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PUREZA EN EL CORAZÓN

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Pureza en el corazón

Jesús, en el Sermón de la Montaña, delante de cientos de sus seguidores habló de cómo se podía conquistar el Reino de Dios. A lo largo de la predicación, enumeró las bienaventuranzas que indicaban como se tenía que ser para alcanzarlo, y en la sexta declara: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.”

Entrados en el siglo XXI de nuestra era y con toda la tecnología a nuestro alcance, con todos los adelantos de la ciencia, nos encontramos en una sociedad acomodada, egoísta, donde el orgullo llama a casi todos los corazones, lo que nos provoca una ceguera espiritual que nos impide ver más allá de nuestras verdaderas necesidades, de nuestros gustos personales. Descuidando nuestra limpieza espiritual.

Juan Pablo II, dice: “Se exaltan a menudo el placer, el egoísmo o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y de felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que se debe defender la pureza del corazón.”

En ocasiones las injusticias o situaciones de sufrimientos en los que nos vemos envueltos, tienen su origen en el interior de nuestro corazón que no cuidamos lo suficiente, porque las carencias que no vamos subsanando, dan cabida a influjos negativos, que nos impiden ver con claridad la forma correcta de actuar; siendo una de ellas ponerse en el lugar del otro. Por lo que se dan situaciones dañinas para nosotros o nuestro prójimo; que podríamos evitar mirándonos dentro de nosotros mismos, consiguiendo conocernos un poco mejor; evitaríamos obstaculizar la encarnación presente, para nuestra evolución espiritual.

Esta desidia deja en nuestro corazón un poso, que poco a poco, si no estamos atentos se va haciendo cada vez más grande, consiguiendo que nos repleguemos hacia nosotros mismos evitando compartir nuestra vida con los demás; incluso lo que es peor, excluyendo a nuestro círculo más íntimo, más querido. Estamos en el pensamiento del poseer y de no darse, dejando que aumente el orgullo y el egoísmo en nuestro corazón.

Jesús convocó a la multitud y les dijo: « Oíd y entended. No ensucia al hombre lo que entre en la boca; mas lo que sale de la boca, eso ensucia al hombre”. (M. cap. XV 10-11)

Y Jesús dijo: “¿Aun vosotros también sois sin entendimiento? – ¿No comprendéis que toda cosa que entra en la boca, va al vientre, y es echado en lugar secreto? Más lo que sale de la boca, del corazón sale, y esto ensucia al hombre. Porque del corazón salen los pensamientos malos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias. Estas cosas son las que ensucian al hombre. Mas el comer con las manos sin lavar no ensucia al hombre.” (San Mateo, cap. XV, v. de 16 a 20).

La pureza en el corazón como toda virtud, requiere una atención diaria de nuestros sentimientos, pensamientos; que con voluntad, disciplina y ganas de trabajar, se va consiguiendo.

Es una virtud que va unida estrechamente con la humildad y sencillez, con un comportamiento natural sin doblez, donde la caridad es tarjeta de presentación; donde el amor preside todo su comportamiento y la indulgencia es la respuesta a las debilidades ajenas, además de a toda acción o palabra hiriente que podamos recibir. Por lo tanto, no cabe cualquier pensamiento o sentimiento de orgullo o egoísmo.

Esto se consigue aceptando con docilidad, nuestra condición y nuestra situación, porque es el resultado del pasado, es el reflejo de nuestras acciones, sentimientos, así como de los pensamientos, que nos han ido acompañando desde el principio de nuestras existencias. Formando poco a poco nuestro presente. Entendiendo que hay que hacer un esfuerzo por mejorar interiormente, comprendiendo que la perseverancia en nuestra transformación interior es necesaria para conseguir aquellos objetivos que nos vamos poniendo poco a poco.

Cualquier pensamiento o sentimiento negativo por pequeño que sea, indica  imperfección en el alma; por tanto cuando se lucha por rechazar con energía cualquier atisbo de maldad, borrar cualquier pensamiento que pueda perturbarnos, es cuando se consigue ir adelantando en nuestro progreso.

El espíritu que alcanzó la perfección sería el modelo que podríamos poner, como verdadera pureza. También podemos coger como ejemplo los niños, como lo hizo El Maestro, cuando en cierta ocasión dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mi” (Mc 10, 13-16)

El espíritu al nacer a una nueva vida física, pierde conciencia de sí mismo en los primeros años de existencia. No muestra todavía sus tendencias negativas; todo lo contrario, transmite ternura, se le observa ingenuidad, necesita de los cuidados permanentes de la madre. Y Jesús lo toma como figura de pureza y simplicidad, tiene el alma sincera y permanece en la sencillez de sus pensamientos que sobre todo son espontáneos y sin malicia.

El trabajo interno para transformarnos en personas mejores de lo que somos, lo realizamos a merced de que sabemos dónde está el bien y donde está el mal, ya que el universo está gobernado por Leyes sabias y justas y el bien es la manifestación de la Ley del Amor; reafirmada gracias a la doctrina que nos dejó Jesús de Nazaret.

Su doctrina, es la doctrina del amor. Ejercer la caridad y la tolerancia en todo momento hacia los demás, cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades, desarrollar la paciencia y la docilidad que nos ayuda a ir construyendo el futuro, la fe junto con la esperanza que es la palanca que nos impulsa hacia adelante en nuestro proyecto de elevación.

El equilibrio espiritual nos ayudará a tener los sentimientos y los pensamientos en perfecta armonía, pues, el sentimiento tiñe los pensamientos y estos nos motivan a actuar, siendo la forma de proceder la que refleja cómo somos.

En la mente de un corazón puro no aparece la maldad por ningún lado. Desarrollando el amor, la inteligencia y la fe comprendemos que nuestro camino es de sentido único, que nos lleva a la perfección.

“La pureza de la mente y el ocio son incompatibles.” Mahatma Gandhi

Vivir en el amor, el de una madre a sus hijos, el de un hombre a una mujer, el del profesional en su trabajo, el que nace entre amigos, etc., cada uno de nosotros en donde estemos, vivido con sinceridad, con firmeza, con  desinterés, hace que nuestros sentimientos, pensamientos y obras sean cada vez más limpios, aumente nuestra fortaleza y nos sintamos más alegres.

El corazón es el distintivo más íntimo del hombre; en él está depositada la chispa del amor que tenemos que ir cultivando y engrandeciendo, mientras más pureza tengamos en él, mayor capacidad de amar tendremos, aumentando nuestra disposición a perdonar con sinceridad a todo aquél que nos ofenda o ataque; devolviendo bien por mal.

Evidentemente no encontraremos ni bondad, ni pureza, en el corazón de un espíritu donde el egoísmo, el orgullo, la avaricia, la maledicencia, etc., han hecho su morada. Es por eso que del corazón hay que limpiar la ambición, la envidia, la intolerancia, el odio… y tenemos que tener una vigilancia, firme, perseverante hacia nosotros mismos, de esta manera también evitaremos que los hermanitos negativos, que siempre están al acecho, hagan que nuestros tropiezos sean mayores.

La vida fundada en el amor, la limpieza, la honestidad, la compasión…nos ayuda a tener una buena conciencia, consiguiendo que la senda que nos trazamos, la vayamos alisando de piedrecillas, entorpecimientos, obstáculos… que nos podemos encontrar a lo largo de  nuestro caminar. De esta forma podremos dominar la fuerza de nuestras pasiones, perdonar y amar a nuestros enemigos, ayudar a los que nos necesitan, consolar y dar esperanzas a los que no ven futuro en su porvenir. En definitiva actuar con el corazón sincero, bajo el dictamen de la conciencia.

“La pureza de la palabra, de la mente, de los sentidos y de un corazón compasivo, se necesitan por aquel que desea subir a la plataforma divina.” Chanakya

 

                                                                                                                        Pureza en el corazón por:  Pureza en el corazón por: Gloria Quel

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DOLOR; COMPAÑERO DE REDENCIÓN 2

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DOLOR; COMPAÑERO DE REDENCIÓN 2

Siguiendo con artículo del mes pasado sobre el dolor, y sabiendo que su finalidad última es el perfeccionamiento moral, es necesario que nos fijemos en las leyes espirituales que dan una explicación más amplia, de las formas en las que éste se puede presentar.

El temario de Conocimiento Espiritual  de Sebastián de Arauco, divide el dolor en  tres tipos:

Físico: se da en la materia, ocasionados fundamentalmente por nuestras debilidades, excesos, vicios o por estados afectivos desarmónicos, llegando a crear enfermedades además del desgaste de las energías corporales.

Psíquico: estados anormales considerados como neurosis, psicosis en manifestación diversa, así como psicopatías en diversos grados, surgidos por las tensiones emocionales, sentimientos de índole inferior, o actitud mental desacertada frente a la vida. Así como los deseos de baja naturaleza.

Espiritual: son las sensaciones de reproche y acusación que el espíritu manifiesta en la propia persona. Es el remordimiento de conciencia que asalta por actuar en contra de nuestros principios morales.

Solemos pensar que el dolor es un castigo, que nos manda Dios, por nuestro comportamiento inadecuado. Nada más lejos de la realidad, es una herramienta más, que se nos da, para poder separar del alma los defectos y debilidades más arraigadas que tenemos. Después de todo, el dolor es transitorio, por lo tanto durará lo que nosotros queramos que dure, teniendo en cuenta que es un instrumento de drenaje que repara nuestra alma, en tanto en cuanto, comprendamos que es por medio del amor, la manera más fácil de elevar nuestro espíritu.

El libro Despierte y sea feliz psicografiado por Divaldo Pereira, Joanna de Ângelis habla de tres tipos de dolores: el dolor-elevación, el dolor-conquista y el dolor-rescate.

Nuestro dolor es un dolor de rescate que nos ayuda a reparar todos los errores e iniquidades del pasado ayudándonos a despertar nuestra conciencia, para entender que es por medio de la voluntad, del esfuerzo individual, la forma como superamos voluntariamente las deficiencias espirituales, de este modo conseguiremos  el progreso. Convirtiendo nuestros actos, en actos de amor, enseñándonos el camino a seguir; eliminando todo lo que pueda perturbarnos interiormente para de esa manera conseguir los objetivos que el Padre había propuesto para todos nosotros.

Como Padre que es, es justo y bondadoso, con lo cual no reparte sufrimientos, sino que hace las pertinentes correcciones de nuestro comportamiento, siendo éstas correcciones, las que nos impulsan hacia el progreso de nuestro espíritu.

Ante el dolor o adversidades por los que podamos estar pasando,  lo peor que podemos hacer es entrar en estado de rebeldía, porque lo hace más insoportable y la desesperación lo aumenta, entrando en un estado de angustia que nos condena aún más, haciendo inútil los sufrimientos por los que estamos pasando. Además éste estado, nos nubla la razón, no nos deja analizar de qué forma podemos encarar la situación en la que nos encontramos. Es una actitud que nos estanca, nos retrasa en nuestro progreso. Por el contrario si tenemos resignación, además de calma, el análisis que podamos hacer nos ayudará a minimizarlo o incluso, a bajar la intensidad del mismo. Es por ello que cuando el dolor nos llegue, debemos aprender a sufrir, a aceptarlo. De ese modo, éste perderá fuerza, volviéndose un pequeño correctivo a nuestros desmanes, además de los errores cometidos, consiguiendo transformar esas fuerzas negativas que poseemos en positivas; de esta forma puede surgir del vicio la regeneración y del defecto la virtud.

Porque es difícil entender que el sufrimiento es bueno, se requiere tener unas convicciones fuertes, que asentadas en unos principios morales firmes, lleguen a la razón y al corazón, entendiendo el sentido del dolor así como en el infinito amor que nos tiene Dios; en su innegable justicia, que no nos deja sufrir un minuto de dolor que no nos merezcamos, además nos da las fuerzas necesarias para poder soportarlo.

Cuando se pasa por un estadio de dolor o se supera una enfermedad que te hacía pensar que te llevaría a la muerte física, la visión de la vida cambia por completo; recapacitas, llegando a considerar el tiempo que has podido perder, dándole importancia a cosas que no las merecía. Esa sacudida que muchas veces nos provoca el dolor, que nos remueve todo nuestro interior, supone un cambio radical en nuestra forma de pensar y vivir; se genera una reflexión profunda preguntándonos, a partir de ese momento, qué hacer con nuestras vidas. A partir de ahí, se observan con otros ojos las pequeñas cosas, las relaciones personales, el aspecto humano de la vida, algo que probablemente nos parecía secundario o irrelevante.

El dolor es la escuela donde se puede aprender la paciencia, la resignación; es donde el egoísmo, así como el orgullo se van disolviendo poco a poco, nos hace mejores personas.

El Divino Maestro repetía en ocasiones: “Haz con tu prójimo como quieres que se haga contigo.” Tenemos que pensar, que lo que le hagamos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos, bueno o malo, pues nadie escapa a las consecuencias de las  acciones personales. El amor también necesita ser cultivado, porque es una de las  semillas  que fue plantada en nosotros por el Padre, en el momento de nuestra creación. Porque el amor, en su más amplio sentido será el que nos abrirá las puertas de par en par para llegar a la perfección.

 Hay un dicho popular que dice: lo que no aprendas por amor lo aprenderás por dolor. Es necesario que aprendamos a amar, porque estaremos aprendiendo a vivir. Es siendo útiles a nuestro prójimo, cuando progresará nuestro espíritu, nos redimirá por nuestro propio esfuerzo, al entender que es el amor sentido y realizado el que nos guiará hacia el perfeccionamiento espiritual. Si desarrollamos la caridad, que no es otra cosa que el amor en acción, estaremos reparando nuestros errores, de una manera más útil, más solidaria, que nos irá cerrando las heridas morales y nos encaminará de regreso al mundo espiritual, hacia una alegría que desconocíamos. Si el amor, lo hacemos faro de nuestra vida, éste guiará nuestros pensamientos, nuestros pasos… será la luz que nos orientará en todo el periplo terrestre. De esta forma cuando el amor que sintamos nos haga capaces de aceptar el sufrimiento que nos embarga, sin rebeldías, ni quejas, habremos llegado al objetivo esperado.

Otro aspecto importante a considerar, es que las existencias dolorosas también pueden ser voluntarias. Son elegidas por algunos espíritus cuando comprueban en el espacio lo mucho que les queda por rescatar, deseando eliminar ese lastre lo antes posible. Otras son en misión de amor, como sacrificio desinteresado, abnegado; para ayudar a almas perdidas, rebeldes, estancadas, que no quieren avanzar.

El ejemplo más aleccionador fue el del Maestro Jesús, que nos enseñó por medio del ejemplo, el camino del amor.  Un mandamiento nuevo os doy: “Que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” (Juan 32-34). Si lo tenemos como norma de convivencia, será la trayectoria que nos llevará a liberarnos del dolor.

Pero a lo largo de la historia podemos encontrar otros casos como pueden ser:

Sócrates, encarcelado por la intolerancia. Preceptuaba el culto a la moral y la virtud. “No existe felicidad sin virtud; la virtud es la condición necesaria y suficiente para la felicidad.”

Francisco de Asís, sufrió aflicciones aceptando sus dolores con mansedumbre, vivió en la renuncia de todo lo terrenal, manteniendo toda la fuerza del amor.

Juana de Arco, encarcelada, soportó la humillación junto al oprobio; gracias a su fe pura y su genuino amor por la justicia y la verdad; siempre con el pensamiento puesto en Jesús.

También existen personas anónimas que sufren voluntariamente, para ayudar a seres queridos. Convirtiéndose en referencia de fortaleza moral, mostrándoles el camino.

                      “El amor es una fuerza que transforma el destino.”  Chico Xavier

Analicemos, pues, que siembra estamos realizando, porque será la cosecha que recojamos en el futuro; y es ahora cuando tenemos  que cultivarla, cuidarla, para que los frutos que debamos recoger, sean los esperados, proporcionándonos la felicidad futura.

Dolor, compañero de redención 2 por: Dolor; compañero de redención 2 por: Gloria Quel

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EL DOLOR COMPAÑERO DE REDENCIÓN

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El dolor compañero de redención

El objetivo en la vida es llegar a ser feliz. En los primeros años, durante la infancia, son nuestros padres los que tienen la responsabilidad de proporcionarnos los medios para que sea posible esa felicidad. Ya en la juventud y madurez somos nosotros mismos los que debemos conducirnos por los distintos caminos y posibilidades que nos proporciona la vida, escogiendo estudios, trabajo, u otras opciones personales, hacia la conquista de esa anhelada felicidad. Aunque muchos consiguen ser felices en algunos periodos de su vida, otros por más que lo intentan no lo consiguen nunca.

Esto es debido a que estamos en un mundo todavía de fuerzas primitivas, esto es, que casi todos los que bajamos a este mundo, nos falta aún, un largo camino para llegar a la plenitud. Y bajamos con la esperanza de seguir conquistando las metas que nos proponemos y corregir los errores cometidos a lo largo de nuestras vidas pretéritas. Aunque muchas veces nos entretenemos en situaciones que no sólo, no nos ayudan a avanzar sino que nos entorpecen en el desarrollo de nuestro programa espiritual.

Limpiar nuestro interior de todas esas manchas, impurezas, taras… lo logramos poniéndonos previamente objetivos que nos comprometemos a alcanzar; éstos se traducen en pruebas, experiencias y vicisitudes a lo largo de la vida, dentro del programa espiritual que proyectamos, junto a hermanos espirituales superiores responsables de ayudarnos en dicha tarea. Con el programa confeccionado bajamos a la tierra, en el que también cuenta el bagaje de experiencias que traemos de existencias anteriores, y en donde también están los méritos y las cualidades desarrolladas, que estarán presentes en el programa de recuperación y realización que traemos al encarnar. Además tenemos que contar con la asistencia espiritual que siempre tenemos a nuestro lado, que nos ayudan a sobrellevarlo, dándonos la inspiración, el consuelo y la asistencia que podamos necesitar a lo largo de nuestra existencia corporal.

Lo expuesto en el párrafo anterior explica, que las diferentes vidas por las que pasamos en la tierra son solidarias entre sí, puesto que tenemos distintas personalidades en las diferentes encarnaciones, pero el espíritu es el mismo, siendo el hilo conductor de todas ellas y el único responsable de las acciones realizadas a lo largo de todas las encarnaciones vividas.

Hoy en día, el individualismo existente que impera en la sociedad aumenta, debido a una vida material fácil, en donde todo está al alcance de la mano y al mismo tiempo, las normas morales se van relajando, dejando rienda suelta al “todo vale”. Esto nos puede llevar por un camino de goces, placeres y ociosidad estéril en el que la deuda se incrementaría más, al no aprovechar el tiempo en cosas positivas, edificantes, con el consiguiente parón en nuestra evolución.

Una de las formas de las que se sirve la Providencia Divina para hacernos entender que esta forma de vida no es la correcta, es por medio del dolor. Éste se unirá temporalmente a nosotros como un aliado, sensibilizándonos. Se presentara en forma de enfermedades, sufrimiento y reveses en la vida, que en sus diversas vertientes ayudarán a despertar estas conciencias adormecidas, que están transgrediendo la ley soberana del Amor.

Cuando el materialismo prevalece sobre la espiritualidad, la conciencia del dolor se va diluyendo hasta perder su sentido profundo, real, que no es otro que el del rescate. La doctrina espírita nos muestra el gran papel que tiene el dolor y el sufrimiento en nuestras vidas, enseñándonos la manera de admitirlo y aceptarlo como una consecuencia natural, como un reajuste del pasado. Nos ofrece también una visión del pasado y del futuro que nos aguarda, siempre desde una perspectiva de “transitoriedad de las aflicciones”; es decir, sin pensar en penas eternas ni nada parecido. De ese modo, el dolor actúa como un aliado en nuestro progreso evolutivo que sensibiliza el alma y nos despierta del letargo que nos produce la comodidad y la apatía en la que estamos. Nos hace reflexionar sobre nuestra situación dolorosa. Si la aceptamos con valentía y con dignidad, acaba por darnos un nuevo enfoque a la vida. Ese dolor nos enseña a ser constructivos y la esperanza en un mejor mañana se hace presente en nuestro interior; signo inequívoco de que vamos por el buen camino, el de la redención y la conquista.

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“Si realmente no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con que te enfrentes a ese sufrimiento.”

V. Frankl.

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¿Cuál es su función? Su función concreta es la de ayudarnos a progresar espiritualmente. Por eso, aunque la ciencia estudia la forma de eliminarlo y avanza en el campo de la detención del dolor hasta llegar a suprimirlo, como no se combaten las causas reales, aparecen nuevas enfermedades y con mayor intensidad.

¿Por qué sentimos dolor? La razón por la que lo sentimos, es ni más ni menos que por nuestra inferioridad moral, y será parte integrante de nuestras vidas hasta que no superemos las imperfecciones morales, de los que somos únicos responsables, pues disfrutamos de un libre albedrío, que es la facultad de poder dirigir nuestra propia vida, y de la que tendremos que dar cuenta del buen o mal uso que hagamos de ella, por lo tanto si elegimos el camino del error, nos veremos en la necesidad de corregir o rescatar aquellas equivocaciones o sufrimientos ocasionados. Y es por medio de la enfermedad, el sufrimiento donde vamos recobrando poco a poco el equilibrio del bien, evitando caer en males o abusos mayores; cuando la misericordia divina así lo considere oportuno.

La ley de causa y efecto, reajusta el mal causado al punto de origen de donde partió; es una ley de equilibrio en lo moral, y como todas las demás leyes que ha creado el Padre y que rigen la vida, actúa de forma inquebrantable en las consecuencias surgidas por nuestra conducta, buena o mala, realizada a lo largo de las diferentes existencias vividas en la tierra, de las que somos responsables individuales. Y no solo devuelve el mal causado, sino que en las obras que realizamos con amor sentido, también tiene su consecuencia, y esta no es otra que el observar como crece la alegría en nosotros, sintiendo el amor como inunda nuestro interior, cuando nos es devuelto con creces, el mismo amor que ofrecimos desinteresadamente. No hay que olvidar las palabras del Maestro: “La siembra es voluntaria, la cosecha es obligatoria.” Y en esta ley es donde se cumple este aforismo.

La ley de equilibrio dice: toda acción trae una reacción, por lo tanto es una ley que ayuda a la educación y reparación. Y ésta sin el dolor no sería armónica. Sin duda las faltas, los errores del pasado hay que rescatarlas, por lo que nos condiciona el futuro. Debemos tener en cuenta que nuestro presente es el resultado de nuestro pasado. No busquemos fuera de nosotros las causas del dolor que padecemos, pues el origen está en nosotros. Son las taras morales las que no nos dejan obrar con un discernimiento claro, es el caso del egoísmo, el orgullo, el resentimiento, los celos, el odio, la maledicencia… Sin embargo, si somos capaces de desarrollar con trabajo serio y perseverante por medio de la voluntad y el análisis interno, las virtudes que tenemos guardadas, como pueden ser la generosidad, la humildad, la indulgencia, la caridad, la paciencia… conseguiremos ser mejores personas e irá brotando en nuestro interior el amor y la alegría porque nuestro espíritu se iría elevando.

Toda acción que realicemos dirigida a nuestro prójimo, tiene unas consecuencias que nosotros no somos, por lo general, capaces de entender toda su dimensión. Es por esto que necesitamos tener tantas vidas para ir reparando los daños causados y errores cometidos, a la par que aprendemos a perdonar las ofensas y perjuicios que recibimos.

En el “Evangelio según el Espiritismo” cap. V, ítem 6 podemos leer: “¡Bienaventurados los afligidos porque ellos serán consolados! Debéis consideraros felices por sufrir, porque vuestros dolores de este mundo son la deuda que habéis adquirido en vuestras pasadas faltas, y si con paciencia soportáis, en la Tierra, esos dolores, os ahorrareis siglos enteros de sufrimiento en la vida futura…”

A nadie nos gusta sentir dolor, pasar por una enfermedad, vivir vicisitudes que nos provocan sufrimiento, pero en la mayoría de los casos esas sensaciones y sentimientos, nos ayudan a crecer, a madurar espiritualmente, nos desarrolla el sentimiento de la compasión, solidaridad, nos despierta la empatía hacia los demás.

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“Las lesiones, al igual que las llagas, las frustraciones y los defectos en nuestra forma externa, son remedios del alma que nosotros mismos hemos solicitado en la farmacia de Dios.”

El espíritu de Emmanuel psicografiado por Chico Xavier. En “Siembra de los médiums”.

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Gloria Quel

©2017 Amor, paz y caridad

ALEGRÍA, CONSECUENCIA DEL AMOR

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alegria, consecuencia del amor

“Alegría y amor son las dos olas de las grandes acciones.”

J.W.Goethe

Podemos definirla como el sentimiento que se genera como consecuencia de algo que nos resulta satisfactorio o grato, predisponiendo el ánimo hacia su manifestación exterior.

La alegría crece dentro de nosotros a medida que hacemos el bien, y somos también favorecidos por el bien que recibimos de los demás.

Leyendo el Libro de los Espíritus nos encontramos la siguiente pregunta:

  1. ¿Qué se debe entender por la ley natural?

– La ley natural es la ley de Dios. Es la única verdadera para la felicidad del hombre. Le indica lo que debe hacer o no hacer, y sólo es desdichado porque de ella se aparta.

No hace falta ser creyente para sentir esa alegría interna que todos anhelamos, si entendemos que cumpliendo la ley Natural, (la que nos dicta la conciencia), entramos dentro del desarrollo que nuestro espíritu necesita para ir progresando. Porque lo más importante es hacer aquello que honestamente consideramos que debemos de hacer para estar en paz con nosotros mismos y con los demás.

Como ya es sabido, estamos en un mundo de expiación y prueba, donde el mal  predomina sobre el bien, donde podemos encontrar más sinsabores, sufrimientos y desdichas que satisfacciones, gozo, etc.; ya que debido a nuestra escasa evolución es lo que nos toca experimentar. Situación ésta que se puede ir corrigiendo si trabajamos en nuestra transformación interior, ganando las batallas internas que nos presenta esta etapa espiritual. De ese modo, nuestro espíritu se va limpiando de impurezas y taras, empezando a sentir la alegría de vivir, de comprender todo lo bueno que el porvenir tiene reservado para nosotros, y entender que los sufrimientos lentamente los iremos  dejando atrás. Es dentro de estas pruebas, donde tenemos la oportunidad de ir mejorando, con el comportamiento que tengamos hacia nosotros y sobre todo, hacia los demás.

El objetivo es lograr salir de nuestro caparazón (orgullo, egoísmo, etc.), que nos hace vivir centrados en nosotros mismos, y darnos cuenta que tenemos que abrir la mirada hacia nuestro prójimo, en todas las personas que nos rodean. Nuestro interés personal no ha de ser tan importante como el desinterés que tengamos hacia los demás; con generosidad y altruismo. Sin que tengan que ser grandes acciones, sino pequeños gestos que la vida cotidiana nos proporciona para ser útiles a los demás.

Sabemos que vivimos en una sociedad totalmente materialista, donde el individualismo prima sobre todas las cosas, donde el beneficio personal es el objetivo a conseguir. La consecuencia de esta situación es que el egoísmo más acervado se implanta en nuestro corazón, olvidándonos de lo que hemos venido hacer, aislándonos poco a poco, pues a los demás los consideramos instrumentos para conseguir nuestros objetivos y cuando no los necesitamos, nos olvidamos de ellos. Esa dureza de corazón termina por matar los pocos sentimientos buenos, que pudiéramos tener.

El orgullo, también nos estaciona en nuestro progreso, la pereza que no nos deja avanzar, pues nos invita a “un estado vacacional continuo” que hace que desaprovechemos la existencia. El resentimiento, que si le damos cabida nos enfrenta a los demás, por lo que es mejor alejarlo y comprender que siempre tendremos a nuestro alrededor personas que serán, unas más y otras poco o nada amistosas. Permanezcamos pues, de buen humor siempre, incluso delante de las personas frías o cargantes.

Otro aspecto a evitar es la queja continua, siendo esta actitud artífice para crear una convivencia difícil con los demás, viendo defectos en todo, queriendo ser el centro de atención, sin aceptar más criterio que el nuestro. Si somos personas intolerantes, alejaremos toda posibilidad de que crezca la alegría dentro de nosotros, sino más bien, todo lo contrario; sentiremos desdicha, melancolía, amargura… sin saber muy bien porque tenemos esas sensaciones negativas, que no nos dejan disfrutar de la vida.

La falsa alegría, es efímera, fugaz y nada nos aporta, llevándonos a un estado de vacío que nos hunde más, transitando por unos caminos como pueden ser el de las bebidas alcohólicas, drogas, sexo irresponsable, o por otros similares que nuestras debilidades nos demandan, haciéndonos creer que somos felices, para más tarde, cuando todo ha pasado, caer en un estado de vacío interior, e incluso derivar en una depresión.

La verdadera alegría es fuerte. Se basa en nuestros valores internos que nos llevan a Dios. Se construye con acciones positivas que nos elevan. La conducta cuando es digna, nos origina alegría, y ésta a su vez nos genera salud y bienestar. El corazón que vive por y para los demás es feliz porque cumple uno de los mandatos que nos da Nuestro Padre, por consiguiente es un corazón dichoso y alegre.  

Nuestra estancia terrenal, podemos vivirla con alegría, dando gracias por la nueva oportunidad que se nos ofrece, para saldar las deudas contraídas en nuestro pasado poco afortunado.  

Acoger el dolor con docilidad, en silencio, pues, es la maestra, que nos impulsa a mejorar, es claramente otro de los caminos que tenemos que seguir para nuestro perfeccionamiento. Las heridas internas son las más difíciles de curar, pero poniendo nuestra confianza, paciencia y amor en Dios, así como en sus Leyes, nos ayudarán a resignarnos, a entender que tanto el dolor material, como el espiritual, producto de nuestras imperfecciones morales, nos proporciona grandes recursos para cambiar; nos ayudan a vivirlo con cierta dicha y a crecer interiormente. Evitando que aparezca el egoísmo, la rebeldía, el resentimiento, que nos enturbia la razón y nos produce rechazo la idea, de que lo  merecemos o  necesitamos.

El Maestro de Nazaret para entrar en Jerusalem, eligió un día de alegría para los judíos, pues todo lo que Él nos enseñó lleva intrínsecamente la alegría, ya que su doctrina nos marca el camino que debemos seguir, para llegar a la perfección. Su mensaje es fuente de gozo: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena. Mi mandamiento es este: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Jn 15,11-12)

El ser personas de bien, de llevar una vida digna, de saber cuáles son nuestras responsabilidades, deberes y saber cumplirlos; a cada obstáculo que se nos presente, sabremos darle la vuelta y ver el lado bueno que tiene, consiguiendo superarlo, proporcionandonos una dicha  que nos catapultará a realizar empresas mayores. La actitud positiva, la conciencia tranquila nos lleva a una paz interior que nos guiará a seguir haciendo el bien. La alegría que podemos sentir dentro del corazón es una gran palanca que nos hace evolucionar hacia la perfección.

La vida es una constante invitación a la reflexión y la comprensión de nosotros mismos. Y tener presente que está llena de lecciones de las que podemos aprender a ser mejores.

Preocuparnos por nuestro prójimo sirviendoles y renunciando a nosotros, nos llenará de amor y ese sentimiento nos indicará que vamos por el camino correcto, fijándonos en los bordes del mismo para no tropezar y caernos.

Cualquier acción que hagamos como puede ser: un abrazo a un amigo, un rato de buena lectura, una buena conversación con la familia o amigos…hará que apreciemos la maravillosa oportunidad que nuestro Padre nos ofrece cada vez que bajamos a la tierra. El conseguir la paz interior, la rectitud de vida, aprendiendo que con una sonrisa es más fácil acercarse a los demás, obteniendo una relación de reciprocidad positiva, conseguirá que sintamos más dicha en  nuestra existencia presente.

“Ten buena conciencia y tendrás siempre alegría. Si alguna alegría hay en el mundo, la tiene seguramente el hombre de corazón puro.”

(Tomás de Kempis s.XV)

 

                                                                                                                  ALEGRÍA, CONSECUENCIA DEL AMOR por:    Gloria Quel

©2017, Amor, Paz y Caridad

CARIDAD PRINCIPIO DE VIDA

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Caridad principio de vida

«Amar a tu prójimo como a ti mismo.”(Mateo 22:39)

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley”.  Mateo (7:12)

En estos dos postulados Jesús, define de una manera muy sencilla, en que consiste la caridad. Explica cuál debe ser nuestro comportamiento hacia el prójimo. Son las dos llaves que abren todas las puertas de la vida.

Leyendo la doctrina del Maestro aprendemos que su moral, se basa fundamentalmente en la caridad y la humildad, virtudes estas que si las trabajamos interiormente, estaremos luchando contra el egoísmo y el orgullo, dos lacras que nos entorpecen mucho y no permiten que aprovechemos el tiempo en nuestro progreso en la tierra.

La caridad es hija del amor y estos son complementos de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos sea posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros  mismos.

Todos los deberes del hombre están resumidos en esta máxima: “Sin caridad no hay salvación”

Hoy en día donde reina el egoísmo, donde el amor se dirige hacia uno mismo, en sus necesidades materiales como pueden ser el dinero, el poder y los placeres. Personas estas, que no pueden tener el cariño, el respeto, la simpatía de los demás, pues su actitud provoca el rechazo de los que le rodean. Provocando poco a poco su aislamiento.

Son personas que en la dureza de su corazón, no ven las necesidades que le rodean por pequeñas que sean, que no son capaces de ofrecerse para cualquier carencia donde pudiera ser útil. Donde las energías internas que tenemos no las saben poner al servicio de los demás, evitando que el amor se desarrolle dentro de ellos.

En el libro de los espíritus de Allan Kardec  encontramos en el ítem 886 ¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?  – Benevolencia para con todos, indulgencia hacia las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.

Esta virtud, es un movimiento interno del alma que engrandece y  nos enriquece como personas, porque consigue que nos olvidemos de nosotros mismos para fijarnos en  todos los que nos rodean, y poner  en acción todas las capacidades positivas que tenemos en favor de los demás, desarrollando en nuestro interior sentimientos de amor y amistad, que hará que sintamos internamente paz y alegría.

En nuestro peregrinar por la tierra, vamos haciendo germinar dentro de nosotros todos esos valores que tenemos guardados en nuestro interior, y algunos, para desarrollarlos correctamente, necesitan a la vez de la inteligencia y el corazón; entre esos valores está la caridad, que viendo que hay una necesidad, utiliza la inteligencia para valorar cuál es la forma más positiva de darla, y el corazón nos impulsa a proporcionarla.

Podríamos decir que la caridad es el alma de la vida.

Debemos de tener en cuenta que el mérito al practicar la caridad reside en la forma de hacerla. La acción crematística es importante porque ayuda en tiempos de necesidad a ofrecer cuidados y atenciones necesarias como: dar de comer al hambriento, cubrir al que no tiene abrigo, atención médica al enfermo… Pero cuando se hace con jactancia, con orgullo, de cara a la galería, para que vean lo bueno y generoso que es uno, incluso con poca delicadeza para quienes la necesitan; consiguiendo que se sientan peor de lo que ya están; no solo no tiene ningún  mérito sino que tampoco la podríamos llamar caridad. Comportamiento que endurece el corazón y que convierte ese sentimiento del amor en algo vulgar, estado que no les deja ver el paisaje de alegría y felicidad que les reportaría el darse a los demás sin condición.

Y como desconocemos nuestro pasado, ni tampoco podemos juzgar a nadie, puede ser que ese pobre indigente con el que te tropiezas, fuera un compañero-amigo querido de jornadas terrestres pasadas, Pensemos en el arrepentimiento que podremos sufrir al darnos cuenta del error, cuando dejemos nuestra envoltura carnal, ante la posibilidad de  ayudar a ese hermano pero no lo hicimos, y que tanta necesidad tenía.

La caridad tiene dos vertientes, la material y la espiritual, si la primera es importante, la segunda más; en tanto en cuanto la podemos ejercer todos, puesto que no se necesita “tener”  sino “ser” para practicarla, y sin embargo es la más difícil de realizar. A veces hay que callar ante alguien que sabe menos que tú. No hacer aprecio ante las ofensas; una frase de consuelo, un abrazo de cariño; pensemos que  una sonrisa a tiempo ayuda a disipar cualquier borrasca que pueda aparecer en el horizonte…. Nuestra disposición a realizarla en ambas vertientes, será las que nos hagan personas verdaderamente caritativas

San Pablo, Epístola I a los Corintios, 13, 4-7.

“La caridad es generosa, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.      

Que en nosotros crezca la caridad depende únicamente de nuestra voluntad. Es necesaria su acción, porque podemos hacer posible cualquier iniciativa que salga de nuestros  sentimientos, ya que el servicio requiere de renuncia y altruismo, y esta cualidad puede ser nuestra guía en todo lo que hacemos, para que sea siempre el bien.

Si profundizamos en la lectura de la parábola del buen samaritano, que nos dejó el Maestro nos daremos cuenta, de la misión sublime que es la caridad.

La aspereza de las pruebas también se sobrellevan mejor si tenemos gente de bien en nuestras vidas, porque tanto la rebeldía, la amargura, el sufrimiento, las frustraciones, etc., compensadas con palabras de consuelo, de ánimo; también el saber que estamos amparados, nos da fuerza para sobrellevarlas.

Si sabemos que esta virtud es el amor en acción, dinámico, que nos ayuda a poner en movimiento todas nuestras energías positivas a disposición del prójimo. Utilicémoslas en las diferentes vertientes de nuestra vida:

Con uno mismo: En el sentido de prepararnos en pensamientos y sentimientos para hacer mejor el bien al prójimo. Tenemos que sentir y vivir las cosas que pretendemos enseñar, a través de una disciplina activa y constante.

Dice San Agustín: ¿Me preguntas cómo debes amar al prójimo? Mírate a ti mismo y, según te ames a ti, así debes amar al prójimo. No te puedes equivocar.

En la familia: tener actitudes positivas con los miembros del grupo familiar,  cooperando con ellos, comprendiendo y esforzándose por no perturbar la armonía general, donde el aprendizaje sea tal vez más profundo, ya que sabemos que nadie se halla en un grupo familiar por casualidad.

En el trabajo: realizar el mejor cumplimiento de nuestras funciones, sabiendo que prestamos un servicio al prójimo poniendo en práctica todo nuestro saber y capacidades que poseemos, siendo honesto y honrado con los demás

Ejercitando la caridad, desarrollamos el amor y los primeros beneficiados somos nosotros mismos que potenciamos nuestros valores positivos que nos eleva el espíritu,  engrandeciendo la humanidad del corazón. Ella es la manifestación de la humildad, de la paciencia, es el trabajo amoroso realizado hacia el semejante y que no menoscaba su dignidad. Es el trabajo por el que conseguimos mantener el pensamiento, el sentimiento y nuestro proceder a disposición del  prójimo.

Este camino nos lleva a la transformación interna, que nos invita a fomentar otros valores que tenemos guardados, como pueden ser: la generosidad, la simpatía, la gentileza, la delicadeza…y sobre todo la buena voluntad.

Estas batallas internas que tenemos, hacen que estemos alerta, consiguiendo ir mermando los defectos y esta determinación íntima nos ayuda a resistir los ataques de esos hermanos negativos que resultan impotentes ante nuestra fortaleza.

Mensaje de Vicente de Paúl. Publicado en la revista espírita- periódico de estudios psicológicos en Agosto de  1858: “La caridad es la virtud fundamental que debe sostener todo el edificio de las virtudes terrestres; sin ella las otras no existirían. Sin caridad no hay ni fe, ni esperanza, porque sin caridad no hay esperanza en un futuro mejor, ni interés moral que nos guíe. Sin caridad no hay fe, porque la fe es un rayo puro que hace brillar a un alma caritativa; es su consecuencia decisiva”.

                                                                                                           Caridad principio de Vida por:   Gloria Quel

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ESPERANZA, IMPULSO DE VIDA

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Esperanza, impulso de vida

San Agustín: “La esperanza es imposible, si no hay algún amor”.

La fe es la confianza que tiene el hombre en su destino, teniendo una fe razonada nos ilumina el camino que tenemos que recorrer y nos da la voluntad y fuerza necesaria para salvar incluso, los mayores obstáculos que nos podamos encontrar a lo largo de nuestro transitar en la tierra. La esperanza es un sentimiento que impulsa el ánimo en aquello que deseamos o aspiramos y nos parece posible lograrlo.

La esperanza, muchas veces sirve como asidero moral para no caer en el desaliento, para no perder la serenidad, ni perder de vista aquello que se anhela alcanzar.

La esperanza es uno de los sentimientos más positivos y constructivos que pueda tener el ser humano. Nos ayuda a recorrer el camino que nos hemos trazado a la hora de vivir en la materia, con paciencia y confianza.

En la sociedad de hoy en día, con tanta tecnología, donde se vive tan deprisa hay poco espacio para la esperanza, donde todo lo que queremos se consigue apretando un botón, obteniéndolo con rapidez, teniendo la sensación de que el tiempo pasa muy deprisa y hay que aprovecharlo para conseguir las cosas que necesitamos o deseamos. Estableciendo relaciones superficiales, que no nos llenan, sin valorar todo lo que tenemos y lo que nos rodea.

En el momento que algo falla, que los planes no salen como queríamos, nos surge el pesimismo, las dudas, incluso la desesperación, creciendo dentro de nosotros el escepticismo pues, si nada esperas no hay decepción posible.

Lo que hay que entender es que no es malo caer en la lucha, sino el no ser capaz de ponerse en pie y volver a intentarlo. Nuestra vida es imperfecta, porque nosotros somos los imperfectos y tenemos mucho que trabajar para ir perfeccionándonos; nunca nos debemos cansar en esta guerra íntima que tenemos.  En estas batallas que libramos podemos encontrarnos con dos enemigos que nos pueden hacer mucho daño; el orgullo cuando nos va bien y la desesperación cuando las cosas nos van mal, siendo ésta segunda la peor, porque quien desespera ya ha perdido la mitad de la lucha y las sombras empiezan a crecer dentro de uno mismo, siendo más difícil sobreponerse a los obstáculos, trabas o pruebas con las que nos vamos encontrando durante nuestra envoltura carnal.

Siempre hay que dar un primer paso para llegar al final del camino que nos hemos trazado, y esos pasos es mejor darlos con disciplina y voluntad, para evitar los bandazos o vaivenes  que la irresponsabilidad nos pueda ocasionar por no tener las ideas claras de dónde quieres llegar. La disciplina es la responsable de que salgan con éxito todas las realizaciones elevadas, siendo la voluntad el motor que nos ayuda a realizarlas; de esta forma conseguimos ir cambiando, haciéndonos mejores, despertando interiormente el amor que nos guiará por la senda del bien.

La fe y la esperanza tienen un mismo objetivo, creer en algo que no se ve con los sentidos físicos.  Mientras que la fe  es un sentimiento innato que se tiene en el destino futuro. La esperanza es un sentimiento de espera en  cosas buenas que sucederán en el futuro, y con esa ilusión aguardamos el mañana.

Cuando no hay nada que nos mueva, esta virtud te anima a ir hacia adelante, es como una palanca que te impulsa a seguir el camino, a pensar que hay salida, te da la seguridad en momentos de obstáculos, de dificultades, donde la vida se hace dolorosa. Cuando pensamos que las pruebas que pasamos son superiores a nuestras fuerzas, nos da la convicción de que estas situaciones tienen fin y que vendrán tiempos mejores, proporcionándonos paz en el alma y fortaleza para seguir luchando. Teniendo la certeza de que nuestra vida no es estéril, que tiene un ¿por qué? y un ¿para qué?

La esperanza se aloja en nuestras creencias más íntimas, es como una conexión que nos une al Padre, que nos ayuda a sobreponernos a los desatinos, errores, a las caídas que podemos tener en nuestro peregrinar terrestre. Nos dice que por muchas pruebas u obstáculos que podamos encontrar en el camino, y que pase lo que pase, hay una luz al final del túnel.

Sólo cuando nos sentimos derrotados, cuando nos dejamos arrastrar por nuestros defectos, nuestras debilidades, con el peligro que supone dejar las puertas abiertas a los hermanitos oscurecidos, nos embarga el sentimiento de derrota, rompemos esa conexión y nos hunde en nuestra soledad, alejándonos de los demás y perdiendo el sentido de la vida. Es en ese momento cuando debemos parar y volver la vista hacia nosotros, analizar por qué nos encontramos en ese estado de ánimo y luchar por salir. Creyendo y sabiendo que,  renunciar a nosotros mismos y centrándonos en el compromiso de ayuda hacia los demás, nos dará el sentido que necesitamos a nuestra existencia; el ayudar a nuestro prójimo cubriendo sus necesidades y dándole comprensión, conseguiremos que se haga más grande el amor en nuestro interior.

Sólo nos tenemos que fijar en nuestros hijos pequeños, para ver la esperanza; son niños que aman a sus padres, y ese amor les hace confiar, no tener dudas en el porvenir; se sienten queridos, protegidos, cuidados. Que pase lo que pase nos tienen a su lado, en las ilusiones y en las decepciones, apoyándoles, animándoles, ayudándolos para que sigan adelante, sin miedo a cualquier derrota que pudieran sufrir, porque las caídas, si se vuelven a levantar, son enseñanzas que adquieren, en las que aprenden a ser mejores.

Es uno de los sentimientos más positivos y constructivos que puede experimentar el hombre, pues quien espera algo, se le abre el futuro para poder cimentar su camino en acciones positivas, dirigidas a los demás.

La paciencia es una característica importante de la esperanza, nos orienta para no precipitarnos por tomar decisiones, hacer cosas. Nos da tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, sobre la actitud que tenemos a la hora de acometer las responsabilidades y deberes que debemos asumir, analizando los posibles efectos que resultan de todas nuestras acciones o decisiones, pudiendo actuar en consecuencia.

Cuando se tiene fe, se tiene esperanza, que nace del amor y éste cuando lo ponemos en movimiento hace que surja la caridad.

Pensemos en una escalera con una barandilla, donde podemos pensar que los peldaños son la fe que nos invita a subir, apoyándonos en el posamanos que es la esperanza para no caernos o pararnos; mientras vamos tejiendo estos dos sentimientos dentro de nosotros, iremos desarrollando de forma natural el otro gran sentimiento la caridad;  en lo alto, al final de la escalera alcanzaríamos la plenitud.

En el sermón de la montaña Jesús dijo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá«. (Mateo. 7:7-11).

Acordémonos de pedirle al Padre por las necesidades de los demás y por las nuestras, porque Él siempre está ahí, ofreciéndonos toda la ayuda que podamos necesitar en nuestro tránsito por el mundo material.

La esperanza nace de la fe, de la fe en Dios y el amor que va creciendo en cada uno de nosotros, ese amor nos despierta la creencia de que Él está ahí, Fiel a sus promesas y está para ayudarnos, para proporcionarnos toda la asistencia que necesitamos en nuestro caminar hacia el desarrollo espiritual. Podemos necesitar más o menos tiempo, pero nuestra meta es llegar a la perfección.

 

                                                                                                                         Gloria Quel

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PROGRESO Y FE

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Progreso y fe

En el libro, el evangelio según el espiritismo capítulo XIX punto 12,  dice: “La fe en el hombre es el sentimiento innato de su destino futuro; es la conciencia que tiene de sus facultades inmensas,  cuyo germen fue depositado en él, primero en estado latente, y que debe hacer germinar y crecer por su voluntad activa.”

El Padre al crearnos, nos dota con todos los valores morales que están latentes en nuestro  interior, imprescindibles para llegar en el futuro a la perfección. Estas cualidades que tenemos en germen, están esperando para ser desarrolladas a lo largo de nuestras encarnaciones sucesivas, con nuestro trabajo personal, perseverante y voluntarioso. Entre esas cualidades tenemos la fe.

Está la fe humana y la espiritual. La primera, es la confianza en nuestras propias fuerzas con capacidad de  realizar y conseguir todo lo que nos propongamos. Es una fe fuerte que nos hace ser persistentes en nuestros objetivos, consiguiendo que utilicemos todas las herramientas internas que tenemos para salvar cualquier obstáculo, dificultad o entorpecimiento que se nos presente.

La segunda, fe espiritual, la entendemos como la creencia innata en la existencia de un Ser Supremo que ni podemos ver, ni podemos tocar con nuestros sentidos materiales, pero si lo podemos percibir como un sentimiento íntimo que nos embarga de esperanza en el futuro. Ese Ser Supremo es Dios, al que consideramos nuestro Padre, y nos proporciona posibilidades ante el porvenir.

Por eso, si teniendo la fe en nosotros mismos, además tenemos la fe espiritual, nos impulsará con más fuerza a desarrollar nuestras capacidades internas, pues nos conducirá con mayor facilidad para conseguir alcanzar las metas que nos propongamos, tanto a nivel material como espiritual.

La fe es un sentimiento que crece dentro de nosotros,  su desarrollo se realiza  por medio del aprendizaje, porque este atributo no es innato, es un talento depositado dentro de nosotros que tenemos que ir ampliando. Se desarrolla y se consolida por medio del razonamiento, de la reflexión de las situaciones que vamos viviendo y comprendiendo, a lo largo de las vidas materiales por las que vamos pasando. Nos hace llegar a la certeza absoluta de la existencia de un Padre Superior que nos ama tanto que nos encamina hacia la cumbre espiritual, que es  nuestro destino final. Depende sólo de cada uno de nosotros que el trayecto sea más largo o más corto, está en función del interés y esfuerzo que estemos dispuestos a desarrollar.

Para unos el aprendizaje es más rápido que para otros, por eso unos cuando vuelven a encarnar parece no les haya costado conseguirla; pero eso, lo que demuestra es que han aprovechado el tiempo y traen un progreso realizado en sus vidas pretéritas. En otros casos la pereza, desinterés y sobre todo el orgullo les impide aceptar a ese Ser Supremo que no se puede ver, ni tocar.

La fe puede ser de diferentes formas: la fe ciega, la fe dogmática y la fe razonada.

En el Evangelio según el espiritismo, capítulo XIX, pto 6, a la fe ciega la define como: “No  examinando nada, acepta sin comprobación lo mismo, lo falso que lo verdadero, y choca a cada paso contra la evidencia y la razón; empujada hasta el exceso, produce el fanatismo”.

La segunda, la dogmática, puede causar grandes perjuicios, pues se aceptan postulados estrictos sin discernimiento, sin poner en duda si son correctos o incorrectos, pueden llegar hasta extremos de fanatismo provocando el sufrimiento de los demás para mantenerlos. Siempre anteponen la ideas a las personas.

Sin embargo, la fe razonada que es firme y justa, se apoya en los hechos y en la lógica, por lo que un precepto es aceptado cuando se ha comprendido, y pasa todos los filtros de la razón sin puntos de contradicción, manteniéndose  inalterable a lo largo de toda la humanidad. Además predispone a tener una mente abierta a cualquier conocimiento nuevo, pero siempre atentos de no aceptar ninguna mentira o ilusión.

La fe espiritual es la que creyendo en el mañana, quiere llenar su vida de nobles acciones de crecimiento, dirigidas a los demás, con actos positivos, con cambios internos de mejoras en su interior, llegando poco a poco al perfeccionamiento moral

Nos invita al trabajo, al esfuerzo, al deseo de alcanzar metas y prosperar. En la obra “Los mensajeros espirituales”, de Cándido Xavier; Telesforo afirma: “la reverencia al Padre, la fe y la voluntad son expresiones básicas de la realización divina en el hombre, pero no podemos olvidar que el trabajo es una necesidad fundamental de cada espíritu.”

Ésta va progresando en la medida del esfuerzo que realizamos en las anteriores existencias y en la presente, La conquista intelectual nos da el discernimiento para ir resolviendo de forma positiva los problemas, dificultades o  sufrimientos que vayamos encontrando. Su crecimiento estará en función de nuestro adelanto espiritual, y en consecuencia se nos irán presentando pruebas, siempre a nivel de nuestras necesidades. Y será nuestra voluntad la que nos servirá de motor para conseguir llevar a buen término los compromisos y responsabilidades adquiridas; sintiendo la tranquilidad de conciencia por el deber cumplido, tarea realizada que nos llena de alegría.

Nos da la firmeza de saber que el Padre siempre es justo con sus hijos, presidiendo nuestros destinos,  proporcionándonos la ayuda que cada uno necesita en las diferentes situaciones y lo que precisamos para nuestro progreso. Por ello es necesario sembrar en nuestro foro interno una fe superior, inquebrantable pero siempre razonada.

Vivimos en una sociedad materializada, donde te va conduciendo, si te dejas llevar, por caminos de insatisfacción que te desvían del propósito trascendente de la vida, haciendo perder la fe a muchas personas. Por poner un ejemplo, el colectivo médico dice que jamás la humanidad contó con tantos desequilibrios psíquicos, tanta insatisfacción o vacío interior, como en estos días. El abuso de drogas, alcohol o sexo es buscado para conseguir un bienestar interior que no tienen. La lucha por conseguir riquezas, posición, fama les crea ansiedad, inquietud, lo cual les lleva a un comportamiento fuera de las más elementales normas morales de convivencia. Estos estados de vacío provocan que el egoísmo se incremente, por tanto la atención a la familia, a los amigos se reduce ostensiblemente; las necesidades que podemos subsanar a nuestro alrededor nos pasan inadvertidas.

La deriva que lleva este comportamiento es además un reclamo, por ley de afinidad, a los hermanitos negativos que nos inducen a mantenernos en estos comportamientos nada recomendables, consiguiendo que desperdiciemos la encarnación presente; aumentando las deudas a rescatar en el futuro.

Pensemos que toda persona puede pasar por ciertas situaciones o pruebas de sufrimiento, que nos pueden llevar a la desesperación, si no sabemos confiar en Dios. Si Él es todo Justicia, todo Bondad y todo Amor, debemos comprender que no dejaría pasar tales hechos, si no tuvieran algo de educativo para nosotros.

Como dijo el Maestro a sus discípulos: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.”  Mateo 13, 31-32

Este sentimiento cuando es sincero y auténtico se muestra siempre sereno; ante las dificultades, el sufrimiento, la contrariedad…aprendemos a esperar, a tener esperanza en el porvenir y que todo  tiene su razón de ser, su por qué  y para qué. Aprendemos a no considerar los obstáculos como castigos, sino que son oportunidades de progreso que tenemos que aprovechar; y comprender que nuestra transformación íntima empieza por darse a los demás. Esto nos ayudará a luchar contra el egoísmo, el orgullo, la vanidad que son lastres que no nos dejan ver todas las capacidades internas que puestas en marcha nos empujan al progreso.

En Mateo 17:20 Jesús dijo: «Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: «trasládate de aquí para allá», y se trasladará. Para ustedes nada será imposible.»

Si buscamos nuestro apoyo en el amor, la fe y la caridad como guías de nuestras acciones, tendremos mayor oportunidad de que nuestro progreso sea más rápido y cumplamos la mayoría de las promesas realizadas antes de tomar materia,

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Fe es la fuerza que nace con la propia alma, certeza instintiva en la Sabiduría de Dios, que es la sabiduría de la propia vida. Utilizando conscientemente de semejante energía, es posible suprimir largas curvas en nuestro camino de evolución.

(Pensamiento y Vida, Cap. 6) Emmanuel por medio del médium Chico Xavier.

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                                                                                                                                     Progreso y fe por:    Gloria Quel

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LA DOCILIDAD

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La docilidad

      El diccionario define como dócil; ser apacible, que recibe fácilmente la enseñanza.

      Hija de la prudencia y la humildad, la docilidad es tener una disposición abierta para el aprendizaje, la corrección, la resignación para aceptar lo inevitable…de forma serena,  dándole sentido a los hechos que nos acontecen para encaminarnos hacia el bien.

      Francisco de Asís dijo: “Luchemos por alcanzar la serenidad de aceptar las cosas inevitables, el valor de cambiar las cosas que podamos, y la sabiduría para poder distinguir unas de las otras.”

      La docilidad es la aceptación consciente de su destino, y tiene como características: La fe que se tiene en el porvenir, la esperanza de que todo sufrimiento, amargura, prueba llega a su fin, y la paciencia como la capacidad que facilita la comprensión de las cosas.

      La docilidad es una virtud que nos ayuda a ponderar y comprender las circunstancias que vivimos con calma, es aceptar conscientemente todos los compromisos y pruebas con los que venimos en una encarnación. Nos da la confianza en ese Ser Supremo que es quien nos guía hacia nuestro perfeccionamiento espiritual. Nos hace entender que esa orientación contribuye a conocernos, a ver  y aceptar nuestros fallos.

      De la misma forma que nuestros padres nos guían desde bien pequeñitos, nos  educan para moldear el carácter e inculcarnos principios morales, y para que el día de mañana podamos abrir las puertas y emprender nuestro camino en el futuro. Los guías protectores, nos guían para poder ir desprendiéndonos de lo que nos entorpece, nos perjudica, de manera que poco a poco vayamos limpiándonos y poder elevarnos espiritualmente. Y de la misma manera que la educación necesita perseverancia y firmeza, para que fructifique, estos verdaderos ángeles guardianes también son pacientes e indulgentes con nosotros, poniendo todo su amor y dedicación para nuestro adelanto espiritual.

        Sólo cuando empezamos a ser adultos nos damos cuenta de la labor tan importante que han realizado con todo su amor y entrega. Comprendemos su grado de paciencia y generosidad hacia nosotros, y que gracias a sus indicaciones, apoyo y consejos, nos han estado encaminando para que seamos felices, y para que las pruebas y obstáculos naturales de la vida nos sean más llevaderos

          También se trata de que, en la educación que los padres damos a los hijos, ya sean niños o adolescentes, conseguir con paciencia y amor orientarles por una senda correcta, demostrándoles con nuestro ejemplo los mismos valores que les queremos transmitir. No podemos pretender inculcarles docilidad cuando nosotros somos los primeros que tratamos de imponernos sin justificación ni explicación alguna.

       Como nos indican en la obra El Evangelio según el Espiritismo: “La obediencia es el consentimiento de la razón, y la resignación es el consentimiento del corazón”; es decir, una parte importante de la docilidad,  pero tenemos defectos que no dejan que aflore todo el potencial de nuestro espíritu, todo lo aprendido en nuestras vidas pasadas. Puede pasar que si no dominamos nuestras tendencias materiales, puede aparecer la rebeldía  o la comodidad, y nos resulte más difícil cumplir con los compromisos adquiridos.

      La rebeldía nos sumerge en un remolino que no nos deja pensar con claridad, analizar el modo de realizar una acción correctamente. Cuando no estamos de acuerdo o simplemente no tenemos ganas de cambiar, nos provoca un estado de negación que no nos deja reflexionar con serenidad; si lo que tenemos que hacer, es acertado o no, nuestro discernimiento queda anulado por nuestro estado de rechazo.

      El libre albedrío del que disfrutamos, nos permite elegir la forma de actuar en cada situación. Es un atributo universal que nos responsabiliza individualmente, tanto encarnados como cuando estamos desencarnados. La diferencia estriba en la siembra voluntaria durante la estancia en el plano físico, con la cosecha obligatoria de nuestros actos, una vez libres en el mundo espiritual; contrastando los compromisos que teníamos adquiridos antes de nacer, con unos resultados que nos colocan en una situación más o menos feliz o desdichada.

      Estará en función del grado de discernimiento, el hacer más o menos caso a nuestra consejera personal, que es nuestra conciencia, que nos dará el sentido adecuado para asumir con valentía las vicisitudes por las que tengamos que pasar. Pero pensemos que mientras más arraigados tengamos los defectos como son el orgullo, la vanidad o el  egoísmo…estos harán que rechacemos ideas y opiniones por propia necedad, porque si anteponemos nuestras tendencias, lo único que demostraremos es resistencia y poca apertura a todo lo que suponga un cambio en nuestra vida. El rechazo que se tenga para aceptar las pruebas que presenta la vida, y la falta de energía y decisión para afrontarlas puede llevar en última instancia hasta un punto emocional de desesperación.

       La ignorancia, puede hacer creer que una persona dócil es dependiente, sumisa, sin personalidad o carácter,  pero lo que no se ve es que esta virtud posee una gran dosis de sabiduría porque proporciona una mayor serenidad para discernir que toda situación relevante, tiene un sentido necesario para nuestro progreso, y asumirlo nos proporcionara la entereza necesaria para aceptar las situaciones inevitables que debamos pasar, con esfuerzo y buena voluntad.

       En otro orden de cosas, la docilidad también nos facilita calibrar los consejos de  personas que tienen otros puntos de vista, otras experiencias; aquellas que vamos conociendo a lo largo de nuestra existencia, aportándonos valores y enseñanzas muy recomendables. De todo el mundo podemos aprender algo, nadie está en una posición que le exima de aprender algo de los demás. Esto también es un acto de humildad muy importante para el desenvolvimiento en la vida.

        Para desarrollar las cualidades, ponerlas en práctica y que nos ayuden en la evolución de nuestro espíritu, lo primero que debemos saber es qué camino queremos seguir, analizar nuestros pensamientos, sentimientos y reacciones ante los desafíos que podamos tener delante, como pueden ser enfermedades, perdida de seres queridos, falta de trabajo, injusticias, limitaciones, calamidades, etc.

      También debemos saber que la facilidad para aprender no significa únicamente docilidad, sino la capacidad de estar abiertos, asumir responsabilidades sin desviarse ni distraerse. La ley de afinidad y vibración actuará como siempre hace, por lo cual nos interesa trabajar nuestro interior mejorando todos nuestros valores, porque nos ayudará a escuchar a nuestra conciencia, estar en sintonía con los hermanos superiores y rodearnos de personas buenas para que cuando tropecemos, estén dispuestas a ayudarnos, a hacernos ver  cuál  es la mejor forma de rectificar, y cuando se vuelva a presentar la dificultad saber de  qué manera podemos solventarla.

      En el evangelio según el espiritismo capítulo IX, en el precepto obediencia y resignación, podemos encontrar la siguiente frase: “Felices aquellos que son mansos, porque prestarán oído dócil a las enseñanzas” 

 

                                                                                                                        Gloria Quel

©2016, Amor, Paz y Caridad

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«Es necesario tener tanta discreción para dar consejos como docilidad para recibirlos.»

(François de La Rochefoucauld)

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DELICADEZA

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Delicadeza

La diplomacia está considerada por muchos, una profesión en torno a las apariencias, pues consiste en tener un buen trato con las personas, respetando la voluntad del otro, teniendo discreción y cortesía en el hablar, persiguiendo unos objetivos concretos. Pues lo que se busca es, tener unas relaciones positivas y pacíficas con los países de nuestro entorno. De lo contrario podrían volverse esas relaciones difíciles, intransigentes, con posibilidad de ocasionar conflictos sociales, económicos y hasta bélicos.

Este arte se desarrolla en las relaciones externas que mantenemos con los demás países. En ocasiones se puede dar el caso que las negociaciones son independientes del tipo de pensamiento de los interlocutores que la practican.

Hago esta similitud, en tanto en cuanto la delicadeza también consiste en la atención, trato amable, respeto, sencillez, tolerancia… y dialogo cortés con los demás. Pero este valor, ¡¡si es una conquista interior del espíritu!!

Como diría David Hume (1711) la delicadeza es una cualidad “agradable a los demás”. Consiste en agradar sin adular, complacer sin mentir, ni rebajar. Pero en la sociedad de hoy en día, profundamente materialista, impera el egoísmo, que mira por el propio interés individual.

Actitud esta, que nos encamina a la soledad, a no darle importancia en la forma de relacionarnos con los demás, el pensar: “yo soy así, y no voy a cambiar” consiguiendo con esta actitud tan negativa, que nuestro trato con el prójimo sea áspero, arisco, mezquino… sin importarnos que cualquier gesto nuestro, pueda hacer daño. Y quizás mirando conseguir algún tipo de provecho en las interrelaciones que establecemos con la gente que nos rodea.

Cuando la ira o el enfado aparecen, mostramos nuestra cara más oscura, al  dejarnos llevar por lo negativo de esos sentimientos, nos volvemos resentidos con actitudes  despreciativas hacia nuestro prójimo, demostrando la incapacidad para controlar esos sentimientos, y la inmadurez espiritual para saber dominar lo negativo que hay dentro de nosotros.

Deberíamos tener presente que nuestros gestos muestran la belleza o fealdad de nuestra alma. Nos preocuparíamos más de nuestro comportamiento, de nuestro interior. En esta vida es difícil ser prudente, tolerante ante actitudes ofensivas, gestos agresivos, con los que te encuentras en muchas ocasiones, cuando los demás los dirigen hacia nosotros. Lo que tenemos que valorar es hasta qué punto, ese clima de crispación que nos rodea, del que nos quejamos, no lo provocamos o alimentamos nosotros, en la parte que nos corresponde, con la intransigencia, intolerancia o terquedad que mostramos en ocasiones, cuando la tozudez puede más que la razón. Aparecen entonces las faltas de respeto a nuestros semejantes, creando muros que después cuestan mucho de romper.

Cada ser humano es único y diferente a los demás, y cada uno debe ser tratado con respeto por muy opuesto que sea a nosotros, a la hora de pensar o sentir. Por lo que hay que ser cuidadoso con el lenguaje, prudente en el trato, teniendo presente su forma de pensar. Herir susceptibilidades, con nuestro diálogo o gestos bruscos, no genera entendimiento, ni establece una situación agradable que propicie una buena relación.

Cada ser humano es singular, cada cual tiene un punto de evolución diferente. Esto significa que un gesto que a uno le pueda parecer normal, al de al lado le puede ofender. Por tanto nuestro comportamiento tiene que ser exigente con el trato que demos a cada una de las personas con las que nos relacionemos.

La delicadeza es sinónimo de, suavidad en el hablar, dulzura en los gestos, trato atento…; es un modo de mostrarse, de ser, de comportarse en la vida de todo espíritu noble, generoso y sosegado. Es confianza y llaneza sin familiaridad, también es diligencia y espíritu de servicio afectuoso. Es acogedora, ofreciendo respeto y comprensión. Sabe esperar, porque la paciencia es una de sus características. Entiende que para poder cambiar las cosas o que las personas cambien, se necesita de tiempo.

Esta virtud puede dar la sensación de fragilidad, de no tener firmeza en sus principios, por no oponerse al contrario, de ser pusilánime. Nada más lejos de la realidad, son personas con las ideas muy claras, con unos indudables principios morales que les permite actuar en cada momento de la manera más adecuada a la situación que se le presente, tanto sea de ayuda, de comportamiento, de maneras…

Siempre que decimos unas palabras amables, callamos con inteligencia ante una respuesta desafortunada, o controlamos nuestros enfados, crecemos interiormente, hacemos un esfuerzo para no importunar a nuestro interlocutor, desarrollamos la comprensión, tolerancia, capacidad de dialogo y luchamos para evitar que nuestros gestos o comentarios ataquen a los que nos rodean, consiguiendo que se sientan cómodos y serenos en nuestra compañía, dando confianza, haciéndoles sentir que pueden contar con nosotros.

La fortaleza moral siempre será causada por el equilibrio y  paz interior, conseguido por nuestras luchas internas para alcanzar esa transformación moral, que nos hace ser poco a poco mejores.

La educación ayuda a aprender  normas de urbanidad, las reglas con las que te conduces en la sociedad con normalidad por los círculos familiares, sociales y laborales en los que nos toca estar. Pero cuantas veces hemos conocido esa persona sencilla que sin tener una educación adecuada, desprende delicadeza en todo lo que hace y dice, en la forma de relacionarse con los demás. Esta naturalidad que muestra, es un ejemplo de trabajo interior realizado a lo largo de sus encarnaciones pretéritas, desarrollando valores que ayudan a conseguir esa virtud que muestra unos valores intrínsecos  a ella, como pueden ser: cortesía, mesura, respeto, equilibrio, paciencia, bondad…

La delicadeza es caridad, y ésta, se enriquece dentro de nosotros a la par que engrandecemos el amor en nuestras acciones desinteresadas; por eso la sonrisa natural que  mostramos, palabras oportunas que consuelen, gestos que ayuden en situaciones difíciles, es expresión de serenidad y paz interior.

 El cuidado en los detalles de las cosas pequeñas que despiertan nuestro cariño; cuando ponemos atención a los mil y un detalles que surgen en la vida diaria. También podemos mostrar delicadeza en la forma de tratar los objetos que nos rodean, la corrección en el vestir, el aseo personal…

La mujer es el alma en el hogar, también es resguardo y fuente de delicadeza. Ella es la que representa los componentes de dulzura y de paz en la humanidad.

En una sociedad donde el respeto y los buenos modales se van perdiendo, donde la aspereza en el trato con los más mayores esta al orden del día; el ejemplo vivo que les podamos dar a nuestros hijos en el trato amable, alegría natural, los gestos afectuosos que ganan el corazón de los que tratan con nosotros, les va a ayudar en el aprendizaje de cómo se deben desenvolver a la hora de relacionarse con los demás.

La conducta que presenta este valor se muestra en la alegría, en el dolor, en la felicidad, en la fe y serenidad que mostramos en las pruebas que tengamos que pasar, el interés afectivo que nos despiertan los que nos rodean y la paz que podamos conseguir en  nosotros mismos y los demás.

Escribe San Juan Crisóstomo (de Antioquía): “Que nuestra mirada no se distraiga por todas partes, ni nuestros pasos anden a la deriva, que nuestra boca pronuncie las palabras con calma y suavidad; en una palabra, que todo nuestro aspecto exterior refleje la belleza interior de nuestra alma” (Sermo ad neophytos, VII, n. 26).

Delicadeza por: Gloria Quel

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LA DISCIPLINA MORAL

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La disciplina moral

Quinto Horacio Flaco (65 a C.- 8 a C.): “Aquel que tiene el valor de decir no, una y otra vez a sus deseos y para despreciar los objetos de su ambición. Aquel hombre es integral, pulido y sin puntas.”

La disciplina hoy en día se le da un significado de dureza, de autoritarismo, se relaciona con obligación, castigo, limitación…

Cuando se habla de este valor se piensa rápidamente en una limitación a la libertad, código de prohibiciones supuestamente arbitrarias, también en la disciplina castrense, o la que se vive dentro de los conventos de clausura, etc.

Analicemos que cada sentimiento, pensamiento o acción que realicemos se manifestará de alguna manera en el futuro, pues son actos que quedan hechos y llegan a los demás causando un perjuicio o por el contrario un beneficio. Si sabemos que existe la ley de Causa y Efecto, consecuencia de la ley de la Justicia, también sabemos que tarde o temprano repercutirán, esos actos, en nosotros. Por lo cual, la mejor forma de actuar es con buena fe, aceptar la voluntad del Padre, hacer todo el bien que podamos a los demás, evitar resentimientos…

Conseguimos estos objetivos a base de ir depurando, nuestras imperfecciones, a lo largo de la vida que tenemos dentro de la envoltura material, consiguiendo poco a poco, mediante nuestro esfuerzo ser mejores y más felices.

Y es gracias a la disciplina que nos impongamos, la manera más efectiva de conseguir los objetivos que nos trazamos en esta vida.

Platón (s. V-IV a C.) decía: “La victoria más grande e importante es conquistarse a uno mismo.”

Cada día desde que nos levantamos vamos tomando decisiones, y nos tenemos que hacer responsables de las consecuencias resultantes. Ser personas disciplinadas en un constante ejercicio de ir escogiendo los buenos hábitos, porque son buenos y nos hacen mejores, es una lucha que tenemos que ejercer contra nosotros mismos. Este ejercicio de empeño y perseverancia nos llevaran a conseguir consolidar las actitudes o valores perdurables, pues atrae la constancia, la voluntad, el coraje, la predisposición y como no, la buena voluntad aunque sin esta última, nada es posible. Trabajo que nos ira fortaleciendo para llevar acabo el cumplimiento de nuestros compromisos. Ampliando nuestra elevación espiritual.

En ocasiones nos sentimos con la necesidad de cumplir con los compromisos que nuestro espíritu nos reclama. Siendo el obstáculo mayor que nos podemos encontrar para realizar los compromisos,  la propia materia con la que hemos bajado, si el espíritu no tiene la suficiente fortaleza para imponerse a la materia es difícil realizarlos, pues la tendencia de ésta es a la comodidad, y cuando tenemos que cumplir un compromiso que suponga un esfuerzo superior al que estamos dispuestos a dar o al que tenemos acostumbrada la materia, tendemos a posponerlo o si empezamos nos inclinamos a abandonar.

Por eso es importante que nos impongamos una autodisciplina correctora que nos ayude a ir modificando esos comportamientos malsanos que nos susurra la comodidad y que en muchas ocasiones nos entorpece para actuar como seria nuestra obligación, por los compromisos adquiridos.

Dejamos pasar oportunidades de mejoramiento moral, siempre que dejamos de hacer un bien a los demás. El estar pendientes del prójimo, supone un esfuerzo hacia afuera que nos hace dejar nuestras necesidades a un lado. Esfuerzo que en ocasiones no estamos dispuestos a realizar por nuestros semejantes.

Esta forma de actuar nos retrasa el crecimiento espiritual y nos vamos lastrando porque dejamos compromisos, pruebas, responsabilidades…para próximas encarnaciones, por tanto en vez de restar, vamos sumando deudas en nuestro bagaje espiritual para el futuro, lo que provoca un estancamiento en nuestro crecimiento espiritual.

Porque no hay que pararse en lamentar las acciones incorrectas que hacemos, sino hacer una reflexión y trabajar para erradicarlas de nosotros, sabemos que el pasado que hemos tenido es la raíz de nuestro presente, por lo tanto,  nuestro presente será la raíz de nuestro futuro, hagamos por mejorarlo trabajando, para modificar nuestras taras e imperfecciones. Porque si no vamos extirpando o controlando los hábitos perniciosos que tenemos, éstos se van haciendo más grandes.

Cuando bajamos al manto terrestre con propósitos, ilusiones, con ganas de cumplir  el programa espiritual que nos hemos trazado, nos encontramos con obstáculos que previamente conocíamos. A veces las tendencias materiales, los deseos inmediatistas nos hace que restemos importancia al verdadero trabajo interior, dejándonos llevar. Esto nos puede ocasionar un gran coste a nuestros proyectos de elevación espiritual, un abandono de sí mismo, una gran pérdida de tiempo ante la falta de motivación que debilita la fuerza de voluntad necesaria para crecer, cayendo en una ociosidad, en una dejadez que entorpece y retrasa enormemente el progreso; circunstancia que luego nos puede costar muchas encarnaciones recuperar. De ese modo, lo que no hemos querido hacer por comodidad, desinterés, rebeldía… esta apatía o falta de atención espiritual, deja la puerta abierta para que se fortalezca el  egoísmo, retrasando más el trabajo de perfección espiritual.

Para evitar esta situación lo mejor es estar alerta, en estado de atención espiritual continua y exigiéndonos poco a poco pequeños sacrificios que nos ayuden a mejorar. Estos actos se consiguen mediante el trabajo constante, la perseverancia en los hábitos perniciosos que queremos erradicar. Esto es muy importante, pues se consigue convertir los actos positivos que realizamos conscientemente en hábitos espontáneos, una vez que los hemos asimilado, realizándolos sin pensar, sin esfuerzo alguno; de esta manera conseguimos ir mejorando nuestro trabajo espiritual aquí en la Tierra.

Aristóteles (s. IV a C.): “Somos el resultado de lo que hacemos repetidamente. La excelencia entonces, no es un acto, sino un hábito.”

Con este trabajo disciplinado que realizamos, le damos la forma que queremos a nuestro comportamiento, para ir facilitándonos cumplir con las promesas realizadas, sin penas, sin rebeldías, sin resistencia…

El trabajo interior bien hecho, nos facilita entender que todo bien que hagamos con agrado, con alegría, con amor, nos facilita una felicidad interna que nos hace dar gracias  al Padre por la oportunidad que se nos presenta, por cada ocasión que nos surge  para ayudar a los demás, y que a su vez supone ir dando pasitos  de esfuerzo hacia nuestra perfección espiritual.

Ser perseverantes, aunque los resultados inmediatos nos muestren para desilusión nuestra, lo difícil que es llevarlos a cabo. Que la evolución es lenta, y que la lucha de cambiar interiormente está en la firmeza, la voluntad que le pongamos, aunque nos desanimemos al principio  porque vemos que los resultados no llegan. Pero siendo constantes y con la predisposición necesaria, veremos que un día cualquiera, esos hábitos negativos habrán cambiando.

El conocernos a nosotros mismos nos ayuda en estas luchas internas que tenemos, que hacen que podamos llegar al equilibrio interno y en este trabajo, la disciplina es una herramienta muy útil para poder conseguirlo.

Francisco de Asís: “Vencerse a sí mismo, es el gozo perfecto.”

 

                                                                                                                         Gloria Quel

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LA LEALTAD

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La lealtad

La lealtad, que etimológicamente proviene del latín “legalis” y se traduce como respeto a la ley, no solo a la ley en sentido jurídico, sino también a las normas morales. Significa lo mismo que la fidelidad, un compromiso de sinceridad, respeto, y cuidado hacia algo o alguien, que puede ser otra persona, a las leyes, la patria, la familia, la religión, o a alguna idea.

 La lealtad es inseparable del amor, somos leales siempre y sin condición a aquello a lo que realmente amamos, y protegemos por encima de  nuestro propio bienestar.

Vivimos tiempos difíciles, donde la falta de lealtad asoma por doquier, las ilusiones se centran en la vida terrenal, el vivir aquí y ahora, el tiempo que nos ha tocado vivir. Un tiempo en donde las relaciones de los hombres unos con otros están en crisis. Esto se ve, se vive por el poco valor que se le dan a las palabras que se usan para beneficio propio, donde los compromisos si no son por escrito, no existen. “Donde dije digo, digo Diego”.

Esta sociedad, donde casi todo lo tenemos al alcance de la mano, sin esfuerzo, consigue que pueda aparecer la deslealtad en nuestro comportamiento, usando la mentira como instrumento para conseguir nuestros objetivos, ya que en algunas profesiones, si te comportas con lealtad es imposible prosperar, y en la actualidad todos queremos aumentar nuestros recursos económicos, nuestra parcela de poder o satisfacer los deseos. Lo cual, hace que algunos, incumplan los compromisos adquiridos, traicionen a las personas queridas, compañeros de trabajo o ideales personales, sin ningún tipo de miramiento o remordimiento.

Esta forma de actuar tiene su raíz en el egoísmo que anida dentro de nosotros. Esta sociedad tan materializada nos incita a mirar sólo hacia uno mismo, lo cual lleva a muchas personas a actuar desde el engaño y la doblez. Cuantas veces podemos haber oído: “piensa en ti mismo, y no te preocupes de los demás”, coge lo que puedas de la vida y disfrútala al máximo, que es lo único que vas a tener.

Esta falta de lealtad que existe hoy en día se debe principalmente a la falta de valores como la fe en Dios, la falta de amor hacia los demás y de esperanza en el futuro.

 El Evangelio de Mateo 6:24, Jesús dice «Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas»   «… el que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho» (Lc 16, 10).

La lealtad es una cualidad interna que se consigue con voluntad, superando los miedos. Teniendo presente los principios morales que hemos ido adquiriendo poco a poco a lo largo de nuestro devenir en el tiempo. Siendo fieles a nosotros mismos y a los compromisos aceptados libremente.

Esta virtud desarrolla nuestra conciencia y nuestro corazón; en primer lugar  porque nos ayuda a discernir lo correcto en nuestra actuación y en segundo lugar porque es el amor el que nos indica de qué manera debemos actuar.

Aceptar un compromiso, una responsabilidad, una obligación, y ser fiel a ese acuerdo, es un ejercicio de libertad que hacemos gracias a nuestro libre albedrío que nos da la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Por eso cuando fallamos, el dolor que sentimos por el arrepentimiento que nos causa la deslealtad, es difícil de curar y olvidar. Por lo tanto, antes de comprometernos, es mejor tener prudencia y hacer una reflexión serena de nosotros mismos, para saber si somos capaces de llevar a cabo lo acordado.

El Maestro Jesús, con su forma de vivir nos enseñó hasta qué punto se debe proceder con lealtad. Él llegó hasta la muerte, cumpliendo con la tarea que le encomendó nuestro Padre.

Es mucha la importancia que el mundo espiritual le da a la lealtad o fidelidad. Este valor indica responsabilidad, justicia, rectitud, amor, discernimiento,  honestidad… Por eso Jesús, en su visita terrenal, habló de ella en diferentes parábolas: Parábola de los talentos, el siervo fiel y prudente; el criado bueno y leal en lo pequeño; el administrador fiel… Enseñando la importancia que tiene ser consecuentes con los compromisos que se adquieren. Tanto con los hermanos espirituales superiores, que nos quieren, nos cuidan y se preocupan por nuestro adelanto espiritual; como en el plano terrenal adquiriendo responsabilidades que nos ayudan a desarrollar los valores morales que nos hacen evolucionar.

En muchos momentos de nuestra vida diaria,  podemos tener  comportamientos de lealtad con nosotros mismos y hacia los demás:

En el plano familiar: Estando al lado de nuestro esposo, hijos, padres, hermanos… que por duras que sean las adversidades a las que tengamos que enfrentarnos, saben que estamos para lo que nos necesiten, porque el amor es un sentimiento que nos da la fuerza necesaria para superar las pruebas de la vida por duras que estas sean.

En el plano social: Cortando las críticas que oímos; Silenciando confidencias que nos han hecho; colaborando con el amigo que nos ha pedido ayuda…

En el plano laboral: No haciendo trampas en nuestro trabajo; cumpliendo recta e íntegramente por lo que se nos ha contratado…

El mentir para encubrir, tapar o excusar las faltas de un familiar, amigo o compañero, no es lealtad, es aceptar y hacerse cómplice de los hechos. Dando validez a la mala acción realizada.

Tampoco la podemos considerar sumisión, debilidad o indiferencia. Mantenerse firme o integro en nuestros propios ideales, en una vida llena de obstáculos incluso con adversidades difíciles de sobrellevar, pero que con determinación, voluntad y fe,  podemos ir transitándola hasta el final.

 En ocasiones nos cuesta cumplir con la palabra dada porque la comodidad o el egoísmo se presentan sin darnos cuenta y nos incitan a dejar de cumplir con lo acordado, sintiéndonos atados a la palabra dada, sin acordarnos que  el compromiso lo adquirimos libremente. Debemos de tener claro que vencer al egoísmo, al placer y a la comodidad luchando por tener una conducta recta en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, deberes y obligaciones garantiza nuestro crecimiento personal,

Asumir las obligaciones  libremente aceptadas con los demás  cuando no hay dificultades para realizarlas, es fácil, porque no compromete nuestros principios. Pero cuando se requiere un esfuerzo mayor, cuando hay obstáculos que salvar, adversidades penosas con las que lidiar, es cuando ponemos en práctica los valores que tenemos como la voluntad, integridad, justicia, amor… mostramos realmente la coherencia que tenemos con nuestros principios morales.

Si nuestros hijos ven en nosotros comprensión y confianza, demostrando que cumplimos con nuestras responsabilidades y acuerdos. Que defendemos lo que creemos, a quien creemos y amamos, que actuamos según nuestros principios morales, seremos un ejemplo de voluntad, integridad y coherencia, que les ayudará a ir formándose como hombres de bien para el día de mañana.

¡Qué hermosa es la fidelidad!, exclama San Agustín. Y añade: “como brilla el oro ante los ojos del cuerpo, así brilla la fidelidad ante los ojos del corazón”

 

                                                                                                                    Gloria Quel

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SERVIR A LOS DEMÁS

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Servir a los demás

Víctor Frankl, afirma que: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, cuando más se quiere abrir hacia adentro, más se cierra”.

Hoy en día, el servir a los demás,  no se entiende como la predisposición que se tiene de ayudar a nuestro prójimo sino se le da un significado más  de servilismo, por lo tanto no es un modo de actuación que se prodigue con asiduidad.

El servicio, actitud del espíritu para ayudar ante cualquier necesidad que puedan tener  los demás, nos facilita salir de nuestro estado de comodidad, de pasividad, donde nos encontramos, abriéndonos a un mundo rico en experiencias donde podemos sacar lo mejor de nosotros mismos y a su vez enriquecernos con los demás.

Es un estado interno que nos predispone a estar pendientes de las necesidades ajenas;  el cual nos lleva a aprender a ser humildes; sin esta virtud es difícil no creerse la ayuda que se da. Se desarrolla el amor hacia los demás, aprendemos a renunciar a nuestro tiempo, a nuestras necesidades, nos ayuda a comprender al prójimo por lo que nos resulta más fácil perdonar. El ponernos al servicio de los demás, nos engrandece como personas, nos hace mejores, dándole un pleno sentido a la vida. Siendo una de las primeras consecuencias de esta predisposición la alegría interna que sentimos

Los tiempos actuales, nos hacen vivir con rapidez, estresados, pensando en todo lo que tenemos que hacer a lo largo del día, encerrándonos en nuestro pequeño mundo que no nos deja ver más allá de nuestras necesidades y deseos, sin poder ver lo que sucede a nuestro alrededor y sin voluntad de hacerlo. Viviendo hacia dentro nos hace más egoístas; cediendo el paso, en ocasiones, a estados de soledad, de tristeza, incluso de depresión.

Cuando se tiene orgullo, vanidad, egoísmo…es difícil ponerse en la piel del otro;  sentimos que nos estamos rebajando ante la posibilidad de ayuda que se nos pueda presentar. Cuando nos asaltan pensamientos de rechazo tales como: “¿cómo voy yo a prestarle mi servicio si es a mí a quien debería servir?”. Preguntarse: ¿qué saco yo de todo esto? ¿Qué me das a cambio? Muestra la inferioridad moral que tenemos, aún por superar, porque puede cerrar toda posibilidad de una buena y sana relación, que albergaría situaciones para ponernos al servicio desinteresado y a su vez, gratificante con los demás. Esta actitud nos encierra más en la materia dejando el espíritu sin opción de manifestarse, dando la posibilidad de ir endureciendo poco a poco el corazón.

Malgastar las ocasiones de servicio que te ofrece la vida, es perder oportunidades de crecer interiormente, de ir pasito a pasito, consiguiendo que vaya germinando el amor que tenemos todos en el fondo del corazón, desarrollando sentimientos sinceros y momentos de alegría que nos ayuda a transitar el camino que hacemos con el envoltorio carnal. Teresa de Calcuta decía: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.”

Tenemos que pensar que somos seres sociables, interrelacionándonos continuamente con las personas que tenemos alrededor. Si en vez de centrarnos solo en nosotros y en nuestro pequeño mundo, aprendemos a meternos en los zapatos del familiar, amigo o compañero, seremos capaces de percibir las necesidades que tienen los que nos rodean, para poder ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Unas veces nuestros actos serán visibles, pero habrá ocasiones que no tienen por qué darse cuenta de que le hemos brindado esa ayuda. Es cuando empecemos a vivir la virtud del servicio que acrecentaremos otras virtudes como la humildad, la prudencia, la dulzura, la paciencia, la caridad…

Jesús de Nazaret, nunca perdió una oportunidad de servir a los demás.  Pasó Su vida bendiciendo a los enfermos y alimentando espiritualmente a los hambrientos.  Jesús cuenta la parábola del buen samaritano que ayudó a un  judío, enemigos naturales en aquel tiempo; para ilustrar cómo debemos amar a nuestro prójimo. Enseñándonos que la actitud de servicio es hacia todos, amigos y enemigos siendo a éstos últimos los que más cuesta por lo que el servicio se hace más meritorio.

 El maestro Jesús, dijo en cuanto al servicio: “… en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Nos equivocamos, cuando pensamos que perdemos el tiempo ayudando a los demás, la generosidad siempre nos ayuda a crecer internamente, desarrollamos nuestra capacidad de amar, de darnos. Nos despierta la necesidad de ser útiles a nuestro prójimo, de preocuparnos por ellos, aunque sabemos que las cosas no pasan por casualidad y que las vicisitudes de la vida, dolores o decepciones, las vivimos porque de una manera u otra son pruebas o rescates que tenemos que vivir, pero teniendo la compañía de un ser querido es más fácil sobrellevarlas.

A medida que vamos madurando, creciendo en nuestro  interior, vamos comprendiendo lo importante que es el sentimiento de amor; nos vamos sintiendo libres de nuestras aparentes necesidades, el sentido de nuestra vida cambia, despertando las ganas de vivir, de ayudar, de consolar y de animar a la persona que está  cerca de nosotros, pasando por momentos difíciles.

El camino que vamos recorriendo mientras aprendemos a amar a todas las personas a las que podemos llegar, conocidos y desconocidos, nos enseña a desprendernos de nuestros gustos, deseos, disminuyendo nuestras necesidades. En otras palabras, superamos las tendencias negativas que tenemos y aumentamos los sentimientos que nos hacen mejores personas, desarrollando la sensibilidad ante las necesidades que tienen los demás, sintiéndonos más unidos a ellos.

El  Sermón de la Montaña  (Mateo, 7:12): “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

Los sentimientos positivos que tenemos, nos inducen a ponerlos al servicio de nuestro prójimo. Eso nos potencia  los valores del perdón, de la caridad, de la solidaridad, de la tolerancia, de la paciencia… los mismos que el Maestro no se cansó de enseñar y dar ejemplo a lo largo de su vida.

La ayuda desinteresada en todos los aspectos de nuestra vida, nos alejan del egoísmo, el orgullo, la vanidad. Si lo hacemos con sentimiento profundo y demostramos a los demás que una vida compartida en el amor es más gratificante, más intensa, que nos llena de alegría y de ilusión, nos alentará para  hacer las cosas de corazón.

La madre Teresa de Calcuta: “Muchas veces basta una palabra, una mirada o un gesto para llenar el corazón de los que amamos”.

Pensar que nuestro trabajo va a repercutir en otra persona, nos  predispone a cumplir con nuestras responsabilidades y compromisos lo mejor que sabemos, pues con nuestro trabajo bien hecho, también servimos a los que nos rodean, tanto a nivel familiar, social, laboral o solidarizándonos con el resto del mundo.

En muchos lugares de la tierra hay guerras, cataclismos, hambre, injusticias… gente que necesita consuelo, un abrazo, ánimos, una sonrisa… Tal vez haya alguien que necesite algo que nosotros podamos ofrecerle, comida, abrigo,  elevar el pensamiento por ellos al Padre… Cada día  es una oportunidad que nos da la vida, para ser útiles en la sociedad y hacerla un poquito mejor.

Enseñar a los hijos a servir a los demás es importante, porque aprenden actitudes muy valiosas acerca de cómo relacionarse con otras personas, anteponiendo las necesidades de los otros a las suyas. Los hijos que aprenden el valor de servir, desarrollan amistades más auténticas y disfrutan más en su relación con los demás.

El que sinceramente ama y la caridad es su principio de vida, hace posibles las obras del corazón.

Seamos hombres y mujeres de bien, engrandezcámonos con nuestro trabajo diario de transformación interna; de esta manera pondremos nuestro granito de arena para ayudar a cambiar el mundo.

“No nos cansemos, pues,  de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos, sino desmayamos”. Pablo (Gálatas, 6:9)

 

                                                                                                                   Gloria Quel

©2016, Amor, Paz y Caridad