El veintiuno (o veintidós) de marzo es una fecha equinoccial; marca un cambio estacional en todo el planeta, una renovación de la Naturaleza. En la pequeña villa donde se desarrolla esta historia el día amaneció esplendoroso, con todos los elementos característicos del nuevo tiempo: un sol resplandeciente dando calor a infinidad de flores ya abiertas sobre el prado; los recios árboles, desnudos hasta el momento, mostrando una multitud de brotes verdes brillantes, cargados de savia nueva; los animalillos retozando con sus recién encontradas parejas; los pajarillos, alborozados en su busca de materiales para la rehabilitación de sus nidos… Sí, todo lo típico.
En este pueblito vivía don Homobono, un hombre un tanto especial: era vidente, una de esas personas que ven cosas que los demás no vemos; pero vidente de veras, no como esos charlatanes que te sacan los cuartos a cambio de decirte lo que deseas escuchar; don Homobono llevaba toda su vida dando pronósticos a sus convecinos sobre el clima, sobre sucesos futuros que terminaban por cumplirse, e incluso visualizando a las almas de muchos que ya se habían marchado de este mundo, dando todo lujo de detalles que solo los familiares podían conocer. Sí, don Homobono era muy querido y respetado en su pueblito.
La mañana que nos ocupa estaba el caballero sentado en un banco del parquecillo; pero solo se encontraba allí a nivel físico, porque emocionalmente parecía estar en otra parte. En efecto, no aparentaba percatarse del bello espectáculo que tenía lugar en torno a él; su rostro extático mostraba dos ojos que proyectaban su mirada hacia algún punto impreciso del éter; su boca esbozaba una leve sonrisa, a medio camino entre admiración y gozo; ciertamente, don Homobono estaba viendo algo de lo que a veces “veía sin ver”, como se decía de él. Las gentes que pasaban, camino a sus quehaceres, por la vereda junto a la que estaba el banco, se fueron deteniendo al ver la “actitud característica” de don Homobono cuando se sumía en sus trances; íbanse parando junto a él cada vez más personas; todas mirándole fijamente y haciéndose en silencio la misma pregunta. Hasta que una señora se atrevió a lanzarla en voz alta:
–¿Qué está usted viendo, querido vecino? Porque ve algo… ¿me equivoco?
La respuesta del caballero no se hizo de rogar:
–Nada de especial, doña Guiomar; que en la otra dimensión también ha comenzado la primavera.
Equinoccio por: Jesús Fernández
(Guardamar, madrugada del 12 de marzo de 2016)
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