LA MUERTE: LUCES Y SOMBRAS

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La muerte: Luces y sombras

La muerte sigue siendo, a día de hoy, uno de los enigmas más importantes con que se enfrentan filósofos y científicos del momento. Parece que es un tema casi irresoluble, sin fin, sin posibilidad de solución. Es la gran incertidumbre, como la cola del perro o el gato que es perseguido por el propio animal con anhelo, pero que jamás consigue alcanzar por muchas vueltas que dé.

Nuestro origen, antes de nacer, como nuestro final cuando morimos, son clave para comprender la esencia de la vida. Bien es cierto que, para mantener una vida equilibrada y aprovechar en el día a día todas nuestras potencialidades como seres humanos, tal y como nos indican la psiquiatría y la psicología modernas, es imprescindible vivir en el presente con plenitud; no ser cautivos del pasado ni sentirnos atrapados por la incertidumbre del porvenir, de aquello que nos pueda suceder en el futuro. Sobre todo para reforzar la intención de entresacar las cualidades, las potencialidades que todos poseemos, y de ese modo lograr lo que nos propongamos; aprendiendo de los errores y persistiendo hasta alcanzar el objetivo final, sin etiquetas extremas de éxito o fracaso.

Pero la cuestión que nos ocupa no resulta tan sencilla para muchas personas. No obstante, la muerte es un fenómeno natural, y como todo aquello que es natural lo deberíamos de analizar con naturalidad. Pensar que esta incógnita es irresoluble sería quizás simplificar demasiado y cerrar demasiadas puertas al entendimiento. Es quitarse de en medio una cuestión que está repleta de prejuicios religiosos y culturales, algo que incomoda y que parece estar falsamente condenado a transitar por el terreno de las creencias o de los dogmas.

Sin embargo, resulta complicado escapar de la angustia ante los fenómenos comunes a la condición humana, como por ejemplo cuando perdemos a seres queridos, o cuando se nos diagnostica una enfermedad incurable y que puede tener un desarrollo fatal, o cuando los reveses de la vida, como pueden ser accidentes, nos merman las facultades o las posibilidades físicas; o también esas mismas enfermedades que nos hacen pasar por un calvario de molestias, dolor, intervenciones quirúrgicas frecuentes, demostrándonos la enorme vulnerabilidad de nuestras vidas.

El miedo a la muerte nos puede llegar a colocar en la misma tesitura mental que cuando nos enfrentamos a un gran peligro, frente a algo que no podemos controlar y que nos llena de inseguridad, de enorme incertidumbre. Su principio se basa en el instinto de conservación, y este nunca puede ser malo. Pero en este caso nos referimos al miedo visto desde otro ángulo, ante la gran duda de no saber con lo que nos vamos a encontrar cuando todo haya terminado, cuando los lazos que nos unen al cuerpo se hayan roto definitivamente, bien de una manera brusca o después de un proceso patológico más o menos largo.

No podemos perder de vista la cultura religiosa en la que estamos inmersos, es nuestra herencia, es lo que aprendimos de pequeños y el origen de las ideas que nos han inculcado con toda la buena intención. Después, con el paso de los años, esas ideas las hemos ido consolidando o modificando en un proceso que nos ha encaminado a la aceptación sin más, o al rechazo y la incredulidad. Otros han buscado alternativas que pudieran satisfacer sus expectativas, su lógica, su manera de ver la vida, en donde todas las piezas pudieran encajar de una manera más o menos razonable. Algunos piensan que es un tema imposible de resolver, optando por una postura agnóstica, inaccesible al conocimiento humano.

A esto hay que añadir nuestro estado interior actual, la percepción que tenemos de nosotros mismos, sea positiva o negativa, y las consecuencias que consideramos se pueden derivar de nuestros actos una vez hayamos dejado el cuerpo físico, en la línea de premios y castigos. Un caso podría ser el sentimiento de culpabilidad por alguna razón, por no haber hecho las cosas bien en algún aspecto de nuestra vida; esta circunstancia nos puede condicionar la percepción del futuro y de aquello que podemos esperar para después de la muerte.

También puede existir otra postura distinta, la de aquel que todo le sonríe en la vida y tiene miedo a perder sus posesiones, su estatus; le gustaría que todo permaneciera de la misma forma durante muchísimo tiempo. En algunos casos, el tema de la muerte y sus posibilidades permanece en las antípodas de sus preocupaciones y pensamientos; no se dan cuenta de la transitoriedad de las cosas. Tanto la tristeza y el dolor como la alegría y la felicidad terrena son estados totalmente efímeros. Desde un punto de vista material, nos vamos como vinimos al mundo, sin nada.

Por otro lado, aceptar las circunstancias de la vida y sus distintas etapas, esperando la muerte con esperanza y serenidad, denota madurez y equilibrio espiritual. Al alcance de aquellos que saben que somos algo más que un cuerpo o unas circunstancias pasajeras. Conscientes de que todo aquello que poseemos se nos puede arrebatar en un momento.

Si miramos hacia atrás, a la historia del hombre, nos daremos cuenta de que, en cierto sentido, hemos acallado nuestra voz interior, aquella que en el pasado, hace ya miles de años, hacía del hombre un ser comprometido con su destino. Sabía interiormente, sin que nadie se lo explicara, el origen de la vida y su destino final. No solo no temía a la muerte y la vida después de la vida, sino que confiaba en una vuelta al mundo de las formas, es decir, los seres queridos retornarían en hijos o nietos. Algunos arqueólogos creen que esa fue la razón de que en la nueva edad de Piedra (10.000-5.000 a. de C.) se enterraran los cuerpos en posición fetal, para facilitar el renacimiento.

¡Es fascinante! ¡Cuánta sabiduría!; ahora perdida por los condicionantes religiosos y culturales sedimentados en el tiempo, desvirtuándonos de sentimientos e intuiciones que procedían de lo más profundo del ser humano.

Hoy día, sin embargo, continuamos con las mismas angustias e incertidumbres, sobre todo cuando la muerte asoma o cuando perdemos a los seres queridos. Los temores que nos han inculcado sobre un porvenir sin punto medio, con dos alternativas bien marcadas: o la felicidad absoluta o el sufrimiento perpetuo, nos marcan un escenario nada halagüeño, de enorme desazón, de sueños perdidos. “Todo ello crea entre vivos y muertos una distancia tal, que la separación parece eterna; por esa razón la generalidad prefiere tener cerca suyo, aun sufriendo, a los seres que ama, a verlos partir, aunque sea hacia el cielo”. (Allan Kardec; capítulo II, 9; El Cielo y el Infierno).

La sensación, muchas veces, de que, una vez las ilusiones y aspiraciones materiales se diluyen con el tiempo, o cuando los resultados no son como se esperaban (un vacío interior, una inseguridad, una zozobra), nos hace ver el futuro como una losa, un muro infranqueable. El fenómeno de la muerte se observa entonces como algo mucho más desalentador.

Sin embargo, cuando hacemos caso a nuestro interior nos despojamos de los prejuicios, escuchamos esa misma voz que escuchaban nuestros ancestros y entonces es cuando emerge el verdadero significado, la verdadera dimensión de la vida una. Comprendemos que con la muerte no acaba nada, simplemente abandonamos un ropaje que ya no nos sirve, y como el crepúsculo que da paso a la noche, pronto aparecerá un nuevo amanecer lleno de esperanzas e ilusiones. La muerte pasará entonces a ser vida, la auténtica vida; la paloma se despoja de su jaula y vuela libre buscando nuevos rumbos, nuevas metas.

A la muerte no la podemos encasillar como una cuestión meramente religiosa o dogmática. Su verdadero lugar se corresponde con las vías filosóficas, científicas y hasta experimentales, unos escenarios en donde podremos encontrar numerosas respuestas que puedan satisfacer a la razón y al corazón. Es un tema que debemos alejarlo del terreno de las utopías, de las vanas ilusiones inaccesibles para sustituirlas por realidades y convicciones.

No es más auténtico aquello que tocamos o podemos ver, existen otras realidades más sutiles, inmateriales o imperceptibles a nuestros sentidos físicos más primarios, como nos lo demuestra la moderna física cuántica.

La muerte es una puerta a la verdadera vida. Estamos de paso por este mundo, vivimos en una realidad aparente, transitoria. Lo imperecedero, lo verdaderamente importante se escapa a nuestros sentidos. Si tenemos el coraje de buscar respuestas con sinceridad, las encontraremos en nuestro propio interior a través de multitud de señales que nos hablan de una puerta a otra dimensión, llena de esperanzas y posibilidades.

Sirva como conclusión lo que el espiritismo nos dice al respecto: A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el temor a la muerte decrece(…) “La seguridad de volver a encontrar a sus amigos después de morir, la certeza de poder retomar las relaciones interrumpidas, el hecho de saber que el fruto de sus esfuerzos le valdrá y que cuanto haya logrado en inteligencia y perfección no estará perdido, todo ello le otorga paciencia para saber esperar y valor para soportar las fatigas momentáneas de esta vida terrenal”. (Allan Kardec; capítulo II, 3; El Cielo y el Infierno).

La muerte: Luces y sombras por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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