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BERTHA VON SUTTNER

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Bertha Von Suttner

Bertha Felice Sophie Gräfin nació en Praga en 1843 y fue una periodista, novelista y gran activista pro antibelicismo.

Su padre, militar, mariscal de campo del Imperio Austrohúngaro, falleció poco antes del nacimiento de Bertha, pero la fuerte tradición militar de su familia y el militarismo del Imperio sin duda influyeron en su arraigado compromiso pacifista.

Mujer inteligente, aprendió varios idiomas y piano, conocimientos que le valieron para ayudar a la economía familiar cuando entró a trabajar como institutriz en casa del barón Karl von Suttner, en donde se enamoró del hijo primogénito de éste, casándose con él en contra de la voluntad familiar. De este enlace obtuvo el apellido por el que ha pasado a la Historia.

El matrimonio tuvo que ponerse a trabajar como escritores, él de reportajes de guerra y viajes, y ella de historias breves y ensayos, publicando en varios periódicos austriacos. Pero el antibelicismo de Bertha empezó a pesar más en sus escritos, y su obra periodística se centró en los temas relacionados con la guerra y la paz.

El pacifismo de Bertha es un pacifismo ético fundamentado en la capacidad moral del ser humano para entender que la guerra no es el camino para resolver conflictos. Fue muy influenciada por las ideas naturalistas de científicos como Charles Darwin y Herbert Spencer, que adaptó la teoría de la evolución de aquel a la sociedad. Por esto, Bertha manifestó un profundo humanismo y una fuerte fe en el progreso humano. De este pacifismo humanista nació su novela ¡Abajo las armas!, en la que la autora describe la guerra desde el punto de vista de las mujeres, especialmente la angustia que sufren al ver a sus maridos e hijos muriendo en el campo de batalla o regresando mutilados. Es decir, en esta novela Bertha proyecta claramente su propia ideología.

Tras la publicación de esta obra, se convirtió en una líder del movimiento por la paz, escribiendo artículos sobre el asunto, dictando conferencias y participando en numerosos congresos internacionales.

En el invierno de 1890, el matrimonio von Suttner se traslada a Venecia, donde ella impulsó la creación de una «Sociedad de la paz de Venecia». Y en 1892 fundó una revista internacional con el mismo nombre de su más conocida novela, ¡Abajo las armas!

En 1876 Bertha había trabajado como secretaria personal de Alfred Nobel. Fue una relación laboral muy breve, apenas unos días, pero de ella surgió una gran amistad que ha quedado plasmada en numerosa correspondencia y que perduró hasta el fallecimiento del inventor sueco. En 1892 Bertha prometió a Nobel que le mantendría informado por correo sobre los progresos del movimiento de paz. Pues así lo hizo, y esta carta se considera como génesis del Premio Nobel de la Paz, ya que un año después el inventor le cuenta a su amiga la idea de crear un premio de la paz, lo que efectivamente hizo en 1896 al destinar en su testamento una gran parte de su fortuna a un fondo económico para dotar a este premio, junto a otros a favor de personas destacadas en la actividad científica y literaria.

Bertha y su marido trabajaron activamente buscando apoyos para la Conferencia de la Paz de La Haya de 1899, reunida a instancia del zar Nicolás II. Tras la muerte de Arthur von Suttner, su esposa continuó con el empeño de demostrar, a los jefes de estado de los países, la necesidad de resolver los conflictos políticos a través de la diplomacia y no de la guerra.

Bertha fue candidata al Premio Nobel de la Paz desde que fue creado este galardón en 1901, cosa que finalmente logró en 1905 por su aportación a la defensa de la paz y de la unidad europea.

Siguió trabajando en los años sucesivos dando conferencias, escribiendo más artículos y ofreciendo entrevistas al club internacional establecido en la Conferencia de Paz de La Haya de 1907.

En 1912 realizó otra gira de conferencias por Estados Unidos. Y en 1913 participó en el Congreso Internacional de La haya, donde recibió más reconocimientos por su trabajo infatigable.

Bertha von Suttner falleció en junio de 1914, poco tiempo antes del comienzo de la Primera Gran Guerra, dejando tras de sí una extensa impronta pacifista que, por desgracia, no parece haber sido aprehendida ni incorporada al acervo moral de la Humanidad.

Bertha Von Suttner por: Jesús Fernández Escrich

Documentación
Wikipedia, artículos Bertha von Suttner y ¡Abajo las armas!

ANATOLE FRANCE

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Anatole France

Si exagerásemos nuestras alegrías como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia.

Anatole France

          Es cierto. Cuánta gente hay que se regodea en los sufrimientos y en las enfermedades. Cuando hablan dos personas, se establece una auténtica pugna dialéctica por ver quién de ambas tiene más dolores, y van contándose sus cuitas a poquitos para que abulten más. Pero no se cuentan sus alegrías, sus goces, las cosas buenas que les hayan pasado (que seguro las hay: La curación de una enfermedad  ̶ propia o de alguien próximo ̶ , la graduación de un hijo o nieto, etc., son cuestiones que no se comentan o se pasa sobre ellas muy someramente). Pero los dolores, cuanto más exagerados… Parece que son tanto más felices cuanto peor lo pasan.

          Lo malo es lo que vende, incluso en un ámbito más amplio, el social. Lo vemos en diversos programas de televisión en los que los contertulios sacan a la luz pública sus vergüenzas y se lanzan a la cara los trapos sucios; cuanto más sucios, mejor.

          Volviendo al tema de las enfermedades, esa negatividad mental se traduce en negatividad física. Lo ha demostrado la ciencia médica, la actitud negativa de un paciente ante su dolencia la empeora, mientras que una actitud positiva contribuye a la sanación de manera extraordinaria. Yo mismo he experimentado estas dos situaciones en mi entorno familiar.

          Los pensamientos oscuros se retroalimentan, y así, aquellos que solamente hablan de sus penas (exagerándolas) acabarán siendo más proclives al padecimiento, físico y emocional, o a retardar su salud en caso de estar bajo tratamiento. Precisamente los hipocondriacos están metidos en ese bucle de preocupación constante por las enfermedades, tanto las que puedan tener realmente como las que les puedan llegar por cualquier medio, por raro que parezca. Presentan una actitud de tristeza casi permanente y no ven más que microbios y bacterias amenazando por todas partes, tal cual nos lo explican los diccionarios.

          Retomando la frase de Anatole France, mi abuelita Filomena decía algo muy parecido:

«Si hubiese un mercado donde pudiésemos cambiar las penas, nos volveríamos a casa con las nuestras». Así es, por muy mal que lo estemos pasando, siempre habrá alguien que esté peor, y en ese hipotético mercadillo de dolores no hallaríamos sufrimientos más pequeños que los propios, con lo que no cambiaríamos nada.

          Creo que poco más hay que añadir a esta cita del escritor francés, salvo quizás una última reflexión:

          Lo que sí deberíamos cambiar es la mentalidad. Cambiemos el hábito de solazarnos en las penurias y busquemos cosas buenas para compartir; creo que, de este modo, crearemos el hábito de pensar en positivo. Y cuando nos vengan a contar penas ajenas, respondámosles con gozos y alegrías; y acaso no solo nos beneficiemos nosotros, nuestra mente (que es como decir el alma), sino que con ese ejemplo contribuiremos a que el interlocutor también tienda a modificar sus hábitos y empiece a compartir las experiencias alegres y positivas de su vida.

Anatole France por: Jesús Fernández Escrich

EQUINOCCIO

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Equinoccio

El veintiuno (o veintidós) de marzo es una fecha equinoccial; marca un cambio estacional en todo el planeta, una renovación de la Naturaleza. En la pequeña villa donde se desarrolla esta historia el día amaneció esplendoroso, con todos los elementos característicos del nuevo tiempo: un sol resplandeciente dando calor a infinidad de flores ya abiertas sobre el prado; los recios árboles, desnudos hasta el momento, mostrando una multitud de brotes verdes brillantes, cargados de savia nueva; los animalillos retozando con sus recién encontradas parejas; los pajarillos, alborozados en su busca de materiales para la rehabilitación de sus nidos… Sí, todo lo típico.

En este pueblito vivía don Homobono, un hombre un tanto especial: era vidente, una de esas personas que ven cosas que los demás no vemos; pero vidente de veras, no como esos charlatanes que te sacan los cuartos a cambio de decirte lo que deseas escuchar; don Homobono llevaba toda su vida dando pronósticos a sus convecinos sobre el clima, sobre sucesos futuros que terminaban por cumplirse, e incluso visualizando a las almas de muchos que ya se habían marchado de este mundo, dando todo lujo de detalles que solo los familiares podían conocer. Sí, don Homobono era muy querido y respetado en su pueblito.

La mañana que nos ocupa estaba el caballero sentado en un banco del parquecillo; pero solo se encontraba allí a nivel físico, porque emocionalmente parecía estar en otra parte. En efecto, no aparentaba percatarse del bello espectáculo que tenía lugar en torno a él; su rostro extático mostraba dos ojos que proyectaban su mirada hacia algún punto impreciso del éter; su boca esbozaba una leve sonrisa, a medio camino entre admiración y gozo; ciertamente, don Homobono estaba viendo algo de lo que a veces “veía sin ver”, como se decía de él. Las gentes que pasaban, camino a sus quehaceres, por la vereda junto a la que estaba el banco, se fueron deteniendo al ver la “actitud característica” de don Homobono cuando se sumía en sus trances; íbanse parando junto a él cada vez más personas; todas mirándole fijamente y haciéndose en silencio la misma pregunta. Hasta que una señora se atrevió a lanzarla en voz alta:

–¿Qué está usted viendo, querido vecino? Porque ve algo… ¿me equivoco?

La respuesta del caballero no se hizo de rogar:

–Nada de especial, doña Guiomar; que en la otra dimensión también ha comenzado la primavera.

Equinoccio por: Jesús Fernández

(Guardamar, madrugada del 12 de marzo de 2016)

2024 © Amor, paz y caridad

PRISIONERO DE LOS DEMÁS

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Prisionero de los demás

Preocúpate por lo que piensen los demás y siempre serás su prisionero.

Lao Tsé

Vuelvo con Lao Tsé. Qué quieren que les diga, este hombre es una verdadera fuente de sabiduría. Sus comentarios y sentencias no han perdido actualidad, y para esta sección resulta ser una mina de información.

Bien, entremos al análisis de la frase que nos ocupa. 

A veces, estamos demasiado pendientes de las opiniones ajenas. Quizá sea debido a la sociedad en que habitamos, tan preocupada por las apariencias, por el qué dirán. Eso nos hace comportarnos, como suele decirse, para quedar bien de cara a la galería; para tratar de satisfacer a todos. Porque, en otro caso, podríamos ser excluidos del entorno al que deseamos pertenecer. Y es que, nuestra sociedad actual está dividida en multitud de «departamentos», y «necesitamos» encuadrarnos en alguno de ellos. Departamentos que tienen sus estructuras internas, sus normas, que es necesario seguir para, primero, ser aceptados, y luego, no ser excluidos. Es por ello que tratamos por todos los medios de cumplir, de actuar conforme a los postulados.

A veces, éstos postulados son tácitos, o sea, no forman parte de ningún código obligatorio sino que han quedado instaurados por mera costumbre. Aquí cabrían los usos, las normas básicas de educación o los protocolos de determinadas asociaciones, clubes sociales o «tribus urbanas».

En otros casos, los códigos de conducta están perfectamente establecidos y deben ser cumplidos al pie de la letra. Pertenecen a este grupo, por ejemplo, las sociedades secretas de antaño, como la Masonería, que dispone de un estricto código de admisión y permanencia. Asimismo, empresas, sindicatos, etc., tienen sus estatutos propios.

Y alguien pensará que tanto código nos coarta el libre albedrío. Bueno…, las normas son importantes en este mundo, nos permiten vivir con un mínimo de civismo; pero a veces, nosotros mismos nos empecinamos en pertenecer a algún grupo, y hacemos lo indecible para conseguirlo. En definitiva, nos autoesclavizamos, nos hacemos dependientes de las opiniones de los demás (para «encajar») y nos convertimos en esos prisioneros emocionales de los que habla el sabio. Esto creo que vale para cualquier ámbito de la vida: cultural, vecinal, artístico… y creo que puedo confirmarlo con una anécdota personal.

Hace años asistí a un taller de escritura creativa, y el profesor, un autor ya consagrado, con numerosos libros editados y algunos premios en su haber, nos dijo lo siguiente al comienzo del cursillo:

«Cuando os pongáis ante un folio en blanco, escribid lo que os guste, lo que os apetezca. Y si bien es conveniente un poco de autocensura, no penséis demasiado en la opinión de los lectores, porque, escribáis lo que escribáis, jamás podréis satisfacerlos a todos. Siempre habrá lectores a los que les guste vuestra obra y lectores a los que no».    

Por tanto, sed vosotros mismos. Y si decidís formar parte de algún grupo social de los que he hablado, analizad bien sus códigos y protocolos y calibrad si merece la pena limitar vuestra libertad de ser vosotros mismos.

Prisionero de los demás por: Jesús Fernández Escrich

2024 © Amor, paz y caridad

ACERCA DE LA LEY DE CAUSA Y EFECTO

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Acerca de la ley de causa y efecto
Lao Tsé

Cuando te des cuenta de que lo que le haces a otro te lo haces a ti mismo, habrás entendido la gran verdad.

Lao Tsé

Lao Tsé tiene toda la razón. Y no es el único que nos ha transmitido esta enseñanza. Repasaremos en este artículo a otros autores que han comentado lo mismo para comprobar que la misma sabiduría ha sido transmitida a los distintos pueblos del planeta.

Todo lo que haces a los demás, te lo haces (o harás) a ti mismo. Es la ley del karma, pura y simple, del hinduismo y del budismo. Pero no solo implica las acciones físicas, sino que, según ambas doctrinas, hay tres factores que generan reacciones:

  • Los actos.
  • Las palabras.
  • Los pensamientos.

Cualquier acto, palabra o pensamiento negativo contra un semejante implica la entrada en el ciclo kármico, de modo que habremos de rendir cuentas por los daños provocados. Es decir, somos libres de hacer, decir o pensar, pero se deben asumir las consecuencias derivadas (lo cual vale también para lo positivo). Y esto concuerda con la enseñanza del espiritismo. Pero el asunto va más allá: asimismo con el espiritismo coincide en la relación directa entre karma y reencarnación. Es lógico, una sola vida humana no alcanzaría para experimentar todos los efectos de las acciones realizadas («cobrar» todo el bien que se ha hecho o «pagar» todo el mal realizado en vida); por ello, serán necesarias más reencarnaciones, más retornos a la materia, para ir pagando deudas ancestrales; sin prisa, pero sin pausa.

Casi lo mismo se nos relata en el Kybalión. Está atribuido a cierto personaje llamado Hermes Trismegisto, que se vincula a un alquimista místico y considerado deidad de algunas logias ocultistas, anterior al Egipto faraónico. En el Kybalión, el principio de «Causa y Efecto» afirma que todo efecto tiene su causa, y viceversa. Nada ocurre casualmente. La suerte carece de significado. La casualidad es solo una palabra que indica la existencia de una causa anterior no reconocida o percibida.

Es así que causa y efecto residen sencillamente en los sucesos, que son nada más que el resultado de otros acontecimientos anteriores. Y todos estos sucesos forman parte de una gran cadena de sucesos que fluyen de la energía creadora del TODO.

Contemporáneo de Lao Tsé, Confucio también se hace eco del mismo pensamiento, que aparece en las Analectas, compilación de sentencias del propio filósofo recogidas por sus discípulos bastantes años después de su muerte. Y aunque el confucianismo se centra más en la vida terrenal mientras que el taoísmo mira la vida del más allá, ambos coinciden en el fondo del postulado que nos ocupa. Dice la frase de Confucio no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti, ni te hagas a ti lo que no le harías a los demás. La enseñanza implícita de esta sentencia (con la perspectiva terrenal), a mi entender, es que el respeto por los demás empieza por el propio; y a la inversa igualmente. Lograr entender que al causar el bien en los demás me lo estoy haciendo a mí mismo, porque estoy generando sentimientos de agradecimiento que, en un futuro, revertirán en mi persona, recibiendo ayuda (si llegare el caso) de aquellos a los que ayudé o traté bien. Por contra, malos actos o perjuicios provocarán recelos y odios que se nos vendrán encima en la misma medida, o peor, en forma de venganzas. En definitiva, karma.   

Y como remate, no podíamos olvidarnos del maestro de maestros, el rabí de Galilea, Jesús. Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Es decir, nos está dando la misma advertencia del karma, «cada uno recoge lo que siembra»; y esto, en virtud de otra afirmación del Cristo: No juzguéis y no seréis juzgados, porque la misma vara de medir que uséis con vuestro prójimo será aplicada sobre vosotros. Creo que esto no sirve solo para los juicios de valor, que equivaldrían a los pensamientos y las palabras del budismo e hinduismo, sino a las consecuencias (hechos) derivados de tales enjuiciamientos. Jesús está dando la doble vertiente de aquel pensamiento de cosechar lo que se sembró: vale para lo malo y para lo bueno.

La «Ley de causa y efecto» del espiritismo redondea todas las enseñanzas relativas a este tema, añadiendo puntos que otras filosofías no contemplaban. Por ejemplo, en el progreso del alma humana existen los agravantes y los atenuantes. Así se ve, por ejemplo, en la pregunta 169 del Libro de los Espíritus: «¿Es el mismo número de encarnaciones para todos los Espíritus?». 

La respuesta es clara: «No, porque el que progresa rápidamente se evita pruebas (…)». O sea, si se aprovecha cada encarnación, las vidas siguientes devengarán pruebas menos duras para el espíritu, lo que acortará su salida de la rueda de reencarnaciones obligatorias por motivos de expiación. Además, se deduce igualmente que el número de reencarnaciones varía en cada caso, no existiendo un número concreto de ellas, como se creía en algunas religiones pasadas, tal cual ocurría en la antigua religión egipcia; analicémosla un poco. Según ella, el ser humano que no ha reconocido su ka -como naturaleza interna- solo puede regresar a la Tierra cinco veces, y por eso el Libro de los Muertos nos da muchas referencias a la aspiración de los fallecidos a unirse a las leyes naturales, pues separarse de ellas es la causa de las vidas terrenas. El alma que no aprovecha estas cinco vidas se convierte en una de las almas perdidas en el Duat o purgatorio, lo que no es cierto, como nos explica la doctrina de Kardec. Para los egipcios, las 42 confesiones negativas de la Madre Real Nezemt (que son predecesoras de las leyes de Moisés) vienen a decir de manera pormenorizada y detallada lo que es preciso «no hacer» si se quiere retornar al mundo de la felicidad. Frases como ‘no he robado’, ‘no he cometido pecados’, ‘no he matado seres humanos’, ‘no he maldecido’, ‘no he hecho llorar a nadie’… nos llevan de vuelta a la afirmación de Lao Tsé: Hacer daño al prójimo nos perjudica a nosotros mismos y nos aumenta tanto el número de reencarnaciones como la dureza de las pruebas que habremos de enfrentar en ellas. Esta quizá sea la gran verdad a la que alude el pensador chino… o al menos una porción de la misma.

Acerca de la ley de causa y efecto por: Jesús Fernández Escrich  

SOBREVIVIR A LAS PRUEBAS

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Sobrevivir a las pruebas

Sobrevivir a las pruebas

 

«Un adulto creativo es un adulto que ha sobrevivido»
(Ursula K. Guin, escritora estadounidense).

Este pensamiento de la escritora ha encendido en mi mente otro similar, aplicable a nuestro periplo por la Tierra:
«Un espíritu adulto es un niño que ha sobrevivido».
Todo ser que viene al mundo, lo hace tomando un cuerpo carnal; todos lo sabemos, cierto, pero vamos a insistir un poco.
Apliquémoslo en principio al plano material. A partir del mismo instante del nacimiento, esa envoltura carnal, como propia ley natural, tendrá que enfrentarse a numerosos acontecimientos que, en forma de enfermedades, podrán impedirle alcanzar la madurez. In mente tenemos alguna de ellas, como sarampión, rubéola, paperas, típicas de la infancia… pero aún pueden salirle al paso las consideradas enfermedades epidémicas; algunos de nosotros, los más mayores, recordamos las fiebres tifoideas o el brote de poliomelitis, que se cobraron numerosas vidas infantiles; o dejaron una terrible huella para el resto de sus días. Así, pues, esas enfermedades durante el desarrollo del cuerpo pueden evitarle llegar a ser adultos.
Hoy, Dios misericordioso ha dado a las nuevas generaciones la capacidad para el desarrollo de numerosos remedios para luchar contra tales pandemias. El avance de la ciencia médica ha facilitado esa lucha por la supervivencia y, en cierto modo, ganar muchos retos. Sin embargo, no todo lo puede fiar a los medios de que dispone; más adelante habrá de asumir nuevos retos, deberá enfrentarse a nuevos peligros provocados por él mismo, si es llegado el caso: Tabaquismo, alcoholismo, drogadicción, modernas pandemias que, más veces de las que creemos, conducen al suicidio… asumidos esos riesgos, y ganada la batalla, podremos afirmar que un adulto es un niño que ha sobrevivido.
Pero… ¿el adulto es tan solo un niño que ha sobrevivido? Observemos que todo esto ha sido fundamentado desde el punto de vista material, pero el niño-adulto es algo más… Insistamos, dije al principio. Este niño-adulto es un espíritu que necesita liberarse de unas enfermedades que, en su viaje por el mundo carnal, no le van a salir al paso: Son enfermedades que (algunas, al menos) ya trae consigo y viene arrastrando desde mucho atrás: Orgullo, celos, intolerancia, soberbia, indiferencia ante los valores morales, desamor… enfermedades que, durante el periodo infantil, permanecen dormidas y van despertando a medida que el niño va tomando conciencia de sí mismo; pronto habrá de enfrentarse a ellas y necesitará de toda su voluntad, pues la lucha contra las enfermedades del espíritu es mucho más ardua que la lucha contra el sarampión o la escarlatina. La Medicina puede acabar con una enfermedad del cuerpo, pero las del alma solo pueden ser erradicadas mediante la total y absoluta renovación moral.
Llegados a este punto, podemos reafirmar el pensamiento «un espíritu adulto es un niño que ha sobrevivido», un espíritu que, por la misericordia divina, se hace niño y llega a la madurez, salvando las enfermedades de la materia, y dándole la oportunidad, durante la juventud, de desprenderse de las enfermedades del alma; oportunidades que no cesan, pues son muchas las que Dios concede, y al final del periplo por la Tierra, la conquista total:
¡Niño, adulto y espíritu inmortal!

Sobrevivir a las pruebas por: Maria Luisa Escrich

Guardamar, agosto de 2021

NIKOLÁI VAVÍLOV

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NIKOLÁI VAVÍLOV

Nikolái Vavílov nació en Moscú en 1887. Pertenecía a una familia de comerciantes y se dice que hablaba quince idiomas. Pasó parte de su infancia en una aldea donde pudo conocer de primera mano los malos usos agrícolas que desembocaban en la pérdida de numerosas cosechas, con el consiguiente desastre humano para el campesinado. Por eso, conocedor de las hambrunas que sufría su país debido a las duras condiciones climáticas del mismo, decidió dedicar su vida a buscar la manera de mejorar las especies agronómicas para que fuesen más resistentes al frío, a las sequías, a las enfermedades, etc. Para ello era preciso estudiar a fondo la genética de las especies, y diseñó un gran plan de trabajo basándose en las leyes de Mendel y otros científicos.

El plan era monumental. Durante milenios, los agricultores habían ido seleccionando las especies de plantas comestibles que daban mayor producción y mejor sabor. Pero en este proceso (absolutamente natural), los genes que conferían otras propiedades importantes, como la resistencia a enfermedades y a bruscos cambios del tiempo, se habían perdido; se disponía de plantas de más calidad, pero más débiles. Era, pues, consciente de que solo la diversidad genética podía garantizar mayor y mejor productividad en los cultivos. Organizó y participó en más de cien expediciones por todo el mundo para buscar y recoger semillas, no solamente de las variedades cultivadas, sino de las propias especies silvestres de las que aquellas procedían. El gobierno de Lenin, dándose cuenta del poder económico que esto conllevaría, apoyó a Vavílov en su proyecto, pues veía que podría convertir a la URSS en líder mundial de la producción de alimentos. Conseguir variedades altamente rentables que soportaran la climatología extrema del país más extenso del paneta era un sueño posible, y para lograrlo el investigador no dudaba en tomar contacto e intercambiar conocimientos con científicos de todo el orbe. Esto le llevaría a la desgracia, como se verá más adelante.

De resultas de sus viajes, consiguió reunir más de 300.000 semillas diferentes que fueron guardadas fundamentalmente en Leningrado, en uno de cuyos palacios zaristas se había fundado el mayor banco de semillas de su época. Vavílov llegó a tener a más de 25.000 personas bajo su mando, que trabajaban en bancos de semillas, laboratorios y granjas de cultivo diseminados por toda la Unión Soviética.

Pero como ya apunté, el sueño de acabar con las hambrunas de la humanidad se truncó. A la muerte de Lenin accedió al poder Stalin, con un modo de pensar mucho más extremista. Influenciado el nuevo líder por otro científico «adepto al régimen» llamado Lysenko, se estimó que las ideas progresistas de Vavílov, y sobre todo sus postulados científicos apoyados en hombres de ciencia, como Mendel y Darwin, tomados por burgueses capitalistas, no eran acordes con la ideología marxista pura, y a nuestro protagonista se le consideró enemigo del pueblo. Fue expurgado y enviado a Siberia, a un gulag, donde falleció de hambre a los 56 años de edad. El hombre que se obsesionó con alimentar al mundo se fue de él de malnutrición, según dicen algunas fuentes alimentándose en los últimos meses con repollo congelado y harina mohosa.

Bien. Siendo Vavílov el protagonista del artículo, quiero hacer extensivo el homenaje a sus colaboradores y trabajadores de la Academia de Ciencias Agrarias de la Unión Soviética por una razón muy concreta. En efecto, durante el sitio de Leningrado, en la II Guerra Mundial, el ejército nazi sometió a la ciudad a un bloqueo total, lo que provocó una gran hambruna entre su población. En la Academia de Ciencias Agrarias existía, como hemos visto, un gran banco de semillas de especies comestibles, cuyo cultivo podría haber paliado la falta de alimentos. No obstante, esto habría supuesto la pérdida de un inmenso bagaje genético vegetal, por lo que sus miembros decidieron conservarlo, aun a costa de perder la vida ellos mismos por inanición. Semejante acto heroico es menester que sea recordado y reconocido, pues gracias a él se mantuvo para beneficio de la población global. Loor, pues, a estas personas que no solamente recogieron el testigo del trabajo científico de Nikolái Vavílov, sino también el de su pensamiento humanitario, que les llevó a pensar más en el prójimo que en sí mismos. El etnobotánico Gary Paul Nabhan nos cuenta que uno de estos colaboradores llegó a decir estas palabras:

Salvar esas semillas para las generaciones futuras y ayudar al mundo a recuperarse después de la guerra fue más importante que la comodidad  de una sola persona.

 Nikolái Vavílov, un personaje de la historia rusa para la Historia Universal; un adelantado; un estudioso de la botánica con un claro propósito, el de mejorar la producción agrícola con la única intención de, asimismo, mejorar la alimentación del ser humano. Un hombre que fue exterminado por las autoridades de su país porque se atrevió a intercambiar experiencias, a beber de otras corrientes de conocimiento científico ajenas a la órbita cerrada del establishment soviético de la época. Un hombre que quiso compartir su saber con todos, sin esconder la vela debajo del celemín.

Su legado pervive afortunadamente, pues tras la disolución de la URSS en 1990, se restauró la Academia de Ciencias de Rusia, que heredó todas las instalaciones de la Academia anterior. Hoy es la organización científica nacional de Rusia, con nueva sede en Moscú.

Gracias, señor Vavílov, por su tarea. Fuiste profeta en tu tierra en la primera parte de tu vida y proscrito en la última; y aunque todavía no se ha generalizado el aprovechamiento de tu trabajo en todo el mundo, llegará el día en que sí lo será, para beneficio de la especie humana. Aún no es el momento, pero tus semillas ya están en el terreno esperando el riego y el abonado por parte de las personas adecuadas.

Nikolái Vavílov por: Jesús Fernández Escrich

© 2022, Amor, Paz y Caridad.

 

Bibliografía: Wikipedia

Dalia Ventura, BBC Mundo

EL EXCESO DE PALABRAS

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El exceso de palabras

El exceso de palabras

No vivas dando tantas explicaciones, tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los necios no las entienden. (Oscar Wilde).

Con esa ironía que le caracterizaba, Oscar Wilde nos viene a decir que un exceso de palabras es innecesario en cualquier ocasión. Ante un amigo huelgan las explicaciones, las justificaciones, porque si el amigo es sincero nos va a apoyar igualmente. Un enemigo, por el contrario, siempre nos va a mostrar encono, por lo cual, cualquier cosa que le digamos la va a tomar por falsa, y eso si se digna a escucharnos siquiera. Y a los necios… para qué gastar tiempo y energía en explicarles algo que, como dice el autor de la máxima, no van a comprender. Posiblemente ni lo intenten; permanecerán en su zona de confort sin preocuparse por nada más.

Los dos primeros puntos están tan claros que no considero necesario insistir sobre ellos. Pero la última afirmación sí me trae a la mente el refrán predicar en el desierto, sermón perdido. Es decir, hay que hablar, dirigir nuestras prédicas a aquellas personas que muestren interés por lo que podamos decirles. En el ámbito espiritual este punto es absolutamente válido. Los temas trascendentes no son todavía objeto de interés por la generalidad de la gente, aunque la cosa va en aumento (por fortuna). Será perder el tiempo tratar de explicar conceptos relativos a Dios, a la trascendencia del alma, a las vidas sucesivas… a personas con una actitud netamente materialista, preocupadas solo por el carpe diem: Vivir la existencia rutinaria, trabajando cuando haya que trabajar y disfrutando los momentos de ocio que se presenten.

Hermes Trismegisto ya lo dijo muy claramente en el Corpus Hermeticum, en la remota época en que escribió esta obra. Cuando iba a comenzar las explicaciones sobre el alma a su hijo Tat y a Asclepio, este le sugirió llamar también a Amón, amigo de Tat; Hermes le contestó: «No hay en mí animadversión alguna en su contra (…). Luego de Amón no llames a nadie más, no sea cosa que un tema tan religioso y de tanta importancia sea profanado por la presencia e intervención de muchos. Es impío divulgar masivamente un asunto tan lleno de la entera majestad de Dios». Es decir, Hermes sabía que estas cuestiones tan trascendentes no estaban al alcance de la capacidad de comprensión del pueblo de su tiempo, por lo que no las entenderían correctamente; harían sus propias interpretaciones y, como él mismo apunta, el conocimiento auténtico sería profanado (o sea, tergiversado y adaptado a los propios intereses, como sabemos ha ocurrido con todas las filosofías y doctrinas religiosas a lo largo de la Historia humana).

Allan Kardec también se hace eco de este asunto y lo expone en El Libro de los Médiums, capítulo III, Método, punto 30. Aquí dice que tratar de convencer de un conocimiento a un incrédulo, a un negacionista sistemático, es tarea baldía. Hay, por consiguiente, que dejar a la Providencia el cuidado de estas personas, que aún no están en su momento evolutivo adecuado, y dedicar el tiempo a enseñar a aquellas gentes de buena voluntad con deseos reales de saber. Son más numerosas de lo que en principio se pueda creer, y aquí es donde podemos hacer un trabajo productivo de instrucción, llevando a la práctica el precepto del Mesías de «no esconder la vela debajo del celemín».

Volviendo otra vez al mundo terrenal, terminaré este escrito recordando un pasaje del Quijote, tan lleno de enseñanzas moralizantes. Tras regresar Sancho Panza de una de sus correrías con don Alonso Quijano, le aseguró a su esposa que en breve volvería convertido en conde o gobernador de una ínsula; Teresa Panza, mujer de escasas luces, le preguntó qué era eso de ínsulas. La respuesta del escudero fue contundente: «No es la miel para la boca del asno. A su tiempo lo verás».

O sea, cada quien tiene su momento de despertar y además deberá convencerse por sí mismo, analizando con razonamiento lo que vea o lo que se le diga.

                                     El exceso de palabras por:    Jesús Fernández Escrich

© 2022, Amor, Paz y Caridad.

REFLEXIÓN A LA NAVIDAD

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Reflexión a la Navidad

Reflexión a la Navidad

Se acerca la Nochebuena. Para nosotros, los espiritistas, quizá esta fecha no tenga el significado al uso, dados los conocimientos que nos ha transmitido sobre este tema la Espiritualidad Mayor. Y en base a ellos, he reflexionado sobre el significado de la Navidad desde una perspectiva diferente. Por supuesto, no voy a entrar en cuestiones como la cronología exacta del nacimiento del Rabí galileo, a saber, si fue entre cuatro años antes, o  seis después, del que hemos tomado como «año 0». No entraré tampoco en el debate sobre el momento del año, el asunto de que no pudo ser en invierno porque los pastores estaban con el ganado en el campo. Pero, aún así, me voy a impregnar de eso que conocemos como «espíritu navideño» y voy a lanzar a los cuatro vientos mi reflexión.

¿Qué es lo que solemos hacer en estas fechas? Preparar una fiesta. Compramos alimentos y bebidas extraordinarios, que no adquirimos normalmente el resto del año. Compramos también regalos para obsequiar a nuestros seres queridos; porque la fiesta no es solo para nosotros, sino que se invita a familiares, amigos… Nos reunimos en comidas o cenas con compañeros del trabajo, con quienes, a veces, intercambiamos algún detalle también. Invitamos asimismo a nuestros vecinos a tomar una copa de champán y un pedazo de turrón en nuestro hogar…

Sí, invitamos a mucha gente a nuestra fiesta. Pero… ¿qué pasa con el cumpleañero? ¿Invitamos al verdadero protagonista de esta fiesta? Porque es Jesucristo quien cumple un año más cuando llega el 25 de diciembre. Recordemos que se celebra su nacimiento, que ‘Navidad’ viene de ‘Natividad’. Y repito, ¿lo invitamos? ¿Vale como invitación colocar un nacimiento a la entrada de nuestras casas? ¿Ponemos en nuestra mesa una silla más para que se siente con nosotros el Maestro de Galilea? Aunque solo sea de forma simbólica, ¿añadimos esa silla extra?

Quizás el meollo del asunto no esté ahí, puesto que para Él estas cosas no tienen importancia; porque Él ya está por encima del tiempo, ese tiempo que nosotros sí contamos y por el cual celebramos los aniversarios. Quizá el tema no sea invitar a Jesús a nuestra fiesta material, sino invitarnos nosotros mismos a la suya, que es mucho más trascendente, en el sentido más amplio de este vocablo. Porque Jesús, a lo que vino fue a invitarnos a una gran fiesta que ya debe tener preparada para todo aquel que quiera asistir; el único requisito es «seguirle». Y por ello la invitación, el tique de entrada, es un humilde boleto en cuyo anverso está escrita la palabra EVANGELIO, y debajo, una línea de puntos donde nosotros mismos podemos escribir nuestro nombre.

Y ahora, ¿quién se anima a escribirlo la próxima Nochebuena?

 

Reflexión a la Navidad por: Jesús Fernández Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

EL TRABAJO DE CONCEPCIÓN ARENAL

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El trabajo de Concepción Arenal
Monumento a Concepción Arenal en Madrid.

El trabajo de concepción Arenal

Pasemos ahora a analizar la actividad caritativa de Concepción Arenal para luchar contra la pobreza en la sociedad de su tiempo.

Con la experiencia adquirida en la Sociedad de San Vicente de Paúl, creó las Asociaciones «las Decenas» con objeto de socorrer de manera directa a familias en estado de necesidad. Consistían estas sociedades básicamente en reunir a 10 personas de buena voluntad para la obra caritativa de cuidar y socorrer a una familia. Estas diez personas asumían en primera instancia la firme voluntad y deseo de trabajo; en segundo lugar, realizaban una colecta secreta (cada una según sus posibilidades) para dotar a la sociedad de fondos; y por último, apadrinaban a una familia con necesidades constatadas. La actividad voluntaria a realizar sería ofrecer servicios como alquiler de una casa, ropa, comida, medicinas, escuelas para los pequeños, alivio moral (asistencia fraterna lo llamamos nosotros)… vemos que estas asociaciones son claramente preludio de los servicios sociales que, con el paso de las décadas, acabarían siendo asumidos por las administraciones públicas. Hay que indicar que estas «Decenas» carecían de estatutos, organigrama jerárquico, etc.; su fundamento era únicamente la voluntad de trabajo y el deseo de servir.

¿Qué más decir de la actividad benefactora de Concepción Arenal? Mencionemos algunos ejemplos: Fundó la Constructora Benéfica, una sociedad dedicada a la construcción de casas baratas para los obreros; participó directamente en la organización, aquí en España, de la Cruz Roja del Socorro para los heridos de las guerras carlistas; colaboró asiduamente en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza con artículos sobre temas penales y feministas… Sí, feministas, pues también en este ámbito desarrolló un arduo trabajo, como no podía ser de otro modo. De hecho, es una de las pioneras del feminismo en nuestro país. Su primera obra sobre los derechos de la mujer es La mujer del porvenir, donde, por ejemplo, rechaza de plano las absurdas teorías de la inferioridad de la mujer basada en razones biológicas. Además, en sucesivos libros comienza a reclamar derechos para las mujeres, hasta el momento denegados por una sociedad machista: Derecho a ser esposa y madre; derecho a trabajar y a recibir una preparación apropiada para ese trabajo; derecho a su dignidad como ser humano o a no ser un mero juguete en manos de la sociedad patriarcal…

En el ensayo El trabajo de las mujeres denuncia la escasa preparación industrial de las obreras, lo que redundaba en una inferioridad salarial con respecto a los obreros varones; además, la situación que muchas veces se daba de que ellas trabajasen más horas que ellos.

En la obra Estado actual de la mujer en España analiza profundamente la situación de la mujer en todos los ámbitos sociales: laboral, educativo, religioso, de opinión pública y moral; en todos los casos desfavorable para ella, siendo la causa el egoísmo masculino. Para conseguir su emancipación hay que educarla artística, científica e industrialmente, y no se logrará mientras exista dependencia económica del varón.

Concepción Arenal apunta las materias en las que la mujer puede desempeñar una actividad laboral, que son muy variadas, desde relojera, tenedora de libros de comercio o pintora de loza, hasta maestra, farmacéutica, abogada, médica e incluso sacerdote. Sí, sacerdote; ¿por qué una mujer no puede transmitir la palabra de Dios? Profundamente católica, es capaz de dirigir abiertamente duras críticas a un clero arcaico y obsoleto: En general es muy ignorante, no querer a la mujer instruida, es mejor auxiliar, mantenerla en la ignorancia. Esto trajo como consecuencia un fuerte hostigamiento, por parte de organizaciones y movimientos católicos tradicionales, contra el Catolicismo social que promulgaba Concepción Arenal, en el que se contemplaba un feminismo aceptable por cuanto buscaba una reforma necesaria de las estructuras sociales, políticas y religiosas que ya no debían tener cabida en un mundo que caminaba con paso firme hacia el siglo XX. Cierto es que aún quedan cosas por hacer, retos que conquistar, pero la labor desarrollada por esta pensadora cimentó las bases de los muchos logros que la mujer ya ha alcanzado, como lo es, por ejemplo, el hecho de que pueda acceder libremente (sin tener que disfrazarse) a cualquier universidad, licenciarse y trabajar después en la profesión elegida.

Fue una firme defensora de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyo boletín colaboró con artículos de diversa índole, como ya he indicado unas líneas más arriba. Es lógico que así fuera, dado que los parámetros pedagógicos de la ILE se basaban en la metodología educativa de Pestalozzi (con quien había estudiado y colaborado Allan kardec, como sabemos); recordaré algunos puntos del sistema de este gran hombre, que sin duda debieron llamar poderosamente la atención de Concepción Arenal:

  • Fomentar en los niños la observación, la experimentación y el razonamiento, dejando en un segundo plano la mera memorización de conceptos.
  • Enseñanza de ambos sexos (coeducación).
  • Enseñanza de moral y religión, que debe iniciarse en la familia.
  • Considerar muy seriamente las relaciones afectivas entre madre e hijo, pues esto condiciona a este a desarrollar sentimientos de bondad y amor.
  • Educación social, colocando al niño en relación con la naturaleza y la cultura.

Como hemos podido ver, esta mujer fue una impresionante trabajadora que, además de todo lo que ha quedado reseñado y más que me dejé en el tintero, tuvo tiempo para escribir una treintena de obras y numerosos artículos en distintas revistas y boletines. Y es que, cuando se quiere trabajar, las oportunidades aparecen por doquier.

Loor a doña Concepción Arenal, a quien podríamos llamar perfectamente «la Dama de la caridad en España».

Bibliografía: Wikipedia. Manual del preso (Concepción Arenal). «El visitador del pobre», este que Dios colocó tan abajo para que lo levantáramos (Luis Vilas Buendía).

El trabajo de Concepción Arenal por: Jesús Fernández Escrich.

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

 

Este artículo, El trabajo de Concepción Arenal es continuación de: Concepción Arenal.

SABIDURÍA ANCESTRAL: PRESENTACIÓN

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Sabiduría ancestral

Sabiduría ancestral

Hay cafeterías que tienen la costumbre de poner con la consumición un sobrecito de azúcar con una máxima escrita. A un amigo mío, escritor chileno, Roberto Farías, se le ocurrió la idea de escribir un libro comentando algunas de esas frases; el resultado fue un libro titulado Citas de Café, en el que vuelca sus impresiones personales sobre aquellas que más le llamaron la atención.

Pasado un tiempo, me vino la inspiración: ¿Por qué no hacer algo similar con aquellas sentencias con contenido moral? Elegir una serie y comentarlas, orientando esos comentarios, evidentemente, hacia el ámbito espiritual. Hay bastantes: Pensamientos de filósofos, científicos, religiosos, personajes de diversos campos del saber; refranes de la sabiduría popular, proverbios orientales…

No se tratará de sentar cátedra con las opiniones que aquí se reseñen por parte nuestra, ni mucho menos; pretendemos, por un lado, explicar o profundizar en aquellas sentencias moralizadoras y contrastarlas con nuestra doctrina espiritista (en la medida de lo posible); y por otro, animar al lector a que también medite sobre ellas, a que extraiga más conocimientos e impresiones que quizá (o seguro) los autores no hayamos conseguido entresacar.

SABIDURÍA ANCESTRAL es el título que hemos elegido para esta sección que deseamos les guste y les anime a pensar por ustedes mismos sobre el conocimiento que se alberga en esos sencillos y humildes envoltorios de azúcar que aparecen sobre el platillo de la taza, junto a la cucharilla y acompañados de una galletita de canela.

Les invitamos a endulzar el alma con las mieles de la Sabiduría Ancestral.

 

Sabiduría ancestral: Presentación, por: Jesús Fernández Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

CONCEPCIÓN ARENAL

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Concepción Arenal

Concepción Arenal

Odia el delito y compadece al delincuente. Esta quizá sea la sentencia más famosa del personaje que estrena la sección REFORMADORES que hoy iniciamos.

En una España de clara tradición religiosa y en una Galicia profundamente católica vio sus primeras luces esta extraordinaria mujer cuya obra más notable fue la mejora de las condiciones de vida en las prisiones españolas. Pero antes de entrar en este punto, haremos un breve recorrido por su trayectoria humanitaria.

Era hija de una familia ilustrada y noble, cuyo padre, militar de alta graduación, sufrió prisión varias veces por su ideología liberal, claramente contraria al absolutismo de Fernando VII.  Dadas las pésimas condiciones que había en las cárceles de la época enfermó gravemente y acabó falleciendo, dejando huérfana a Concepción con tan solo nueve años. Esto, sin duda, la marcaría profundamente.

Fue una mujer de gran fortaleza y arrojo. Recordaré brevemente a los lectores la anécdota de la universidad. Ella, desde muy joven, declaró su deseo de ser abogada, carrera vedada a las mujeres. Para poder asistir a las clases tuvo el valor de disfrazarse de hombre y mezclarse entre los alumnos… hasta descubrirse el pastel. Entonces, el rector de la universidad intervino en el caso, y tras someterse a un examen que pasó satisfactoriamente, fue autorizada a entrar a las aulas.

Conoció al músico Jesús de Monasterio, quien la introdujo en las «Conferencias de San Vicente de Paúl», organización católica fundada en París que entendía muy bien los postulados cristianos orientados hacia la ayuda a los necesitados. En esta sociedad Concepción ya trabajó profusamente en actividades humanitarias, y producto de su experiencia escribió La beneficencia, la filantropía y la caridad que, presentada al concurso convocado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, obtuvo el primer premio, siendo así la primera mujer galardonada en este certamen.

Concepción Arenal entendía el vocablo ‘religión’ como elemento garante de la moral en su sentido profundo, y en esta obra citada destacó la actividad caritativa que la Iglesia Católica desarrolló en esta época, rescatando los auténticos postulados cristianos de asistencia al necesitado, en unos tiempos, además, en los que estos sentimientos fraternos renacían y bullían por doquier. Recordemos que la obra mencionada se publicó en 1861, pleno auge del Espiritismo en Europa. ¿Bebió Concepción de esta doctrina? No lo sé, pero lo que sí se sabe es que en estos años se realizaron grandes proyector benéficos, como ella misma reseña en su libro: Hospedaje de peregrinos, recogida de transeúntes, asilos para ancianos desasistidos, casas de socorro a la pobreza, cuidado de enfermos sin recursos, escuelas para niños pobres… Nuestra protagonista ensalzaba la importancia de la caridad como virtud cristiana, lo que sabemos está en plena concordancia con la doctrina de los espíritus codificada por Allan Kardec.

En 1864 fue nombrada Inspectora de las cárceles de mujeres, lo que le permitió conocer muy de cerca la situación de precariedad y abandono que sufría la población reclusa femenina. A raíz de su experiencia en el cargo publicó diversos ensayos directamente alusivos a este mundillo: Cartas a los delincuentes, Oda a la esclavitud, El reo, el pueblo y el verdugo y La ejecución de la pena de muerte. En ellas hace una firme defensa de los presos, a quienes considera ante todo como seres humanos.

En el libro El visitador del preso, Concepción Arenal decía cosas como estas:

Otro de los motivos que tenemos para congratularnos de que la visita de las prisiones forme parte de la enseñanza del Derecho Penal, es la esperanza de que los visitadores científicos (algunos al menos) se conviertan en visitadores caritativos; la ciencia y la caridad tienen grandes afinidades, y no será difícil que quien entró para estudiar al delincuente salga compadecido del hombre.

 Fíjese el lector en el punto «la ciencia y la caridad tienen grandes afinidades»; recordemos el postulado de Kardec «hacia Dios por la fe, la razón y la ciencia», o sea, ciencia y religión caminando de la mano para ayudar al ser humano en su evolución como ser integral que es, materia y espíritu. Para esta mujer el delito es, fundamentalmente, egoísmo y dureza. Egoísmo porque el delincuente busca ante todo su propio beneficio, sin importar el daño que su delito pueda causar en la víctima. Por otro lado, es dura por cuanto lo lleva a cabo una persona con el corazón endurecido, debido muchas veces a haber sido ninguneado por una sociedad que, según Concepción, es a menudo muy represiva. «El hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le corrompe», decía asimismo el ilustrado Rousseau.

La autora dice que el trato al delincuente no debe considerarse cuestión de derecho, legal, sino más bien moral y afectiva. Por ello, hay que tratar de moralizar a aquel; influir para el bien en un alma que ha enterrado en lo más íntimo de su ser cualquier sentimiento bondadoso, en un alma que sucumbió ante unas circunstancias a veces demasiado adversas (no puede haber más caridad en estas afirmaciones).

Moralizar sí, que no adoctrinar. Para esta labor, el visitador de presos debe imbuirse de espíritu religioso, cristiano, pero sin hacer ostentación (ni siquiera alusión) de ella, pues si el presidiario se confiesa ateo hará oídos sordos y su alma continuará siendo un muro infranqueable; el visitador acabará predicando en el desierto, como suele decir el dicho popular. Y la forma idónea de realizar esa educación moral sería acompañándola de la educación intelectual; no olvidemos que la población, en general, tenía poco conocimientos de cultura general o era completamente analfabeta, razón por la cual la instrucción de los presos aumentaría su autoestima y les permitiría con mayor facilidad su reinserción en la sociedad, una vez cumplidas las penas impuestas. Por lo tanto, el objetivo final era la reinserción, dejando atrás la represión, que va claramente en contra del auténtico espíritu cristiano.

Concepción Arenal por: Jesús Fernández Escrich.

© 2021, Amor, Paz y Caridad.