EL DESAFÍO DEL SUFRIMIENTO

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El desafío del sufrimiento

Encarar el sufrimiento con dignidad, aprovechando sus lecciones, es uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta el ser humano. Como es lógico, lo tratamos de evitar de una manera natural, instintiva; pero cuando aparece, cumple con una función terapéutica extraordinaria.

Grandes avatares que han pasado por la humanidad no estuvieron exentos del mismo; sin embargo, fueron capaces de afrontarlo con enorme entereza y sabiduría, sirviendo de ejemplo e inspiración para todos, en las diferentes épocas.

Antes o después, el sufrimiento llegará a tu corazón, pues el sufrimiento es parte de los fenómenos de la vida en progreso.

El sufrimiento forma parte de nuestro proceso evolutivo, se encuentra en todas partes y salpica a todo el mundo de un modo u otro. El conocimiento espiritual nos indica que vivimos en un mundo que se encuentra todavía en la fase de expiaciones y pruebas, lo cual significa que la felicidad no es un denominador común generalizado; ni tan siquiera en los mejores casos se está en condiciones de conocer la felicidad en su verdadera plenitud. Existen momentos, destellos que tarde o temprano pasan, como todas las cosas que ocurren en la Tierra. Todo es pasajero salvo el bagaje de experiencias adquiridas, así como también las conquistas de carácter intelectual y moral que elevan al ser y lo ennoblecen.

Sin su presencia, la soberbia, el despotismo, la agresividad se hacen insoportables.

El orgullo y el egoísmo insensibilizan al ser, lo tornan hostil; lo incapacitan para sentir empatía hacia sus semejantes. Una actitud ante la vida que genera insatisfacción y desasosiego allá por donde pasa.

El sufrimiento, sin embargo, baña de realidad al soberbio, al déspota, al agresivo, puesto que le muestra su vulnerabilidad y fragilidad, reblandeciéndole la coraza que consideraba infranqueable, tornándolo más sensible, receptivo al entorno. Se trata de taras morales, de una actitud comportamental que estanca al ser y le desconecta peligrosamente de su verdadera realidad interior.

Porque el hombre aún no entiende la voz suave del amor, enfrenta la aflicción que le lima las asperezas y lo induce a la reflexión, al bien.

El amor es aún hoy día el gran desconocido del ser humano en su periplo evolutivo actual. Se han conseguido algunos progresos, pero muy tímidos, alejados todavía de las realizaciones que serían deseables, donde el ideal del amor transformado en fraternidad y solidaridad estuviese extendido por todos los pueblos.

Las aflicciones, por tanto, cumplen la sagrada misión de reconducirnos, de restaurar los puentes dañados o abandonados que nos conectaban con lo Alto, con esa divinidad que es el origen y destino de todo ser. Para ello, es preciso recorrer un largo camino de experiencias, de pruebas, a lo largo de las diferentes existencias físicas como medio para elevarnos; debiendo superar, en la etapa actual, el primitivismo ancestral que todavía nos mantiene en la retaguardia y que nos impide avanzar con cierta claridad y rapidez.

A veces, el individuo reacciona, blasfema, protesta y termina por ceder, única manera de liberarse. De esta forma, no te rebeles ante el dolor, empeorando tu situación y desgastándote inútilmente.

Muestra clara de la inferioridad espiritual son las malas reacciones que se suscitan cuando aparecen los sufrimientos y las contrariedades. Se trata de las distintas etapas de un proceso del que todavía no se está maduro para aceptar ni asimilar, tanto en las pequeñas cosas como en las de gran trascendencia para el ser humano.

Recordemos las cinco fases de las que nos habla la doctora Elisabeth Kübler-Ross, y que ella observó y estudió tras haber pasado muchas horas con pacientes terminales en hospitales:

En primer lugar la negación, o incapacidad para aceptar la realidad: “Esto no me puede estar pasando a mí, no es posible”.

En segundo lugar la ira, o lo que es casi lo mismo, el rechazo violento de la nueva situación: “Yo no merezco esto, tengo muchas cosas por hacer todavía”.

En tercer lugar la negociación, es decir, revivir las creencias espirituales, muchas veces adormecidas y olvidadas hasta ese momento, para pactar una salida airosa de la situación.

En cuarto lugar la depresión, que es cuando el problema desborda y muestra las vulnerabilidades del ser y su incapacidad para controlarlo, generando una caída de la autoestima y modificando la percepción idealizada que tenía de sí mismo y de su entorno.

Y por último, cuando ya se ha hecho un análisis sereno de la situación después de haber atravesado las diferentes etapas anteriormente citadas, entonces es cuando surge la aceptación final.

Por lo tanto, ante las circunstancias adversas de la vida, el ser humano debe aprender a superarlas poniendo todo el empeño de su parte, pero con aceptación, puesto que aquello que le ocurre forma parte de su aprendizaje, del bagaje de experiencias que le va a permitir crecer exponencialmente. Por el contrario, con la rebeldía lo único que consigue es complicar y aumentar la carga ya de por sí, muchas veces pesada. Como nos dice la mentora Joanna, desgastando inútilmente las fuerzas que podrían aprovecharse para resarcirse y crecer.

La aceptación dinámica, esto es, la transformación del sufrimiento en experiencias realiza el milagro del éxito.

Muchas veces se habla del éxito, de las personas que logran alcanzar los mayores logros, quedándose con la imagen superficial, llamativa; la punta del iceberg. Pero se ignora la parte gigantesca de luchas y sacrificios que en su intimidad el océano oculta; de los fracasos, de las situaciones difíciles que con mucha dificultad se han ido superando para alcanzar las metas anheladas.

Sin embargo, tampoco hay que confundirse o engañarse; aceptación no significa resignación ciega, o el fanatismo de pensar que ante la “voluntad de Dios no se puede hacer nada”, puesto que no se sabe su voluntad última, y que para evitar esa circunstancia fatalista, al ser humano se le dotó de discernimiento y de voluntad, auténticas palancas del progreso. O dicho de otro modo: sufrir por sufrir, sin poner los medios para evitarlo, no conduce a ninguna parte. Es por ello que la inigualable Joanna habla de aceptación dinámica, y no pasiva.

Por todo ello, y para ir concluyendo, la finalidad de la vida es el progreso, las realizaciones edificantes, construir para así crecer. Lo que ocurre es que el ser se ve sometido cíclicamente a “reformas interiores”, como si se tratara de una vieja vivienda que precisa de reparaciones pendientes, mejoras que le permitan una mejor habitabilidad, para que se adapte a las necesidades que el habitante precisa. Estamos hablando del hogar, pero del hogar interior, el psicológico y trascendente, aquel que aporta la estabilidad suficiente para que ni las inclemencias ni las circunstancias exteriores le perturben hasta el punto de provocar un desmoronamiento total o parcial.

Finalmente, lo que la mentora Joanna de Ângelis propone con estas ideas consiste en transmutar el sufrimiento en experiencias ricas de sabiduría y de valores, permitiendo que el ser crezca, se libere del pasado obscuro y camine libre y sin ataduras hacia la luz de la comprensión y de la paz real, esa paz que es la consecuencia de una conciencia limpia y sin cargas negativas.

 

El desafío del sufrimiento por: José Manuel Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 185; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

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