SERENIDAD ANTE TODO

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Serenidad ante todo

SERENIDAD ANTE TODO

Todo en la vida necesita de sus procesos, de su tiempo para madurar. El ser humano, que forma parte de la misma, de todo aquello que le rodea, ha de ser consciente de la realidad que a cada momento le afecta, pero siempre es mucho mejor afrontarla con serenidad para hacer un análisis correcto de cada situación y actuar de la mejor forma posible.

Existe una frase memorable atribuida a Francisco de Asís que dice: “Luchemos por alcanzar la serenidad de aceptar las cosas inevitables, el valor de cambiar las cosas que podamos y la sabiduría para poder distinguir unas de otras”.

Vivimos inmersos en un proceso evolutivo sabiamente dirigido por lo Alto, donde el acaso, el azar, la casualidad o la suerte no existen de la forma en que se entiende vulgarmente. Hay marcadas unas directrices que se adecuan a las necesidades de crecimiento espiritual, la mayoría de ellas programadas antes de encarnar; no obstante, alejadas de un falso determinismo que le condene irremediablemente.

Por tanto, la serenidad, cuando se cultiva y trabaja, se convierte en un valioso recurso que puede sustentar al ser humano en los procesos naturales de la vida para seguir creciendo, y así evitar muchos errores fruto de la imprevisión, el descontrol o la precipitación.

La serenidad sustenta la prudencia, la paciencia; es la consecuencia directa de la fe en Dios Padre y un signo inequívoco de la confianza en el porvenir que está reservado.

Como siempre, la mentora Joanna de Ângelis amplía los horizontes con sus sabios consejos y comenta al respecto:

Necesitas de serenidad a cada paso. Serenidad para discernir, actuar y vivir. (*)

La serenidad es imprescindible en todas las circunstancias de la vida, para discernir lo más adecuado y actuar en consecuencia. Forma parte de la esencia de vivir. No es en absoluto incompatible con la determinación, el coraje o la diligencia a la hora de acometer algo.

Nadie dice que sea tarea fácil, o que simplemente con proponérselo se pueda lograr sin autodisciplina o autocontrol.

La vida es galopante y cambia sus escenarios a cada minuto, exigiendo permanente serenidad a fin de no aplastar a las personas.

El ser humano vive inmerso en constantes vaivenes, tanto sociales como laborales, familiares y de carácter personal.

La exigencia es permanente. Casi de repente, sin proponérselo, se puede pasar de los momentos de sosiego y de tregua, a otros mucho más agitados,. Quien se deja llevar por las situaciones, por las corrientes sin control, será arrastrado por los caminos del desequilibrio, la incertidumbre y el desasosiego.

Quien se aflija e intente seguir la velocidad gigantesca de estos días se destruirá, porque sale de una para otra situación con mucha rapidez, sin tiempo para adaptarse en la fase anterior.

Nadie se debe sentir obligado a dejarse arrastrar por nada ni por nadie. Todo transcurre, como comenta la venerable benefactora, con mucha rapidez, sin apenas tiempo para adaptarse, y en consecuencia, sin poder aprovechar las enseñanzas que el momento y las circunstancias  proponen.

Por tanto, es muy necesario un respiro, para que las personas no se dejen avasallar ni envolver por los prejuicios, o también, quizás, por aquellos que, de forma precipitada, buscan aliados fieles en esta carrera sin control y sin un fin determinado.

Las noticias llegan y los acontecimientos pasan, produciendo inmenso desgaste emocional, mental y físico.

Un ejemplo claro es la pandemia que afecta actualmente a toda la sociedad mundial. Noticias y contranoticias se confunden y aturden todavía más. El miedo y una enorme inseguridad se instala en las personas; y en lugar de educarse en valores para una mejor convivencia se señalan unos a otros, acusándose de insolidarios, convirtiéndose en jueces y policías del prójimo. Todo ello provoca un inmenso desgaste que no conduce a nada positivo.

En resumen: A mayor ansiedad, angustia y miedo, menor autocontrol y claridad de ideas.

Por tanto, resulta impostergable la necesidad de trabajar íntimamente la serenidad para comprender que hay momentos para la reflexión, momentos para el silencio, momentos para opinar en diálogo constructivo y momentos para actuar con equidad, templanza; y sobre todo, coherencia.

Todo pasa, como ya pasaron otras pandemias, así como otros desastres; situaciones puntuales que sirven para reforzar aquello muy necesario que pudo haberse dejado de lado, eliminando pautas de comportamiento social que no son positivas para el conjunto. Históricamente está demostrado que, después de una catástrofe, viene una época de crecimiento y maduración de comportamientos, de nuevas posibilidades beneficiosas para la sociedad, lo que estimula el ingenio y obliga al ser humano a poner el foco en la dirección correcta; eliminando, por ejemplo,  ocupaciones estériles que hasta ahora podían estar absorbiendo negativamente.

Resguárdate en la serenidad, preservando los equipamientos de tu existencia, que están programados para un uso adecuado y no para el abuso.

La serenidad resguarda de muchas equivocaciones, de muchos desequilibrios. Por el contrario, la falta de vigilancia, de autocontrol, conduce al desgaste de esos equipamientos naturales que posee el ser humano, destinados para el crecimiento en todos los órdenes de la vida.

Es conveniente, por tanto, reflexionar sobre su conveniencia y necesidad permanente. Para ello se requiere autodisciplina, control de los pensamientos, porque ahí es donde nacen las edificaciones beneficiosas, así como también los grandes desastres cuando no están los pensamientos bien gobernados.

Si por acaso, en algún momento se pierde el control, resulta necesario recurrir a la oración revitalizadora, como una forma para reconectar con el yo interno, solicitando ayuda a lo Alto, a los benefactores que asisten y ayudan. Es humano errar, pero existe la oportunidad y también el deber de buscar la forma de restablecer el equilibrio perdido lo antes posible.

En definitiva, la serenidad permite ganar tiempo para madurar las cosas y optar por las mejores resoluciones que beneficien a todos. Es una forma clara de amor y respeto hacia uno mismo. Ayuda a escuchar el interior de cada uno para vislumbrar el auténtico camino; para ello es preciso silenciar el ruido exterior, haciendo un pequeño alto en el camino para sintonizar con la fuente Divina, lo que los guías espirituales sugieren, adquiriendo unas directrices que  marquen un rumbo seguro, lleno de confianza, asumiendo las responsabilidades auténticas en dirección al destino feliz.

Serenidad ante todo por: José M. Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 101; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

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