Consideraciones sobre el Más Allá

CREENCIAS Y MÁS ALLÁ

Estimados lectores, iniciamos una nueva sección bajo el título: CONSIDERACIONES SOBRE EL MÁS ALLÁ, que esperamos sea de su interés. Con la intención de seguir profundizando en la temática espiritual, abrimos un nuevo apartado para analizar ciertos temas relacionados con el Más Allá y la vida futura, cuestiones de permanente actualidad y debate.

La fuente principal desde donde nos vamos a inspirar para construir unos argumentos y desarrollar unos temas mes tras mes procederán de la obra “EL CIELO Y EL INFIERNO o la justicia divina según el espiritismo”, de Allan Kardec.

Cuestiones como la muerte y la angustiosa incertidumbre que existe en torno a ella, el cielo, el infierno, los ángeles, los demonios, las penas eternas, etc., van a ser abordadas en esta sección.

Por lo general, las religiones dominantes y su falta de flexibilidad han provocado, a lo largo de la historia, una ruptura entre lo que debería ser una fe razonada, que pudiera mirar frente a frente a la razón, y lo que es la fe ciega o dogmática. También una ruptura entre lo que son simples creencias y lo que pueden llegar a ser convicciones avaladas por unos hechos, por una ciencia libre y no sometida a las obras consideradas sagradas, defendidas como verdades absolutas emanadas directamente por Dios.

“La inmersión de la humanidad en las tinieblas medievales llevó a la naturaleza humana a un retroceso histórico”, nos dice Herculano Pires. Unas tinieblas, como afirma el insigne espírita brasileño, de las que todavía no hemos salido del todo, pese a los siglos transcurridos y a los esfuerzos de almas abnegadas y sabias que, periódicamente y en todas las épocas, han encarnado en nuestro mundo para impulsar reformas y avances significativos que retomen la senda del progreso, la ciencia y el bien. En pocas palabras, recuperar la esencia del mensaje del Maestro Jesús sin manipulaciones ni interpretaciones interesadas.

El hombre de hoy exige respuestas, no se conforma con los argumentos tradicionales que pueden todavía satisfacer a algunos; sin embargo, ya no son suficientes para aquellos que acostumbran a razonar, que necesitan entender para creer. Rechazan una fe ciega en algo indeterminado, ambiguo, difuso, lejano. No puede ser que la realidad material y la espiritual estén tan lejanas la una de la otra, que no tengan puntos de conexión claros. No se entiende que un Dios misericordioso someta y exija creer en Él sin facilitar unas respuestas básicas que permitan comprender algo de su justicia, bondad, y que somos todos iguales para Él, como verdaderos hijos.

No se entiende un Dios caprichoso que toma partido por un bando religioso concreto; no se entiende que permita sufrir a unos y beneficiar a otros aparentemente sin merecerlo, simplemente por el mero hecho de ser hijo o hija de una familia rica o poderosa. Otros, condenados a la miseria, al hambre, a las penalidades sin opción de salir…, solo porque Dios lo quiere así.

“Son los designios inescrutables de Dios”. ¡Vaya barbaridad! Es como si nos dijeran: No preguntes, sométete y calla. La inquietud que te promueve la inteligencia, la misma que tiene hambre de comprender, debes de acallarla con sometimiento y obediencia. Esa misma inteligencia que Dios nos ha dado y que nos ha permitido los avances en la ciencia; que nos brinda la posibilidad de avanzar hacia progreso, el bienestar, superando enfermedades; que ha derribado barreras; que nos permite viajar rápidamente por el mundo y acceder a la información, al conocimiento, de manera fácil, haciéndonos la vida más cómoda y feliz. Empero, para las cuestiones religiosas no sirve, hay que acallarla, hay que silenciarla y someterla.

¿Cuál es el resultado de dicho panorama? Por un lado, una corriente significativa de personas que son fieles a las tradiciones, no exenta de buena voluntad; un sector de la sociedad acomodado a los preceptos religiosos instaurados desde hace siglos. Muchas veces son personas conformistas, que prefieren que se lo den todo hecho y estructurado, para ahorrarles la necesidad de pensar y construir por sí mismos; con poco o ningún interés por explorar nuevos conceptos, nuevas ideas que enriquezcan sus conocimientos espirituales o religiosos…

Por otro lado, existe otro sector de la sociedad más numeroso con un escepticismo mayúsculo, un rechazo casi instintivo a los corsés dogmáticos y caducos que tratan de maniatarlo y que no le permiten margen de maniobra, la posibilidad de descubrir, profundizar o elegir por sí mismo. Estas personas, ante tanta dificultad, y puesto que todavía no han encontrado alternativas a las respuestas que les ofrecen dichas religiones, prefieren desistir, dedicarse a otras cosas más razonables que les puedan dar un margen de libertad.

Al mismo tiempo nos encontramos, afortunadamente, con otras alternativas; son aquellas ideas que han sobrevivido en pequeñísimos círculos a la censura durante siglos; algunas escuelas, en otra época esotéricas, que promulgaban ideas revolucionarias como la reencarnación, la comunicabilidad de los espíritus; con una visión del Maestro Jesús como profeta y hombre, jamás Dios; o la transformación moral como la única vía de salvación y no a través de fórmulas exteriores. Y así un largo etcétera.

El conocimiento es luz, aleja los fantasmas del miedo, de la culpa. Hemos de desconfiar de aquellas creencias con argumentos débiles que no nos resuelven los problemas básicos del ser humano, de una importancia vital para conducirnos con claridad y firmeza por los intricados vericuetos de la vida. Preguntas trascendentes como: ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy? requieren de toda la atención y análisis riguroso.

Hemos de desterrar las dudas con el trabajo y el esfuerzo por buscar alternativas, respuestas que satisfagan todas las preguntas, no acomodarnos a lo que nos puede transmitir el entorno social o incluso familiar, sino que, delante de nuestra conciencia, honestamente, dichas respuestas han de cubrir todas las expectativas, sin dejar ningún cabo suelto, alguna duda que pudiera hacer tambalear la estructura argumental que hayamos podido construir. Si además, no solo la filosofía, sino también la ciencia, avalan nuestras convicciones, nos situaremos en un marco de seguridad que nos permitirá avanzar rumbo a un trabajo edificante, de crecimiento y progreso inigualables.

Sin embargo, tampoco podemos caer en el error de considerarnos inexpugnables, pensar que a través de la inteligencia podemos resolverlo todo, comprenderlo todo. La inteligencia es una herramienta poderosísima, fundamental, pero por sí sola no es suficiente para descifrar todos los enigmas, todos los misterios. Además del conocimiento se requiere la vivencia, la experiencia y el autoanálisis para crecer en todos los aspectos. Dicho de otro modo, un conocimiento sin obras es un conocimiento muerto, sin alma.

Es muy importante saber hacia dónde vamos, para que el trabajo aquí y ahora se pueda centrar en unos objetivos concretos. La muerte no puede ser un tema ambiguo, misterioso, cuando desde hace siglos, especialmente desde el siglo XIX a esta parte, el mundo espiritual nos está diciendo a gritos: aquí estamos, la vida sigue, lo nuestro es una realidad concreta y diáfana, no es algo amorfo, difuso… Estamos hablando de algo muy real. Precisamente con el nacimiento del Espiritismo se plantó una semilla que no ha dejado de crecer; marcó un antes y un después. Con la proliferación de las manifestaciones mediúmnicas, y sus mensajes llenos de consuelos y de esperanzas, se rompían ciertas barreras y al mismo tiempo se establecían puentes entre los dos planos; unos puentes que se irán ensanchando en la medida en que el hombre progrese. Ya no hay vuelta atrás.

Sin menospreciar a las religiones y el trabajo innegablemente positivo que han realizado en favor de la humanidad, bien es cierto que no han sabido o no han querido afrontar la realidad que demanda el progreso natural del hombre. El mundo avanza gracias al esfuerzo, al trabajo y al desarrollo del pensamiento humano. Si las religiones tradicionales no se sienten por aludidas, es su problema. En una mayoría de países del mundo hay libertad de culto y de creencias. El hombre posee la libertad para elegir y si, como hemos comentado anteriormente, ya no le satisface una cosa, buscará otra más acorde con sus expectativas y sus aspiraciones.

En los próximos artículos seguiremos profundizando en todo ello.

 

Creencias y más allá por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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