Perfección Moral

LA PEREZA 2

Pereza mental.- Es otro aspecto muy perjudicial, pues como espíritus en proceso de evolución, la materia nos lleva a la distracción, la materia nos llena la mente de deseos y solo busca su autoafirmación; pensar, reflexionar, analizar las cosas, debatir, dialogar, tomar decisiones también requiere de un esfuerzo importante, a veces superior al esfuerzo físico, y esto no gusta a la mente. La mente la utilizamos en un porcentaje ínfimo de su capacidad, prefiere estar ocupada más en las cosas exteriores y en criticar o censurar a los demás (y de ese modo se justifica a sí misma), antes que pensar en la forma de mejorarse y en perfeccionarse, en aprender y adquirir cultura y sabiduría.

También suele ser orgullosa y pretende estar por encima de los demás. El orgullo conduce  al amor propio, a la vanidad; es decir, prefiere coger otros caminos antes que el de la humildad y la sencillez, y entonces comienza a faltar al respeto a sus semejantes, a menospreciarlos y a establecer divisiones y diferencias entre los mismos por cualquier motivo, que no tiene en realidad ninguna relevancia. Una mente orgullosa y cómoda jamás encontrará el camino del bien y del progreso porque no encuentra nunca sus propios defectos y sí los de los demás, y relega tomar la responsabilidad de conocerse a sí misma tal como es para mejorar y progresar, eliminando los vicios e imperfecciones.

Pereza existencial.-  Tan dañina es la pereza que puede hasta llegar a menospreciar lo que más valor tiene para el ser humano, “la propia vida”. Llega un momento en que al vago y al perezoso nada les importa, todo les da igual, todo carece de valor, nada tiene sentido, ni siquiera la vida; han llegado a un nivel de desinterés, de abulia y desconexión con el mundo real que todo les cansa, todo les aburre y llegan a sentir que la vida no tiene ningún sentido, no sirve de nada, llegando a un grado de desinterés en el que ni siquiera quieren vivir, prefiriendo dejar esta vida que para ellos es pesada, injusta y todos los calificativos negativos que queramos. No agradecen nada, no sienten deseos de realizar nada, la vida carece de ilusiones y de incentivos. Hasta ahí nos puede llevar esta imperfección tan grave como  es la pereza.

En lugar de agradecerle a la vida la oportunidad que tenemos para aprender, progresar, descubrir cosas nuevas, ideas, conceptos, proyectos y objetivos, estamos siempre cansados y nada nos motiva. Es un peligro especialmente para los más jóvenes, que en el momento actual de nuestra humanidad solo ven a su alcance metas y objetivos materiales, el éxito a corto plazo y a cualquier precio, y carecen en su fuero interno de objetivos y motivaciones transcendentales de orden superior.

Pereza espiritual.- Es la pereza por la búsqueda de sí mismo, la ausencia de compromiso de tipo espiritual. La comodidad nos frena ante la posibilidad de tener que ser fieles a una doctrina, al cumplimiento de unas normas, a tener que cambiar nuestra conducta. Somos reacios a adaptar nuestra vida acorde a una filosofía espiritual; nos gusta nuestra vida tal como está, y realizar cualquier cambio puede resultar un imposible, otro esfuerzo y trabajo que no estamos dispuestos a realizar.

Antes preferimos renegar y dudar de la necesidad de la espiritualidad; nos rebelamos ante Dios al no querer admitir ni comprender que estamos aquí por una razón primordial, caemos en el ateísmo y la incredulidad por pereza y comodidad, por la falta de valores que no hemos sabido incorporar a nuestras vidas, y culpamos a la providencia de nuestros males. Esto supone una falta a la Ley de Dios, que es progreso incesante y búsqueda del bien y de la felicidad, tanto de uno mismo como de todo el género humano.

SOLUCIONES.-  No obstante todo lo anterior, soluciones siempre hay, pues estamos aquí para triunfar, para hacer realidad todos aquellos logros y aspiraciones que desde el plano espiritual nos propusimos. Como bien sabemos, cuando se nos da una encarnación es para nuestro bien, para adelantar; todos venimos a la vida a realizar una serie de proyectos más o menos elevados, dependiendo de la situación y el grado de elevación de cada uno.

Casi siempre, el hecho de caer en este defecto de la pereza se debe a que llevamos una vida de rutina y monotonía; nos faltan alicientes, nos falta conocer y estar convencidos de que la vida nos reserva lo mejor, amor, sabiduría, felicidad, mil y una alegrías, pero hemos de alcanzarlas por nosotros mismos, fruto del trabajo y la dedicación a nuestro perfeccionamiento y a compartir nuestra vida con todo el género humano, comenzando por aquellos seres más allegados.

Lo más importante es ponerse en acción desde que comenzamos a tener conciencia de que hay una realidad transcendental y de que nuestra vida no es en vano. No podemos estar parados, si mantenemos la mente abierta y el espíritu con iniciativa siempre tendremos algo que hacer y evitaremos caer en el hoyo de la pereza y el aburrimiento, al que poco a poco vamos cayendo si nos dejamos llevar por la desidia y la comodidad.

Debemos tener una dirección clara, marcarnos unos objetivos y trazarnos el camino a seguir. A poco que nos analicemos, veremos cuáles son nuestras necesidades espirituales más perentorias, así como sabremos cuáles son nuestras cualidades y valores con los que podemos aportar y participar de aquello que haga falta a nuestro alrededor. Siempre que tengamos metas y aspiraciones que conseguir mantendremos abierta la puerta de la ilusión, y sabremos dónde dirigir nuestros pasos; no nos faltarán cosas que hacer y el día se nos quedará corto.

Ayúdate, que el cielo te ayudará, reza un dicho popular, y muy cierto que es. Siempre que ponemos nuestros recursos en marcha y la buena voluntad, del cielo se nos vuelcan infinidad de hermanos espirituales que vibran también con deseos de amor y ayuda hacia todos los seres humanos; se sentirán atraídos por nosotros, con lo cual incrementarán nuestras ganas y deseos de progreso. Si no tenemos una línea clara de actuación y no nos marcamos un propósito es como andar huérfanos en la vida, sin un rumbo a seguir, con lo cual estamos dejando que ese caballo mencionado anteriormente, que es nuestro cuerpo físico, ande desbocado sin un norte al que conducirse y, por lo tanto, está a expensas de cualquier cosa que se le atraviese en el camino para despistarse y abandonarse.

Comencemos por cosas fáciles, marquémonos metas a corto plazo, despertemos nuestros valores adormecidos con la fuerza de voluntad y veremos cómo la pereza y el hastío no anidan en nosotros. Seamos conscientes y responsables. Primero es por nosotros, y de paso beneficiaremos y contagiaremos a nuestros seres queridos de nuestro entusiasmo y deseos de vivir. Agarrémonos a la vida con fuerza e ilusión, muchos seres espirituales velan por nosotros para que logremos realizar nuestras metas personales, íntimas, y dejemos la materia y este mundo transitorio habiendo hecho un uso adecuado y acertado de todo cuando la vida puso frente a nosotros.

La satisfacción que hallaremos una vez nos encontremos en el plano espiritual y podamos presentar todo aquello realizado en la Tierra: las pruebas superadas, los compromisos cumplidos, el amor y la ayuda vertida a nuestros seres queridos y semejantes es incomparable con todo cuanto podamos sentir aquí en este planeta; es algo que no podemos imaginar.

De la otra forma, nuestro espíritu se va apagando año tras año al comprobar que no pone la fuerza suficiente para educar su materia, su mente y todas sus emociones, y en la misma medida que vamos abandonando el trabajo espiritual, la fuerza y la voluntad se empequeñecen. Este hecho conduce a muchas personas, que tienen cierto grado de sensibilidad, a la depresión, la cual muchas veces tiene su razón de ser en esa lucha que sostiene el espíritu con el entorno material, el cual le puede, y como consecuencia de esa realidad que ve que no puede cambiar, entra en esos estados de desequilibrio y de desajustes emocionales como la tristeza, la apatía y el desencanto por la propia vida.

La tristeza, aunque esté justificada, muchas veces solo es pereza. Nada necesita menos esfuerzo que estar triste. SÉNECA.

Pereza 2 por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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