Bajo la Luz del Espiritismo

LA DEMOCRACIA 2

Una vez se llega al poder, la democracia, que lo es todo, empieza a dejar de existir. La democracia la tiene el que ha ganado, el pueblo la ha perdido, y hay que esperar a que llegue el momento en el que se pueda volver a votar y proceder al cambio de elegidos, si se llega al caso. Salvo en circunstancias muy especiales esto suele ser así, los que ostentan el poder se creen con autoridad para todo, y aunque la soberanía reside en el pueblo, que es el que se la otorgó,  éste ya no la tiene, es como si la hubiera vendido, y no la puede recuperar hasta la finalización del ciclo.

El pueblo, aunque sea soberano se hipoteca cada cuatro años. El pueblo soberano nunca gobierna, se deja gobernar y, si hay suerte y el gobierno es bueno, honrado y competente, pues mejor para todos. Pero si no lo es, mala suerte.

¡Y a esto le llamamos democracia!

La democracia se puede convertir en una dictadura. Dictadura, sí; consentida, pero no deja de ser una especie de dictadura. ¡Me han votado y con mis votos puedo gobernar como quiera! Sólo necesito escuchar al pueblo una vez cada cuatro años, después ya no me interesa la opinión de la ciudadanía. Si aprueban mis políticas o no las aprueban, qué importa, si yo gobierno como quiero.

Lamentablemente, maneras de proceder como esta suelen suceder.

En mi humilde comprensión y falta de conocimientos en política, no logro comprender qué significa ser un gobierno o partido de derechas, de centro o de izquierdas. Son, claro, denominaciones según la ideología de las personas que forman ese partido. Pero ¿los pueblos son de derechas, de izquierdas y de centro, acaso? ¿Hay trabajo de derechas y de izquierdas? ¿Hay industria de derechas y de izquierdas? ¿Hay agricultura, comercio, cultura de izquierdas y de derechas? La felicidad, el bienestar, el bien común no creo que sean de derechas y de izquierdas. ¿Quiénes se merecen mas, los de izquierdas o los de derechas?

Para quien escribe, esto no deja de ser parte de la falta de madurez del los pueblos, es decir, de las personas que componemos la sociedad; una forma mas de separar, dividir y enfrentar. ¿Acaso no somos todos iguales? ¿Acaso no todos tenemos igualdad de derechos y obligaciones? ¿Acaso el bien no es igual para todos, y lo que es malo  lo es por igual para todos?

Estamos muy alejados de crear una sociedad auténticamente igualitaria; vamos avanzando lentamente, demos gracias que avanzamos, aunque si pusiéramos un poquito mas de amor, lealtad, honradez y fuésemos mucho más escrupulosos a la hora de la toma de decisiones, olvidando nuestras preferencias e ideales, con toda seguridad que el gobierno y la democracia irían de la mano. Al no ser así y dejarnos llevar por los intereses y preferencias de nuestro corte político, se generan muchísimas discrepancias y desarmonías, lo que hace que el gobierno vaya por un lado y el pueblo por otro, quedando la democracia en evidencia, ya que brilla por su ausencia.

Se dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Esto puede ser una realidad, ya que en general poco hacemos por cambiar las cosas, dejamos que ocurran, y además justificamos a los políticos diciendo que da igual unos que otros, que todos los políticos son iguales y que todo el que llega ahí hace lo mismo.

Una buena comida necesita su punto de sal, unos ingredientes mínimos para lograr una elaboración satisfactoria. Así mismo, toda actividad en lo que concierne a la política debe estar auspiciada por ese puntito de honestidad y honradez, haciendo gala de las promesas hechas por y hacia el pueblo. Sin generosidad, sin ética, sin fraternidad no se puede gobernar, o mejor dicho, no se debería dejar gobernar. Fraternidad significa amor entre hermanos. Una buena política, una buena democracia puede unir y estrechar en gran medida los lazos que unen a las diferentes regiones de un estado, o por contra, pueden provocar o promover su enfrentamiento, la división o el rechazo de unas a otras. De aquí la gran importancia que tiene verse un país respaldado por un gobierno de todos y para todos, sin partidismos, sin exclusivismos, sin tendencias monocromáticas, que defienda a todos por igual y llegue a todos, respondiendo a las verdaderas necesidades de sus habitantes y no trabajando en favor de los poderes fácticos.

Sería un idealismo poder formar un gobierno en el que no prevalezcan solo los ideales y las personas de derechas o de izquierdas. Un gobierno formado por diferentes personalidades avaladas por su trayectoria y por su ética en lo humano y profesional. ¿No sería este un gobierno más democrático y mas universal? De lo contrario, lo que se tiene constantemente es a una parte del pueblo y de los gobiernos enfrentados con la otra, como si fuera un deporte.

¿Puede una persona sin principios espirituales, sin un ideal de servicio verdadero, sin rasgos de moralidad en su formación humana dirigir y gobernar el destino de todo un pueblo? Solo por poseer una licenciatura, por estar adscrito muchos años a un partido político, por ostentar un alto grado militar o por tener un carácter extrovertido y tener don de gentes, ¿eso nos capacita para llegar a la jefatura de un gobierno o alcanzar puestos de suma responsabilidad, o hace falta algo más?

Se nos suele olvidar, como casi siempre, la faceta humana de las personas. Ya lo dijo un sabio: Un árbol bueno da buenos frutos. Examinemos con detenimiento cuáles han sido los frutos que nos han dejado los gobernantes en estos últimos tiempos. ¿Qué porvenir les espera a los jóvenes? Comencemos por ahí.

La democracia, sin duda, está reñida con el poder. En cuanto se empieza a gobernar en base al poder que se ha adquirido, se comienza a faltar al respeto hacia los demás, porque el poder se opera con la fuerza, a través de la intransigencia y del miedo. El poder se manifiesta a través de los abusos, de la corrupción, y no piensa en los más débiles, solo cede ante un poder más fuerte. No puede haber democracia si ignoramos a una parte de la sociedad, por pequeña que sea, En general, tanto el poder como la justicia y el dinero solo benefician a unos pocos, olvidando al resto de la sociedad. Esto no es porque las ideologías sean más o menos acertadas, sino por las imperfecciones humanas que contaminan todo lo que tocan.

Sin ética y sin un carácter humanitario no se puede gobernar un país democráticamente. Todas aquellas personas que se atrevan a ejercer puestos de altísima relevancia en lo político tienen que ser, lo primero hombres buenos, personas honradas, gente de estado, y se les debería someter a un examen muy escrupuloso para detectar si posee esa ética y está a salvo de sucumbir ante las pruebas y las tentaciones que todo poder lleva consigo.

Por lo tanto, deberíamos depositar nuestra confianza no sólo por los conocimientos o por las tendencias políticas de cada cual, sino por su integridad y calidad humana, y por los deseos de servir y vivir por y para el bien común. Si se carecen de estas características, el fracaso llegará antes o después.

Recordemos la figura del Sublime Maestro, él no vino rodeado de poder, no vino rodeado de riquezas; su poder y su riqueza era su manantial de amor y de caridad, su sólo semblante, su calma, su seguridad y su integridad moral causaban impacto a todos aquellos que se le acercaban, era la gloria de su elevación espiritual la que se ganaba a todas las buenas gentes deseosas de aprender y de escucharle desde el fondo de su corazón. Sin embargo, aquellos que tenían inflado su orgullo y su corazón, aquellos que estaban dominados por el afán de poder y de riquezas, que habían convertido el templo en un local de negocio y servidumbre a los bajos instintos y pasiones, a aquellos no les penetró el mensaje, se rebelaron, no les interesaba ni la luz, ni la verdad ni el progreso espiritual, hasta el punto de llevarle a la cruz con el fin de que no les molestase y pudieran seguir en su círculo de mezquindad y materialismo en el que estaban sumidos.

Algo parecido ocurre ahora, el que ostenta el poder cierra sus ojos, rechaza todo aquello que pueda venirle desde fuera, y con esa falta de aperturismo de ideas se enredan en su estrechez de miras, desaprocvechando otras muchas ideas y maneras de hacer que pudieran mejorar sus políticas, y demostrarían de ese modo que son verdaderos demócratas y que no se aferran al poder, sino que, por responsabilidad y generosidad, saben ver por el bien de todos.

Si supieran la gran responsabilidad que se contrae, y que han de responder por todas las decisiones que tomen, actuarían de otro modo, pero una vez más el desconocimiento de las leyes divinas les lleva a cometer muchos errores, creyendo que el poder les otorga permiso para hacer todo lo que quieran sin tener que responder ante nadie. Craso error, ya que, a mayor responsabilidad, más cuentas se nos piden.

En fin, un tema muy controvertido y difícil de solucionar, pero al menos podemos opinar y dejar una reseña pequeña de lo que sería para nosotros el ideal de la democracia.

 

La democracia 2 por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

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