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LA PEREZA 2

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La pereza 2

Pereza mental.- Es otro aspecto muy perjudicial, pues como espíritus en proceso de evolución, la materia nos lleva a la distracción, la materia nos llena la mente de deseos y solo busca su autoafirmación; pensar, reflexionar, analizar las cosas, debatir, dialogar, tomar decisiones también requiere de un esfuerzo importante, a veces superior al esfuerzo físico, y esto no gusta a la mente. La mente la utilizamos en un porcentaje ínfimo de su capacidad, prefiere estar ocupada más en las cosas exteriores y en criticar o censurar a los demás (y de ese modo se justifica a sí misma), antes que pensar en la forma de mejorarse y en perfeccionarse, en aprender y adquirir cultura y sabiduría.

También suele ser orgullosa y pretende estar por encima de los demás. El orgullo conduce  al amor propio, a la vanidad; es decir, prefiere coger otros caminos antes que el de la humildad y la sencillez, y entonces comienza a faltar al respeto a sus semejantes, a menospreciarlos y a establecer divisiones y diferencias entre los mismos por cualquier motivo, que no tiene en realidad ninguna relevancia. Una mente orgullosa y cómoda jamás encontrará el camino del bien y del progreso porque no encuentra nunca sus propios defectos y sí los de los demás, y relega tomar la responsabilidad de conocerse a sí misma tal como es para mejorar y progresar, eliminando los vicios e imperfecciones.

Pereza existencial.-  Tan dañina es la pereza que puede hasta llegar a menospreciar lo que más valor tiene para el ser humano, “la propia vida”. Llega un momento en que al vago y al perezoso nada les importa, todo les da igual, todo carece de valor, nada tiene sentido, ni siquiera la vida; han llegado a un nivel de desinterés, de abulia y desconexión con el mundo real que todo les cansa, todo les aburre y llegan a sentir que la vida no tiene ningún sentido, no sirve de nada, llegando a un grado de desinterés en el que ni siquiera quieren vivir, prefiriendo dejar esta vida que para ellos es pesada, injusta y todos los calificativos negativos que queramos. No agradecen nada, no sienten deseos de realizar nada, la vida carece de ilusiones y de incentivos. Hasta ahí nos puede llevar esta imperfección tan grave como  es la pereza.

En lugar de agradecerle a la vida la oportunidad que tenemos para aprender, progresar, descubrir cosas nuevas, ideas, conceptos, proyectos y objetivos, estamos siempre cansados y nada nos motiva. Es un peligro especialmente para los más jóvenes, que en el momento actual de nuestra humanidad solo ven a su alcance metas y objetivos materiales, el éxito a corto plazo y a cualquier precio, y carecen en su fuero interno de objetivos y motivaciones transcendentales de orden superior.

Pereza espiritual.- Es la pereza por la búsqueda de sí mismo, la ausencia de compromiso de tipo espiritual. La comodidad nos frena ante la posibilidad de tener que ser fieles a una doctrina, al cumplimiento de unas normas, a tener que cambiar nuestra conducta. Somos reacios a adaptar nuestra vida acorde a una filosofía espiritual; nos gusta nuestra vida tal como está, y realizar cualquier cambio puede resultar un imposible, otro esfuerzo y trabajo que no estamos dispuestos a realizar.

Antes preferimos renegar y dudar de la necesidad de la espiritualidad; nos rebelamos ante Dios al no querer admitir ni comprender que estamos aquí por una razón primordial, caemos en el ateísmo y la incredulidad por pereza y comodidad, por la falta de valores que no hemos sabido incorporar a nuestras vidas, y culpamos a la providencia de nuestros males. Esto supone una falta a la Ley de Dios, que es progreso incesante y búsqueda del bien y de la felicidad, tanto de uno mismo como de todo el género humano.

SOLUCIONES.-  No obstante todo lo anterior, soluciones siempre hay, pues estamos aquí para triunfar, para hacer realidad todos aquellos logros y aspiraciones que desde el plano espiritual nos propusimos. Como bien sabemos, cuando se nos da una encarnación es para nuestro bien, para adelantar; todos venimos a la vida a realizar una serie de proyectos más o menos elevados, dependiendo de la situación y el grado de elevación de cada uno.

Casi siempre, el hecho de caer en este defecto de la pereza se debe a que llevamos una vida de rutina y monotonía; nos faltan alicientes, nos falta conocer y estar convencidos de que la vida nos reserva lo mejor, amor, sabiduría, felicidad, mil y una alegrías, pero hemos de alcanzarlas por nosotros mismos, fruto del trabajo y la dedicación a nuestro perfeccionamiento y a compartir nuestra vida con todo el género humano, comenzando por aquellos seres más allegados.

Lo más importante es ponerse en acción desde que comenzamos a tener conciencia de que hay una realidad transcendental y de que nuestra vida no es en vano. No podemos estar parados, si mantenemos la mente abierta y el espíritu con iniciativa siempre tendremos algo que hacer y evitaremos caer en el hoyo de la pereza y el aburrimiento, al que poco a poco vamos cayendo si nos dejamos llevar por la desidia y la comodidad.

Debemos tener una dirección clara, marcarnos unos objetivos y trazarnos el camino a seguir. A poco que nos analicemos, veremos cuáles son nuestras necesidades espirituales más perentorias, así como sabremos cuáles son nuestras cualidades y valores con los que podemos aportar y participar de aquello que haga falta a nuestro alrededor. Siempre que tengamos metas y aspiraciones que conseguir mantendremos abierta la puerta de la ilusión, y sabremos dónde dirigir nuestros pasos; no nos faltarán cosas que hacer y el día se nos quedará corto.

Ayúdate, que el cielo te ayudará, reza un dicho popular, y muy cierto que es. Siempre que ponemos nuestros recursos en marcha y la buena voluntad, del cielo se nos vuelcan infinidad de hermanos espirituales que vibran también con deseos de amor y ayuda hacia todos los seres humanos; se sentirán atraídos por nosotros, con lo cual incrementarán nuestras ganas y deseos de progreso. Si no tenemos una línea clara de actuación y no nos marcamos un propósito es como andar huérfanos en la vida, sin un rumbo a seguir, con lo cual estamos dejando que ese caballo mencionado anteriormente, que es nuestro cuerpo físico, ande desbocado sin un norte al que conducirse y, por lo tanto, está a expensas de cualquier cosa que se le atraviese en el camino para despistarse y abandonarse.

Comencemos por cosas fáciles, marquémonos metas a corto plazo, despertemos nuestros valores adormecidos con la fuerza de voluntad y veremos cómo la pereza y el hastío no anidan en nosotros. Seamos conscientes y responsables. Primero es por nosotros, y de paso beneficiaremos y contagiaremos a nuestros seres queridos de nuestro entusiasmo y deseos de vivir. Agarrémonos a la vida con fuerza e ilusión, muchos seres espirituales velan por nosotros para que logremos realizar nuestras metas personales, íntimas, y dejemos la materia y este mundo transitorio habiendo hecho un uso adecuado y acertado de todo cuando la vida puso frente a nosotros.

La satisfacción que hallaremos una vez nos encontremos en el plano espiritual y podamos presentar todo aquello realizado en la Tierra: las pruebas superadas, los compromisos cumplidos, el amor y la ayuda vertida a nuestros seres queridos y semejantes es incomparable con todo cuanto podamos sentir aquí en este planeta; es algo que no podemos imaginar.

De la otra forma, nuestro espíritu se va apagando año tras año al comprobar que no pone la fuerza suficiente para educar su materia, su mente y todas sus emociones, y en la misma medida que vamos abandonando el trabajo espiritual, la fuerza y la voluntad se empequeñecen. Este hecho conduce a muchas personas, que tienen cierto grado de sensibilidad, a la depresión, la cual muchas veces tiene su razón de ser en esa lucha que sostiene el espíritu con el entorno material, el cual le puede, y como consecuencia de esa realidad que ve que no puede cambiar, entra en esos estados de desequilibrio y de desajustes emocionales como la tristeza, la apatía y el desencanto por la propia vida.

La tristeza, aunque esté justificada, muchas veces solo es pereza. Nada necesita menos esfuerzo que estar triste. SÉNECA.

Pereza 2 por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL NACIONALISMO

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El nacionalismo
De Bundesarchiv, Bild 102-04062A / CC BY-SA 3.0 de,

Este es el significado de nacionalismo según la R.A.E.:

1.- Doctrina y movimiento políticos que reivindican el derecho de una nacionalidad a la reafirmación de su propia personalidad mediante la autodeterminación política.

2.- Apego especial a la propia nación y a cuanto le pertenece.

Trataremos de aplicar el conocimiento espiritual para analizar los pros y los contras que puede conllevar el nacionalismo y las ideas que del mismo se pueden desprender, teniendo en cuenta especialmente el significado y repercusión de la Ley de la Reencarnación, por la cual es necesario comprender y asimilar en profundidad que el espíritu no tiene patria y, como tal, encarna en cada vida allá donde nuestro Padre se lo permite, obedeciendo a diversos factores, principalmente a sus méritos, y a todo aquello que le conviene para su ascenso espiritual en cada nueva vida que se disponga a tomar.

Somos, por tanto, ciudadanos del Universo.

Recordemos estas bellas palabras con las que Jesús ilustró a Nicodemo, miembro del sanedrín de los judíos, uno de los pocos que comprendió la naturaleza y la elevación de Jesús:

En verdad, te digo, que no puede entrar en el reino de Dios, sino aquel que fuere renacido de agua y de Espíritu. Lo que es nacido de carne, carne es; y lo que es nacido de espíritu, espíritu es.  No te maravilles, porque te dije: os es necesario nacer otra vez.- El espíritu donde quiere, sopla; y oyes su voz: mas no sabes de donde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido de espíritu.

Los conocimientos espirituales tienen como objeto iluminar nuestra vida para encaminarnos lo mejor posible y sepamos tomar las decisiones más adecuadas en cada situación. La vida ya de por sí es difícil, más en la actualidad, donde son muchísimos los factores que nos pueden condicionar, sugestionar, confundir y, dicho con otras palabras, desorientar, influenciarnos de modo no apropiado para lo que son los objetivos y metas que desde el espacio nos propusimos alcanzar.

Estamos continuamente salpicados de informaciones y conocimientos, muchos de los cuales carecen de la ética y la moral; en esencia, les falta el principio de verdad y de realidad, el principio espiritual que debe ser la base que sostenga nuestros actuar en el día a día.

“Nuestra verdadera nacionalidad es la del género humano”.

Herbert G. Wells narrador, filósofo y político inglés.

En principio, el nacionalismo no tiene por qué ser negativo o perjudicial; en absoluto, todos amamos nuestra tierra, nuestras raíces, la cultura y todos los elementos que con el paso del tiempo se han arraigado en un punto concreto de la geografía. Esto es así en todos los sitios, todos los pueblos tienen su historia, su cultura, sus hitos y su personalidad, su idiosincrasia, etc. Pero esto no hace a un pueblo mejor que otro. Tan sólo nos hace diferentes.

Creer y mantener que un pueblo pueda tener privilegios sobre otro, concesiones o gozar de mayores ventajas y beneficios, es una injusticia, es un argumento de otros tiempos felizmente ya superado que carece de validez.

No es necesario, pues, ser nacionalista para identificarse, amar y defender nuestra nación y cultura. Es algo natural y procedente, siempre y cuando no se exceda y se generen gérmenes de fanatismo o separatismo contra cualquier otra nacionalidad. Es aquí donde radica el riesgo de convertir el amor hacia nuestra tierra en un fanatismo cerrado y exacerbado, y como consecuencia, en una fuente de conflictos.

No olvidemos las grandes lecciones que nos da continuamente la historia: donde antaño creció y se desarrolló una gran cultura, una gran civilización, con el paso de los siglos ha desaparecido prácticamente. Véanse Egipto, Grecia, Roma, las grandes culturas precolombinas, las grandes culturas del Medio Oriente, cunas de la civilización, y otras muchas que han quedado diseminadas por toda la corteza terrestre. ¿Qué ha quedado de ellas?

España, sin ir más lejos, fue un gran imperio en el que no se ponía el sol. ¿Qué queda ahora del mismo? Quizás la arrogancia, el orgullo mal entendido, la prepotencia, la codicia, el excesivo afán de grandeza, el menosprecio hacia los otros pueblos y naciones, entre otras muchas causas, fueron la causa de que, al mismo tiempo que dicho imperio se levantó, en pocos siglos se desvaneció.

Por lo tanto, debemos ser humildes para seguir haciendo a nuestros pueblos y naciones más grandes, más prósperos, más libres, más solidarios y fraternos, más respetuosos y tolerantes con todos aquellos que, por no haber nacido allí, no significa que sean menos que nosotros, ni que sobren o estén de más en nuestra tierra. Al contrario, les debemos el amor y el respeto que todo ser humano se merece, y cómo no, la gratitud por todo aquello que nos puedan aportar.

Paradójicamente, las naciones más ricas de la tierra son aquellas que han acogido a multitud de inmigrantes, que tuvieron que dejar sus países por la falta de condiciones para sobrevivir dignamente. Todos estos inmigrantes contribuyeron con su trabajo y esfuerzo, en grandísima medida, al avance y enriquecimiento de dichas naciones receptoras. ¿Por qué ahora la tendencia es todo lo contrario? ¿Por qué ahora esta incipiente lucha y rechazo a la inmigración?

Sin duda, tenemos poca memoria.

El nacionalismo por:  Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA PEREZA

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La pereza

La pereza: significado según la R.A.E.: Falta de ganas de trabajar, o de hacer cosas, propia de la persona vaga.

 “La pereza es el mayor de los pecados», porque conduce a desarrollar el resto, y entorpece en gran medida el desarrollo de las virtudes: la pereza es la madre de todos los vicios.

Yo creo que no alcanzamos a valorar el daño que esta imperfección nos puede causar y de cuántas formas sinuosas nos ataca, engaña y nos hace rehuir del trabajo, del esfuerzo, logrando en definitiva no poder aprovechar al máximo el tiempo que estamos en este mundo. El tiempo no tiene precio, no se puede comprar, ni tampoco sabemos el que nos queda para intentar hacer cosas, alcanzar alguna meta, hacer del mundo algo mejor de lo que es. No hay forma mejor de desaprovechar el tiempo que dejarnos llevar por la pereza, la vagancia, la comodidad, el hastío.

En la mayoría de los hombres, las dificultades son hijas de la pereza. Samuel L. Johnston.

La condición humana es así, no somos perfectos. A la materia, nuestro yo inferior, si no los dominamos imponen su condición y rehúsan ponerse a trabajar; pero nosotros, como yo superior, tenemos que emplear el discernimiento, sacar la fuerza de voluntad y, con el deseo de progreso que tenemos, dirigir el rumbo de nuestras acciones para lograr adquirir el buen hábito del trabajo, actuar con responsabilidad y evitar que el aburrimiento, el tedio y la pereza nos impidan alcanzar las metas y consecuciones que un día asumimos.

Las virtudes, los valores humanos, todo aquello que nos dignifica, nos hace más nobles, nos engrandece y nos coloca en una posición de prevalencia sobre los aspectos materiales. No se consiguen fácilmente, no se nos regalan, no se producen por inercia, sino gracias a un gran trabajo y a un gran control de nuestras emociones, pensamientos y sentimientos, los cuales nos llevan a la acción, y cuestan de adquirir un buen número de existencias.

Si no ponemos en práctica, con la fuerza de voluntad y con el sentido de la responsabilidad, nuestras energías en movimiento, éstas se oxidan, se envilecen, y a partir de ahí todo lo que debamos hacer, por pequeño que sea, nos parecerá una montaña. La pereza se apoderó de nosotros. El momento perfecto para empezar a trabajar y a eliminar aquellas taras que nos lo impiden es ahora, hoy; el  mañana es para los vagos.

Es la gran lucha que debemos afrontar todos cuando bajamos a la Tierra. Sí es cierto que perdemos el recuerdo de lo que hemos venido a hacer, pero conservamos una vaga intuición; algo dirige nuestros pasos hacia aquello que nos llama la atención, algo nos impele a realizar algo, pero tenemos una herramienta, que es la materia, la cual debemos dominar, educar, cuidar y someterla para que no sea un obstáculo. Bajamos a la Tierra porque necesitamos de las experiencias que nos facilita encarnar en una materia y venir a un mundo físico. Es mucho lo que podemos adelantar en una sola existencia en estas esferas de evolución en las que estamos, pero al mismo tiempo son muchos los errores que podemos cometer, y grandes compromisos y responsabilidades los que podemos adquirir si no sabemos conducirnos adecuadamente en la vida, si dejamos pendientes gran parte de los compromisos aceptados en el plano espiritual.

En esto tiene mucho que ver la pereza y la falta de control de nuestra materia. No cumplir con el trabajo que nos propusimos antes de encarnar es un fracaso espiritual, fracaso con el que partimos a ese plano la gran mayoría de los seres humanos, ya que, o bien por motivos materiales o bien por rehuir el trabajo que supone hacer las cosas, las dejamos para otro día, y así consumimos nuestras semanas, meses y años haciendo apenas una pequeña parte de todo aquello que era el objeto de nuestra vida. Mientras tanto, hemos empleado nuestro tiempo en banalidades y cosas sin transcendencia para nuestro adelanto espiritual.

Podemos comparar a nuestro espíritu con un jinete: la materia es el caballo, la voluntad es la fuerza con la que venimos provistos a la Tierra para realizar nuestra misión, cada uno en función de su proceso evolutivo, lo que necesita; la fe es el timón que nos impulsa a seguir unos derroteros, todo aquello que tenemos predestinado y que se nos irá presentando poco a poco, cada cosa en su momento. La vida es una serie de lecciones que hay que aprender; cada una de ellas es un capítulo en el libro de la eternidad, y conlleva adquirir unos valores, todos ellos cimentados dentro del amor y la sabiduría, que son los auténticos estandartes del espíritu, son las alas con las que hemos de volar rumbo hacia nuestro progreso. La falta de equilibrio entre estas dos potencias del espíritu es lo que propicia los desajustes y los errores que, como seres humanos, cometemos por la falta de esos principios que son la base de nuestra existencia y deben ser el apoyo de todas nuestras acciones.

Nuestro principal deber en la Tierra es adquirir ese desarrollo en cada existencia, por pequeño que sea, para llegar a buen puerto y evitar que el caballo se desboque y nos lleve por caminos solo de ocio, distracción, inactividad, sumando además los vicios y pasiones que podamos contraer, para nuestro perjuicio espiritual.

Nuestra condición humana, las influencias exteriores del mundo en que vivimos y las propias carencias que como seres en proceso de evolución poseemos, nos hacen pensar de mil maneras, justificando y propiciando que lo que podemos hacer hoy lo dejemos para otro momento. Nuestra mente, nuestra materia, los deseos que podamos tener y un sinfín de impulsos materiales nos propician mil y una jugarretas para dejar de cumplir con nuestro deber, dejándonos paralizados, queriendo solamente satisfacer nuestro egoísmo y comodidad. Para nosotros, lo demás carece de sentido y es un estorbo.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Al que madruga Dios le ayuda. (Refranero español).

Debido a la complejidad de este tema  es conveniente desglosarlo de la siguiente manera:

PEREZA FÍSICA; PEREZA MENTAL; PEREZA EXISTENCIAL; PEREZA ESPIRITUAL

Pereza física.-

Sobreviene cuando tenemos que realizar algún esfuerzo físico que, por supuesto, no estamos dispuestos a realizar. Nuestro yo inferior prefiere hacer otras cosas como descansar, ver televisión, jugar o lo que sea, pero no quiere realizar esfuerzos. Desde el punto de vista material tiene cierta lógica, pero espiritualmente hablando debemos comprender que del trabajo sale todo, es la base del progreso, y antes es la obligación que la devoción. Así pues, en primer lugar se manifiesta un impulso que puede ser positivo y de acción, pero al vago y al cómodo enseguida se le presentan los motivos y excusas para no hacer nada, ya que tiene que poner sus recursos en marcha y esto requiere esfuerzo y trabajo. El perezoso físico es un completo inútil para cualquier tarea, todo lo deja para otro momento, o para que lo hagan otros, y así se le va pasando la existencia en un completo hastío y vagancia.

El trabajo físico representa el cambio hacia una vida mejor, a mejorar las condiciones de vida en que vivimos, las estructuras que el hombre ha creado… todo el desarrollo técnico en todos los niveles precisa de esa fuerza que representa el esfuerzo físico, sin el cual sería imposible que hubiéramos transformado nuestro mundo.

(Continuará el próximo mes).

Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

IGUALDAD DE DERECHOS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER II

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Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer
Continuación de Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer I

Encarnar como mujer conlleva la experiencia de la maternidad, ¡y este es el gran factor diferenciador entre los dos roles!, el masculino y femenino. Pues al género femenino corresponde ser la mediumnidad de la vida, es decir, el camino de la vida de todo espíritu. Los condicionantes que la maternidad producirá en la vida de un espíritu, mujer y madre, determinan sus tareas y obligaciones, y le ayudarán a conseguir y desarrollar determinados valores que como hombre difícilmente podría conseguir, máxime lidiando con un número elevado de hijos y la exigencia de una mayor dedicación, y especialmente hoy que la sociedad exige a las madres trabajar y asumir obligaciones en el hogar y en el trabajo, amén de su entrega, renuncia, dedicación y sacrificio hacia los niños a su cargo.

Todo ese desempeño, llevado con naturalidad, dedicación y devoción, es invalorable y define la vida de esa madre en la dedicación y esfuerzo hacia sus hijos, a los que ayudará y preparará ante las luchas de la vida. Entrega que bien canalizada permitirá a esa mujer, a ese espíritu en evolución, dar un paso de auténtico gigante, permitiéndole avanzar en determinadas ocasiones el equivalente a dos o más existencias activas en la Tierra. Este argumento es impensable desde un análisis material, de ahí que muchísimas mujeres renuncien a la maternidad, o sean partidarias del aborto, consecuencia del desconocimiento de las leyes de la vida.

La vida es el don más preciado de que dispone el ser, pues permite al espíritu que en una vida física adelante muchísimo más de lo que haría en el plano espiritual, en su actual punto evolutivo. De ahí la necesidad de defender esas nuevas oportunidades, esas nuevas vidas que comienzan. Y ¡ay de aquellos que, por comodidad o por egoísmo, e incluso por puro materialismo, desprecien la familia!, pues más pronto o más tarde necesitarán experimentar en la vida física con un nuevo cuerpo. Entonces, la ley les mostrará sus escasos méritos para tomar un cuerpo en la Tierra.

A lo largo de estas y posteriores líneas trataremos las muchas implicaciones sobre este controvertido asunto y las veremos progresivamente. Pues únicamente las enseñanzas y principios espirituales podrán ayudar a comprender, en profundidad, la casuística sobre este controvertido asunto y actuar sin transgredir las leyes naturales.

Pero existe una parte importante en esta ecuación que no puede obviarse, una parte imprescindible: el progenitor, el padre, quien es tan responsable o más por su familia e hijos ante la ley, dados los compromisos adquiridos con ellos antes de encarnar. La pareja debe ayudarse y complementarse, y ésta es una asociación previamente pactada en el plano espiritual. Cada uno de los progenitores desempeñará y cumplirá su propio rol, ninguno es superior al otro, ambos se complementan, y ambos son iguales ante la ley, si bien tienen diferentes condicionantes para el desempeño de sus responsabilidades.

Los espíritus se agrupan por su afinidad, por amor y por lazos que se van creando a lo largo de los siglos, y bien cabe que, después de una serie de existencias importantes para ambos cónyuges, se vean en la necesidad de modificar sus experiencias futuras, viniendo como hombre quien antes lo hizo como mujer, y quien antes ocupó un cuerpo de mujer deba hacerlo ahora de hombre; los que antaño fueron hijos deban ser ahora padres, y así sucesivamente. Las posibilidades son incontables y trascienden al ámbito familiar, siendo habitual que en un mismo grupo familiar vengan alternándose los roles a lo largo de los siglos para obtener las experiencias necesarias para su evolución.

Únicamente la barbarie, la falta de educación y el atraso moral en pueblos y sociedades, generan desigualdades y falta de respeto entre ambos sexos. En los pueblos primitivos e incivilizados impera siempre la ley del más fuerte, y es aquí donde la mujer es el sexo más débil. Fruto de ello, las mujeres han venido sufriendo y todavía sufren esclavitud, abuso y discriminación a causa de su condición de mujer. Solo el adelanto moral y la comprensión de los roles puede dar valor a cada sexo; valor a las cualidades que representa al margen de su raza, color, escala social.

El machismo, sentimiento de inferioridad ante el sexo femenino, y digo bien “de inferioridad”, además de ser una actitud equivocada, es más propia de personas y pueblos atrasados, pueblos faltos de ética y moralidad que desconocen las razones del para qué y porqué de su presencia en la Tierra. El espíritu busca las herramientas que le son más útiles, y para ello unas veces ocupará un rol masculino, y otras, femenino.

¡Pobres de aquellos que, haciendo un mal uso de su condición, busquen o cometan abuso sobre los demás, ya sea por riqueza o por su poder, ya sea por creer que, siendo «hombres», tiene superioridad sobre las mujeres! Tendrán que volver a la Tierra en la condición de mujer que denuestan y que despreciaron, pero no por propia voluntad, sino obligados por la ley y pasando por todos los males y dolores que infringieron a sus semejantes del sexo contrario.

En virtud de todo lo comentado, muchas de las protestas y manifestaciones que se producen hoy se podrían estimar como accesorias, ya que no responden a la realidad espiritual del ser, sino al auge de una denostada «modernidad» que, aunque contenga tintes de verdad y justicia, en el fondo persigue fines fuera de la naturaleza moral y busca, casi en exclusiva, las conquistas materiales; no contemplando los postulados del espíritu, los únicos capaces de encaminar al individuo a tomar las decisiones correctas, velando por un progreso moral, la razón de ser de ésta y todas las reencarnaciones del ser.

Y tampoco implica, ni mucho menos, que se deba perseguir cualquier manifestación en pro de la igualdad de géneros; muy al contrario, su reivindicación es justa y conveniente, pues en ocasiones es la única posibilidad de progresar. Con estos textos buscamos únicamente aclarar las motivaciones de ambos roles y mostrar al individuo la necesidad de ajustarse a sus necesidades de progreso, pasando por todo tipo de experiencias y situaciones. Ciertamente, no se trata de casualidad que determinadas personas adopten un rol masculino y otras un rol femenino, se trata de un ejercicio de voluntad y libre albedrío, ya que este proceso no depende de un determinismo biológico como muchos, carentes de conocimientos espirituales, pueden pensar.

Es conveniente aclarar, aquí y ahora, que igualdad de derechos no supone igualdad de funciones, y este es un factor determinante que suele confundirse. Cada rol o condición contempla funciones distintas, pues hombre y mujer son diferentes y cada rol debe realizar funciones distintas y complementarias. ¡La naturaleza jamás comete errores! En la medida que una sociedad evoluciona, las diferencias se estrechan y los cuerpos físicos también, el ser humano mejora y su cuerpo físico va cediendo, poco a poco, su prevalencia sobre el espíritu, al que va dominando progresivamente junto con el mundo que le rodea, pues al igual que él, ese mundo físico va sutilizándose también progresivamente. Y ya en mundos más evolucionados apenas tiene influencia sobre el espíritu. Muy al contrario de lo que ocurre en los mundos primitivos, donde la naturaleza y los instintos básicos son poderosos y el espíritu, tan débil, apenas sin conciencia y sin experiencias, suele convertirse en un títere de las fuerzas materiales, y los instintos y la animalidad imperan sobre él.

Lo importante para todo individuo en esta experiencia humana habría de ser la propia aceptación, la aceptación sin límites, sin prejuicios, sin miedos, ya que cada persona tiene su propia personalidad, su manera de ser, su carácter, su talante, pero siendo a la vez inimitable y único. El hombre debe aceptarse como es, con sus peculiaridades propias, y crecer exponencialmente. Y esto es de la más pura y simple psicología.

Es una gran equivocación pretender ser aquello que no se es, querer imitar a los demás, querer copiar o parecerse a otra persona. Cada individuo es único y diferente, aunque su punto de partida es idéntico y la suma de sus vivencias le convierte en excepcionalmente único. Y ello no debe menoscabar su esfuerzo para crecer y desarrollar el genio que se esconde dentro de cada individuo.

¡Aparquemos de una vez la envidia hacia otras personas, hacia su estatus o condición personal y social! Estas son únicamente las herramientas necesarias para su progreso, disponiendo cada persona de las suyas propias. En la medida que el individuo sea capaz de usar las herramientas propias para su crecimiento íntimo, el mundo se volverá cada vez más pequeño, y él cada vez más grande. La grandeza está en el propio interior, no en las posesiones, las formas o el renombre.

 

Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer II por:  Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

“Todos los hombres se hallan sometidos a las mismas leyes naturales. Todos nacen con idéntica debilidad, están sujetos a iguales dolores, y el cuerpo del rico se destruye como el del pobre. En consecuencia, Dios no ha otorgado a ningún hombre una superioridad natural, ni por el nacimiento ni por la muerte. Ante Él todos son iguales”.

Ley de Igualdad; el Libro de los Espíritus. Allan Kardec.

CRISIS ¿QUÉ CRISIS?

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Crisis ¿Qué Crisis?

¿Qué resulta más preocupante para los ciudadanos españoles y, por extensión, para los habitantes de nuestros países aledaños?

Según indican las encuestas de estos últimos años, y siempre con una clara dependencia del momento y las circunstancias que confluyen, las causas de preocupación, tanto para europeos como para españoles son, y en el mismo orden, las siguientes: el paro, la economía, la corrupción, el fraude, el terrorismo, la seguridad, la justicia, la sanidad y la educación.

Podemos observar que, separadas de los primeros lugares, quedan problemáticas tan importantes como la educación, la investigación y el desarrollo científico. Como simple curiosidad, podemos observar que se omiten, por citar algunas: la cultura, la paz global, la hermandad, la solidaridad, la convivencia, la comprensión, la felicidad, el respeto, la pobreza, el hambre y la enfermedad. En suma, todas aquellas actuaciones humanas que ayudan a que este hogar planetario se pueda convertir en un lugar de convergencia para los hombres; en un lugar donde primen el progreso, el trabajo y las ganas de vivir.

El egoísmo global imperante, junto con el personal (pues no podemos olvidar que el primero no es sino un mero reflejo del segundo), el orgullo, la ambición y la falta de valores, todos se han generado por una transmutación del pensamiento, del comportamiento y de las pautas de conducta humanas que han variado sustancialmente a lo largo de estas últimas décadas. Bien se podría decir, sin miedo al equívoco, que la sociedad actual se ha modificado profundamente, y que las formas y procedimientos de antaño en nada se parecen a los actuales, al igual que los métodos educativos o el modo de vida predominante. Y todos esos resultados se están manifestando aquí y ahora.

La civilización que nos rodea ha cambiado global y tecnológicamente; ha cambiado la sociedad, la forma de vida y el modo de interpretar el mundo que nos rodea. Y este cambio posiblemente sea de una mayor extensión en este último siglo que a lo largo de los dos últimos milenios.

Y no es que se pueda decir que el pasado fue mejor, o que la vida actual también lo sea. Se trata simplemente de pautas de conducta diferentes y de estructuras de pensamiento y comportamiento también diferentes, que obedecen a las circunstancias reinantes y al propio nivel evolutivo de la sociedad. Esta civilización no sabe, no puede, estar inmóvil, pues se encuentra en una  permanente transformación. Y estas alteraciones son apenas visibles día a día, aunque sí en el medio y largo plazo. Y un frío análisis podría mostrar en qué aspectos ha mejorado y en cuáles ha perdido valor. Como en cualquier otra faceta de la vida, el tiempo viene a imponer su ley y dibujar el futuro de la sociedad en que vivimos.

Cita una frase popular que “cada época tiene sus flores”. Y esta época viene marcada por una crisis global de los valores. Todo lo que nos rodea así lo demuestra, pues el planeta se encuentra inmerso en una permanente crisis; crisis económica, crisis financiera, crisis de materias primas, crisis laboral. Son tantas y tantas crisis que sería muy extenso enumerarlas aquí. El hombre ha convertido esas “crisis” en un hermoso cajón de sastre en el que todo cabe, donde todo queda justificado y excusado. Por otro lado, sabemos también que las crisis son cíclicas, que se repiten cada determinado espacio de tiempo, y sabemos también que finalmente aprendemos a superarlas, aunque en sus inicios desconozcamos cómo hacerlo. Y así, las vamos asumiendo y amoldándonos a su ley… en la medida que resulta posible.

¿Alguien se ha planteado, con claridad de ideas, cuáles son los orígenes de estas mal llamadas crisis? ¿Se ha interesado alguien en buscar la raíz de los problemas o las circunstancias que las motivan? ¿Nos creemos realmente sus argumentos?

Sabemos que no existe un interés real en la búsqueda de soluciones porque todo está movido por los engranajes económicos del poder y el dinero, que todo se analiza bajo criterios económicos y políticos, bajo el criterio de las macroeconomías que imponen su latido en la sociedad, que todo se mueve bajo el criterio de las grandes empresas, las multinacionales, los monopolios, la bolsa o los mercados. Todas estas organizaciones son, a la postre, las dueñas reales del planeta. Contra ellas es inútil luchar y esa decepción lleva al individuo a asumir que poco, muy poco, o casi nada, puede hacer. Solo le queda asumir y padecer sus imposiciones, cual mandato divino. Curiosamente, esos gigantes nunca se ven atravesando crisis alguna, y son cada día más fuertes, ricos y poderosos. Para ellos el corazón no late, únicamente late por los beneficios, por el dinero; sus pulsaciones son en dólares, yuanes, euros o yenes; por sus venas corren cifras y números y poco importa todo lo demás, les motiva únicamente su propio beneficio.

Una vez más, el destino de nuestras vidas queda trazado por los sectores materiales, financieros o macroeconómicos. La falta de humanidad y solidaridad entre las personas, entre los habitantes de este convulso planeta, propicia todo cuanto está sucediendo y que está degenerando en una fuerte decadencia moral y social. La crisis afecta a toda la humanidad y no exclusivamente a esta parte del planeta, occidente; está generada por la falta de fe del individuo, por la falta de fe de todos los seres humanos, de los hijos de un Dios todopoderoso que no está formado de cartón-piedra, oro, plata o petróleo. Y ese no es el Dios de la industria, ni de los intereses, es un Dios de amor, de luz, un Dios de verdad que a todos encamina hacia la senda del progreso, a la senda en la que la mutua ayuda resulta imprescindible.

Sin embargo, desde siglos remotos nuestros sentidos continúan ofuscados, adormecidos; seguimos adorando al becerro de oro, al dios dinero; seguimos adorando a esta sociedad convulsa y materialista. El ser humano apenas ha comenzado a atisbar la nueva tierra prometida, el lugar que se consigue mediante la evolución interna, la evolución que no es un regalo, sino una meta a alcanzar, una meta que dejará de lado la idolatría y el vasallaje a lo efímero, a esos valores y placeres materiales que prometen los mercados y las multinacionales.

¡Panem et circenses! Dice Wikipedia: locución latina peyorativa de uso actual que describe la práctica de un gobierno que para mantener tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, provee a las masas de alimento y entretenimiento de baja calidad y con criterios asistencialistas.

¡Y todos contentos!

En realidad, la gran mayoría de la sociedad, incluso la de los países llamados del “primer mundo”, está viviendo inmersa en una gran contradicción, pues teniendo todo a su alcance, apenas puede disfrutar de algo. Únicamente los más ricos disfrutan de lo materialmente conquistado, pues el resto está sentenciado a trabajar por unos limitados ingresos y seguir luchando para llegar a fin de mes.

El individuo ya no cree en sí mismo, ha olvidado quién es y su razón de estar aquí. ¡Dónde quedaron sus metas! El autollamado hombre civilizado dispone de dinero, ciencia y religión, medios y recursos, tecnología y conocimientos, prácticamente le sobra de todo. Únicamente le falta creer en sí mismo y dejar atrás el fantasma del materialismo, el modelo egoísta en el que está atrapado. Le falta dar paso a esa espiritualidad que le acompaña, a esa espiritualidad que lleva en su interior para que este mundo y esta sociedad sea aquello que quiere, puede y debe ser: un verdadero oasis, un paraíso, una tierra de compañeros, vecinos, amigos y hermanos. Si finalmente llegase a suceder así y se alcanzase un clima de hermandad entre los hombres, el individuo podrá seguir evolucionando y olvidar ésta y cualquier otra pseudocrisis que se empeñen en mostrarnos.

El vacío espiritual se rellena con codicia, afán de poder y otros instintos humanos. (Phil Bosmans).

¡Dad a Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César!, Mateo 22 15-21.

Con esta sencilla frase nos da a entender el Rabí de Galilea la doble responsabilidad del hombre como ente social. La responsabilidad de quien, por un lado debe cumplir las leyes civiles, y por otro, asume su responsabilidad social como integrante de una comunidad. Enseña también a cumplir el mandato divino de progreso y perfeccionamiento a través de la observación de sus preceptos morales. El individuo tiene la responsabilidad de estudiar y reflexionar para actuar mejor, para dar a cada momento y persona su valor y significado.

Pero llegados a este punto, vemos que la balanza sigue inclinándose significativamente al lado del César. De hecho, el individuo cree más en las cosas materiales que en los valores socialmente admitidos como buenos o deseables. Cree mucho más en aquello que puede tocar y ver; valora acaparar más y más bienes y disfrutar el hoy sin pensar en el mañana.

¿Por qué? Porque ya no cree en ese mañana, porque sólo vive pensando en una única existencia, en la ausencia de una vida futura. Piensa que cuando esa muerte llega, todo acaba y el vacío le invade, que acaban la existencia y la responsabilidad en ese mismo momento. Así, el individuo se limita a la vida material y se despreocupa ante la posibilidad de una existencia más allá de su comprensión. Los movimientos espiritualistas, y especialmente el espírita, deben arrojar luz sobre esta humanidad ofuscada y perdida; iluminar su existencia bajo la comprensión de la ley de renacimientos, de la ley de las vidas múltiples o ley de reencarnación. Ayudarles a eliminar los miedos mediante el conocimiento de esa ley. Ésta y no otra es la clave, y todo lo que se haga aquí y ahora repercutirá, de un modo u otro, en el futuro próximo, en el futuro del hombre nuevo, el “Homo spiritualis” en ciernes.

Por ello, es preciso que el hombre sienta, piense y actúe en conciencia, bajo la luz del espiritismo o de aquella otra filosofía o religión en la que deposite su confianza, porque en definitiva, todas y cada una de ellas le conducirán a la senda de la mejora interna y del perfeccionamiento espiritual.

Achacar a la mala fortuna o a la divinidad la causa de todos los males generados por esta crisis es una gran mentira, pues las crisis se dan únicamente por la intervención de los hombres, que se dejan llevar por multitud de conveniencias e intereses, basados todos en la creencia de que únicamente vive una sola vida y que en ese corto intervalo de tiempo sólo debe pensar en sí mismo, en su egoísmo, en su codicia, su ambición y la multitud de las carencias que le limitan, impidiéndole ver la realidad que le rodea. En su ceguera evolutiva, el individuo argumenta que hay que disfrutar más y lo más rápido posible sin importar las consecuencias que esto acarree para él mismo y para sus semejantes.

Poder cultivarse íntimamente, poder mirar hacia el interior y descubrir las faltas y debilidades, luchar para eliminarlas, luchar para mejorar y aprender, luchar para reaccionar ante cualquier circunstancia y momento dentro de las leyes divinas. Todo ello está considerado como una mísera pérdida de tiempo, y hacer el bien a los semejantes se convierte en una utopía, porque ¿para qué? Y cuando esto lo pone en práctica toda una sociedad y lo constituye en un modelo de conducta, se convierte en un cáncer, un virus que todo arrasa y que, de no erradicar, le conduce, cíclicamente, a guerras y más guerras, con cada vez de peores consecuencias y destrucción.

No busquemos la crisis donde no está, busquemos más bien en el propio interior, dentro de uno mismo. Nos sorprendería ver lo que encontramos. No busquemos la vida en otros planetas, mejor luchemos por solucionar los problemas de millones de personas de éste, para que puedan lograr una vida digna de llamarse como tal. No demos tanta relevancia a la ciencia y a la tecnología y escondamos corazón y sentimientos. Mientras el hombre no resuelva sus crisis internas y la falta de fe en ese ser espiritual y eterno que lleva dentro, las crisis, “esas crisis”, seguirán asolándole constantemente, una tras otra.

          Crisis ¿Qué crisis? por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

Cuando un hombre se hunde espiritualmente, ninguna ayuda puede salvarlo. La ciencia y la tecnología alzaron al hombre de Occidente por encima del mundo, le dirigieron a las estrellas, pero no han sido capaces de hacer felices a los hombres en el mundo. (Phil Bosmans).

LA CODICIA

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La codicia

La codicia es una de las mayores lacras de la personalidad. Está emparentada con la avaricia, y en ambos casos es una forma de egoísmo que conduce al individuo hacia un afán desproporcionado de bienes y riquezas. Es una manifestación de ese mismo egoísmo, aunque bajo la forma de un deseo enfermizo de acaparar bienes. Quienes la padecen basan su vida en la lucha por explotar todos los recursos a su alcance y aprovechan cualquier ocasión que les permita incrementar su patrimonio, su riqueza, su único fin y en el que basan su mediocre existencia. Para ellos, el vocablo compartir no existe en el diccionario particular.

Podemos ver a esos dirigentes, directivos, empresarios, en su búsqueda de beneficios siguiendo la pauta que les marca su egoísmo, su codicia. Nunca se dan por satisfechos con lo que consiguen y luchan enfermizamente por arañar más y más riqueza y poder. Trasladan sus negocios y producción a países del tercer mundo, allá donde el coste de producción, de mano de obra, sea especialmente bajo, y abandonan a su suerte al equipo humano que les ayudó a crear su modo de vida. Poco importan las riquezas acumuladas, poco importa que excedan cualquier necesidad, suya o de sus familiares y descendientes.

No dudan en explotar, tanto como les sea posible, la mano de obra ya de por sí barata de esos países. No importa si en paralelo están dando un paso más en la escalada de los conflictos económico-laborales del planeta, no importa si para ello deben explotar a menores, y no importan las duras horas de rutinario trabajo. Llegan inclusive a buscar que sus trabajadores vivan dentro de la propia factoría y en vergonzosas condiciones de hacinamiento e insalubridad. Su codicia les impide ver las condiciones infrahumanas que están creando y en las que se mueven sus trabajadores. Poco les importa su sacrificio y la escasa remuneración.

Son precisamente esas marcas de mayor renombre, esas marcas conocidas y famosas, esas que pasan por nuestra mente, las multinacionales en las que sus propietarios y directivos engordan las filas Forbes de los más ricos del mundo. Y no necesitamos salir de nuestro propio país para localizarlas. Sus propietarios y directivos han adquirido fama y prestigio huyendo de pararse a analizar los medios empleados para conseguir fortuna. No dudan en emplear los recursos a su alcance para alcanzar los fines buscados, la riqueza. ¿Y qué decir de las comisiones y  sobornos a funcionarios de toda condición para conseguir los permisos y licencias necesarios?

Tampoco es que les importe en gran medida contaminar ríos y mares o esquilmar la ya castigada naturaleza; poco importa talar bosques o agotar los recursos de mares y océanos. Son muchas ya las especies extintas y muchas más las que se verán borradas de la faz del planeta en aras de los beneficios personales y empresariales.

¡La codicia impone su ley! ¡Su razón de ser son los beneficios a cualquier coste!

Los mismos gobiernos, en su afán de crecimiento y buscando una economía más fuerte, respaldan sistemáticamente ese tipo de actuaciones. Poco importa la irreversibilidad de los daños generados a la naturaleza y al ser humano.

Es tal el poder de la codicia, que ciega al individuo, le lleva a alterar la naturaleza, a convertir vergeles en desiertos, a eliminar cualquier rastro de vida en tierras y mares, a emponzoñar el aire y a convertir los ríos en ciénagas; le lleva a esclavizar a millones de personas. Poco importa el peaje.

A todos estos movimientos se les denomina “progreso”. Crear fábricas cada vez mayores y de mayor cuota de producción, industrias capaces de contaminar y destruir el medio ambiente, sabiamente se les denomina “conquista”, “éxito empresarial”, “excelentes resultados económicos”. Vale cualquier calificativo pomposo. Pero satisfacer la codicia de unos pocos castiga irremisiblemente a la totalidad. Sea como sea, termina generando consecuencias difícilmente corregibles en el tiempo.

¡Y que nadie se interponga en su camino! Será tratado de revolucionario, comunista, delincuente; correrá el riesgo de arriesgar incluso la vida. Nada puede interponerse a la codicia, ésta impone su imperio, sus beneficios.

Sin duda, podemos afirmar que la codicia del ser humano se ha convertido en una lacra que destruye y corrompe cuanto le rodea; corrompe la política internacional, la sociedad y la misma economía. En la medida que el hombre es incapaz de aceptar lo conveniente para vivir, de poner en valor cualidades como las relaciones sociales, el calor humano o la amistad; en la medida que el hombre se vuelve incapaz de alcanzar su felicidad en el trato con sus semejantes, en la búsqueda de la paz de conciencia, sus instintos más primarios le llevan hacia derroteros desconocidos, hacia un afán desmedido de riquezas y posesiones, al materialismo más embrutecedor.

El hombre es el único ser incapaz de aprender de sus errores, de mirar hacia atrás y aprovechar su propio pasado. Se estrella siempre contra la misma roca, la roca de la codicia, la roca que le lleva hacia su autodestrucción, hacia una sociedad corrompida que camina hacia su propia ruina.

Esta civilización ha evolucionado al influjo de las imperfecciones humanas, de los defectos que han modelado sus emociones y sentimientos. Son los ladrillos que han sustentado al ídolo de barro. Se ha despreciado el bien común, las necesidades de personas y familias, de los más débiles; se ha dejado de lado la búsqueda de una sociedad más justa y armónica donde la solidaridad y la justicia sean la pauta a seguir. Muy al contrario, esta civilización está construyendo un mundo a medida de los dictadores, poderosos y déspotas.

Con disimulada apariencia de legalidad, muchos poderosos, gobernantes, políticos y seres mezquinos han venido ostentando responsabilidades públicas y políticas, aferrándose a una falsa legitimidad creada por ellos mismos y ausente de toda ética o moral. Ellos mismos se han auto legitimado ¡poco importan lo demás!

Así, muchas directrices y políticas son, en esencia, antisociales. Los servicios, las infraestructuras, todo lo que dignifica a una sociedad y al hombre apenas si alcanza a la mayoría. Gran parte de esos recursos aterrizan, como siempre, en los bolsillos de los poderosos; al pueblo solo le restan las migajas.

No es intención de este redactor analizar aquí esta difícil problemática, ni posiblemente tenga lugar exponerla, aunque sí adecuado citarla. En el pasado reciente de esta sociedad global hemos verificado cómo las guerras han comenzado siendo primero de divisas, más tarde comerciales, y finalmente bélicas. Si con los parámetros adecuados pudiésemos analizar las motivaciones reales de las dos últimas guerras mundiales, con certeza quedaríamos sorprendidos de su conclusión.

Las guerras son un ejemplo significativo de cómo la codicia ejerce su imperio y busca ser el camino a seguir; vemos cómo se habilitan guerras para vender armamento, municiones y equipo bélico; vemos cómo se destruyen ciudades, puertos e instalaciones militares y civiles; vemos cómo se masacra a millones de personas en aras de la codicia, para luego, y por arte de magia, surgir estamentos dispuestos a reconstruir todo, entidades que han convertido las guerras en un lucrativo negocio. Nada puede frenar la mente de los codiciosos, ni tan siquiera la crueldad. Para ellos el fin justifica cualquier medio.

La codicia sigue siendo una de las mayores lacras de la humanidad, destruye la buena voluntad y aparta al individuo de la senda del auténtico progreso. La verdadera civilización implica la autoconstrucción interior, la autoedificación en la intimidad de cada ser; implica hacer de este mundo un planeta en el que todos tengan idénticas posibilidades, un lugar donde se apoye a los débiles y donde se les ayude sin explotarlos; representa darles, no la guerra, sino la paz.

¡No vendamos armas o equipamiento militar, más bien enseñemos a desarrollar sus propios países en el trabajo y la constancia!

¡Ayudémosles a evitar nuestros propios errores!

La codicia por:      Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

IGUALDAD DE DERECHOS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER

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Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer

La lucha de las mujeres por la igualdad de derechos es una problemática en constante actualidad. Las mujeres, y las más de las veces sobradas de razón, se sienten discriminadas en multitud de aspectos; se sienten discriminadas en sus salarios, en sus comportamientos y en la valoración que se tiene hacia ellas, especialmente desde el colectivo masculino. Al margen de la exigencia de igualdad de derechos, desean poder vivir y realizarse dentro de las mismas ocupaciones, dentro de los mismos desempeños y obtener idéntica capacitación que los hombres, es decir, tener las mismas posibilidades y alcanzar la igualdad en todos sus aspectos, pudiendo conseguir idénticos puestos de responsabilidad.

Esta problemática no se puede, ni se debe, tomar a la ligera, debe ser estudiada en profundidad y desde una óptica espiritual, único método que podría dar luz sobre esa igualdad que demandan. Pero sin perjudicarlas, ni a ellas ni al conjunto de la sociedad, dadas las repercusiones que implica.

¡Qué duda cabe de que ésta sociedad evoluciona! ¡Quién duda hoy de los avances sociales, aunque sean lentos! Día a día, la distancia que separa las clases sociales es más pequeña, especialmente en los países occidentales, aun cuando en determinados países existan fuertes diferenciaciones, especialmente en Oriente Medio, donde la diferencia cultural y sobre todo religiosa es máxima.

En este artículo deseamos profundizar en todo aquello, positivo o contraproducente, que se aleja de las leyes naturales, de esas leyes que rigen el destino del ser humano y que proporcionan a cada individuo las condiciones y experiencias que le hacen diferente. ¿Existe mucho camino por recorrer? ¡Cierto! Y en ese camino, los espíritas deben poner en valor los conocimientos espirituales, pues esos conocimientos son la única guía en estos momentos que la civilización se encuentra inmersa en pleno cambio de catalogación planetaria, con todo lo que ello representa.

El mundo y esta sociedad están cambiando, y así debe ser y así sucederá, pues tal es la ley de evolución, progresar constantemente con el impulso de las leyes universales, las leyes instauradas por el Gran Arquitecto desde la creación del universo para establecer seguridad y equilibrio a toda su creación. Y estos cambios deberán nacer desde una sólida base espiritual y moral.

¡No todo sirve! ¡No todo cambio resulta adecuado o conveniente! Difícilmente, el individuo podrá pasar de las cadenas de la represión al desenfreno del libertinaje; todo guarda su justa medida, sus parámetros, su métrica y su equidad. No hacerlo equilibradamente llevaría de vuelta a la barbarie y al retroceso de los valores y la ética, los fundamentos de las relaciones humanas. Cabe preguntarse:

¿Por qué las diferencias entre sexos?

¿Por qué unas personas nacen en países ricos y adelantadas socialmente, mientras que otras nacen destinadas a pasar miserias y calamidades? ¿Cuáles son las causas de este trato dispar?

¿Qué significado encierran tantas diferencias sociales, tanta aparente injusticia e insolidaridad que se ponen de relieve desde el nacimiento?

Difícilmente podrá encontrarse una respuesta adecuada si se desconocen las causas originarias de esta desigualdad. “Todos los seres humanos somos iguales ante la ley, no ante la ley de los hombres, que por defecto es imperfecta. Somos iguales ante la ley de Dios, que nos ha creado iguales a todos sin excepción. Todos tenemos los mismos objetivos, los mismos derechos, así como las mismas obligaciones; no hay diferencia ninguna, todos somos creados iguales y con las mismas metas a conseguir, pero esto no se nos debe escapar, iguales como espíritus creados para alcanzar la perfección”. Y para ello necesitamos infinidad de experiencias de todo tipo, de multitud de situaciones y circunstancias diferentes, a fin de ir demostrando los valores que llevamos dentro”.

“Dios creó iguales a todos los Espíritus, pero cada uno de ellos ha vivido más o menos tiempo y ha adquirido también más o menos experiencia. La diferencia reside, pues, en su grado de experiencia y también en su voluntad, que es el libre arbitrio. De ahí que unos se perfeccionen con más rapidez, lo que les da aptitudes distintas. La diversidad de aptitudes es necesaria a fin de que cada cual pueda contribuir a las miras de la Providencia dentro del límite del desarrollo de sus energías físicas e intelectuales. Lo que uno no hace, lo realiza el otro. Así cada cual desempeña su rol con provecho. Puesto que todos los mundos son solidarios entre sí, es muy necesario que los que moran en los mundos superiores, que en su “mayoría han sido creados antes que el vuestro, venga a habitar la Tierra para daros el ejemplo. 

Libro de los Espíritus, capítulo IX; pregunta 804 sobre la ley de igualdad.

Sabemos a ciencia cierta que el espíritu carece de sexo, y este es un factor determinante para analizar las causas de muchas situaciones de la vida cotidiana. Situaciones que sin este condicionante podrían ser fuente de malentendidos y, en consecuencia, la vía para actitudes erróneas. Debemos entender que el espíritu puede encarnar bien hombre o mujer, dependiendo siempre de sus necesidades evolutivas, de su necesidad de desarrollar unos determinados valores, valores activos o pasivos, masculinos o femeninos.

Evidentemente, el cuerpo físico del hombre es más fuerte, más rudo; su instinto, su sensibilidad es, por naturaleza, diferente al de la mujer, y a la hora de programar una vuelta a la carne, una vuelta a otro cuerpo físico, puede elegir hacerlo como hombre o como mujer, de acuerdo a sus necesidades. Si quiere desarrollar los valores pasivos, tales como la ternura, el cariño, la entrega y la dedicación familiar, entonces resulta definitorio el cuerpo femenino que le habrá de brindar mejores condiciones para ello.

Al espíritu le es indiferente utilizar un cuerpo de hombre o de mujer, sabe que ha de pasar por todas las pruebas y experiencias que cada rol presenta, e ir atesorando las cualidades íntimas que como espíritu lleva inherentes, y que para ello unas veces experimentará como hombre y otras como mujer. Y cuando desde el plano espiritual programe una futura existencia, no lo hará caóticamente, sino que analizará con detenimiento las condiciones de su retorno a la carne, buscando aquellas que más se adecúen a sus necesidades y carencias. Es en ese proyecto que tomará las decisiones más coherentes para sus aspiraciones como espíritu.

Dios, Infinita Sabiduría, Amor y Justicia, ha creado unas leyes universales que igualan a todas sus criaturas. Nadie recibe privilegios y a nadie priva de las experiencias necesarias para su progreso evolutivo. Resultaría absurdo e incongruente que el Supremo Hacedor crease espíritus hombres y espíritus mujeres, sería inconcebible que Él, que no es hombre ni mujer, que es energía cósmica, infinita en sus perfecciones, discriminase Su Propia Obra. Todo espíritu ha sido creado a su imagen y semejanza, no en cuanto a la forma, porque Dios carece de forma, sino en el espíritu. Sus criaturas son asexuadas, es decir, carecen de sexo; son chispas divinas puestas a evolucionar, para que por sí mismas, por su esfuerzo y trabajo, vayan acercándose a la fuente de la que proceden y con todas sus potencialidades desarrolladas.

Todas las personas, absolutamente todas, nacen un sinnúmero de veces, nacen bien hombres, bien mujeres, porque para su evolución es necesario que así suceda. Y así sucede, pues cada condición ayuda al desarrollo y puesta en práctica las cualidades íntimas de cada criatura. Por esa ley de evolución, todos experimentaremos la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, y todas las condiciones que la vida humana ofrezca. Y esto no debería sorprender a nadie, pues cada circunstancia llega a su debido tiempo. Impera la ley natural que impulsa al individuo al auto-descubrimiento personal y la evolución de ese ser espiritual que se esconde dentro de cada cuerpo físico.

El desconocimiento de esta gran ley, la ley de igualdad, otra de las grandes leyes universales que rigen los destinos humanos, puede llegar a confundir y a tomar decisiones equivocadas ante decisiones trascendentes. ¡Cuántos seres hay que, comprendiendo su necesidad de alternar sexos en las vidas futuras, lo demandan conscientes de su necesidad de evolucionar equilibradamente! Saben que carecen de determinadas cualidades, mientras que ya dominan otras. Simplemente ocurre que, cuando acceden a un cuerpo físico, sus deseos e intenciones quedan veladas, olvidan los condicionantes de su planificación en el mundo astral y se rebelan, luchan contra su nueva condición humana y rechazan la necesidad de cambiar de sexo, de cambiar hábitos, conductas y actuaciones. La comodidad de lo aprendido y lo cotidiano les arrastra y les bloquea ante la nueva situación, les paraliza en su aprendizaje de nuevos comportamientos y actitudes.

Inclusive, este cambio de rol conduce a muchos seres al rechazo de su nueva condición sexual. Una serie de vidas continuadas dentro de un mismo sexo suele imponer condicionantes al manifestarse con un sexo diferente. Y vemos ese rechazo llevando a infinitud de personas a vivir confundidos sobre la nueva orientación sexual. Gestos, ademanes, sensibilidades, viejas actitudes, esas cualidades que se auto-transfieren de una vida a otra puede delatar el sexo que fuimos en el pasado, si fuimos hombres o mujeres y si vivimos un rol masculino o femenino.

Si no se alcanza una mínima y conveniente planificación y preparación antes de encarnar, bien podrían ocurrir situaciones de esta índole. Y esta falta de preparación motiva que personas que han nacido en un cuerpo masculino se sientan mujeres y no se adapten a su nueva condición, y viceversa. Este rechazo a la nueva condición sexual propicia, en muchos casos, que el individuo busque cambiar de sexo, de alterar su cuerpo físico, y esto es algo que la medicina actual puede fácilmente conseguir. No obstante, desde estas páginas respetaremos siempre cualquier postura que se tome al respecto, pues serán, en todo momento, decisiones y consecuencias estrictamente personales (ley de causa y efecto, karma o acción y reacción), si bien debemos insistir en que estas decisiones deben tomarse desde el conocimiento espiritual de la propia condición.

Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer por:  Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

TERAPIA DEL PERDÓN 2

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Terapia del perdón 2

Recordemos las palabras de Pedro, el pescador de Galilea:

 ¿Señor, cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? “No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Mateo, 18, 21-23.  Esto es únicamente una alegoría, pues el pueblo llano, en su escasa erudición, utilizaba este vocablo para señalar una cifra sin cuantificar.

¡Quién habrá sido capaz de perdonar tantas ocasiones, quién habrá conquistado el don más importante, el control de los instintos, de las pasiones y las emociones! ¡Quién habrá sido capaz de mostrar el lado positivo de su personalidad, la voluntad y la caridad, el amor y la comprensión en las situaciones difíciles, en las experiencias y pruebas trascendentes!

Finalmente, el hombre, después de un largo aprendizaje en mundos de expiación y prueba, alcanza la sabiduría del perdón, aprende el buen hábito de  perdonar y en su práctica evita que afloren el rencor y los resentimientos hacia otras personas. Y cuando al fin toma conciencia de su inutilidad, comprueba que con esas actitudes nada consigue y, muy al contrario, la soledad viene a dominar su vida, cargada ya de pensamientos ruines y resentimientos; sus energías se dispersan y pierde la oportunidad de avanzar en su progreso.

El perdón es la forma definitiva del amor

Reinhold Nieburhr. Teólogo y Politólogo Estadounidense

Estas reflexiones bien podrían concluir con la necesidad de perdonar cuantas veces resulte necesario, de perdonar hasta que el contrincante decline en su actitud de revancha y compruebe nuestra firme determinación en el perdón. La firmeza de carácter, la inalterabilidad en los objetivos y la fortaleza moral enriquecen y propician los gestos de hermandad y responden con un gesto de bondad ante otro de maldad, con flexibilidad y tolerancia ante la intransigencia, y con generosidad ante la envidia. Este y no otro es el modo de ganarse a los adversarios, mostrando firmeza ante sus puyas, mostrando que nada alterará nuestro rol y que no estamos dispuestos a seguir ese juego y añadir más leña al fuego. De modo que llegará un momento en el que, cansados, depondrán su actitud, sentirán que sus acciones les ridiculizan y comprenderán la pérdida de tiempo. Es entonces cuando florecerá la posibilidad de la reconciliación, cuando podrán asimilar el ejemplo recibido y constatar su deuda moral.

Esta es una nueva lección de amor, el proyecto más ambicioso del ser humano, el proyecto que muchos ni ven ni intentan alcanzar, postergando así su felicidad y progreso hasta que la ley les coaccione, más tarde o más temprano. Este es un esfuerzo para todos, unos para aprender a perdonar, otros para solicitar el perdón; no importa quién dé el primer paso. Devolver bien por mal, perdonar los errores ajenos y ser capaces de tender puentes hasta quienes un día nos odiaron es el camino a recorrer.

Cuando se ataca al ser humano, éste ha de defenderse, y así debe ser. Ciertamente hay que defenderse, pero evitando usar idénticas armas contra el agresor, sin ponerse a su altura o querer ser mejor que él; nuestra arma debe ser la autoridad moral, la actitud que brilla sobre cualquier tipo de provocación.

Defenderse no requiere ir contra nadie, defenderse es lícito, inclusive sufriendo daños, pero nunca cometiéndolos. De ahí la frase del Rabí: «Poner la otra  mejilla», con ella quiso dar a entender que para el progreso del espíritu, para el progreso de toda la humanidad, resulta preferible recibir un daño antes que cometerlo. Esta es una demostración de la prevalencia del espíritu sobre la materia pues, además de ofrecer un ejemplo vivo, evita contraer cualquier deuda física o moral.

Como vemos, a lo largo de este artículo han ido saliendo frases del Maestro Jesús, conocedor profundo de cómo era del estado evolutivo de nuestra humanidad, y sabedor de las pruebas y de los compromisos a superar por todos nosotros. Insistió en muchas ocasiones en la necesidad que tenemos de hacer ese esfuerzo,  esa limpieza de nuestra alma, para tolerar y comprender a nuestros hermanos, peregrinos como nosotros hacia la auto-superación personal, para lo cual es imprescindible aprender a perdonar y a tratarnos con respeto y humildad. Muy lejos estaban aquellos hombres contemporáneos de Jesús que practicaban el “ojo por ojo, y diente por diente”, sumiendo a ese pueblo en la barbarie y en la animalidad, encadenando una deuda tras otra en sus sucesivas encarnaciones, que es lo que conlleva actuar con sentimientos de odio, venganza y rencor, y practicando aquella ley brutal que permitía incluso la lapidación. Jesús no solo se manifestó totalmente opuesto a estas prácticas; abolió dicha ley y, en el momento supremo, cuando él mismo se enfrentó a su muerte, pidió el perdón para todos aquellos que, cegados por sus intereses espurios y materiales, le condenaron a sufrir un tormento y un sufrimiento brutal que no merecía.

Los planetas que han conseguido la catalogación de mundos de regeneración no admiten seres incapaces de perdonar, no admiten seres que arrastren a otros en su ceguera mental y espiritual, no admiten espíritus que no hayan depurado su carácter. Por tanto, no debe extrañar a nadie que a lo largo de nuestra vida surjan experiencias que les obliguen a tomar decisiones que prueben sus capacidades. El perdón es una virtud imprescindible y el Hacedor proporciona a todas sus criaturas la inteligencia necesaria para ejercerlo, y asimismo para superar las adversidades. Por ello, analicemos cuál es nuestra predisposición espiritual y aprovechemos las oportunidades para recuperar viejas amistades y zanjar viejas heridas.

Demostremos que estamos en condiciones de aceptar los errores ajenos, que somos capaces de devolver bien por mal, aun a costa de sufrir perjuicios propios. Cambiemos nosotros primero y dejemos al Creador el trabajo de modificar las conciencias recalcitrantes.

 

Terapia del perdón 2 por:Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra.

Es dos veces Bendito, bendice al que lo da y al que lo recibe. 

(William Shakespeare)

Artículo anterior: Terapia del perdón 

TERAPIA DEL PERDÓN

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Terapia del perdón

El perdón conlleva aceptar que toda persona está sujeta a equivocarse. Requiere tolerar el error ajeno, aceptar las ofensas, al entender que todos  estamos sujetos a un aprendizaje que compartimos con nuestros semejantes. Eliminar el egoísmo es primordial. Para muchas personas es su forma natural de comportamiento, de donde arrancan la mayoría de las desavenencias, malquerencias, rencores, odio y otros sentimientos de carácter ruin que quiebran las relaciones entre las personas. Perdonar es elevarse sobre todas estas actitudes de naturaleza mezquina e inferior que perjudican al espíritu. Es elevarse sobre el odio, los resentimientos y los deseos de venganza. Perdonar es desear el bien para todos, inclusive hacia los propios enemigos. Se trata de una de las pruebas más difíciles para el individuo, una prueba que muchas personas no consiguen superar por su escaso nivel evolutivo y por verse incapaces de poner en práctica las enseñanzas del Rabí de Galilea:

“Perdona a tus enemigos”.  «Haz a los demás lo que quisieras que hicieren contigo».

A veces, pedir perdón es un hecho que resulta muy difícil a todos aquellos individuos  que suelen ser propensos a los sentimientos de rencor o de venganza. Yo me pregunto: ¿Quién no querría ser perdonado por haber causado daño a otras personas? ¿Quién no se equivoca, aún sin quererlo? ¿Quién está libre de pecado? Sería injusto omitir el perdón si el daño fue involuntario, pero si el daño fue premeditado y voluntario, también sería necesario perdonar, ofrecer una muestra de amor y comprensión, de respeto y tolerancia, una muestra de superación y de autocontrol sobre sí mismo.

Se debe perdonar siempre, y esto no es un tópico, es un deber personal y social, porque perdonar despoja el alma de todo resquicio de  rencor y odio. Es deber de toda persona con deseos de luz y progreso mantener el alma limpia de maldad, de toda impureza. Recordemos ese dicho popular que dice: “no tiene perdón de Dios”. Este texto es una sinrazón, porque Dios lo perdona todo. Y el hombre, hecho por Él a su imagen y semejanza espiritual, debería seguir esta enseñanza, intentando perdonar con sinceridad y de corazón. ¡Qué lamentable ejemplo el del perdón a medias, del perdón con reservas, sin deseos de reconciliación y despreciando al contrario! Perdonar implica ayudar al antagonista a salir de su propia condición.

El perdón no es un acto ocasional, es una actitud constante. (Martin Luther King)

Si fallan las fuerzas por el orgullo herido, por la mente turbada y empecinada en su altivez, es en ese momento cuando debe aflorar el conocimiento espiritual, cuando debe surgir la comprensión, el buen hacer y el dominio sobre los sentimientos ruines; solo entonces quedarán atrás los resentimientos. Solo mediante el perdón puede el hombre despojarse de sus defectos y alcanzar su meta, que es el progreso. Y es que la incapacidad de perdonar no viene de la medida de la propia ofensa, del mayor o menor daño recibido, sino del orgullo herido. A mayor orgullo, mayor dolor percibido; cuanta mayor vanidad, mayor ofensa recibida.

Esto viene a demostrar que el freno al perdón viene de la medida de los propios defectos morales. «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen», tales fueron las palabras del rabí de Galilea, tal fue su caudal de perdón cuando, abandonado por todos, su cuerpo se estremecía bajo la tortura y los flagelos, cuando en el paroxismo de su dolor clamaba piedad al cielo, al Padre. Su dolor moral superaba al dolor físico, cuando los hombres, aquellos por los que había abandonado su morada, allá en planos elevadisimos de amor y de conciencia, que ni siquiera podemos imaginar; aquellos a los que había venido a enseñar e instruir mediante su amor, su palabra y su ejemplo, se cebaban en Él.

Aquel pueblo desconocía la magnitud del dolor causado, porque desconocía al Ser insigne que tenían delante y su auto-sacrificio, tratando de enseñar al hombre el camino del amor espiritual. Es por ignorancia, por el corto nivel evolutivo que atesoramos, que el hombre causa dolor a sus semejantes, pues de ser consciente, ciertamente lo evitaría.

El odio y el rencor son virus mortales; si penetran en nuestro interior son muy difíciles de erradicar, a menos que hagamos un esfuerzo y comprendamos con claridad el porqué estamos aquí, en este planeta Tierra, que nos somete a tantas y tantas pruebas y experiencias a fin de mejorar nuestra conducta y sacar a La Luz los valores que poseemos todos, sin excepción. Las experiencias que la vida nos presenta, sobre todo las más difíciles, están ahí por nuestro bien. Son el yunque y el martillo con el que domamos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, sin los cuales es muy difícil avanzar.

Si poseemos amor y humildad, si estamos ya en el camino del “conócete a ti mismo” y “ama a tu prójimo”, las heridas que nos puedan infligir se cerrarán enseguida, porque el amor y el perdón son un bálsamo que todo lo cura; pero si reaccionamos con odio y rencor, las heridas difícilmente se cierran, antes al contrario, se infectan y penetran en nuestro ser. El odio, los resentimientos, la venganza son ese veneno que nos va matando por dentro, destruye nuestro sistema nervioso, atrae negatividad e impide la felicidad. ¿Qué ganamos actuando así?

 

Terapia del perdón por: Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA DEMOCRACIA 2

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La democracia 2
Congreso de los Diputados de España

Una vez se llega al poder, la democracia, que lo es todo, empieza a dejar de existir. La democracia la tiene el que ha ganado, el pueblo la ha perdido, y hay que esperar a que llegue el momento en el que se pueda volver a votar y proceder al cambio de elegidos, si se llega al caso. Salvo en circunstancias muy especiales esto suele ser así, los que ostentan el poder se creen con autoridad para todo, y aunque la soberanía reside en el pueblo, que es el que se la otorgó,  éste ya no la tiene, es como si la hubiera vendido, y no la puede recuperar hasta la finalización del ciclo.

El pueblo, aunque sea soberano se hipoteca cada cuatro años. El pueblo soberano nunca gobierna, se deja gobernar y, si hay suerte y el gobierno es bueno, honrado y competente, pues mejor para todos. Pero si no lo es, mala suerte.

¡Y a esto le llamamos democracia!

La democracia se puede convertir en una dictadura. Dictadura, sí; consentida, pero no deja de ser una especie de dictadura. ¡Me han votado y con mis votos puedo gobernar como quiera! Sólo necesito escuchar al pueblo una vez cada cuatro años, después ya no me interesa la opinión de la ciudadanía. Si aprueban mis políticas o no las aprueban, qué importa, si yo gobierno como quiero.

Lamentablemente, maneras de proceder como esta suelen suceder.

En mi humilde comprensión y falta de conocimientos en política, no logro comprender qué significa ser un gobierno o partido de derechas, de centro o de izquierdas. Son, claro, denominaciones según la ideología de las personas que forman ese partido. Pero ¿los pueblos son de derechas, de izquierdas y de centro, acaso? ¿Hay trabajo de derechas y de izquierdas? ¿Hay industria de derechas y de izquierdas? ¿Hay agricultura, comercio, cultura de izquierdas y de derechas? La felicidad, el bienestar, el bien común no creo que sean de derechas y de izquierdas. ¿Quiénes se merecen mas, los de izquierdas o los de derechas?

Para quien escribe, esto no deja de ser parte de la falta de madurez del los pueblos, es decir, de las personas que componemos la sociedad; una forma mas de separar, dividir y enfrentar. ¿Acaso no somos todos iguales? ¿Acaso no todos tenemos igualdad de derechos y obligaciones? ¿Acaso el bien no es igual para todos, y lo que es malo  lo es por igual para todos?

Estamos muy alejados de crear una sociedad auténticamente igualitaria; vamos avanzando lentamente, demos gracias que avanzamos, aunque si pusiéramos un poquito mas de amor, lealtad, honradez y fuésemos mucho más escrupulosos a la hora de la toma de decisiones, olvidando nuestras preferencias e ideales, con toda seguridad que el gobierno y la democracia irían de la mano. Al no ser así y dejarnos llevar por los intereses y preferencias de nuestro corte político, se generan muchísimas discrepancias y desarmonías, lo que hace que el gobierno vaya por un lado y el pueblo por otro, quedando la democracia en evidencia, ya que brilla por su ausencia.

Se dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Esto puede ser una realidad, ya que en general poco hacemos por cambiar las cosas, dejamos que ocurran, y además justificamos a los políticos diciendo que da igual unos que otros, que todos los políticos son iguales y que todo el que llega ahí hace lo mismo.

Una buena comida necesita su punto de sal, unos ingredientes mínimos para lograr una elaboración satisfactoria. Así mismo, toda actividad en lo que concierne a la política debe estar auspiciada por ese puntito de honestidad y honradez, haciendo gala de las promesas hechas por y hacia el pueblo. Sin generosidad, sin ética, sin fraternidad no se puede gobernar, o mejor dicho, no se debería dejar gobernar. Fraternidad significa amor entre hermanos. Una buena política, una buena democracia puede unir y estrechar en gran medida los lazos que unen a las diferentes regiones de un estado, o por contra, pueden provocar o promover su enfrentamiento, la división o el rechazo de unas a otras. De aquí la gran importancia que tiene verse un país respaldado por un gobierno de todos y para todos, sin partidismos, sin exclusivismos, sin tendencias monocromáticas, que defienda a todos por igual y llegue a todos, respondiendo a las verdaderas necesidades de sus habitantes y no trabajando en favor de los poderes fácticos.

Sería un idealismo poder formar un gobierno en el que no prevalezcan solo los ideales y las personas de derechas o de izquierdas. Un gobierno formado por diferentes personalidades avaladas por su trayectoria y por su ética en lo humano y profesional. ¿No sería este un gobierno más democrático y mas universal? De lo contrario, lo que se tiene constantemente es a una parte del pueblo y de los gobiernos enfrentados con la otra, como si fuera un deporte.

¿Puede una persona sin principios espirituales, sin un ideal de servicio verdadero, sin rasgos de moralidad en su formación humana dirigir y gobernar el destino de todo un pueblo? Solo por poseer una licenciatura, por estar adscrito muchos años a un partido político, por ostentar un alto grado militar o por tener un carácter extrovertido y tener don de gentes, ¿eso nos capacita para llegar a la jefatura de un gobierno o alcanzar puestos de suma responsabilidad, o hace falta algo más?

Se nos suele olvidar, como casi siempre, la faceta humana de las personas. Ya lo dijo un sabio: Un árbol bueno da buenos frutos. Examinemos con detenimiento cuáles han sido los frutos que nos han dejado los gobernantes en estos últimos tiempos. ¿Qué porvenir les espera a los jóvenes? Comencemos por ahí.

La democracia, sin duda, está reñida con el poder. En cuanto se empieza a gobernar en base al poder que se ha adquirido, se comienza a faltar al respeto hacia los demás, porque el poder se opera con la fuerza, a través de la intransigencia y del miedo. El poder se manifiesta a través de los abusos, de la corrupción, y no piensa en los más débiles, solo cede ante un poder más fuerte. No puede haber democracia si ignoramos a una parte de la sociedad, por pequeña que sea, En general, tanto el poder como la justicia y el dinero solo benefician a unos pocos, olvidando al resto de la sociedad. Esto no es porque las ideologías sean más o menos acertadas, sino por las imperfecciones humanas que contaminan todo lo que tocan.

Sin ética y sin un carácter humanitario no se puede gobernar un país democráticamente. Todas aquellas personas que se atrevan a ejercer puestos de altísima relevancia en lo político tienen que ser, lo primero hombres buenos, personas honradas, gente de estado, y se les debería someter a un examen muy escrupuloso para detectar si posee esa ética y está a salvo de sucumbir ante las pruebas y las tentaciones que todo poder lleva consigo.

Por lo tanto, deberíamos depositar nuestra confianza no sólo por los conocimientos o por las tendencias políticas de cada cual, sino por su integridad y calidad humana, y por los deseos de servir y vivir por y para el bien común. Si se carecen de estas características, el fracaso llegará antes o después.

Recordemos la figura del Sublime Maestro, él no vino rodeado de poder, no vino rodeado de riquezas; su poder y su riqueza era su manantial de amor y de caridad, su sólo semblante, su calma, su seguridad y su integridad moral causaban impacto a todos aquellos que se le acercaban, era la gloria de su elevación espiritual la que se ganaba a todas las buenas gentes deseosas de aprender y de escucharle desde el fondo de su corazón. Sin embargo, aquellos que tenían inflado su orgullo y su corazón, aquellos que estaban dominados por el afán de poder y de riquezas, que habían convertido el templo en un local de negocio y servidumbre a los bajos instintos y pasiones, a aquellos no les penetró el mensaje, se rebelaron, no les interesaba ni la luz, ni la verdad ni el progreso espiritual, hasta el punto de llevarle a la cruz con el fin de que no les molestase y pudieran seguir en su círculo de mezquindad y materialismo en el que estaban sumidos.

Algo parecido ocurre ahora, el que ostenta el poder cierra sus ojos, rechaza todo aquello que pueda venirle desde fuera, y con esa falta de aperturismo de ideas se enredan en su estrechez de miras, desaprocvechando otras muchas ideas y maneras de hacer que pudieran mejorar sus políticas, y demostrarían de ese modo que son verdaderos demócratas y que no se aferran al poder, sino que, por responsabilidad y generosidad, saben ver por el bien de todos.

Si supieran la gran responsabilidad que se contrae, y que han de responder por todas las decisiones que tomen, actuarían de otro modo, pero una vez más el desconocimiento de las leyes divinas les lleva a cometer muchos errores, creyendo que el poder les otorga permiso para hacer todo lo que quieran sin tener que responder ante nadie. Craso error, ya que, a mayor responsabilidad, más cuentas se nos piden.

En fin, un tema muy controvertido y difícil de solucionar, pero al menos podemos opinar y dejar una reseña pequeña de lo que sería para nosotros el ideal de la democracia.

 

La democracia 2 por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

PRIMERO YO, DESPUÉS YO, Y FINALMENTE YO

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Primero yo, después yo, y finalmente yo.

En el camino hacia nuestro crecimiento interior hay un obstáculo que nos hace tropezar una y otra vez en los mismos errores, y que además impide nuestro desarrollo y evolución en el ámbito de la conciencia y en el despertar ese Yo Superior que es nuestra autentica realidad. Ese obstáculo, que deberíamos detectar lo antes posible si de verdad estamos interesados en nuestro progreso, es el egoísmo, con su abanico de aliados que suelen ir aparejados a él, tales como la envidia y los celos, la pereza y comodidad, la inconsciencia, la avaricia y la violencia.

Todo ello son tendencias perturbadoras y perniciosas que anidan en nosotros desde tiempos inmemoriales, y que suponen una fuerza ancestral; son un yugo que nos esclaviza y nos sumerge  en los confines del materialismo ciego y embrutecedor,  del ansia por poseer más y más, en razón de que, por mucho que poseamos, al no responder dichas pertenencias a la auténtica necesidad de nuestro espíritu, siempre nos harán falta más y más cosas.

Sin la visión espiritual del qué somos y cómo estamos, no tenemos otra perspectiva que ir en busca del placer, que es un sucedáneo de la dicha, de la felicidad y la plenitud que sólo puede sentir nuestra conciencia espiritual, nuestro espíritu eterno e inmortal; lo demás son meras aproximaciones desdibujadas que sólo son reales en nuestra mente confusa, desconcertada y descontrolada.

El yo superior, es decir uno mismo, se asemeja a un artista que, hasta que no ve acabada su obra, no la da por terminada, va elaborándola poco a poco; la ve plasmada en su mente, tiene los materiales a su alcance, las herramientas y entonces se dispone a ejecutarla, pero hasta que no la ve completa, con todos sus detalles, pulida, perfecta a sus ojos, fiel a su estilo y a lo que desea plasmar con ella, no la mostrará, seguirá trabajando en ella y perfeccionándola.

Esto es muy similar al trabajo que hemos de realizar,  como conciencia y entidad individualizada que somos, desde el mismo momento en que somos creados por esa fuente creadora que pobremente llamamos Dios. Cada nueva etapa que nos disponemos a realizar, cada reencarnación que la Ley de Evolución nos facilita, supone un reto, estando perfectamente planificada y estudiada en todos sus detalles. No existen el azar ni la casualidad, todo responde  a diferentes factores, como son los méritos adquiridos, el deseo de progreso, el karma del que nuestra alma se tiene que liberar en esa nueva existencia, y los objetivos establecidos.

Empezando por el cuerpo físico que como herramienta vamos a utilizar, pasando por la familia, el país donde renacemos, con las circunstancias y las posibilidades que este nos ofrece, toda esa amalgama de circunstancias y situaciones que habremos de vivir y experimentar, suponen los materiales con los que hemos de trabajar y desarrollarnos. Las herramientas son nuestras propias cualidades y capacidades, que estarán mas o menos perfeccionadas según el uso que hayamos hecho de ellas en el transcurso de la evolución, como consecuencia de nuestro pasado, más o menos remoto. En cada reencarnación recibimos aquellos frutos y circunstancias que son las que necesitamos para proseguir nuestro proceso de crecimiento interior. Como somos herederos de nuestro pasado, se nos presentarán pruebas y expiaciones acordes con todo aquello por lo que debamos responder.

De ahí la importancia de la reencarnación, que responde por nuestras necesidades a fin de corregir y terminar las pruebas, retos y objetivos que quedaron incompletos o mal acabados. La ley de causa y efecto nos devuelve aquello que sembramos, que son el fruto de nuestras acciones, que son la consecuencia de los pensamientos y sentimientos con los que alimentamos nuestra mente. Las enfermedades, el sufrimiento, las carencias, las fobias y manías, los desequilibrios y las perturbaciones de toda clase, no son otra cosa que nuestras pertenencias como consecuencia del libre albedrío y de la respuesta que damos a todo aquello que la vida nos va presentando. La falta del equilibrio perdido, por no saber y no ser conscientes todavía de qué es lo que somos y del estado en el que nos encontramos, traen como resultado dichos problemas.

No entender que nuestra realidad es conciencia y espíritu, que no podemos escapar de la vida, porque la vida es sólo una, aunque podemos estar encarnados con materia, o desencarnados, sin materia, nos lleva a ir sin rumbo, dominados por los vicios y pasiones de este plano material en el que tanto predominan los bajos instintos sobre nosotros. Todo lo que no sea trabajo en pos del progreso, de la evolución y de la mejora interna es complicarnos la vida, el futuro, y tejer nuevas vidas de dificultades y dolor en próximas encarnaciones.

Esa falta de comprensión del porqué y para qué estamos aquí, nos lleva a pensar exclusivamente mediante nuestro ego, ese ego inferior, que sólo piensa en sí, y que se aferra a las posesiones. Ese ego que mantiene un apego hacia lo material, porque es lo que ve y puede palpar; su conciencia no se ha ampliado hacia la realidad, que consiste en el ser, no en el poseer, de ahí que estemos toda la vida pensando en primero yo, después yo, y finalmente.

Cuando somos conscientes de nuestra realidad, dejamos de buscar la felicidad fuera de nosotros, comenzamos a descubrir todo aquello que llevamos dentro, comenzamos a enriquecer nuestra alma con los valores y la ética, comenzamos a levantar los cimientos de nuestra personalidad, sabemos en qué nos queremos convertir, y en la medida que nos vamos desarrollando, aprendiendo de verdad lo que es la vida -que es eso, un continuo aprendizaje-, empezamos a sentir esa dicha y felicidad interior.

Empezamos a comprendernos y a trabajar en aquello que nos interesa, el auto descubrimiento. Desde ese momento, si nos proponemos firmemente avanzar, reconocer nuestras limitaciones y aceptarnos como árbitros y dueños de nuestro destino, la vida nos parecerá otra cosa, será un trabajo en la búsqueda y el acercamiento hacia nuestra fuente original, esa energía cósmica, fuente de luz y amor y de abundancia, y dejaremos de culpar a los demás y a la sociedad de nuestros problemas y de la infelicidad que sentimos.

El despertar del amor será una preferencia fundamental en nuestras vidas, el deseo de compartir, el deseo de mejora día a día, de luchar contra nuestras limitaciones e imperfecciones. No nos preocuparán las posesiones externas a nosotros, sino lo que llevamos dentro, que es lo único que nos pertenece, aquello con lo que nos vamos al otro mundo.

Empezamos a comprender que el egoísmo nos endurece el corazón, nos aísla del resto de los seres humanos, nos entorpece y nos aleja de la ansiada perfección. Es entonces cuando se empieza a ir difuminando la filosofía del primero yo, después yo, y finalmente yo; que había sido nuestra forma de vida. El egoísmo en realidad es una enfermedad del alma. Si en los primeros estadios de la evolución el egoísmo puede tener algún sentido, debido a la dureza de las primeras etapas de nuestra evolución, a medida que se va avanzando ha de ir superándose, ya que el egoísmo es antagónico al amor, y junto con la ignorancia es el mayor obstáculo, no solo para el progreso espiritual, sino también para alcanzar la armonía en las relaciones humanas.

El egoísta no sólo sufre porque no halla la felicidad que persigue, equivocadamente, en los placeres materiales y al pensar exclusivamente en el mismo, sino que también hace sufrir a los demás.  Ningún egoísta puede jamás alcanzar la felicidad, porque nunca logra estar satisfecho consigo mismo, y mucho menos alcanza la alegría ni la felicidad en su entorno, porque el propio egoísmo hace que las personas se alejen de él, y aunque el egoísta no se da cuenta de su condición, con el tiempo, al ver todas sus ilusiones frustradas y verse rodeado de soledad, va cambiando y cediendo, ya que el ser humano está creado para vivir en sociedad y rodeado del cariño y el amor de sus semejantes, y eso es algo que nunca se logra a través del egoísmo.

Todo en la Naturaleza es dar, nada nos pertenece. Dios es amor. En los planos espirituales superiores sólo se dedican a dar, a ofrecer, a ayudar, a contribuir en la obra universal, interpretando de manera justa y sabia las leyes espirituales. Hagamos nosotros igual, dejemos de pensar sólo en nosotros mismos, en nuestras condiciones e intereses; salgamos de la ignorancia y comencemos a practicar el bien, a darnos a los demás, a sustituir el yo para ver las necesidades de nuestra sociedad, de nuestros seres más allegados; así veremos cómo empezamos a sentir el modo en que vienen a nosotros una alegría y felicidad antes desconocidas. Esa es la fuerza que llega a todos de nuestro Padre, pero que si no estamos en buena actitud y predisposición no somos capaces de retenerla.

Primero yo, después yo, y finalmente yo por:   Fermín Hernández Hernández

©2018, Amor, Paz y Caridad

LA DEMOCRACIA

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La democracia

Comienza aquí una nueva sección. En ella pretendemos abordar aquellos temas de interés general que van surgiendo en el día a día de la sociedad actual. Nuestro mundo evoluciona y cambia constantemente, surgen nuevos interrogantes, nuevas tendencias, la ciencia avanza, la sociedad da giros en su comportamiento, la tecnología nos abre nuevas pautas e incógnitas, la medicina ha entrado en una nueva fase de descubrimientos… son muchos los pormenores a los que nos podemos enfrentar, nuevas incógnitas que debemos despejar y debemos tener  claridad de lo que significan.

Muchos acontecimientos se van sucediendo mes tras mes en nuestro entorno; qué pensar de las guerras que se siguen produciendo, a qué responden, qué pensamos acerca de los acontecimientos que causan un impacto en gran parte de nuestra sociedad; por poner un ejemplo reciente, qué pensamos acerca de la igualdad de las mujeres, que lleva a las mismas a organizarse y manifestarse por doquier; qué pensamos de la homosexualidad; de la eutanasia, que por el principio de la «muerte digna» se está poniendo tan de moda. Qué pensamos, en general, de los problemas que acucian a nuestro mundo y que causan tanto sufrimiento, como el paro, el hambre, el terrorismo; y de la ciencia, con todos sus avances en astrofísica, neurocirugía,  medicina en general.

El mundo está cambiando; nos estamos adaptando a él; avanzamos nosotros como espíritas; estamos integrados en la sociedad. Sí. No. Qué podemos hacer. Cuál es nuestra opinión en muchos de los temas de actualidad que a todos nos afectan de una manera más o menos directa. Son muchas las circunstancias que han cambiado en nuestro mundo, nuevos retos y formas de actuar nos demandan respuestas.

Esto es lo que nos proponemos abordar en esta nueva sección, poner un poquito de luz, según nuestra filosofía, que responde sin lugar a dudas a cuantos temas e interrogantes se puedan suscitar, ya que el espiritismo no es una doctrina o ideología estática, sino que está llamada a evolucionar de la mano del progreso, de la ciencia, así como de las comunicaciones que van surgiendo por vía de la mediumnidad, por diferentes espíritus y médiums.

Comenzamos, pues, esta nueva sección, con el titulo: Bajo la Luz del Espiritismo, abordando el tema DEMOCRACIA.

Debido a la situación socio-política que atraviesan muchos países, cada día vemos cómo se apela más y más a la palabra “democracia”. Se pronuncia repetidamente en todos los medios de comunicación; los políticos y los círculos de poder se aferran más y más a esta expresión, como si  tan solo con pronunciarla se fuesen a arreglar los problemas que acucian a cada nación, o a cada pueblo. Sin embargo, como ocurre con todas las cosas, si no se ponen en practica los valores esenciales de las doctrinas o ideologías, estas quedan vacías de contenido.

 Veamos el significado de esta especial palabra según nuestro diccionario: DEMOCRACIA: “Sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes”.

Democracia representativa: “también conocida como democracia indirecta, es una forma de gobierno donde los ciudadanos ejercen el poder político indirectamente, a través de sus representantes, elegidos mediante sufragio, en elecciones libres y periódicas”.

Existe, pues, un problema nada más comenzar a poner en práctica la democracia, que radica básicamente en la honestidad, la honradez y en la vocación de los elegidos, para defender la soberanía del pueblo, ya que el poder es soberano y radica en el pueblo, que elige a sus gobernantes para que pongan todas sus capacidades y cualidades, conocimientos y valores en la toma de decisiones que vayan en favor del pueblo, sin mirar en ningún momento por sus intereses personales, de partido, o de cualquier otra cuestión.

Y digo que podemos tropezar, nada más comenzar, con un problema. ¿Por qué? Sencillamente porque, al no ser perfecta ninguna de las personas que habitan este mundo, es muy difícil estar dotado de una entereza, integridad moral y honradez tales para poder resistir las tamañas influencias, perturbaciones, sobornos y cuantas perniciosas situaciones ha de enfrentar un político, al verse dotado de un poder que puede influir en gran medida en el beneficio propio, de empresas, industrias e intereses particulares o sectoriales de todo tipo.

Por lo cual, sería muy conveniente realizar un exhaustivo estudio,  análisis e investigación de todas aquellas personas que se puedan presumir como candidatos a ejercer puestos de elevada posición en los círculos políticos y de poder, en relación a su preparación ético-moral y su grado de compromiso y fidelidad al pueblo, verificando que a priori son candidatos dignos de otorgarles la confianza, por su trayectoria y por los hechos probados; o al menos, que existen menos posibilidades de que incurran en los defectos comunes en los que se suele incurrir. De lo contrario sería poner en riesgo lo que es público, sometiéndolos además a una serie de pruebas y tentaciones que pudieran no ser capaces de gestionar debidamente. De ahí que se generen tantos casos de corrupción, y que muchos países estén sumidos en un caos de gobierno por la incapacidad de los mismos de mantener unos mínimos cauces de democracia real.

Sin embargo, esto no es así. En principio, todo el mundo tiene el mismo derecho de presentarse a unas elecciones y alcanzar los puestos mas relevantes. Pero la pregunta es: ¿Estamos todos preparados para ejercer dicho honor y tamaña responsabilidad que recae sobre aquel que se ha elegido para gobernar todo un país?

¿No seria mas razonable conocer a fondo a la persona, comprobar cuál es su grado, no solo de conocimientos, sino también de honorabilidad, honestidad, honradez y sinceridad?  En estos aspectos ¿cuál es su curriculum? ¿Cuáles son su bagaje y experiencia? ¿Y qué grado de altruismo le acompaña a su personalidad? ¿Qué grado de solidaridad manifiestan? Son muchos los valores éticos y morales que deben acompañar a un gobernante, ya sea de toda una nación, de una comunidad o simplemente de un pequeño pueblo, porque se ha  depositado en él la confianza de muchos, y tiene que velar por ello, desentendiéndose de otros muchos aspectos personales, familiares, etc.

Cuando se toma esta altísima decisión y se asume esta responsabilidad, se le debe dedicar a tiempo completo, como suele decirse en cuerpo y alma, dejándose aconsejar y orientar también por un gran equipo de la mayor confianza, que estén dispuestos asimismo a renunciar y sacrificarse en aras del bien común, haciendo auténticas las promesas y el juramento de velar por la ley y cumplirla.

No obstante, si no se está acompañado de un carácter tan grande, como es la responsabilidad que se acomete, pronto las palabras se quedan en palabras, las promesas se las lleva el viento y los programas presentados no se cumplen, se olvidan una vez alcanzado el poder…  Y lejos de abandonar sus posiciones y reconocer que se han equivocado, que no son capaces de cumplir con sus promesas, se aferran al sillón e impiden que otros ocupen su lugar e intenten otros caminos. ¿Eso es Democracia?  ¿Eso es serio? ¿Eso es responsable? Comienzan a producirse las tomas de decisiones que no están encaminadas al beneficio y prosperidad de ese pueblo que les colocó en ese lugar y les cedió su confianza. Brotan los personalismos, los idealismos sectoriales, se entrecruzan los problemas y la necesidad de resultados económicos, al tiempo que se van produciendo los desencantos por parte de la población.

Generalmente, para muchos gobernantes la población es una cosa secundaria; hay intereses más urgentes, compromisos más importantes; la población tiene que sufrir y padecer en muchos casos penurias; tal es la FORMA DE RESOLVER MUCHOS PROBLEMAS, “ EL SUFRIMIENTO DEL PUEBLO”, llegando hasta el olvido y el abandono de sus gobernantes, que están sumidos en sus propias ideas e intereses de parte. Lo macro aplasta a lo micro.

Normalmente, se capta enseguida la discrepancia existente entre el pueblo, al que debes cuidar y proteger y llevarle hacia la mejora paulatina de sus condiciones, y el gobierno, pero generalmente está aclamación es desoída. El argumento suele ser que no se puede hacer otra cosa. Al pueblo, que además de soberano suele ser también sabio,  que quiere ir por otro lado, se le ignora; a ese pueblo al que estás decepcionando y engañando, porque no haces aquello que le prometiste, se le desoye continuamente. Y como estamos en democracia, la oposición no cuenta para nada, porque no tiene el numero de votos necesarios para poder cambiar el rumbo y la deriva hacia la que camina. La democracia es mía y de nadie más. (*)

Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

(*) Continuará en el próximo número.