Bertha Felice Sophie Gräfin nació en Praga en 1843 y fue una periodista, novelista y gran activista pro antibelicismo.
Su padre, militar, mariscal de campo del Imperio Austrohúngaro, falleció poco antes del nacimiento de Bertha, pero la fuerte tradición militar de su familia y el militarismo del Imperio sin duda influyeron en su arraigado compromiso pacifista.
Mujer inteligente, aprendió varios idiomas y piano, conocimientos que le valieron para ayudar a la economía familiar cuando entró a trabajar como institutriz en casa del barón Karl von Suttner, en donde se enamoró del hijo primogénito de éste, casándose con él en contra de la voluntad familiar. De este enlace obtuvo el apellido por el que ha pasado a la Historia.
El matrimonio tuvo que ponerse a trabajar como escritores, él de reportajes de guerra y viajes, y ella de historias breves y ensayos, publicando en varios periódicos austriacos. Pero el antibelicismo de Bertha empezó a pesar más en sus escritos, y su obra periodística se centró en los temas relacionados con la guerra y la paz.
El pacifismo de Bertha es un pacifismo ético fundamentado en la capacidad moral del ser humano para entender que la guerra no es el camino para resolver conflictos. Fue muy influenciada por las ideas naturalistas de científicos como Charles Darwin y Herbert Spencer, que adaptó la teoría de la evolución de aquel a la sociedad. Por esto, Bertha manifestó un profundo humanismo y una fuerte fe en el progreso humano. De este pacifismo humanista nació su novela ¡Abajo las armas!, en la que la autora describe la guerra desde el punto de vista de las mujeres, especialmente la angustia que sufren al ver a sus maridos e hijos muriendo en el campo de batalla o regresando mutilados. Es decir, en esta novela Bertha proyecta claramente su propia ideología.
Tras la publicación de esta obra, se convirtió en una líder del movimiento por la paz, escribiendo artículos sobre el asunto, dictando conferencias y participando en numerosos congresos internacionales.
En el invierno de 1890, el matrimonio von Suttner se traslada a Venecia, donde ella impulsó la creación de una «Sociedad de la paz de Venecia». Y en 1892 fundó una revista internacional con el mismo nombre de su más conocida novela, ¡Abajo las armas!
En 1876 Bertha había trabajado como secretaria personal de Alfred Nobel. Fue una relación laboral muy breve, apenas unos días, pero de ella surgió una gran amistad que ha quedado plasmada en numerosa correspondencia y que perduró hasta el fallecimiento del inventor sueco. En 1892 Bertha prometió a Nobel que le mantendría informado por correo sobre los progresos del movimiento de paz. Pues así lo hizo, y esta carta se considera como génesis del Premio Nobel de la Paz, ya que un año después el inventor le cuenta a su amiga la idea de crear un premio de la paz, lo que efectivamente hizo en 1896 al destinar en su testamento una gran parte de su fortuna a un fondo económico para dotar a este premio, junto a otros a favor de personas destacadas en la actividad científica y literaria.
Bertha y su marido trabajaron activamente buscando apoyos para la Conferencia de la Paz de La Haya de 1899, reunida a instancia del zar Nicolás II. Tras la muerte de Arthur von Suttner, su esposa continuó con el empeño de demostrar, a los jefes de estado de los países, la necesidad de resolver los conflictos políticos a través de la diplomacia y no de la guerra.
Bertha fue candidata al Premio Nobel de la Paz desde que fue creado este galardón en 1901, cosa que finalmente logró en 1905 por su aportación a la defensa de la paz y de la unidad europea.
Siguió trabajando en los años sucesivos dando conferencias, escribiendo más artículos y ofreciendo entrevistas al club internacional establecido en la Conferencia de Paz de La Haya de 1907.
En 1912 realizó otra gira de conferencias por Estados Unidos. Y en 1913 participó en el Congreso Internacional de La haya, donde recibió más reconocimientos por su trabajo infatigable.
Bertha von Suttner falleció en junio de 1914, poco tiempo antes del comienzo de la Primera Gran Guerra, dejando tras de sí una extensa impronta pacifista que, por desgracia, no parece haber sido aprehendida ni incorporada al acervo moral de la Humanidad.
Bertha Von Suttner por: Jesús Fernández Escrich











