Perfección Moral

LA PEREZA

La pereza: significado según la R.A.E.: Falta de ganas de trabajar, o de hacer cosas, propia de la persona vaga.

 “La pereza es el mayor de los pecados”, porque conduce a desarrollar el resto, y entorpece en gran medida el desarrollo de las virtudes: la pereza es la madre de todos los vicios.

Yo creo que no alcanzamos a valorar el daño que esta imperfección nos puede causar y de cuántas formas sinuosas nos ataca, engaña y nos hace rehuir del trabajo, del esfuerzo, logrando en definitiva no poder aprovechar al máximo el tiempo que estamos en este mundo. El tiempo no tiene precio, no se puede comprar, ni tampoco sabemos el que nos queda para intentar hacer cosas, alcanzar alguna meta, hacer del mundo algo mejor de lo que es. No hay forma mejor de desaprovechar el tiempo que dejarnos llevar por la pereza, la vagancia, la comodidad, el hastío.

En la mayoría de los hombres, las dificultades son hijas de la pereza. Samuel L. Johnston.

La condición humana es así, no somos perfectos. A la materia, nuestro yo inferior, si no los dominamos imponen su condición y rehúsan ponerse a trabajar; pero nosotros, como yo superior, tenemos que emplear el discernimiento, sacar la fuerza de voluntad y, con el deseo de progreso que tenemos, dirigir el rumbo de nuestras acciones para lograr adquirir el buen hábito del trabajo, actuar con responsabilidad y evitar que el aburrimiento, el tedio y la pereza nos impidan alcanzar las metas y consecuciones que un día asumimos.

Las virtudes, los valores humanos, todo aquello que nos dignifica, nos hace más nobles, nos engrandece y nos coloca en una posición de prevalencia sobre los aspectos materiales. No se consiguen fácilmente, no se nos regalan, no se producen por inercia, sino gracias a un gran trabajo y a un gran control de nuestras emociones, pensamientos y sentimientos, los cuales nos llevan a la acción, y cuestan de adquirir un buen número de existencias.

Si no ponemos en práctica, con la fuerza de voluntad y con el sentido de la responsabilidad, nuestras energías en movimiento, éstas se oxidan, se envilecen, y a partir de ahí todo lo que debamos hacer, por pequeño que sea, nos parecerá una montaña. La pereza se apoderó de nosotros. El momento perfecto para empezar a trabajar y a eliminar aquellas taras que nos lo impiden es ahora, hoy; el  mañana es para los vagos.

Es la gran lucha que debemos afrontar todos cuando bajamos a la Tierra. Sí es cierto que perdemos el recuerdo de lo que hemos venido a hacer, pero conservamos una vaga intuición; algo dirige nuestros pasos hacia aquello que nos llama la atención, algo nos impele a realizar algo, pero tenemos una herramienta, que es la materia, la cual debemos dominar, educar, cuidar y someterla para que no sea un obstáculo. Bajamos a la Tierra porque necesitamos de las experiencias que nos facilita encarnar en una materia y venir a un mundo físico. Es mucho lo que podemos adelantar en una sola existencia en estas esferas de evolución en las que estamos, pero al mismo tiempo son muchos los errores que podemos cometer, y grandes compromisos y responsabilidades los que podemos adquirir si no sabemos conducirnos adecuadamente en la vida, si dejamos pendientes gran parte de los compromisos aceptados en el plano espiritual.

En esto tiene mucho que ver la pereza y la falta de control de nuestra materia. No cumplir con el trabajo que nos propusimos antes de encarnar es un fracaso espiritual, fracaso con el que partimos a ese plano la gran mayoría de los seres humanos, ya que, o bien por motivos materiales o bien por rehuir el trabajo que supone hacer las cosas, las dejamos para otro día, y así consumimos nuestras semanas, meses y años haciendo apenas una pequeña parte de todo aquello que era el objeto de nuestra vida. Mientras tanto, hemos empleado nuestro tiempo en banalidades y cosas sin transcendencia para nuestro adelanto espiritual.

Podemos comparar a nuestro espíritu con un jinete: la materia es el caballo, la voluntad es la fuerza con la que venimos provistos a la Tierra para realizar nuestra misión, cada uno en función de su proceso evolutivo, lo que necesita; la fe es el timón que nos impulsa a seguir unos derroteros, todo aquello que tenemos predestinado y que se nos irá presentando poco a poco, cada cosa en su momento. La vida es una serie de lecciones que hay que aprender; cada una de ellas es un capítulo en el libro de la eternidad, y conlleva adquirir unos valores, todos ellos cimentados dentro del amor y la sabiduría, que son los auténticos estandartes del espíritu, son las alas con las que hemos de volar rumbo hacia nuestro progreso. La falta de equilibrio entre estas dos potencias del espíritu es lo que propicia los desajustes y los errores que, como seres humanos, cometemos por la falta de esos principios que son la base de nuestra existencia y deben ser el apoyo de todas nuestras acciones.

Nuestro principal deber en la Tierra es adquirir ese desarrollo en cada existencia, por pequeño que sea, para llegar a buen puerto y evitar que el caballo se desboque y nos lleve por caminos solo de ocio, distracción, inactividad, sumando además los vicios y pasiones que podamos contraer, para nuestro perjuicio espiritual.

Nuestra condición humana, las influencias exteriores del mundo en que vivimos y las propias carencias que como seres en proceso de evolución poseemos, nos hacen pensar de mil maneras, justificando y propiciando que lo que podemos hacer hoy lo dejemos para otro momento. Nuestra mente, nuestra materia, los deseos que podamos tener y un sinfín de impulsos materiales nos propician mil y una jugarretas para dejar de cumplir con nuestro deber, dejándonos paralizados, queriendo solamente satisfacer nuestro egoísmo y comodidad. Para nosotros, lo demás carece de sentido y es un estorbo.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Al que madruga Dios le ayuda. (Refranero español).

Debido a la complejidad de este tema  es conveniente desglosarlo de la siguiente manera:

PEREZA FÍSICA; PEREZA MENTAL; PEREZA EXISTENCIAL; PEREZA ESPIRITUAL

Pereza física.-

Sobreviene cuando tenemos que realizar algún esfuerzo físico que, por supuesto, no estamos dispuestos a realizar. Nuestro yo inferior prefiere hacer otras cosas como descansar, ver televisión, jugar o lo que sea, pero no quiere realizar esfuerzos. Desde el punto de vista material tiene cierta lógica, pero espiritualmente hablando debemos comprender que del trabajo sale todo, es la base del progreso, y antes es la obligación que la devoción. Así pues, en primer lugar se manifiesta un impulso que puede ser positivo y de acción, pero al vago y al cómodo enseguida se le presentan los motivos y excusas para no hacer nada, ya que tiene que poner sus recursos en marcha y esto requiere esfuerzo y trabajo. El perezoso físico es un completo inútil para cualquier tarea, todo lo deja para otro momento, o para que lo hagan otros, y así se le va pasando la existencia en un completo hastío y vagancia.

El trabajo físico representa el cambio hacia una vida mejor, a mejorar las condiciones de vida en que vivimos, las estructuras que el hombre ha creado… todo el desarrollo técnico en todos los niveles precisa de esa fuerza que representa el esfuerzo físico, sin el cual sería imposible que hubiéramos transformado nuestro mundo.

(Continuará el próximo mes).

Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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