Perfección Moral

PRIMERO YO, DESPUÉS YO, Y FINALMENTE YO

En el camino hacia nuestro crecimiento interior hay un obstáculo que nos hace tropezar una y otra vez en los mismos errores, y que además impide nuestro desarrollo y evolución en el ámbito de la conciencia y en el despertar ese Yo Superior que es nuestra autentica realidad. Ese obstáculo, que deberíamos detectar lo antes posible si de verdad estamos interesados en nuestro progreso, es el egoísmo, con su abanico de aliados que suelen ir aparejados a él, tales como la envidia y los celos, la pereza y comodidad, la inconsciencia, la avaricia y la violencia.

Todo ello son tendencias perturbadoras y perniciosas que anidan en nosotros desde tiempos inmemoriales, y que suponen una fuerza ancestral; son un yugo que nos esclaviza y nos sumerge  en los confines del materialismo ciego y embrutecedor,  del ansia por poseer más y más, en razón de que, por mucho que poseamos, al no responder dichas pertenencias a la auténtica necesidad de nuestro espíritu, siempre nos harán falta más y más cosas.

Sin la visión espiritual del qué somos y cómo estamos, no tenemos otra perspectiva que ir en busca del placer, que es un sucedáneo de la dicha, de la felicidad y la plenitud que sólo puede sentir nuestra conciencia espiritual, nuestro espíritu eterno e inmortal; lo demás son meras aproximaciones desdibujadas que sólo son reales en nuestra mente confusa, desconcertada y descontrolada.

El yo superior, es decir uno mismo, se asemeja a un artista que, hasta que no ve acabada su obra, no la da por terminada, va elaborándola poco a poco; la ve plasmada en su mente, tiene los materiales a su alcance, las herramientas y entonces se dispone a ejecutarla, pero hasta que no la ve completa, con todos sus detalles, pulida, perfecta a sus ojos, fiel a su estilo y a lo que desea plasmar con ella, no la mostrará, seguirá trabajando en ella y perfeccionándola.

Esto es muy similar al trabajo que hemos de realizar,  como conciencia y entidad individualizada que somos, desde el mismo momento en que somos creados por esa fuente creadora que pobremente llamamos Dios. Cada nueva etapa que nos disponemos a realizar, cada reencarnación que la Ley de Evolución nos facilita, supone un reto, estando perfectamente planificada y estudiada en todos sus detalles. No existen el azar ni la casualidad, todo responde  a diferentes factores, como son los méritos adquiridos, el deseo de progreso, el karma del que nuestra alma se tiene que liberar en esa nueva existencia, y los objetivos establecidos.

Empezando por el cuerpo físico que como herramienta vamos a utilizar, pasando por la familia, el país donde renacemos, con las circunstancias y las posibilidades que este nos ofrece, toda esa amalgama de circunstancias y situaciones que habremos de vivir y experimentar, suponen los materiales con los que hemos de trabajar y desarrollarnos. Las herramientas son nuestras propias cualidades y capacidades, que estarán mas o menos perfeccionadas según el uso que hayamos hecho de ellas en el transcurso de la evolución, como consecuencia de nuestro pasado, más o menos remoto. En cada reencarnación recibimos aquellos frutos y circunstancias que son las que necesitamos para proseguir nuestro proceso de crecimiento interior. Como somos herederos de nuestro pasado, se nos presentarán pruebas y expiaciones acordes con todo aquello por lo que debamos responder.

De ahí la importancia de la reencarnación, que responde por nuestras necesidades a fin de corregir y terminar las pruebas, retos y objetivos que quedaron incompletos o mal acabados. La ley de causa y efecto nos devuelve aquello que sembramos, que son el fruto de nuestras acciones, que son la consecuencia de los pensamientos y sentimientos con los que alimentamos nuestra mente. Las enfermedades, el sufrimiento, las carencias, las fobias y manías, los desequilibrios y las perturbaciones de toda clase, no son otra cosa que nuestras pertenencias como consecuencia del libre albedrío y de la respuesta que damos a todo aquello que la vida nos va presentando. La falta del equilibrio perdido, por no saber y no ser conscientes todavía de qué es lo que somos y del estado en el que nos encontramos, traen como resultado dichos problemas.

No entender que nuestra realidad es conciencia y espíritu, que no podemos escapar de la vida, porque la vida es sólo una, aunque podemos estar encarnados con materia, o desencarnados, sin materia, nos lleva a ir sin rumbo, dominados por los vicios y pasiones de este plano material en el que tanto predominan los bajos instintos sobre nosotros. Todo lo que no sea trabajo en pos del progreso, de la evolución y de la mejora interna es complicarnos la vida, el futuro, y tejer nuevas vidas de dificultades y dolor en próximas encarnaciones.

Esa falta de comprensión del porqué y para qué estamos aquí, nos lleva a pensar exclusivamente mediante nuestro ego, ese ego inferior, que sólo piensa en sí, y que se aferra a las posesiones. Ese ego que mantiene un apego hacia lo material, porque es lo que ve y puede palpar; su conciencia no se ha ampliado hacia la realidad, que consiste en el ser, no en el poseer, de ahí que estemos toda la vida pensando en primero yo, después yo, y finalmente yo.

Cuando somos conscientes de nuestra realidad, dejamos de buscar la felicidad fuera de nosotros, comenzamos a descubrir todo aquello que llevamos dentro, comenzamos a enriquecer nuestra alma con los valores y la ética, comenzamos a levantar los cimientos de nuestra personalidad, sabemos en qué nos queremos convertir, y en la medida que nos vamos desarrollando, aprendiendo de verdad lo que es la vida -que es eso, un continuo aprendizaje-, empezamos a sentir esa dicha y felicidad interior.

Empezamos a comprendernos y a trabajar en aquello que nos interesa, el auto descubrimiento. Desde ese momento, si nos proponemos firmemente avanzar, reconocer nuestras limitaciones y aceptarnos como árbitros y dueños de nuestro destino, la vida nos parecerá otra cosa, será un trabajo en la búsqueda y el acercamiento hacia nuestra fuente original, esa energía cósmica, fuente de luz y amor y de abundancia, y dejaremos de culpar a los demás y a la sociedad de nuestros problemas y de la infelicidad que sentimos.

El despertar del amor será una preferencia fundamental en nuestras vidas, el deseo de compartir, el deseo de mejora día a día, de luchar contra nuestras limitaciones e imperfecciones. No nos preocuparán las posesiones externas a nosotros, sino lo que llevamos dentro, que es lo único que nos pertenece, aquello con lo que nos vamos al otro mundo.

Empezamos a comprender que el egoísmo nos endurece el corazón, nos aísla del resto de los seres humanos, nos entorpece y nos aleja de la ansiada perfección. Es entonces cuando se empieza a ir difuminando la filosofía del primero yo, después yo, y finalmente yo; que había sido nuestra forma de vida. El egoísmo en realidad es una enfermedad del alma. Si en los primeros estadios de la evolución el egoísmo puede tener algún sentido, debido a la dureza de las primeras etapas de nuestra evolución, a medida que se va avanzando ha de ir superándose, ya que el egoísmo es antagónico al amor, y junto con la ignorancia es el mayor obstáculo, no solo para el progreso espiritual, sino también para alcanzar la armonía en las relaciones humanas.

El egoísta no sólo sufre porque no halla la felicidad que persigue, equivocadamente, en los placeres materiales y al pensar exclusivamente en el mismo, sino que también hace sufrir a los demás.  Ningún egoísta puede jamás alcanzar la felicidad, porque nunca logra estar satisfecho consigo mismo, y mucho menos alcanza la alegría ni la felicidad en su entorno, porque el propio egoísmo hace que las personas se alejen de él, y aunque el egoísta no se da cuenta de su condición, con el tiempo, al ver todas sus ilusiones frustradas y verse rodeado de soledad, va cambiando y cediendo, ya que el ser humano está creado para vivir en sociedad y rodeado del cariño y el amor de sus semejantes, y eso es algo que nunca se logra a través del egoísmo.

Todo en la Naturaleza es dar, nada nos pertenece. Dios es amor. En los planos espirituales superiores sólo se dedican a dar, a ofrecer, a ayudar, a contribuir en la obra universal, interpretando de manera justa y sabia las leyes espirituales. Hagamos nosotros igual, dejemos de pensar sólo en nosotros mismos, en nuestras condiciones e intereses; salgamos de la ignorancia y comencemos a practicar el bien, a darnos a los demás, a sustituir el yo para ver las necesidades de nuestra sociedad, de nuestros seres más allegados; así veremos cómo empezamos a sentir el modo en que vienen a nosotros una alegría y felicidad antes desconocidas. Esa es la fuerza que llega a todos de nuestro Padre, pero que si no estamos en buena actitud y predisposición no somos capaces de retenerla.

Primero yo, después yo, y finalmente yo por:   Fermín Hernández Hernández

©2018, Amor, Paz y Caridad

Anteriores Artículos

EN LA OTRA ORILLA

Siguientes Artículos

REVISTA NÚMERO 98

Sin Comentarios

Deja tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.