PRISIONERO DE LOS DEMÁS

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Prisionero de los demás

Preocúpate por lo que piensen los demás y siempre serás su prisionero.

Lao Tsé

Vuelvo con Lao Tsé. Qué quieren que les diga, este hombre es una verdadera fuente de sabiduría. Sus comentarios y sentencias no han perdido actualidad, y para esta sección resulta ser una mina de información.

Bien, entremos al análisis de la frase que nos ocupa. 

A veces, estamos demasiado pendientes de las opiniones ajenas. Quizá sea debido a la sociedad en que habitamos, tan preocupada por las apariencias, por el qué dirán. Eso nos hace comportarnos, como suele decirse, para quedar bien de cara a la galería; para tratar de satisfacer a todos. Porque, en otro caso, podríamos ser excluidos del entorno al que deseamos pertenecer. Y es que, nuestra sociedad actual está dividida en multitud de «departamentos», y «necesitamos» encuadrarnos en alguno de ellos. Departamentos que tienen sus estructuras internas, sus normas, que es necesario seguir para, primero, ser aceptados, y luego, no ser excluidos. Es por ello que tratamos por todos los medios de cumplir, de actuar conforme a los postulados.

A veces, éstos postulados son tácitos, o sea, no forman parte de ningún código obligatorio sino que han quedado instaurados por mera costumbre. Aquí cabrían los usos, las normas básicas de educación o los protocolos de determinadas asociaciones, clubes sociales o «tribus urbanas».

En otros casos, los códigos de conducta están perfectamente establecidos y deben ser cumplidos al pie de la letra. Pertenecen a este grupo, por ejemplo, las sociedades secretas de antaño, como la Masonería, que dispone de un estricto código de admisión y permanencia. Asimismo, empresas, sindicatos, etc., tienen sus estatutos propios.

Y alguien pensará que tanto código nos coarta el libre albedrío. Bueno…, las normas son importantes en este mundo, nos permiten vivir con un mínimo de civismo; pero a veces, nosotros mismos nos empecinamos en pertenecer a algún grupo, y hacemos lo indecible para conseguirlo. En definitiva, nos autoesclavizamos, nos hacemos dependientes de las opiniones de los demás (para «encajar») y nos convertimos en esos prisioneros emocionales de los que habla el sabio. Esto creo que vale para cualquier ámbito de la vida: cultural, vecinal, artístico… y creo que puedo confirmarlo con una anécdota personal.

Hace años asistí a un taller de escritura creativa, y el profesor, un autor ya consagrado, con numerosos libros editados y algunos premios en su haber, nos dijo lo siguiente al comienzo del cursillo:

«Cuando os pongáis ante un folio en blanco, escribid lo que os guste, lo que os apetezca. Y si bien es conveniente un poco de autocensura, no penséis demasiado en la opinión de los lectores, porque, escribáis lo que escribáis, jamás podréis satisfacerlos a todos. Siempre habrá lectores a los que les guste vuestra obra y lectores a los que no».    

Por tanto, sed vosotros mismos. Y si decidís formar parte de algún grupo social de los que he hablado, analizad bien sus códigos y protocolos y calibrad si merece la pena limitar vuestra libertad de ser vosotros mismos.

Prisionero de los demás por: Jesús Fernández Escrich

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