas, así como el resto de testimonios que por diferentes medios nos van llegando, nos permiten poseer una claridad que nos ofrece seguridad sobre el porvenir. Ya no es tiempo para las utopías, ya no es momento para sostener unas creencias dogmáticas que no resistan al análisis, a la razón.

El Cielo existe, pero no como nos lo habían contado. El Cielo se construye y se gana día a día, superando los conflictos y las pruebas temporales que nos preparan para las adquisiciones, los valores del espíritu eterno e inmortal. La seguridad en el porvenir reporta al espíritu mayor fuerza y mayor ánimo, le facilita el éxito en sus empresas, calma y paciencia en las batallas de la vida y resignación ante aquello que no puede cambiar, pues estamos en manos de alguien infinitamente sabio que sabe lo que nos conviene, en el transcurso de una preparación meticulosa hacia un futuro lleno de posibilidades y de plenitud.

¿El Cielo existe? por: José M. Meseguer

   © Amor, Paz y Caridad, 2019