CONCEPCIÓN ARENAL

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Concepción Arenal

Concepción Arenal

Odia el delito y compadece al delincuente. Esta quizá sea la sentencia más famosa del personaje que estrena la sección REFORMADORES que hoy iniciamos.

En una España de clara tradición religiosa y en una Galicia profundamente católica vio sus primeras luces esta extraordinaria mujer cuya obra más notable fue la mejora de las condiciones de vida en las prisiones españolas. Pero antes de entrar en este punto, haremos un breve recorrido por su trayectoria humanitaria.

Era hija de una familia ilustrada y noble, cuyo padre, militar de alta graduación, sufrió prisión varias veces por su ideología liberal, claramente contraria al absolutismo de Fernando VII.  Dadas las pésimas condiciones que había en las cárceles de la época enfermó gravemente y acabó falleciendo, dejando huérfana a Concepción con tan solo nueve años. Esto, sin duda, la marcaría profundamente.

Fue una mujer de gran fortaleza y arrojo. Recordaré brevemente a los lectores la anécdota de la universidad. Ella, desde muy joven, declaró su deseo de ser abogada, carrera vedada a las mujeres. Para poder asistir a las clases tuvo el valor de disfrazarse de hombre y mezclarse entre los alumnos… hasta descubrirse el pastel. Entonces, el rector de la universidad intervino en el caso, y tras someterse a un examen que pasó satisfactoriamente, fue autorizada a entrar a las aulas.

Conoció al músico Jesús de Monasterio, quien la introdujo en las «Conferencias de San Vicente de Paúl», organización católica fundada en París que entendía muy bien los postulados cristianos orientados hacia la ayuda a los necesitados. En esta sociedad Concepción ya trabajó profusamente en actividades humanitarias, y producto de su experiencia escribió La beneficencia, la filantropía y la caridad que, presentada al concurso convocado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, obtuvo el primer premio, siendo así la primera mujer galardonada en este certamen.

Concepción Arenal entendía el vocablo ‘religión’ como elemento garante de la moral en su sentido profundo, y en esta obra citada destacó la actividad caritativa que la Iglesia Católica desarrolló en esta época, rescatando los auténticos postulados cristianos de asistencia al necesitado, en unos tiempos, además, en los que estos sentimientos fraternos renacían y bullían por doquier. Recordemos que la obra mencionada se publicó en 1861, pleno auge del Espiritismo en Europa. ¿Bebió Concepción de esta doctrina? No lo sé, pero lo que sí se sabe es que en estos años se realizaron grandes proyector benéficos, como ella misma reseña en su libro: Hospedaje de peregrinos, recogida de transeúntes, asilos para ancianos desasistidos, casas de socorro a la pobreza, cuidado de enfermos sin recursos, escuelas para niños pobres… Nuestra protagonista ensalzaba la importancia de la caridad como virtud cristiana, lo que sabemos está en plena concordancia con la doctrina de los espíritus codificada por Allan Kardec.

En 1864 fue nombrada Inspectora de las cárceles de mujeres, lo que le permitió conocer muy de cerca la situación de precariedad y abandono que sufría la población reclusa femenina. A raíz de su experiencia en el cargo publicó diversos ensayos directamente alusivos a este mundillo: Cartas a los delincuentes, Oda a la esclavitud, El reo, el pueblo y el verdugo y La ejecución de la pena de muerte. En ellas hace una firme defensa de los presos, a quienes considera ante todo como seres humanos.

En el libro El visitador del preso, Concepción Arenal decía cosas como estas:

Otro de los motivos que tenemos para congratularnos de que la visita de las prisiones forme parte de la enseñanza del Derecho Penal, es la esperanza de que los visitadores científicos (algunos al menos) se conviertan en visitadores caritativos; la ciencia y la caridad tienen grandes afinidades, y no será difícil que quien entró para estudiar al delincuente salga compadecido del hombre.

 Fíjese el lector en el punto «la ciencia y la caridad tienen grandes afinidades»; recordemos el postulado de Kardec «hacia Dios por la fe, la razón y la ciencia», o sea, ciencia y religión caminando de la mano para ayudar al ser humano en su evolución como ser integral que es, materia y espíritu. Para esta mujer el delito es, fundamentalmente, egoísmo y dureza. Egoísmo porque el delincuente busca ante todo su propio beneficio, sin importar el daño que su delito pueda causar en la víctima. Por otro lado, es dura por cuanto lo lleva a cabo una persona con el corazón endurecido, debido muchas veces a haber sido ninguneado por una sociedad que, según Concepción, es a menudo muy represiva. «El hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le corrompe», decía asimismo el ilustrado Rousseau.

La autora dice que el trato al delincuente no debe considerarse cuestión de derecho, legal, sino más bien moral y afectiva. Por ello, hay que tratar de moralizar a aquel; influir para el bien en un alma que ha enterrado en lo más íntimo de su ser cualquier sentimiento bondadoso, en un alma que sucumbió ante unas circunstancias a veces demasiado adversas (no puede haber más caridad en estas afirmaciones).

Moralizar sí, que no adoctrinar. Para esta labor, el visitador de presos debe imbuirse de espíritu religioso, cristiano, pero sin hacer ostentación (ni siquiera alusión) de ella, pues si el presidiario se confiesa ateo hará oídos sordos y su alma continuará siendo un muro infranqueable; el visitador acabará predicando en el desierto, como suele decir el dicho popular. Y la forma idónea de realizar esa educación moral sería acompañándola de la educación intelectual; no olvidemos que la población, en general, tenía poco conocimientos de cultura general o era completamente analfabeta, razón por la cual la instrucción de los presos aumentaría su autoestima y les permitiría con mayor facilidad su reinserción en la sociedad, una vez cumplidas las penas impuestas. Por lo tanto, el objetivo final era la reinserción, dejando atrás la represión, que va claramente en contra del auténtico espíritu cristiano.

Concepción Arenal por: Jesús Fernández Escrich.

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