Cuando te des cuenta de que lo que le haces a otro te lo haces a ti mismo, habrás entendido la gran verdad.
Lao Tsé
Lao Tsé tiene toda la razón. Y no es el único que nos ha transmitido esta enseñanza. Repasaremos en este artículo a otros autores que han comentado lo mismo para comprobar que la misma sabiduría ha sido transmitida a los distintos pueblos del planeta.
Todo lo que haces a los demás, te lo haces (o harás) a ti mismo. Es la ley del karma, pura y simple, del hinduismo y del budismo. Pero no solo implica las acciones físicas, sino que, según ambas doctrinas, hay tres factores que generan reacciones:
- Los actos.
- Las palabras.
- Los pensamientos.
Cualquier acto, palabra o pensamiento negativo contra un semejante implica la entrada en el ciclo kármico, de modo que habremos de rendir cuentas por los daños provocados. Es decir, somos libres de hacer, decir o pensar, pero se deben asumir las consecuencias derivadas (lo cual vale también para lo positivo). Y esto concuerda con la enseñanza del espiritismo. Pero el asunto va más allá: asimismo con el espiritismo coincide en la relación directa entre karma y reencarnación. Es lógico, una sola vida humana no alcanzaría para experimentar todos los efectos de las acciones realizadas («cobrar» todo el bien que se ha hecho o «pagar» todo el mal realizado en vida); por ello, serán necesarias más reencarnaciones, más retornos a la materia, para ir pagando deudas ancestrales; sin prisa, pero sin pausa.
Casi lo mismo se nos relata en el Kybalión. Está atribuido a cierto personaje llamado Hermes Trismegisto, que se vincula a un alquimista místico y considerado deidad de algunas logias ocultistas, anterior al Egipto faraónico. En el Kybalión, el principio de «Causa y Efecto» afirma que todo efecto tiene su causa, y viceversa. Nada ocurre casualmente. La suerte carece de significado. La casualidad es solo una palabra que indica la existencia de una causa anterior no reconocida o percibida.
Es así que causa y efecto residen sencillamente en los sucesos, que son nada más que el resultado de otros acontecimientos anteriores. Y todos estos sucesos forman parte de una gran cadena de sucesos que fluyen de la energía creadora del TODO.
Contemporáneo de Lao Tsé, Confucio también se hace eco del mismo pensamiento, que aparece en las Analectas, compilación de sentencias del propio filósofo recogidas por sus discípulos bastantes años después de su muerte. Y aunque el confucianismo se centra más en la vida terrenal mientras que el taoísmo mira la vida del más allá, ambos coinciden en el fondo del postulado que nos ocupa. Dice la frase de Confucio no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti, ni te hagas a ti lo que no le harías a los demás. La enseñanza implícita de esta sentencia (con la perspectiva terrenal), a mi entender, es que el respeto por los demás empieza por el propio; y a la inversa igualmente. Lograr entender que al causar el bien en los demás me lo estoy haciendo a mí mismo, porque estoy generando sentimientos de agradecimiento que, en un futuro, revertirán en mi persona, recibiendo ayuda (si llegare el caso) de aquellos a los que ayudé o traté bien. Por contra, malos actos o perjuicios provocarán recelos y odios que se nos vendrán encima en la misma medida, o peor, en forma de venganzas. En definitiva, karma.
Y como remate, no podíamos olvidarnos del maestro de maestros, el rabí de Galilea, Jesús. Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Es decir, nos está dando la misma advertencia del karma, «cada uno recoge lo que siembra»; y esto, en virtud de otra afirmación del Cristo: No juzguéis y no seréis juzgados, porque la misma vara de medir que uséis con vuestro prójimo será aplicada sobre vosotros. Creo que esto no sirve solo para los juicios de valor, que equivaldrían a los pensamientos y las palabras del budismo e hinduismo, sino a las consecuencias (hechos) derivados de tales enjuiciamientos. Jesús está dando la doble vertiente de aquel pensamiento de cosechar lo que se sembró: vale para lo malo y para lo bueno.
La «Ley de causa y efecto» del espiritismo redondea todas las enseñanzas relativas a este tema, añadiendo puntos que otras filosofías no contemplaban. Por ejemplo, en el progreso del alma humana existen los agravantes y los atenuantes. Así se ve, por ejemplo, en la pregunta 169 del Libro de los Espíritus: «¿Es el mismo número de encarnaciones para todos los Espíritus?».
La respuesta es clara: «No, porque el que progresa rápidamente se evita pruebas (…)». O sea, si se aprovecha cada encarnación, las vidas siguientes devengarán pruebas menos duras para el espíritu, lo que acortará su salida de la rueda de reencarnaciones obligatorias por motivos de expiación. Además, se deduce igualmente que el número de reencarnaciones varía en cada caso, no existiendo un número concreto de ellas, como se creía en algunas religiones pasadas, tal cual ocurría en la antigua religión egipcia; analicémosla un poco. Según ella, el ser humano que no ha reconocido su ka -como naturaleza interna- solo puede regresar a la Tierra cinco veces, y por eso el Libro de los Muertos nos da muchas referencias a la aspiración de los fallecidos a unirse a las leyes naturales, pues separarse de ellas es la causa de las vidas terrenas. El alma que no aprovecha estas cinco vidas se convierte en una de las almas perdidas en el Duat o purgatorio, lo que no es cierto, como nos explica la doctrina de Kardec. Para los egipcios, las 42 confesiones negativas de la Madre Real Nezemt (que son predecesoras de las leyes de Moisés) vienen a decir de manera pormenorizada y detallada lo que es preciso «no hacer» si se quiere retornar al mundo de la felicidad. Frases como ‘no he robado’, ‘no he cometido pecados’, ‘no he matado seres humanos’, ‘no he maldecido’, ‘no he hecho llorar a nadie’… nos llevan de vuelta a la afirmación de Lao Tsé: Hacer daño al prójimo nos perjudica a nosotros mismos y nos aumenta tanto el número de reencarnaciones como la dureza de las pruebas que habremos de enfrentar en ellas. Esta quizá sea la gran verdad a la que alude el pensador chino… o al menos una porción de la misma.
Acerca de la ley de causa y efecto por: Jesús Fernández Escrich






