LA TRISTEZA HAY QUE SUPERARLA

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La tristeza hay que superarla

La tristeza hay que superarla

Es normal que los acontecimientos negativos de la vida, aquellos que ocurren en el entorno del ser humano, provoquen tristeza. No somos como rocas insensibles; tenemos sentimientos, emociones, que ante determinadas circunstancias desagradables pueden llegar a generar amargura y desasosiego.

La vida humana, en un mundo del nivel espiritual y moral como es el nuestro, está sometida a una permanente sucesión de hechos de variada índole que nos pueden generar situaciones tanto alegres como tristes. Esto obedece a que estamos en un proceso de evolución, de movimiento, de transformación continua. El progreso espiritual y humano está unido a constantes cambios, tanto personales como de aquellos que nos rodean.

Momentos de alegría, como por ejemplo, cuando el estudiante logra su graduación en la universidad, o también cuando ese amor tan ansiado es finalmente correspondido, o cuando se tiene un hijo…

Pero también, por otra parte, hay momentos que le envuelven de tristeza, como es el caso de la pérdida de un ser querido; o cuando sufre un accidente; o cuando una enfermedad golpea a la salud; o también la pérdida de un trabajo necesario para subsistir…

Por todo ello, la querida mentora Joanna de Ângelis nos avisa:

La tristeza es mensajera de sufrimiento.

Aquí no se habla de ese sentimiento leve, que casi se confunde con una cierta nostalgia, por acontecimientos felices del pasado que ya no se pueden recuperar; o quizás la tristeza que pueden motivar esas pequeñas frustraciones de aquellos anhelos imposibles, inalcanzables; no… se refiere a algo más profundo, a aquella que es portadora de un mensaje de sufrimiento.

No te prendas a ella, ni permitas contaminarte por sus miasmas. Es cierto que no todos los días son claros y ricos de alegría.

No hay que dejarse llevar por ella ni permitir que los pensamientos negativos, pesimistas, se instalen de manera permanente.

La vida no es una sucesión de hechos trágicos sin un sentido positivo; una especie de castigo divino para hacer justicia sobre el culpable.

La tristeza hay que procesarla y transformarla en oportunidades de crecimiento, con nuevas contrapartidas mentales saludables, para no dejarse llevar por su influencia nociva, evitando su agravamiento desde el momento en que se le permite germinar en los paisajes íntimos del alma.

No todos los días nos invitan al entusiasmo o a la alegría, como nos dice Joanna. No obstante, quien se acostumbra a la tristeza termina por ver siempre aquello que cree que le falta y no aquello que tiene. Es contrario a la gratitud, es decir, tomar conciencia y poner en valor lo mucho que se nos ha dado.

Hagamos un pequeño inciso. También es cierto que existe otro tipo de tristeza, la tristeza interior, que es aquella que aparece sin aparente motivo. En ese caso, puede ser una seria advertencia de que el rumbo que el ser ha tomado no se corresponde con las aspiraciones de carácter espiritual que trae en esta existencia física. Es la voz interior que pide socorro y se manifiesta con la desagradable sensación de un vacío que le corroe por dentro, y que precisa urgente reparación.

Hay ocasiones en que el sufrimiento parece dominar los cuadros de tu actividad. No obstante, examinadas las dificultades y sentidos los dolores, haz el sol íntimo, ahuyentando la tristeza de tu mente, a fin de que más fácilmente superes los difíciles acontecimientos.

Como vamos viendo, es necesario experimentar el sufrimiento como una experiencia de vida necesaria, a veces inevitable, que envuelve temporalmente al ser. No obstante, una vez analizada la situación y con el recurso inigualable de la oración, se hace perentorio reaccionar, revertir la visión del problema para que no anule el optimismo natural del que todos precisamos; ese sol íntimo que aleje los fantasmas perniciosos del pesimismo o del derrotismo injustificado.

Es al mismo tiempo comprender que: ¡Todo pasa!

Después de la tormenta, de la noche obscura, siempre existe un nuevo amanecer, con sus rayos de sol que inundan todos los rincones con su luz, vitalizando con sus energías renovadoras al ser, para que recomience sus tareas con entusiasmo y vigor.

El cultivo de la tristeza abre campo a varias enfermedades de la mente, de la emoción y del cuerpo. 

La tristeza, cuando no se gestiona de manera natural y sana, puede derivar en problemas psicológicos, como pueden ser la depresión, la ansiedad, el estrés. No podemos olvidar que somos campos de energía en constante movimiento. Nuestras células captan las vibraciones de los pensamientos y asimilan su naturaleza, sea buena o mala. Es obvio que el cuerpo humano es muy sabio y encuentra la manera de procesar esas energías de la manera más conveniente, saludable; no obstante, cuando el bombardeo mental es permanente y en sentido negativo, el organismo humano se ve desbordado y se resiente; el sistema inmunológico se debilita, dando paso a enfermedades de variada índole.

Sin ninguna duda, encontramos en las investigaciones de la ciencia actual, sobre todo en la física cuántica y en la medicina, la demostración palpable de la influencia que los pensamientos, sentimientos y emociones provocan en el organismo humano, generadores de bienestar, salud o enfermedad. Investigadores de prestigio como el biólogo celular Bruce Lipton y sus trabajos sobre la influencia de las creencias en los genes o el ADN; o la Dra. Candance Pert y sus estudios sobre la emoción afirmando que: “Las emociones son un puente, no solo entre la mente y el cuerpo, sino también entre el mundo físico y el espiritual”; o el bioquímico Joe Dispenza y sus investigaciones sobre la mente humana, afirmando categóricamente que: “La mente crea la realidad”.

Invariablemente, cuando la tristeza va acompañada de una falta de valores o de ideales trascendentes; cuando el ser se deja desbordar por esa marea gris, densa, que no le permite observar la existencia humana como un campo de pruebas, de aprendizaje, de posibilidades, es cuando el proceso puede desembocar, además de las mencionadas depresiones, ansiedades, etc., en la decisión más perturbadora y fatal para el ser humano, que es el suicidio.

Una educación como la que nos proporciona la espiritualidad a través de la doctrina espirita puede abrir un campo de posibilidades casi infinito. A partir de ahí, las cosas comienzan a verse de otra manera. La inmortalidad del alma y la confianza plena en Dios sobrepuja cualquier eventualidad. Se llega a comprender que las circunstancias desagradables de la vida son apenas meros accidentes pasajeros, transitorios.

Para ir finalizando, recordar aquellos pasajes memorables que reflejan los Evangelios sobre la personalidad y la vida del inigualable Mentor de la Humanidad. Se cuenta que el Maestro Jesús, movido por su inmenso amor, tampoco era ajeno a la tristeza; le envolvía muchas veces una profunda compasión al observar el comportamiento humano, lleno todavía de debilidades y pasiones generadoras de sufrimiento.

Él se entristecía al comprobar esos cuadros de dolor tan grandes, consecuencia del atraso evolutivo del ser humano. Sin embargo, esa tristeza no le llegaba a aturdir, no se dejaba dominar por ella; por el contrario, le empujaba con más ardor si cabe a la tarea de ayudar generosamente a sus hermanos, en una auténtica sinfonía de verdadera caridad… ¿Quién no recuerda, por ejemplo, aquel sermón memorable, cuando el Maestro se subió a la montaña seguido por una muchedumbre sedienta de pan espiritual, para hablar de las bienaventuranzas, de los consuelos y esperanzas que les están reservados a todos aquellos que sufren?

Pensemos en ello.

La tristeza hay que superarla por: José M. Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

 

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 106, Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

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