EL CARDO TAMBIÉN TIENE SU FLOR

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El cardo también tiene su flor

Esta tuvo lugar siendo yo muy joven; no puedo precisar el año exacto; sin embargo, dado que yo comencé a colaborar en los trabajos mediúmnicos a los dieciocho años, se podría fijar la fecha en 1948 o 1949.

Como es lógico, dejó una profunda huella en mi alma, y el transcurso de los años no ha logrado borrar.

Era Semana Santa y se decidió hacer una elevación hacia el mundo espiritual, considerando aquellos acontecimientos que tuvieron lugar en Jerusalén, cuando el querido Maestro, encarnado entre nosotros, tuvo el gran gesto de amor haciéndonos comprender con su dolor lo que es el paso por este planeta, y enseñándonos a sufrir conforme a la voluntad de Dios, que lo único que desea es nuestro perfeccionamiento espiritual.

Llegado el día, jueves, el director de los trabajos, don Julio, expuso al hermano guía del grupo la idea, que consistía en hacer una ofrenda a Jesús: cada uno de nosotros haría el firme propósito de trabajar aquel defecto que más dañara a nuestro espíritu, y el firme propósito de erradicarlo, estableciendo así un fuerte compromiso.

A este propósito le daríamos la representación de nuestra flor preferida, y con cada una de ellas se haría un ramillete espiritual para Él. El espíritu protector nos dijo que nuestros deseos habían sido bien acogidos y que él mismo recogería las flores.

Desde el mismo instante en que se habló del proyecto, en mi mente se instaló el nombre de una planta que sin ser, ni con mucho, mi preferida, se negaba a abandonarla: un cardo.

¡Señor! ¿Qué razón había para querer ofrecer una planta tan lacerante como un cardo? ¿Acaso no había tenido Jesús suficientes espinas durante su martirio, que aún yo quería ofrecerle más?

En ningún momento comenté con nadie el nombre de mi flor, mucho menos tratándose de aquella.

Era una constante preocupación y una tremenda desazón, y esa desazón duró todo el tiempo que transcurrió desde que se hizo el proyecto hasta el día del trabajo. No pude erradicar de mi mente el nombre de la planta; cada vez que intentaba buscar otra flor –con tantas como existen-, el cardo evitaba todo intento.

Llegado el momento, cada uno de los presentes fueron entregando su flor: rosa, hortensia, violeta, azucena… Cuando llegó mi turno, el hermano comunicante, sin permitirme hablar, me dijo:

Querida hermanita: ¿Por qué dudas? El cardo también tiene su flor, y es hermosa como todas las flores que Dios ha creado. En cuanto a las espinas, solo pinchan cuando hay intención de que lo hagan. ¡Dame tu cardo!

Mi estado de ánimo varió al instante, y una paz y tranquilidad me invadieron por completo. Mi planta había sido elegida para hacernos recordar lecciones que solemos olvidar y enseñanzas que los espíritus no se cansan de darnos, y esta está viva en el Libro de los Espíritus. Dice así:

Los espíritus con frecuencia conocen hasta lo que quisierais ocultaros a vosotros mismos; pues no hay actos ni pensamientos que les puedan ser simulados.

Así fue: ellos habían penetrado en mis pensamientos y no permitieron que los modificara para, llegado el momento, demostrarnos una vez más que entre el mundo material y el espiritual hay menos distancia de lo que creemos, y que nunca la modifican; solo nosotros lo hacemos cuando olvidamos que ellos están ahí para ayudarnos con sus consejos, y cuando no les escuchamos, se alejan… Se alejan; pero, siendo una realidad que leen nuestros pensamientos, no tardan en estar de nuevo a nuestro lado en el mismo instante en que nosotros los modificamos. Así pues, procuremos que nuestros pensamientos y acciones estén siempre en consonancia con las leyes morales, para de esta forma poder ganar el favor de los buenos espíritus, que nos conducirán hacia nuestro perfeccionamiento espiritual.

Una vez más, la bondad de Dios me permitió vivir una nueva experiencia: la influencia oculta de los espíritus en nuestros pensamientos y acciones.

         ¡Gracias, Señor!

El cardo también tiene su flor por: Mª Luisa Escrich

2019 © Amor, Paz y Caridad

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