RECONEXIÓN ESPIRITUAL

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Reconexión espiritual

Reconexión espiritual

A pesar de que vivimos envueltos por una marea de actividades y ocupaciones que copan prácticamente la totalidad de nuestro tiempo a lo largo del día, muchas veces pensamos: “Debería dedicarle un momento a una pequeña meditación, o a una sencilla oración”. Sin embargo, pasa el día y los diversos acontecimientos cotidianos absorben de tal manera que, cuando llega la noche, el final del día, ya no se disponen de las energías ni de la suficiente voluntad para realizar lo que se había programado, posponiéndolo para otro día u otro momento que nunca, o casi nunca, llega. Con eso se pierden grandes oportunidades de “reconexión espiritual”, tan necesarias para el espíritu.

El ser humano olvida fácilmente que es algo más que materia física. Además de las necesidades fisiológicas inherentes a todos los seres que poblamos este globo, también existen otras necesidades, tan importantes o incluso más que las primeras. Nos estamos refiriendo a la vida espiritual, puesto que, aparte del cuerpo físico, tenemos un espíritu inmortal que será el que sobrevivirá cuando esta existencia finalice.

Esa parte espiritual no se la puede ignorar durante mucho tiempo… Si se desconecta de esa realidad, más pronto o más tarde se sufren las consecuencias.

Bien es cierto que el sueño reparador, además de reponer físicamente y mentalmente, supone para el alma una pequeña y momentánea liberación. Es por medio del reposo y descanso físico que el alma, en algunas ocasiones, se relaciona con otras, recibiendo consejos por parte de los seres queridos, tanto encarnados -liberados también temporalmente- como desencarnados. Sin olvidar al guía espiritual, que es quien recuerda los compromisos a sus tutelados, las metas que establecidas antes de encarnar. Tratando de concienciar de que todo aquello que no sea trabajar en pos del bien, aleja del objetivo esencial.

Al recobrar el estado de vigilia, por lo general, ya no se recuerda nada; y aunque queda la intuición de las informaciones y experiencias vividas, el cuerpo físico nubla la vista y condiciona sobremanera; dejándose absorber nuevamente por las actividades cotidianas, y permitiendo que el foco mental vuelva hacia las rutinas y ocupaciones establecidas.

El ser humano olvida muy pronto que todos somos “espíritu”, somos “energía” que constantemente interactúa con el entorno, con la energía de otras almas con las que convive. Recibe y emite pensamientos dentro de una compleja red “fluídica”, en donde los dos mundos se enlazan y complementan, tanto el material como el espiritual.

Debido a las vicisitudes en las que se desenvuelve el individuo, se produce un desgaste inevitable; con lo cual, se hace necesario un alto en el camino para renovarse, cargar las pilas; beber de la Fuente Universal.

Ante estas circunstancias, la mentora espiritual Joanna de Ângelis recomienda lo siguiente:

Siempre que sea posible, ilumínate con la oración (*).

¿Quién no ha sentido alguna vez esa brisa cálida y reconfortante que calma el espíritu, esa fuente sutil de esperanza; esa luz venida de lo Alto que clarifica la mente y depura los sentimientos?

El hábito de la oración nunca defrauda a nadie, salvo a quienes no la han descubierto todavía, o no tienen una fe sólida donde apoyarse. Son aquellos cuyas prioridades son de orden exclusivamente material, descuidando lo que será su vida futura, la vida imperecedera del espíritu.

Lo realmente difícil al principio es tomar conciencia de su necesidad para adquirir el hábito; tener la firme voluntad y la constancia suficiente para encontrar los momentos de elevación mental, de interiorización; buscando la conexión con la Divinidad; tomando la suficiente distancia con las preocupaciones cotidianas para no dejarse absorber del todo por ellas, fomentando los pensamientos y los sentimientos positivos.

Haz espacios mentales y busca las Fuentes de la Vida, donde absorberás energías puras y paz.

«Espacios mentales» significa la abstracción por un momento de las preocupaciones inherentes al ser humano. Y bien con una lectura edificante o con una pequeña meditación, crear el clima propicio para esa conexión con las “Fuentes de la Vida”.

Basta recordar la naturaleza moral de este mundo y sus tendencias. Pertenecemos todavía a un mundo muy atrasado espiritualmente, por lo que las energías que lo caracterizan son muy densas. Por ello, ese ejercicio de elevación diaria, tratando de sintonizar un poquito con esas energías superiores sutiles, pueden ayudar a disipar esas energías que nos envuelven a todos; y al mismo tiempo, facilita la posibilidad de que se efectúe una renovación interior, de fortalecimiento, iluminando la mente y el corazón.

Todos los santos y místicos que alteraron el rumbo moral de la Humanidad para mejor, en el Oriente como en el Occidente, son unánimes en aconsejar la oración como el recurso más eficaz para preservar o conquistar la armonía íntima.

Se trata de una pieza clave para el mantenimiento de la armonía interior. Los santos y místicos, con sus limitaciones y pruebas como cualquier otro ser humano, se refugiaban en la plegaria para luchar contra sus imperfecciones, sus carencias; encontrando en esa Fuente Divina el soporte necesario para ver con claridad el camino, sin desviarse de su objetivo trascendente.

Jesús mantenía la convivencia amiga con los discípulos y el pueblo, sin embargo, reservaba momentos para conversar con Dios a través de la oración, exaltando la excelencia de esos coloquios sublimes.

El Maestro convivía con la inferioridad e ignorancia de este planeta; fue un acto de piedad y de amor hacia todos. No obstante, también Él tuvo necesidad y buscó momentos para elevar su pensamiento en diálogo excelso con el Padre; recogiendo sus energías puras; renovándose también, tomando nota de las directrices seguras sobre la trayectoria que debía de seguir para con la Humanidad.

Si Jesús comprendía su necesidad y recurría a menudo a la oración, con cuanta más razón lo deben de hacer el resto de los mortales, que somos muy inferiores a Él.

Sal, por tanto, del torbellino en que te encuentras sumergido y sigue en el rumbo del oasis de la oración para rehacerte y bañarte de paz.

Con la oración el ser humano se resarce de los dolores, de las tribulaciones; adquiere fuerza, ánimo, consuelo, alegría de vivir. Las posibles soluciones a los problemas, a las dudas, surgen o toman otro cariz, otra dimensión; también adquiere seguridad.

Y sobre todo, la oración ayuda a trabajar la humildad; a comprender la pequeñez y fragilidad del ser; expuesto a mil circunstancias que pueden modificar fácilmente su proyecto de vida.

Invariablemente todos dependemos de la misericordia divina, de su auxilio a través de los innumerables mensajeros que descienden al plano físico para socorrer y asistir a todos los seres que poblamos el planeta.

La oración también es corriente de paz, para asumir la vida tal y como es. Es fuente de luz que permite comprender la transitoriedad de las pruebas, la necesidad de desarrollar y perfeccionar aquellas cualidades innatas que todos poseemos; al mismo tiempo para tomar conciencia de la necesidad de controlar las malas inclinaciones.

En realidad, nada material le pertenece al ser humano, salvo las buenas y malas obras; esto último es lo que se llevará al otro lado, cuando cruce el umbral y vuelva a la patria espiritual.

Por lo tanto, elevar el pensamiento puede ayudar a vivir con más claridad, con más entusiasmo, centrando las ideas que deben aproximar al ser a conseguir los grandes objetivos en la vida, aquellos que llevan a la felicidad, a la plenitud.

Sin duda, la oración no obra milagros, pero cuando se descubre y se experimentan sus notables beneficios, ya no se abandona jamás.

José M. Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 157; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

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