CONOCER A LOS ESPÍRITUS

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Conocer a los espíritus

Hubo un tiempo en el cual mi conducta se fundamentaba en el hecho de ser espiritista: era muy jovencita y cualquier acto se me antojaba no acorde con ese principio; todos los días, cuando me acostaba, me preguntaba si habría hecho, dicho o pensado algo que desagradara a los espíritus; pensaba que ellos me estaban mirando, sobre todo mi guía, que es como me enseñaron a denominar al conocido como “ángel de la guarda”, y me lo imaginaba muy triste por mi culpa. A los doce o trece años eran muy comunes esos pensamientos; era el concepto de ser “buena o mala”.

Nacida de unos padres espiritistas, durante los primeros años (hasta los seis) oír hablar de los espíritus, o mundo espiritual, era algo normal para mí; en casa, papá y mamá comentaban lo acaecido en las reuniones a las que asistían con toda naturalidad, y un día pregunté: ¿qué es un espíritu? Papá me lo explicó de una forma que yo pudiera entender:

-Si tú tienes una amiguita y se pone enferma y no puede curarse, tú sabes que se puede morir, ¿no es verdad?

-Sí –le contesté-, es que Dios se la lleva.

-Así es, pero solo se lleva su alma, y el alma de tu amiguita es un espíritu. Todos somos espíritus…

Pasados unos años, mi madre me contó que hice una reflexión sin saber que lo era; y dada mi edad, fue sorprendente:

-Entonces, cuando yo me muera, seré un espíritu…

Los acontecimientos que se desarrollaron en nuestro país, años 36 – 39, guerra civil, acabaron con aquel estado normal y natural en el que vivíamos en cuanto a la práctica y estudio del Espiritismo (me refiero a que ya no podían reunirse con regularidad; sin embargo, aún había libertad.

Así, nunca se dejó de hablar del mundo espiritual en casa; si bien sin la presencia de papá, que se encontraba en el frente…

En el año 1939 se cortó de raíz toda posibilidad de retomar la normalidad. Perdimos a papá, y el espiritismo fue proscrito y perseguido; no obstante, y con una buena dosis de valentía, seguimos reuniéndonos siempre que podíamos; y en aquellas reuniones pude empezar a tener consciencia de lo que eran los espíritus y de su relación con nosotros:

Qué eran y cómo eran la bondad y la maldad, el libre albedrío y la fuerza de voluntad; aprendí que todo depende de nosotros, pero que podemos contar con ellos, con sus consejos; su ayuda, en cuanto a los esfuerzos que hagamos por poner en orden nuestra alma.

A partir de los catorce años pude compartir las experiencias que, generosamente, nos hicieron vivir desde el otro lado de la existencia, y que fueron un río de enseñanzas. Dejé de considerar que los espíritus se pueden enfadar y llorar por nuestra culpa, para entender que son hermanos nuestros cuyo interés por nosotros es ayudarnos a mejorar nuestros comportamientos; ayudarnos a evolucionar y a acortar, en lo posible, nuestra preparación para el momento en que seamos llamados a ser espíritus; un nuevo concepto que aprendí: hacer distinción, para entendernos, entre alma, cuando estamos encarnados, y espíritu, al desencarnar, aun siendo lo mismo.

Así fui creciendo y, poco a poco, aprendiendo.

He sido afortunada, me enseñaron qué y cómo son los espíritus, y la “convivencia” con ellos.

¡Gracias!

Conocer a los espíritus por: Mª Luisa Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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