Perfección Moral

LA CODICIA

La codicia es una de las mayores lacras de la personalidad. Está emparentada con la avaricia, y en ambos casos es una forma de egoísmo que conduce al individuo hacia un afán desproporcionado de bienes y riquezas. Es una manifestación de ese mismo egoísmo, aunque bajo la forma de un deseo enfermizo de acaparar bienes. Quienes la padecen basan su vida en la lucha por explotar todos los recursos a su alcance y aprovechan cualquier ocasión que les permita incrementar su patrimonio, su riqueza, su único fin y en el que basan su mediocre existencia. Para ellos, el vocablo compartir no existe en el diccionario particular.

Podemos ver a esos dirigentes, directivos, empresarios, en su búsqueda de beneficios siguiendo la pauta que les marca su egoísmo, su codicia. Nunca se dan por satisfechos con lo que consiguen y luchan enfermizamente por arañar más y más riqueza y poder. Trasladan sus negocios y producción a países del tercer mundo, allá donde el coste de producción, de mano de obra, sea especialmente bajo, y abandonan a su suerte al equipo humano que les ayudó a crear su modo de vida. Poco importan las riquezas acumuladas, poco importa que excedan cualquier necesidad, suya o de sus familiares y descendientes.

No dudan en explotar, tanto como les sea posible, la mano de obra ya de por sí barata de esos países. No importa si en paralelo están dando un paso más en la escalada de los conflictos económico-laborales del planeta, no importa si para ello deben explotar a menores, y no importan las duras horas de rutinario trabajo. Llegan inclusive a buscar que sus trabajadores vivan dentro de la propia factoría y en vergonzosas condiciones de hacinamiento e insalubridad. Su codicia les impide ver las condiciones infrahumanas que están creando y en las que se mueven sus trabajadores. Poco les importa su sacrificio y la escasa remuneración.

Son precisamente esas marcas de mayor renombre, esas marcas conocidas y famosas, esas que pasan por nuestra mente, las multinacionales en las que sus propietarios y directivos engordan las filas Forbes de los más ricos del mundo. Y no necesitamos salir de nuestro propio país para localizarlas. Sus propietarios y directivos han adquirido fama y prestigio huyendo de pararse a analizar los medios empleados para conseguir fortuna. No dudan en emplear los recursos a su alcance para alcanzar los fines buscados, la riqueza. ¿Y qué decir de las comisiones y  sobornos a funcionarios de toda condición para conseguir los permisos y licencias necesarios?

Tampoco es que les importe en gran medida contaminar ríos y mares o esquilmar la ya castigada naturaleza; poco importa talar bosques o agotar los recursos de mares y océanos. Son muchas ya las especies extintas y muchas más las que se verán borradas de la faz del planeta en aras de los beneficios personales y empresariales.

¡La codicia impone su ley! ¡Su razón de ser son los beneficios a cualquier coste!

Los mismos gobiernos, en su afán de crecimiento y buscando una economía más fuerte, respaldan sistemáticamente ese tipo de actuaciones. Poco importa la irreversibilidad de los daños generados a la naturaleza y al ser humano.

Es tal el poder de la codicia, que ciega al individuo, le lleva a alterar la naturaleza, a convertir vergeles en desiertos, a eliminar cualquier rastro de vida en tierras y mares, a emponzoñar el aire y a convertir los ríos en ciénagas; le lleva a esclavizar a millones de personas. Poco importa el peaje.

A todos estos movimientos se les denomina “progreso”. Crear fábricas cada vez mayores y de mayor cuota de producción, industrias capaces de contaminar y destruir el medio ambiente, sabiamente se les denomina “conquista”, “éxito empresarial”, “excelentes resultados económicos”. Vale cualquier calificativo pomposo. Pero satisfacer la codicia de unos pocos castiga irremisiblemente a la totalidad. Sea como sea, termina generando consecuencias difícilmente corregibles en el tiempo.

¡Y que nadie se interponga en su camino! Será tratado de revolucionario, comunista, delincuente; correrá el riesgo de arriesgar incluso la vida. Nada puede interponerse a la codicia, ésta impone su imperio, sus beneficios.

Sin duda, podemos afirmar que la codicia del ser humano se ha convertido en una lacra que destruye y corrompe cuanto le rodea; corrompe la política internacional, la sociedad y la misma economía. En la medida que el hombre es incapaz de aceptar lo conveniente para vivir, de poner en valor cualidades como las relaciones sociales, el calor humano o la amistad; en la medida que el hombre se vuelve incapaz de alcanzar su felicidad en el trato con sus semejantes, en la búsqueda de la paz de conciencia, sus instintos más primarios le llevan hacia derroteros desconocidos, hacia un afán desmedido de riquezas y posesiones, al materialismo más embrutecedor.

El hombre es el único ser incapaz de aprender de sus errores, de mirar hacia atrás y aprovechar su propio pasado. Se estrella siempre contra la misma roca, la roca de la codicia, la roca que le lleva hacia su autodestrucción, hacia una sociedad corrompida que camina hacia su propia ruina.

Esta civilización ha evolucionado al influjo de las imperfecciones humanas, de los defectos que han modelado sus emociones y sentimientos. Son los ladrillos que han sustentado al ídolo de barro. Se ha despreciado el bien común, las necesidades de personas y familias, de los más débiles; se ha dejado de lado la búsqueda de una sociedad más justa y armónica donde la solidaridad y la justicia sean la pauta a seguir. Muy al contrario, esta civilización está construyendo un mundo a medida de los dictadores, poderosos y déspotas.

Con disimulada apariencia de legalidad, muchos poderosos, gobernantes, políticos y seres mezquinos han venido ostentando responsabilidades públicas y políticas, aferrándose a una falsa legitimidad creada por ellos mismos y ausente de toda ética o moral. Ellos mismos se han auto legitimado ¡poco importan lo demás!

Así, muchas directrices y políticas son, en esencia, antisociales. Los servicios, las infraestructuras, todo lo que dignifica a una sociedad y al hombre apenas si alcanza a la mayoría. Gran parte de esos recursos aterrizan, como siempre, en los bolsillos de los poderosos; al pueblo solo le restan las migajas.

No es intención de este redactor analizar aquí esta difícil problemática, ni posiblemente tenga lugar exponerla, aunque sí adecuado citarla. En el pasado reciente de esta sociedad global hemos verificado cómo las guerras han comenzado siendo primero de divisas, más tarde comerciales, y finalmente bélicas. Si con los parámetros adecuados pudiésemos analizar las motivaciones reales de las dos últimas guerras mundiales, con certeza quedaríamos sorprendidos de su conclusión.

Las guerras son un ejemplo significativo de cómo la codicia ejerce su imperio y busca ser el camino a seguir; vemos cómo se habilitan guerras para vender armamento, municiones y equipo bélico; vemos cómo se destruyen ciudades, puertos e instalaciones militares y civiles; vemos cómo se masacra a millones de personas en aras de la codicia, para luego, y por arte de magia, surgir estamentos dispuestos a reconstruir todo, entidades que han convertido las guerras en un lucrativo negocio. Nada puede frenar la mente de los codiciosos, ni tan siquiera la crueldad. Para ellos el fin justifica cualquier medio.

La codicia sigue siendo una de las mayores lacras de la humanidad, destruye la buena voluntad y aparta al individuo de la senda del auténtico progreso. La verdadera civilización implica la autoconstrucción interior, la autoedificación en la intimidad de cada ser; implica hacer de este mundo un planeta en el que todos tengan idénticas posibilidades, un lugar donde se apoye a los débiles y donde se les ayude sin explotarlos; representa darles, no la guerra, sino la paz.

¡No vendamos armas o equipamiento militar, más bien enseñemos a desarrollar sus propios países en el trabajo y la constancia!

¡Ayudémosles a evitar nuestros propios errores!

La codicia por:      Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

Anteriores Artículos

LA RENUNCIA NOS ENGRANDECE

Siguientes Artículos

SERES VENIDOS DE OTRAS ESFERAS

Sin Comentarios

Deja tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.