Trabajo Interior

ALEGRÍA, CONSECUENCIA DEL AMOR

“Alegría y amor son las dos olas de las grandes acciones.”

J.W.Goethe

Podemos definirla como el sentimiento que se genera como consecuencia de algo que nos resulta satisfactorio o grato, predisponiendo el ánimo hacia su manifestación exterior.

La alegría crece dentro de nosotros a medida que hacemos el bien, y somos también favorecidos por el bien que recibimos de los demás.

Leyendo el Libro de los Espíritus nos encontramos la siguiente pregunta:

  1. ¿Qué se debe entender por la ley natural?

– La ley natural es la ley de Dios. Es la única verdadera para la felicidad del hombre. Le indica lo que debe hacer o no hacer, y sólo es desdichado porque de ella se aparta.

No hace falta ser creyente para sentir esa alegría interna que todos anhelamos, si entendemos que cumpliendo la ley Natural, (la que nos dicta la conciencia), entramos dentro del desarrollo que nuestro espíritu necesita para ir progresando. Porque lo más importante es hacer aquello que honestamente consideramos que debemos de hacer para estar en paz con nosotros mismos y con los demás.

Como ya es sabido, estamos en un mundo de expiación y prueba, donde el mal  predomina sobre el bien, donde podemos encontrar más sinsabores, sufrimientos y desdichas que satisfacciones, gozo, etc.; ya que debido a nuestra escasa evolución es lo que nos toca experimentar. Situación ésta que se puede ir corrigiendo si trabajamos en nuestra transformación interior, ganando las batallas internas que nos presenta esta etapa espiritual. De ese modo, nuestro espíritu se va limpiando de impurezas y taras, empezando a sentir la alegría de vivir, de comprender todo lo bueno que el porvenir tiene reservado para nosotros, y entender que los sufrimientos lentamente los iremos  dejando atrás. Es dentro de estas pruebas, donde tenemos la oportunidad de ir mejorando, con el comportamiento que tengamos hacia nosotros y sobre todo, hacia los demás.

El objetivo es lograr salir de nuestro caparazón (orgullo, egoísmo, etc.), que nos hace vivir centrados en nosotros mismos, y darnos cuenta que tenemos que abrir la mirada hacia nuestro prójimo, en todas las personas que nos rodean. Nuestro interés personal no ha de ser tan importante como el desinterés que tengamos hacia los demás; con generosidad y altruismo. Sin que tengan que ser grandes acciones, sino pequeños gestos que la vida cotidiana nos proporciona para ser útiles a los demás.

Sabemos que vivimos en una sociedad totalmente materialista, donde el individualismo prima sobre todas las cosas, donde el beneficio personal es el objetivo a conseguir. La consecuencia de esta situación es que el egoísmo más acervado se implanta en nuestro corazón, olvidándonos de lo que hemos venido hacer, aislándonos poco a poco, pues a los demás los consideramos instrumentos para conseguir nuestros objetivos y cuando no los necesitamos, nos olvidamos de ellos. Esa dureza de corazón termina por matar los pocos sentimientos buenos, que pudiéramos tener.

El orgullo, también nos estaciona en nuestro progreso, la pereza que no nos deja avanzar, pues nos invita a “un estado vacacional continuo” que hace que desaprovechemos la existencia. El resentimiento, que si le damos cabida nos enfrenta a los demás, por lo que es mejor alejarlo y comprender que siempre tendremos a nuestro alrededor personas que serán, unas más y otras poco o nada amistosas. Permanezcamos pues, de buen humor siempre, incluso delante de las personas frías o cargantes.

Otro aspecto a evitar es la queja continua, siendo esta actitud artífice para crear una convivencia difícil con los demás, viendo defectos en todo, queriendo ser el centro de atención, sin aceptar más criterio que el nuestro. Si somos personas intolerantes, alejaremos toda posibilidad de que crezca la alegría dentro de nosotros, sino más bien, todo lo contrario; sentiremos desdicha, melancolía, amargura… sin saber muy bien porque tenemos esas sensaciones negativas, que no nos dejan disfrutar de la vida.

La falsa alegría, es efímera, fugaz y nada nos aporta, llevándonos a un estado de vacío que nos hunde más, transitando por unos caminos como pueden ser el de las bebidas alcohólicas, drogas, sexo irresponsable, o por otros similares que nuestras debilidades nos demandan, haciéndonos creer que somos felices, para más tarde, cuando todo ha pasado, caer en un estado de vacío interior, e incluso derivar en una depresión.

La verdadera alegría es fuerte. Se basa en nuestros valores internos que nos llevan a Dios. Se construye con acciones positivas que nos elevan. La conducta cuando es digna, nos origina alegría, y ésta a su vez nos genera salud y bienestar. El corazón que vive por y para los demás es feliz porque cumple uno de los mandatos que nos da Nuestro Padre, por consiguiente es un corazón dichoso y alegre.  

Nuestra estancia terrenal, podemos vivirla con alegría, dando gracias por la nueva oportunidad que se nos ofrece, para saldar las deudas contraídas en nuestro pasado poco afortunado.  

Acoger el dolor con docilidad, en silencio, pues, es la maestra, que nos impulsa a mejorar, es claramente otro de los caminos que tenemos que seguir para nuestro perfeccionamiento. Las heridas internas son las más difíciles de curar, pero poniendo nuestra confianza, paciencia y amor en Dios, así como en sus Leyes, nos ayudarán a resignarnos, a entender que tanto el dolor material, como el espiritual, producto de nuestras imperfecciones morales, nos proporciona grandes recursos para cambiar; nos ayudan a vivirlo con cierta dicha y a crecer interiormente. Evitando que aparezca el egoísmo, la rebeldía, el resentimiento, que nos enturbia la razón y nos produce rechazo la idea, de que lo  merecemos o  necesitamos.

El Maestro de Nazaret para entrar en Jerusalem, eligió un día de alegría para los judíos, pues todo lo que Él nos enseñó lleva intrínsecamente la alegría, ya que su doctrina nos marca el camino que debemos seguir, para llegar a la perfección. Su mensaje es fuente de gozo: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena. Mi mandamiento es este: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Jn 15,11-12)

El ser personas de bien, de llevar una vida digna, de saber cuáles son nuestras responsabilidades, deberes y saber cumplirlos; a cada obstáculo que se nos presente, sabremos darle la vuelta y ver el lado bueno que tiene, consiguiendo superarlo, proporcionandonos una dicha  que nos catapultará a realizar empresas mayores. La actitud positiva, la conciencia tranquila nos lleva a una paz interior que nos guiará a seguir haciendo el bien. La alegría que podemos sentir dentro del corazón es una gran palanca que nos hace evolucionar hacia la perfección.

La vida es una constante invitación a la reflexión y la comprensión de nosotros mismos. Y tener presente que está llena de lecciones de las que podemos aprender a ser mejores.

Preocuparnos por nuestro prójimo sirviendoles y renunciando a nosotros, nos llenará de amor y ese sentimiento nos indicará que vamos por el camino correcto, fijándonos en los bordes del mismo para no tropezar y caernos.

Cualquier acción que hagamos como puede ser: un abrazo a un amigo, un rato de buena lectura, una buena conversación con la familia o amigos…hará que apreciemos la maravillosa oportunidad que nuestro Padre nos ofrece cada vez que bajamos a la tierra. El conseguir la paz interior, la rectitud de vida, aprendiendo que con una sonrisa es más fácil acercarse a los demás, obteniendo una relación de reciprocidad positiva, conseguirá que sintamos más dicha en  nuestra existencia presente.

“Ten buena conciencia y tendrás siempre alegría. Si alguna alegría hay en el mundo, la tiene seguramente el hombre de corazón puro.”

(Tomás de Kempis s.XV)

 

                                                                                                                  ALEGRÍA, CONSECUENCIA DEL AMOR por:    Gloria Quel

©2017, Amor, Paz y Caridad

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