Bajo la Luz del Espiritismo

CRISIS ¿QUÉ CRISIS?

¿Qué resulta más preocupante para los ciudadanos españoles y, por extensión, para los habitantes de nuestros países aledaños?

Según indican las encuestas de estos últimos años, y siempre con una clara dependencia del momento y las circunstancias que confluyen, las causas de preocupación, tanto para europeos como para españoles son, y en el mismo orden, las siguientes: el paro, la economía, la corrupción, el fraude, el terrorismo, la seguridad, la justicia, la sanidad y la educación.

Podemos observar que, separadas de los primeros lugares, quedan problemáticas tan importantes como la educación, la investigación y el desarrollo científico. Como simple curiosidad, podemos observar que se omiten, por citar algunas: la cultura, la paz global, la hermandad, la solidaridad, la convivencia, la comprensión, la felicidad, el respeto, la pobreza, el hambre y la enfermedad. En suma, todas aquellas actuaciones humanas que ayudan a que este hogar planetario se pueda convertir en un lugar de convergencia para los hombres; en un lugar donde primen el progreso, el trabajo y las ganas de vivir.

El egoísmo global imperante, junto con el personal (pues no podemos olvidar que el primero no es sino un mero reflejo del segundo), el orgullo, la ambición y la falta de valores, todos se han generado por una transmutación del pensamiento, del comportamiento y de las pautas de conducta humanas que han variado sustancialmente a lo largo de estas últimas décadas. Bien se podría decir, sin miedo al equívoco, que la sociedad actual se ha modificado profundamente, y que las formas y procedimientos de antaño en nada se parecen a los actuales, al igual que los métodos educativos o el modo de vida predominante. Y todos esos resultados se están manifestando aquí y ahora.

La civilización que nos rodea ha cambiado global y tecnológicamente; ha cambiado la sociedad, la forma de vida y el modo de interpretar el mundo que nos rodea. Y este cambio posiblemente sea de una mayor extensión en este último siglo que a lo largo de los dos últimos milenios.

Y no es que se pueda decir que el pasado fue mejor, o que la vida actual también lo sea. Se trata simplemente de pautas de conducta diferentes y de estructuras de pensamiento y comportamiento también diferentes, que obedecen a las circunstancias reinantes y al propio nivel evolutivo de la sociedad. Esta civilización no sabe, no puede, estar inmóvil, pues se encuentra en una  permanente transformación. Y estas alteraciones son apenas visibles día a día, aunque sí en el medio y largo plazo. Y un frío análisis podría mostrar en qué aspectos ha mejorado y en cuáles ha perdido valor. Como en cualquier otra faceta de la vida, el tiempo viene a imponer su ley y dibujar el futuro de la sociedad en que vivimos.

Cita una frase popular que “cada época tiene sus flores”. Y esta época viene marcada por una crisis global de los valores. Todo lo que nos rodea así lo demuestra, pues el planeta se encuentra inmerso en una permanente crisis; crisis económica, crisis financiera, crisis de materias primas, crisis laboral. Son tantas y tantas crisis que sería muy extenso enumerarlas aquí. El hombre ha convertido esas “crisis” en un hermoso cajón de sastre en el que todo cabe, donde todo queda justificado y excusado. Por otro lado, sabemos también que las crisis son cíclicas, que se repiten cada determinado espacio de tiempo, y sabemos también que finalmente aprendemos a superarlas, aunque en sus inicios desconozcamos cómo hacerlo. Y así, las vamos asumiendo y amoldándonos a su ley… en la medida que resulta posible.

¿Alguien se ha planteado, con claridad de ideas, cuáles son los orígenes de estas mal llamadas crisis? ¿Se ha interesado alguien en buscar la raíz de los problemas o las circunstancias que las motivan? ¿Nos creemos realmente sus argumentos?

Sabemos que no existe un interés real en la búsqueda de soluciones porque todo está movido por los engranajes económicos del poder y el dinero, que todo se analiza bajo criterios económicos y políticos, bajo el criterio de las macroeconomías que imponen su latido en la sociedad, que todo se mueve bajo el criterio de las grandes empresas, las multinacionales, los monopolios, la bolsa o los mercados. Todas estas organizaciones son, a la postre, las dueñas reales del planeta. Contra ellas es inútil luchar y esa decepción lleva al individuo a asumir que poco, muy poco, o casi nada, puede hacer. Solo le queda asumir y padecer sus imposiciones, cual mandato divino. Curiosamente, esos gigantes nunca se ven atravesando crisis alguna, y son cada día más fuertes, ricos y poderosos. Para ellos el corazón no late, únicamente late por los beneficios, por el dinero; sus pulsaciones son en dólares, yuanes, euros o yenes; por sus venas corren cifras y números y poco importa todo lo demás, les motiva únicamente su propio beneficio.

Una vez más, el destino de nuestras vidas queda trazado por los sectores materiales, financieros o macroeconómicos. La falta de humanidad y solidaridad entre las personas, entre los habitantes de este convulso planeta, propicia todo cuanto está sucediendo y que está degenerando en una fuerte decadencia moral y social. La crisis afecta a toda la humanidad y no exclusivamente a esta parte del planeta, occidente; está generada por la falta de fe del individuo, por la falta de fe de todos los seres humanos, de los hijos de un Dios todopoderoso que no está formado de cartón-piedra, oro, plata o petróleo. Y ese no es el Dios de la industria, ni de los intereses, es un Dios de amor, de luz, un Dios de verdad que a todos encamina hacia la senda del progreso, a la senda en la que la mutua ayuda resulta imprescindible.

Sin embargo, desde siglos remotos nuestros sentidos continúan ofuscados, adormecidos; seguimos adorando al becerro de oro, al dios dinero; seguimos adorando a esta sociedad convulsa y materialista. El ser humano apenas ha comenzado a atisbar la nueva tierra prometida, el lugar que se consigue mediante la evolución interna, la evolución que no es un regalo, sino una meta a alcanzar, una meta que dejará de lado la idolatría y el vasallaje a lo efímero, a esos valores y placeres materiales que prometen los mercados y las multinacionales.

¡Panem et circenses! Dice Wikipedia: locución latina peyorativa de uso actual que describe la práctica de un gobierno que para mantener tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, provee a las masas de alimento y entretenimiento de baja calidad y con criterios asistencialistas.

¡Y todos contentos!

En realidad, la gran mayoría de la sociedad, incluso la de los países llamados del “primer mundo”, está viviendo inmersa en una gran contradicción, pues teniendo todo a su alcance, apenas puede disfrutar de algo. Únicamente los más ricos disfrutan de lo materialmente conquistado, pues el resto está sentenciado a trabajar por unos limitados ingresos y seguir luchando para llegar a fin de mes.

El individuo ya no cree en sí mismo, ha olvidado quién es y su razón de estar aquí. ¡Dónde quedaron sus metas! El autollamado hombre civilizado dispone de dinero, ciencia y religión, medios y recursos, tecnología y conocimientos, prácticamente le sobra de todo. Únicamente le falta creer en sí mismo y dejar atrás el fantasma del materialismo, el modelo egoísta en el que está atrapado. Le falta dar paso a esa espiritualidad que le acompaña, a esa espiritualidad que lleva en su interior para que este mundo y esta sociedad sea aquello que quiere, puede y debe ser: un verdadero oasis, un paraíso, una tierra de compañeros, vecinos, amigos y hermanos. Si finalmente llegase a suceder así y se alcanzase un clima de hermandad entre los hombres, el individuo podrá seguir evolucionando y olvidar ésta y cualquier otra pseudocrisis que se empeñen en mostrarnos.

El vacío espiritual se rellena con codicia, afán de poder y otros instintos humanos. (Phil Bosmans).

¡Dad a Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César!, Mateo 22 15-21.

Con esta sencilla frase nos da a entender el Rabí de Galilea la doble responsabilidad del hombre como ente social. La responsabilidad de quien, por un lado debe cumplir las leyes civiles, y por otro, asume su responsabilidad social como integrante de una comunidad. Enseña también a cumplir el mandato divino de progreso y perfeccionamiento a través de la observación de sus preceptos morales. El individuo tiene la responsabilidad de estudiar y reflexionar para actuar mejor, para dar a cada momento y persona su valor y significado.

Pero llegados a este punto, vemos que la balanza sigue inclinándose significativamente al lado del César. De hecho, el individuo cree más en las cosas materiales que en los valores socialmente admitidos como buenos o deseables. Cree mucho más en aquello que puede tocar y ver; valora acaparar más y más bienes y disfrutar el hoy sin pensar en el mañana.

¿Por qué? Porque ya no cree en ese mañana, porque sólo vive pensando en una única existencia, en la ausencia de una vida futura. Piensa que cuando esa muerte llega, todo acaba y el vacío le invade, que acaban la existencia y la responsabilidad en ese mismo momento. Así, el individuo se limita a la vida material y se despreocupa ante la posibilidad de una existencia más allá de su comprensión. Los movimientos espiritualistas, y especialmente el espírita, deben arrojar luz sobre esta humanidad ofuscada y perdida; iluminar su existencia bajo la comprensión de la ley de renacimientos, de la ley de las vidas múltiples o ley de reencarnación. Ayudarles a eliminar los miedos mediante el conocimiento de esa ley. Ésta y no otra es la clave, y todo lo que se haga aquí y ahora repercutirá, de un modo u otro, en el futuro próximo, en el futuro del hombre nuevo, el “Homo spiritualis” en ciernes.

Por ello, es preciso que el hombre sienta, piense y actúe en conciencia, bajo la luz del espiritismo o de aquella otra filosofía o religión en la que deposite su confianza, porque en definitiva, todas y cada una de ellas le conducirán a la senda de la mejora interna y del perfeccionamiento espiritual.

Achacar a la mala fortuna o a la divinidad la causa de todos los males generados por esta crisis es una gran mentira, pues las crisis se dan únicamente por la intervención de los hombres, que se dejan llevar por multitud de conveniencias e intereses, basados todos en la creencia de que únicamente vive una sola vida y que en ese corto intervalo de tiempo sólo debe pensar en sí mismo, en su egoísmo, en su codicia, su ambición y la multitud de las carencias que le limitan, impidiéndole ver la realidad que le rodea. En su ceguera evolutiva, el individuo argumenta que hay que disfrutar más y lo más rápido posible sin importar las consecuencias que esto acarree para él mismo y para sus semejantes.

Poder cultivarse íntimamente, poder mirar hacia el interior y descubrir las faltas y debilidades, luchar para eliminarlas, luchar para mejorar y aprender, luchar para reaccionar ante cualquier circunstancia y momento dentro de las leyes divinas. Todo ello está considerado como una mísera pérdida de tiempo, y hacer el bien a los semejantes se convierte en una utopía, porque ¿para qué? Y cuando esto lo pone en práctica toda una sociedad y lo constituye en un modelo de conducta, se convierte en un cáncer, un virus que todo arrasa y que, de no erradicar, le conduce, cíclicamente, a guerras y más guerras, con cada vez de peores consecuencias y destrucción.

No busquemos la crisis donde no está, busquemos más bien en el propio interior, dentro de uno mismo. Nos sorprendería ver lo que encontramos. No busquemos la vida en otros planetas, mejor luchemos por solucionar los problemas de millones de personas de éste, para que puedan lograr una vida digna de llamarse como tal. No demos tanta relevancia a la ciencia y a la tecnología y escondamos corazón y sentimientos. Mientras el hombre no resuelva sus crisis internas y la falta de fe en ese ser espiritual y eterno que lleva dentro, las crisis, “esas crisis”, seguirán asolándole constantemente, una tras otra.

          Crisis ¿Qué crisis? por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

Cuando un hombre se hunde espiritualmente, ninguna ayuda puede salvarlo. La ciencia y la tecnología alzaron al hombre de Occidente por encima del mundo, le dirigieron a las estrellas, pero no han sido capaces de hacer felices a los hombres en el mundo. (Phil Bosmans).

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