LAS LESIONES DEL ALMA

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Lesiones del alma

Las lesiones del alma

Durante el desarrollo del V Congreso Espirita Mundial celebrado en Cartagena (Colombia), en octubre del año 2007, el médium y orador brasileño Divaldo Pereira Franco recibió un mensaje psicográfico del espíritu de Ana Fuentes de Cardona, notable mujer que fue una incansable divulgadora del espiritismo en su querida Colombia.

En dicho mensaje, Ana Fuentes hace un repaso breve de la situación actual de nuestro mundo: por un lado el extraordinario avance cultural, científico y tecnológico del que disfrutamos; sin embargo, “nunca antes hubo tanto dolor y aflicción como en nuestros días”. Y completa la idea con lo siguiente: “El sufrimiento alcanza niveles jamás experimentados anteriormente”.

Además señala el hambre, las enfermedades infecto-contagiosas y el egoísmo como la consecuencia directa de la carencia de amor en el mundo: “Un mundo rico de cosas que podrían solucionar, por lo menos, una gran parte de los padecimientos de la Tierra”.

Y añade: “¡Jamás hubo tantas corrientes filosóficas y denominaciones religiosas y tan poca religiosidad!”.

Esta pequeña reseña del mensaje que hemos querido traer aquí marca claramente los derroteros por donde andan nuestros pasos hoy día, y que enlaza perfectamente con el tema que nos propone para la reflexión la mentora Joanna de Ângelis.

Las lesiones del alma son más mortificadoras. (*)

Ante esa falta de ideales generalizada y el vacío que supone la carencia de una educación moral y en valores; cuando no hay un camino espiritual claro, porque las corrientes filosóficas y religiosas imperantes no son lo suficientemente atrayentes o convincentes como para que puedan servir de trampolín que catapulten con entusiasmo hacia proyectos edificantes que puedan llenar de plenitud y alegría íntima; y cuando, además, el ser humano se deja llevar por la fuerte marea materialista, construyendo hacia afuera, pero descuidando la edificación interior, es cuando surgen las lesiones del alma, aquellas que son mortificadoras y complicadas de resolver.

Las heridas externas son de fácil cicatrización, mientras que aquellas que pululan en lo íntimo son de más demorado curso.

Las heridas exteriores son, por lo general, pasajeras; contratiempos que muchas veces afectan temporalmente el devenir de una existencia; sin embargo, aquellas que se gestan en el interior del ser van poco a poco calando más hondo y, por tanto, son mucho más problemáticas; requieren de otros recursos como son el auto-amor, la paciencia, el trabajo y el esfuerzo constante para empezar a resolverlas con alguna garantía de éxito.

No todos se encuentran con la claridad ni la fuerza suficiente como para afrontar ese tipo de heridas internas tan corrosivas y desgastantes. La prueba está en la cantidad de problemas psicológicos que inundan nuestra sociedad. El estrés, la ansiedad, la depresión, los cuadros obsesivos de variada índole llenan las consultas de psicólogos y psiquiatras, en la búsqueda de soluciones terapéuticas.

No podemos pasar por alto la enorme cantidad de coachings o gurús mediáticos, tan de moda, que inundan las redes sociales con sus charlas motivadoras o promocionando libros que hablan de autosuperación y del enorme potencial por desarrollar en cada ser humano. Todo ello puede ser de cierta utilidad para algunos, no obstante, no todos están con la claridad ni la energía suficiente como para asumir esos cambios propuestos, aparentemente sencillos de llevar a cabo.

Muchas veces, en esos discursos bien estructurados y estudiados, se olvidan del componente espiritual y de la necesidad de tener una convicción clara respecto al porvenir y la transitoriedad de todas las cosas tangibles, materiales. Una visión espiritualista que no siempre es tan comercial para unos, o tan atrayente para otros.

Báñate en las aguas de la confianza en Dios, de la paciencia, de la humildad, del perdón y del amor, no permitiendo que el odio, el egoísmo, la rebeldía y el resentimiento te mortifiquen los tejidos del alma.

La mentora espiritual nos está señalando, como recurso imprescindible para todas las situaciones, la confianza plena en Dios.

En alguna ocasión el propio Divaldo ha comentado una experiencia, una situación muy amarga que vivió hace muchos años y que lo sumió en una tristeza profunda. Cayó en un laberinto del que no sabía salir, donde el sentimiento de pena y la autocompasión envolvieron su vida durante un tiempo. Uno de esos días grises, y mientras se encontraba sumergido en oración, se le manifestó el espíritu del doctor Bezerra de Menezes, y le dijo: “Olvida, hijo mío. Cuando la gente no consigue entender algo, se lo deja a Dios”.

Efectivamente, hay que ser conscientes de que cada ser humano pilota un barco, el de su propia vida. Sin embargo, hay veces que el timón pasa a otras manos más sabias, y es Él en ese momento quien lo conduce temporalmente, rectificando unos grados el rumbo que lo tiene que llevar a buen puerto.

Para confiar el timón a esas manos tan sabias, sin rebeldía y sin mayores contratiempos, el ser humano debe dejarse inundar por la paciencia, consciente de que son procesos que requieren un tiempo de transformación, de maduración.

Humildad también para comprender las limitaciones humanas; que hay algo más grande que gobierna nuestras vidas y que sabe muy bien lo que hace. Auto-perdón para no exigirse más de lo que uno puede dar, siendo realista, y también para saber perdonar las faltas ajenas, puesto que todos erramos y cometemos torpezas. Y por último, el amor incondicional que atenúa y diluye las pasiones inferiores, los atavismos que nos atan al estrecho margen de visión, como son el odio, el egoísmo, la rebeldía y el resentimiento, que lastran los mejores proyectos de edificación interior, de crecimiento espiritual.

Muchas enfermedades del cuerpo proceden del espíritu dañado por los conflictos de la emoción o por el ácido de las imperfecciones morales.

Cuando a esos problemas internos, esa agitación interior, no se les da una salida y se enquistan, entonces surgen las dolencias del cuerpo, los trastornos biológicos de variada índole; son la consecuencia de aquellos conflictos emocionales que no son debidamente reconducidos hacia una solución favorable.

Sintetizando, podemos decir que, cuando uno se deja llevar por las imperfecciones morales y no se esfuerza, primero por conocerlas y luego por controlarlas, vienen toda esa serie de conflictos mencionados que provocan desequilibrios psíquicos, emocionales y físicos.

Cuida de los equipamientos internos, resguardándolos de la agresión contumaz, del vicio y de la irresponsabilidad.

Hay que estar muy atentos a los desafíos que la vida propone a cada instante, y que exigen una respuesta adecuada, un comportamiento eficaz que ayude al crecimiento interior y que evite caer en las redes del desequilibrio, la irresponsabilidad de no comprender la importancia de cada actuación, y del bien o del mal que se puede generar al semejante; hasta, incluso, la responsabilidad que se adquiere por el bien que se deja de hacer por falta de interés, motivación o voluntad.

También, siendo conscientes de la agresividad y del propio desequilibrio que impera por doquier, almas desprevenidas que pueden, en algún momento, arrastrar a otros a equivocaciones perfectamente evitables, cortando así esa corriente que inunda ciertos ámbitos sociales en la actualidad, consecuencia de los momentos de cambios tan profundos que se están experimentando a nivel mundial.

Concluiremos el breve análisis de las reflexiones de Joanna de Ângelis recordando la importancia de la propuesta del Evangelio de Jesús; un compendio moral insuperable que marca las directrices correctas para no desviarse del camino y evitar así numerosos tropiezos, numerosas dificultades, que serían perfectamente evitables si se prestara la debida atención al interior de cada uno.

Las lesiones del alma por: José Manuel Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*)El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 73; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

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