EL EXCESO DE PALABRAS

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El exceso de palabras

El exceso de palabras

No vivas dando tantas explicaciones, tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los necios no las entienden. (Oscar Wilde).

Con esa ironía que le caracterizaba, Oscar Wilde nos viene a decir que un exceso de palabras es innecesario en cualquier ocasión. Ante un amigo huelgan las explicaciones, las justificaciones, porque si el amigo es sincero nos va a apoyar igualmente. Un enemigo, por el contrario, siempre nos va a mostrar encono, por lo cual, cualquier cosa que le digamos la va a tomar por falsa, y eso si se digna a escucharnos siquiera. Y a los necios… para qué gastar tiempo y energía en explicarles algo que, como dice el autor de la máxima, no van a comprender. Posiblemente ni lo intenten; permanecerán en su zona de confort sin preocuparse por nada más.

Los dos primeros puntos están tan claros que no considero necesario insistir sobre ellos. Pero la última afirmación sí me trae a la mente el refrán predicar en el desierto, sermón perdido. Es decir, hay que hablar, dirigir nuestras prédicas a aquellas personas que muestren interés por lo que podamos decirles. En el ámbito espiritual este punto es absolutamente válido. Los temas trascendentes no son todavía objeto de interés por la generalidad de la gente, aunque la cosa va en aumento (por fortuna). Será perder el tiempo tratar de explicar conceptos relativos a Dios, a la trascendencia del alma, a las vidas sucesivas… a personas con una actitud netamente materialista, preocupadas solo por el carpe diem: Vivir la existencia rutinaria, trabajando cuando haya que trabajar y disfrutando los momentos de ocio que se presenten.

Hermes Trismegisto ya lo dijo muy claramente en el Corpus Hermeticum, en la remota época en que escribió esta obra. Cuando iba a comenzar las explicaciones sobre el alma a su hijo Tat y a Asclepio, este le sugirió llamar también a Amón, amigo de Tat; Hermes le contestó: «No hay en mí animadversión alguna en su contra (…). Luego de Amón no llames a nadie más, no sea cosa que un tema tan religioso y de tanta importancia sea profanado por la presencia e intervención de muchos. Es impío divulgar masivamente un asunto tan lleno de la entera majestad de Dios». Es decir, Hermes sabía que estas cuestiones tan trascendentes no estaban al alcance de la capacidad de comprensión del pueblo de su tiempo, por lo que no las entenderían correctamente; harían sus propias interpretaciones y, como él mismo apunta, el conocimiento auténtico sería profanado (o sea, tergiversado y adaptado a los propios intereses, como sabemos ha ocurrido con todas las filosofías y doctrinas religiosas a lo largo de la Historia humana).

Allan Kardec también se hace eco de este asunto y lo expone en El Libro de los Médiums, capítulo III, Método, punto 30. Aquí dice que tratar de convencer de un conocimiento a un incrédulo, a un negacionista sistemático, es tarea baldía. Hay, por consiguiente, que dejar a la Providencia el cuidado de estas personas, que aún no están en su momento evolutivo adecuado, y dedicar el tiempo a enseñar a aquellas gentes de buena voluntad con deseos reales de saber. Son más numerosas de lo que en principio se pueda creer, y aquí es donde podemos hacer un trabajo productivo de instrucción, llevando a la práctica el precepto del Mesías de «no esconder la vela debajo del celemín».

Volviendo otra vez al mundo terrenal, terminaré este escrito recordando un pasaje del Quijote, tan lleno de enseñanzas moralizantes. Tras regresar Sancho Panza de una de sus correrías con don Alonso Quijano, le aseguró a su esposa que en breve volvería convertido en conde o gobernador de una ínsula; Teresa Panza, mujer de escasas luces, le preguntó qué era eso de ínsulas. La respuesta del escudero fue contundente: «No es la miel para la boca del asno. A su tiempo lo verás».

O sea, cada quien tiene su momento de despertar y además deberá convencerse por sí mismo, analizando con razonamiento lo que vea o lo que se le diga.

                                     El exceso de palabras por:    Jesús Fernández Escrich

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