Trabajo Interior

EL DOLOR COMPAÑERO DE REDENCIÓN

El objetivo en la vida es llegar a ser feliz. En los primeros años, durante la infancia, son nuestros padres los que tienen la responsabilidad de proporcionarnos los medios para que sea posible esa felicidad. Ya en la juventud y madurez somos nosotros mismos los que debemos conducirnos por los distintos caminos y posibilidades que nos proporciona la vida, escogiendo estudios, trabajo, u otras opciones personales, hacia la conquista de esa anhelada felicidad. Aunque muchos consiguen ser felices en algunos periodos de su vida, otros por más que lo intentan no lo consiguen nunca.

Esto es debido a que estamos en un mundo todavía de fuerzas primitivas, esto es, que casi todos los que bajamos a este mundo, nos falta aún, un largo camino para llegar a la plenitud. Y bajamos con la esperanza de seguir conquistando las metas que nos proponemos y corregir los errores cometidos a lo largo de nuestras vidas pretéritas. Aunque muchas veces nos entretenemos en situaciones que no sólo, no nos ayudan a avanzar sino que nos entorpecen en el desarrollo de nuestro programa espiritual.

Limpiar nuestro interior de todas esas manchas, impurezas, taras… lo logramos poniéndonos previamente objetivos que nos comprometemos a alcanzar; éstos se traducen en pruebas, experiencias y vicisitudes a lo largo de la vida, dentro del programa espiritual que proyectamos, junto a hermanos espirituales superiores responsables de ayudarnos en dicha tarea. Con el programa confeccionado bajamos a la tierra, en el que también cuenta el bagaje de experiencias que traemos de existencias anteriores, y en donde también están los méritos y las cualidades desarrolladas, que estarán presentes en el programa de recuperación y realización que traemos al encarnar. Además tenemos que contar con la asistencia espiritual que siempre tenemos a nuestro lado, que nos ayudan a sobrellevarlo, dándonos la inspiración, el consuelo y la asistencia que podamos necesitar a lo largo de nuestra existencia corporal.

Lo expuesto en el párrafo anterior explica, que las diferentes vidas por las que pasamos en la tierra son solidarias entre sí, puesto que tenemos distintas personalidades en las diferentes encarnaciones, pero el espíritu es el mismo, siendo el hilo conductor de todas ellas y el único responsable de las acciones realizadas a lo largo de todas las encarnaciones vividas.

Hoy en día, el individualismo existente que impera en la sociedad aumenta, debido a una vida material fácil, en donde todo está al alcance de la mano y al mismo tiempo, las normas morales se van relajando, dejando rienda suelta al “todo vale”. Esto nos puede llevar por un camino de goces, placeres y ociosidad estéril en el que la deuda se incrementaría más, al no aprovechar el tiempo en cosas positivas, edificantes, con el consiguiente parón en nuestra evolución.

Una de las formas de las que se sirve la Providencia Divina para hacernos entender que esta forma de vida no es la correcta, es por medio del dolor. Éste se unirá temporalmente a nosotros como un aliado, sensibilizándonos. Se presentara en forma de enfermedades, sufrimiento y reveses en la vida, que en sus diversas vertientes ayudarán a despertar estas conciencias adormecidas, que están transgrediendo la ley soberana del Amor.

Cuando el materialismo prevalece sobre la espiritualidad, la conciencia del dolor se va diluyendo hasta perder su sentido profundo, real, que no es otro que el del rescate. La doctrina espírita nos muestra el gran papel que tiene el dolor y el sufrimiento en nuestras vidas, enseñándonos la manera de admitirlo y aceptarlo como una consecuencia natural, como un reajuste del pasado. Nos ofrece también una visión del pasado y del futuro que nos aguarda, siempre desde una perspectiva de “transitoriedad de las aflicciones”; es decir, sin pensar en penas eternas ni nada parecido. De ese modo, el dolor actúa como un aliado en nuestro progreso evolutivo que sensibiliza el alma y nos despierta del letargo que nos produce la comodidad y la apatía en la que estamos. Nos hace reflexionar sobre nuestra situación dolorosa. Si la aceptamos con valentía y con dignidad, acaba por darnos un nuevo enfoque a la vida. Ese dolor nos enseña a ser constructivos y la esperanza en un mejor mañana se hace presente en nuestro interior; signo inequívoco de que vamos por el buen camino, el de la redención y la conquista.

“Si realmente no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con que te enfrentes a ese sufrimiento.”

V. Frankl.

¿Cuál es su función? Su función concreta es la de ayudarnos a progresar espiritualmente. Por eso, aunque la ciencia estudia la forma de eliminarlo y avanza en el campo de la detención del dolor hasta llegar a suprimirlo, como no se combaten las causas reales, aparecen nuevas enfermedades y con mayor intensidad.

¿Por qué sentimos dolor? La razón por la que lo sentimos, es ni más ni menos que por nuestra inferioridad moral, y será parte integrante de nuestras vidas hasta que no superemos las imperfecciones morales, de los que somos únicos responsables, pues disfrutamos de un libre albedrío, que es la facultad de poder dirigir nuestra propia vida, y de la que tendremos que dar cuenta del buen o mal uso que hagamos de ella, por lo tanto si elegimos el camino del error, nos veremos en la necesidad de corregir o rescatar aquellas equivocaciones o sufrimientos ocasionados. Y es por medio de la enfermedad, el sufrimiento donde vamos recobrando poco a poco el equilibrio del bien, evitando caer en males o abusos mayores; cuando la misericordia divina así lo considere oportuno.

La ley de causa y efecto, reajusta el mal causado al punto de origen de donde partió; es una ley de equilibrio en lo moral, y como todas las demás leyes que ha creado el Padre y que rigen la vida, actúa de forma inquebrantable en las consecuencias surgidas por nuestra conducta, buena o mala, realizada a lo largo de las diferentes existencias vividas en la tierra, de las que somos responsables individuales. Y no solo devuelve el mal causado, sino que en las obras que realizamos con amor sentido, también tiene su consecuencia, y esta no es otra que el observar como crece la alegría en nosotros, sintiendo el amor como inunda nuestro interior, cuando nos es devuelto con creces, el mismo amor que ofrecimos desinteresadamente. No hay que olvidar las palabras del Maestro: “La siembra es voluntaria, la cosecha es obligatoria.” Y en esta ley es donde se cumple este aforismo.

La ley de equilibrio dice: toda acción trae una reacción, por lo tanto es una ley que ayuda a la educación y reparación. Y ésta sin el dolor no sería armónica. Sin duda las faltas, los errores del pasado hay que rescatarlas, por lo que nos condiciona el futuro. Debemos tener en cuenta que nuestro presente es el resultado de nuestro pasado. No busquemos fuera de nosotros las causas del dolor que padecemos, pues el origen está en nosotros. Son las taras morales las que no nos dejan obrar con un discernimiento claro, es el caso del egoísmo, el orgullo, el resentimiento, los celos, el odio, la maledicencia… Sin embargo, si somos capaces de desarrollar con trabajo serio y perseverante por medio de la voluntad y el análisis interno, las virtudes que tenemos guardadas, como pueden ser la generosidad, la humildad, la indulgencia, la caridad, la paciencia… conseguiremos ser mejores personas e irá brotando en nuestro interior el amor y la alegría porque nuestro espíritu se iría elevando.

Toda acción que realicemos dirigida a nuestro prójimo, tiene unas consecuencias que nosotros no somos, por lo general, capaces de entender toda su dimensión. Es por esto que necesitamos tener tantas vidas para ir reparando los daños causados y errores cometidos, a la par que aprendemos a perdonar las ofensas y perjuicios que recibimos.

En el “Evangelio según el Espiritismo” cap. V, ítem 6 podemos leer: “¡Bienaventurados los afligidos porque ellos serán consolados! Debéis consideraros felices por sufrir, porque vuestros dolores de este mundo son la deuda que habéis adquirido en vuestras pasadas faltas, y si con paciencia soportáis, en la Tierra, esos dolores, os ahorrareis siglos enteros de sufrimiento en la vida futura…”

A nadie nos gusta sentir dolor, pasar por una enfermedad, vivir vicisitudes que nos provocan sufrimiento, pero en la mayoría de los casos esas sensaciones y sentimientos, nos ayudan a crecer, a madurar espiritualmente, nos desarrolla el sentimiento de la compasión, solidaridad, nos despierta la empatía hacia los demás.

“Las lesiones, al igual que las llagas, las frustraciones y los defectos en nuestra forma externa, son remedios del alma que nosotros mismos hemos solicitado en la farmacia de Dios.”

El espíritu de Emmanuel psicografiado por Chico Xavier. En “Siembra de los médiums”.

Gloria Quel

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