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LA DIGNIDAD DEL TRABAJO

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La dignidad del trabajo

El trabajo es una actividad necesaria para mantener el equilibrio en la sociedad, sin la cual el desorden se establecería provocando el caos. La comodidad, el tedio, la falta de ambición y motivación se instalarían en una población que resultaría enferma por la carencia de productividad y creatividad, lo que anularía el interés por hacer de la colectividad algo mejor y retrasando el desarrollo de la misma.

El hombre que por propia voluntad se niega a trabajar necesita de aprovecharse de los demás para poder vivir; es un sujeto que no aporta nada a nadie ni a nada, por lo que se convierte en un parásito social, una carga para la sociedad.

 Como decía San Francisco de Asís: “Te pareces al hermano zángano, que no aporta nada al trabajo de las abejas y pretende ser el primero en comer la miel”.

La pasividad nos lleva a la holgazanería, nos conduce a la miseria, ya no sólo material, sino a la espiritual, pues abre la puerta a todos los desórdenes a los que podemos acceder, dejando a los instintos que sean los conductores de nuestra vida.

El trabajo lo tenemos que enfocar desde dos vertientes. La primera la material, que es la que nos proporciona el salario para poder vivir, es decir: vivienda, comida, vestimenta, mantenimiento de una familia, relaciones sociales… Y la segunda, desde el punto de vista espiritual, es la actividad más importante que tenemos para ir progresando; este es un trabajo íntimo, personal, silencioso, donde el objetivo principal es conocernos a nosotros mismos para saber por dónde cojeamos y cuáles son nuestras fortalezas. Con este instrumento podemos ir desarrollando todas las cualidades que poseemos, e iremos conquistando poco a poco metas intelectuales y morales; estas adquisiciones nos harán mejores día a día.

Si rechazamos trabajar, los primeros y más perjudicados somos nosotros mismos, pues dejamos de crecer y desarrollarnos en todas las facetas que poseemos con la posibilidad cierta de quedarnos estancados, sin posibilidad de ir soltando los fardos de imperfección.

Toda tarea requiere más o menos esfuerzos. Conseguir los resultados y el mérito que da el trabajo bien hecho requiere responsabilidad, disciplina, perseverancia… y sobre todas las cosas, voluntad, que es el motor que hace que se pongan en marcha todos los resortes internos para conseguirlo.

“Tres cosas son necesarias para la existencia humana: Voluntad, trabajo y éxito. Para lo último son menester las dos primeras”.

Louis Pasteur (1822-1895)

Al observar a la naturaleza recibimos una sensación de paz, de quietud, de que nada aparentemente se mueve. Sin embargo, está en constante movimiento, en cambios continuos que pueden o no verse, pero sigue su desarrollo innato; los ríos fluyen, los animales así como la vegetación continúan la rueda de la vida, etc., colaborando todos con el objetivo último de la propia naturaleza que es su conservación.

El trabajo no es una imposición, es un don de la vida, es un regalo divino que nos permite crecer y perfeccionarnos. Gracias al trabajo, además de cubrir nuestras necesidades básicas, desarrollamos la inteligencia, porque si no trabajáramos nos quedaríamos anclados en la infancia intelectual; con ello, la civilización no tendría posibilidad de progresar.

Gracias al trabajo interactuamos los uno con los otros, y con esta relación conseguimos que la sociedad se desarrolle y prospere, que la ciencia nos facilite mejoras en nuestro vivir diario y que tomemos conciencia del cuidado que se debe de tener con la naturaleza y el planeta, pues es nuestra casa.

Nos somete a una disciplina que nos ayuda a mantener los instintos controlados, también las emociones, puesto que nos obliga a prestar toda la atención y el esfuerzo en aquello que estamos realizando prolongadamente. Nos permite aumentar la capacidad para satisfacer las necesidades con mayor eficacia, resolver problemas y asegurar nuestra subsistencia.

Un elemento muy importante para poder desarrollar el trabajo con dignidad es la educación, entendiéndola como un proceso que se basa en una serie de valores que nos enseñan a discernir entre el bien y el mal. Pero no me refiero a la educación formativa que en todos los trabajos se requiere, sino una que es más necesaria para que establezca el orden y previsión, para saber respetar a las personas, sus deberes y derechos básicos. Esa es la verdadera educación moral, la de formar el carácter.

Un trabajo de carácter moral, realizado con respeto y sin temor, siendo conscientes de lo que queremos conseguir, buscando mejorar nuestra vida y la de aquellos que nos rodean. Si llevamos todos a nuestra vida la frase tantas veces repetida “con la misma vara que midas, serás medido” (Mt.7, 2), conseguiremos una sociedad regida por la ética y la razón.

Un trabajo moral que nos permite desarrollar una conciencia más clara acerca del bien y del mal, de nuestras acciones. El libre albedrío nos permite elegir qué camino queremos seguir para ir avanzando en nuestra limpieza interior, y eso se consigue eligiendo los objetivos que queremos alcanzar, y de qué forma conseguirlos, sin pisar al de al lado, cumpliendo con las obligaciones y deberes que tenemos de forma justa, haciendo de la sociedad un lugar más seguro. Por lo tanto, hay que buscar una motivación en la labor que realizamos y empeñarnos en ello, en la que nos podamos sentir recompensados material y emocionalmente. En definitiva, que ganarnos el pan diario no lo consideremos un castigo, porque con esta visión solo conseguiremos vivir amargados, sin llegar a ninguna parte.

Claro está que después de una jornada de ocupación es conveniente descansar. El trabajo como el descanso son dos necesidades complementarias, ya que al final del día necesitamos reposar, relajarnos, cargar energías… El descanso supone cambiar unas actividades por otras que nos gustan y nos relajan. Nos ayuda a “desconectar” del estrés o cansancio que podamos tener.

El tiempo de descanso nos puede proporcionar un estado gratificante si lo utilizamos de forma provechosa, ya sea lectura agradable, deporte, compartir tiempo con la familia o amigos… también el dialogo con los demás distendidamente, preocupándonos por ellos, etc. Igualmente dedicándonos tiempo a nosotros, meditando, con lecturas para fortalecer nuestro yo interno, escuchando esa música que nos toca las fibras más íntimas; y también, por qué no, buscar momentos en los que hablar con Dios como Jesús nos enseñó. De esta forma aprenderemos a conocernos mejor.

Recordemos las palabras de Jesús cuando lo perseguían los judíos porque trabajaba los sábados: Jesús les dijo: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo también sin cesar”. (San Juan, 5:1 a 17).

La coherencia se demuestra cuando las dos dimensiones del hombre, tanto la material como la espiritual, las sabemos conjugar en el trabajo diario. Las dos actividades nos tienen que dar el sentido a la vida, consiguiendo que el rigor entre lo que pensamos y como actuamos sea firme; esa tarea es personal y corresponde a cada uno de nosotros.

La dignidad del trabajo por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL CORAJE DE VIVIR

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El coraje de vivir

“El coraje nace en los valores morales del hombre que elige la conducta correcta para una  vida feliz”.

Joanna de Ângelis  por Divaldo P. Franco; del libro.- Jesús y actualidad

Coraje es tener fuerza interna para luchar por lo que queremos, a pesar de los obstáculos, los impedimentos o las dificultades que se puedan presentar en contra de nuestra decisión.

El mejor ejemplo que tenemos para saber vivir con coraje a lo largo de nuestra vida es, sin ninguna duda, Jesús de Galilea.

Él, que tuvo tantos desafíos, tantas provocaciones, siempre supo actuar con justicia, con firmeza. Siempre fue la representación del coraje; su camino siempre se definió en favor del bien, del amor y del perdón.

A todos aquellos que la adversidad les asusta, los obstáculos les frenan, no buscando soluciones cuando una prueba se les presenta, puede ser una manera de renunciar, aunque sea de una forma inconsciente, de todo aquello en lo que se comprometieron. Todos pasamos por el banco de pruebas que es la Tierra y sabemos que son momentos de cierta soledad, donde eres tú contra los obstáculos a superar. Muchos eligen lo fácil, buscando mecanismos de evasión, huyendo de los conflictos que implican cargar con el fardo de los compromisos traídos al encarnar.

Las batallas que libramos para forjar unos valores, la perseverancia en el diario vivir para afrontar los contratiempos y pruebas, son las que nos pueden hacer tambalear o dudar, hasta incluso llegar a perder la fe. Ante esto, no debemos pensar que son situaciones injustas o que nos superan, pues nos conducirían a la rebeldía y a una debilidad espiritual, donde los recursos internos que poseemos quedarían debilitados. No podemos olvidar que son, por lo general,  situaciones solicitadas a lo Alto, antes de encarnar, para la superación de viejas deficiencias, errores cometidos en otras existencias, o simplemente son pruebas para desarrollar nuestra conciencia de camino hacia la plenitud espiritual.

Por eso es necesario el autoanálisis profundo de la conducta para descubrir cuáles deberían ser las pautas basadas en el amor incondicional y el perdón, cambiando aquello que fuera necesario. También estudiar con serenidad nuestros límites para saber hasta dónde podemos llegar, y las metas que nos podemos trazar para la consecución de unos ideales superiores.

Tener el coraje de pensar para ser sinceros con nosotros mismos, sin victimismos ni auto reproches; alejando de nuestra mente cualquier complejo de culpa, puesto que somos un proyecto espiritual a largo plazo, lleno de posibilidades y conquistas por alcanzar. De esta manera, si el miedo se nos presentara, sabríamos como vencerlo sin posibilidad de que nos viéramos superados por él, pues el miedo es un estado anímico que arruina muchas vidas al no saber gestionarlo.

El coraje se consigue a través de las experiencias y pruebas que vamos pasando a lo largo de nuestras sucesivas encarnaciones. Las dificultades y sufrimientos que inevitablemente vamos viviendo nos enseñan valiosas lecciones; nos desarrollan la calma, la paciencia, la fe en Dios; nos impelen a mirar hacia lo Alto para solicitar ayuda, puesto que individualmente muy poco podemos lograr; somos aún muy frágiles; no obstante, con la ayuda espiritual de los espíritus benefactores, las fuerzas se multiplican y lo difícil se convierte en posible. También es sacar la voluntad adormecida, es confiar desde el trabajo y el sacrificio diario. En pocas palabras: No podemos recoger una buena cosecha si previamente no hemos realizado una buena siembra.

Es desde el coraje donde se nos abren las puertas; es la palanca que nos empuja a realizar los deberes que hemos traído en la existencia material; consigue que veamos el futuro con optimismo, nos afianza en nuestros principios, nos enseña que lo natural es errar, pero que no hay que desalentarse. Todos traemos conflictos internos pendientes de solucionar, pero es con tiempo y trabajo como se consigue el éxito. Tenemos que tener fe en nosotros y trabajar en el bien del semejante. Es en la conciencia donde encontramos el indicativo de que vamos haciendo las cosas bien.

El coraje nos hace comprobar la capacidad de reacción ante pruebas y situaciones. Disipa las dudas, ya que la mente nos puede hacer pensar que no podemos con ello. Son aquellas circunstancias  que nos pueden poner al límite o simplemente nos hacen tomar decisiones que parecen fáciles, pero cuyos resultados pueden distar mucho de lo esperado y no siempre somos capaces de tomar la decisión correcta. Ante eso, el coraje te dice: “Levántate y anda”; “no mires atrás”.

Esta cualidad se traduce en una armonía, un equilibrio, una alegría, una esperanza ante el trabajo bien hecho, en los propósitos suscritos para este tránsito terrestre que nos ha tocado vivir.

Superar con trabajo íntimo las trabas, los conflictos, reducir los defectos y debilidades se hace con determinación, disciplina y rigor, confiando en nuestras fuerzas internas que son inagotables si las sabemos utilizar, siendo la voluntad el timonel que gobierna esas fuerzas, una herramienta que nuestro Padre nos regala para poder vencernos a nosotros mismos.

El coraje es el barómetro que mide nuestra  determinación, con la cual hacemos frente, sin miedo, a los errores que podamos cometer. Las malas decisiones, las equivocaciones cometidas en situaciones determinadas sirven de experiencia, ya que parte del aprendizaje consiste en eso, en darnos cuenta de los errores y caídas para con valentía levantarnos de nuevo; si cabe con más determinación, sin que el remordimiento, la sensación de culpa, el dolor… consigan frenarnos en nuestro caminar, volviéndolo a intentar una y otra vez.

La actitud a tomar frente a las dificultades que la rutina diaria nos presenta, ya sea a nivel familiar (cónyuges, hijos, padres); sociales (amigos, conocidos); trabajo (compañeros, jefes, subalternos), ha de ser serena, tranquila, para saber llegar con equilibrio a cualquier dificultad, aunque a veces resulte complicado conseguirlo.

Tomar la decisión correcta en ocasiones puede resultar difícil. Hay que comprender que la sombra de un pasado más o menos lejano nos persigue; tareas incompletas o mal resueltas que nacen de las luchas vividas anteriormente y que nos alcanzan en el presente: El hijo rebelde, el cónyuge difícil, la carencia material, el jefe colérico, la presencia constante del plano inferior…

La templanza, la tolerancia, la calma, usadas a tiempo, nos evitarían en ocasiones muchas circunstancias negativas que nos producen inquietud, sufrimiento, desequilibrio… donde nuestras emociones no nos dejan actuar con equidad. Es por eso muy importante ser dueños de los sentimientos y pensamientos que se originan en nuestro interior.

Nunca debemos olvidarnos de la oración, de pedirle a nuestro Padre fuerzas para seguir, contando con el mundo espiritual superior que está esperando que le pidamos para poder ayudarnos en nuestras pruebas, ya que nunca nos dejan solos. Que están ahí para auxiliarnos cuando decidimos meternos en la batalla de nuestra transformación interior. Sin ellos, como ya apuntábamos anteriormente, nos sería muy difícil poder superarlas, hecho que nos impediría seguir la senda que el Divino Maestro nos marcó.

Como hemos dicho al principio del artículo, Jesús fue el gran ejemplo de coraje ante las adversidades de la vida, pero no nos podemos olvidar de los discípulos que lo siguieron y no lo dejaron en ningún momento, a pesar del sufrimiento ante el cuadro de ver a Jesús camino del Calvario y posteriormente subido en la cruz. Verdaderas actitudes de coraje, como son:

En el camino del Calvario, una mujer llamada Verónica, en un acto de valentía y amor, limpió conmovida el rostro de Jesús que era la imagen viva del sufrimiento.

Hubo otras que también demostraron coraje: «María, la madre de Santiago el menor y de José, Salomé la madre de los hijos de Zebedeo; también una cierta Juana y una tal Susana (Lc 8,3). Estas mujeres inigualables acompañaron en todo momento al Maestro de Galilea, llorando, sufriendo junto a Él, además de María, madre del propio Jesús; Juan El Evangelista; María Magdalena; todos ellos dieron testimonio a los pies de la Cruz.

No tengamos miedo de vivir nuestra vida con valor. Tomemos las decisiones adecuadas, aceptando las responsabilidades que conllevan, actuando con firmeza y determinación, cumpliendo con las responsabilidades y obligaciones que traemos. Si miramos dentro de nuestro corazón encontraremos nuestro compromiso escrito en él.

 

El coraje de vivir por: Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA INDULGENCIA SURGE DEL AMOR

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La indulgencia surge del amor

En la oración del Padre Nuestro nos encontramos con esta petición: “Perdonad nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ese es el mensaje que nos dejó el Nazareno, un mensaje de amor y perdón, actitud que nos ayuda a llevar una vida donde la práctica de la caridad es fundamental.

Recordemos que nuestras acciones positivas o negativas tendrán un similar efecto, tanto si es en la presente encarnación como en futuras encarnaciones, ya que cosechamos lo que sembramos, porque la Ley de Justicia Divina actúa para todos sin excepción.

Tengamos presente que la queja, el enfado, la irritación no sirven de argumento para responder a una ofensa, un agravio, un daño… Es el perdón el que nos ayuda a superar problemas; nos evita, por ejemplo, que nos recreemos en un asunto que sólo nos hará perder el tiempo y se posen sentimientos malsanos en nuestro corazón, lo que nos puede complicar la existencia si no aprendemos a pasar página.

Una de las dimensiones que tiene el perdón es la indulgencia. La indulgencia, que es generosa y bondadosa, que se ocupa de obviar las acciones negativas de los otros, a no ser que sea para ayudar. Al igual que con los defectos que, aunque los ve y se da cuenta, no hace aprecio de ellos y los soslaya. En el caso de que se vieran expuestos mencionaría motivos para minimizarlos, pues a esta cualidad le gusta sobresaltar lo bueno de las personas. Es una virtud que atrae la calma, la serenidad, ya que surge del amor.

Debemos tener en cuenta que el análisis interno realizado con cierta regularidad, el ir conociéndonos poco a poco, descubriendo nuestro fuero interno, nos muestra las limitaciones, las carencias o hábitos improductivos que podamos tener, reflexiones que nos llevan a darnos cuenta que en absoluto somos mejores que los demás.

La indulgencia tiene una doble vertiente, una que dirigimos hacia nosotros, el auto-amor, y otra que va dirigida hacia los demás; y las dos son igual de importantes.

La primera sería la indulgencia hacia nosotros. Cuántas veces cargamos con el arrepentimiento de una mala acción, cuyo resultado ha sido el sufrimiento, daño o dolor al prójimo; además, si resulta que ese daño infligido ha sido a una persona dentro de nuestro círculo más cercano, el cargo de conciencia es más profundo todavía. Este estado de desequilibrio nos impide progresar, ese error cometido lo llevamos en la conciencia y esa carga nos paraliza. Por eso es bueno saber perdonarse, y el arrepentimiento que sentimos nos sirva de palanca que nos impulse a realizar bien las cosas, con buena voluntad, posibilitando el poder levantarse, cambiar ese comportamiento negativo que nos lastra, impidiéndonos avanzar por el camino de la perfección.


“Concédete el derecho de errar; sin embargo, exígete el deber de corregir”
(Joanna de Ângelis).

Por lo cual, el conocernos internamente nos ayuda a corregir los defectos que tenemos y a modificar hábitos perjudiciales que hayamos desarrollado, y de esta forma nos resultará más fácil darnos a los demás. La introspección que hagamos nos ayudará a aprender y comprendernos, lo que nos proporcionará la posibilidad de ponernos en la piel del semejante. Este cometido lo podremos realizar siempre y cuando seamos objetivos, además de firmes para sacarlo adelante con responsabilidad, disciplina y estando vigilantes en cuanto a la condición de pensamientos y sentimientos que puedan aflorar.

La segunda sería la indulgencia hacia los demás. Recordemos que una de las funciones más importantes que tiene el perdón es el olvido, sin el cual la herida no termina de curarse; y otra es la de ayudar, porque para que esa ayuda sea íntegra y desinteresada, tenemos que estar limpios de los más pequeños hilillos de resentimiento que puedan albergar nuestra mente y nuestro corazón. Ante todo, no podemos olvidar que también nosotros cometemos faltas que hacen daño a los demás, y hay que repararlas.

Estamos en el sendero de regenerarnos espiritualmente, pero todavía cometemos muchos errores, de los cuales podemos aprender; por eso, la indulgencia es una virtud tan hermosa, porque no rechaza sino que comprende.

La indulgencia como virtud nos ofrece la benevolencia ajena ante nuestros propios errores; si la falta es de los demás, entonces nos demanda condescendencia. Por lo tanto, ante el error, sea de quien sea, junto con la indulgencia aparecerá siempre la comprensión.

Hoy en día vivimos en una sociedad egoísta, materialista, donde los valores superiores se van perdiendo y todo importa poco, donde el egocentrismo impera menospreciando a los demás. Estamos viviendo una época donde la crítica y la censura son públicas, y mientras más se vilipendie, mejor. Esta conducta es el pan de cada día. Empecemos a obviar estas actitudes que tanto daño hacen y sepamos valorar lo bueno, lo noble, lo positivo que existe en nuestro prójimo. No nos dejemos llevar por esa corriente de críticas indiscriminadas, sin un ápice de caridad; pongámonos en el lugar de los demás y valoremos y comprendamos sus circunstancias. El odio y el rencor son un fuego en la mente y en el corazón que ciegan la reflexión e impiden la calma, envileciendo la acción.

Recordemos que antes de hablar mal de alguien o resaltar alguna característica negativa del semejante, mirémonos al espejo, ya que, como hemos dicho en alguna ocasión, las faltas que vemos en los demás suelen ser proyecciones de las nuestras.

Seamos prudentes y demos ejemplo de cómo se debe comportar un ser humano de buena voluntad, viendo siempre lo bueno de las personas. Quien perdona se libera de ataduras, puesto que no sabe de remordimientos, ni malos sentimientos, obteniendo tranquilidad de conciencia y de espíritu. El que actúa guiado por el amor llega antes a los objetivos marcados, cumpliendo con su destino.

Una manera de ayudar a los que nos ofenden es pedir al Padre bondad y misericordia por ellos. Así como rogar perdón por nosotros cada vez que nos equivocamos, aceptando nuestra culpa y no justificando nuestra acción. No caigamos en el egoísmo de hacer culpables a los demás de nuestras equivocaciones o las circunstancias que nos rodean, actitud que nos perjudicaría mucho en nuestro caminar por la senda que nos lleva a la transformación espiritual.

La indulgencia surge del amor por:    Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL VALOR ESPIRITUAL DE LA CUARESMA

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El valor espiritual de la cuaresma

La Cuaresma es un periodo litúrgico que comprenden los cuarenta días anteriores a la Semana de Pasión que vivió Jesús de Nazaret. Empieza el miércoles de Ceniza y acaba el Domingo de Ramos.

Es un tiempo en el que el Divino Maestro se retiró al desierto a orar, a reflexionar; donde estuvo practicando el ayuno, entendiendo este ayuno como conducta recta donde la disciplina espiritual le mantuvo en unión con el Padre; entregado en meditación profunda en la cual oraba por el compromiso aceptado. También superando tentaciones, porque  Jesús, espíritu perfecto y puro, fue tentado como cualquier otro. Pero nos demostró que, si la tentación es un fenómeno humano, su resistencia es una conquista divina, ayudándole a reafirmarse en el compromiso que libremente aceptó cuando bajó a la corteza terrestre.

Recordemos que Él vino a la Tierra para traernos un mensaje completamente nuevo, basado en la doctrina del amor y la caridad. El amor es el verdadero sentimiento que mueve el mundo. Si todos supiéramos amar de corazón al que tenemos al lado, sin advertir su color de piel, credo, sexo  o ideas, entonces el perdón y la caridad serían gestos fáciles de realizar, y nos encontraríamos en una sociedad diferente de la que vivimos hoy en día. Conocedor de nuestras dificultades para tender la mano al semejante, nos dejó un mandamiento que, si lo llevábamos a la práctica, todo sería diferente, cual es: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado”.  (Juan 15:12).

En aquella época no podían entender que el Mesías fuera manso y pacífico, más bien esperaban un líder carismático, libertador de la opresión y la esclavitud. Los gobernantes romanos, pero sobre todo los rabinos, temían que pusiera en peligro el poder establecido. Esa fue la razón por la que conspiraron contra Él, acabando con su vida cruelmente.

El mayor de los milagros que Jesús realizó, lo que realmente demuestra su grandeza, fue que sus enseñanzas llegaron a todas las partes del mundo, con los escasos medios de los que se disponían en aquellos tiempos. Su mensaje era sencillo, por eso llegaba a todos los corazones: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. (Juan 13:35).

La Cuaresma por tanto, es una época del año donde podemos tomarnos momentos de reflexión, de estudio y de reafirmación del compromiso con las enseñanzas del Maestro; un tiempo en el que podemos hacer balance; discernir y examinar nuestro corazón y nuestra razón de todo lo realizado, pensado y sentido a lo largo del año. Reconocer qué cosas nos han dejado sensaciones positivas para incentivarlas, de aquellas otras que han sido experiencias negativas y nos han dejado un poso amargo en el que debemos trabajar para superarlas.

La Cuaresma está pensada para intensificar esos aspectos de la vida que exigen superación, esfuerzo, transformación. Es recorrer el sendero en donde la prueba, el desprendimiento, la oración… nos preparan y facilitan la transformación espiritual que nos acerca a Dios a través de las enseñanzas que nos dejó Jesús.

 El Padre sabe de nuestras debilidades, que la fuerza de voluntad no la sacamos como debiéramos, y por eso en ocasiones nos fallan las fuerzas. Aprovecha estos días de especial sensibilidad espiritual para mandarnos una mayor fuerza que nos estimule al progreso, que nos ayude a realizar esas reflexiones, para encontrar dentro de nosotros esas manchitas que tanto nos entorpecen, y de ese modo cumplir los compromisos espirituales libremente aceptados, pero sin tanta dificultad. Además, nos ayudan también a potenciar las virtudes, los valores que albergamos dentro de nosotros. Nos invitan a realizar una auto-reflexión minuciosa, provocando situaciones para que podamos ver con mayor claridad dónde está el trabajo a realizar. También nos muestran aquellas cosas que pensábamos que teníamos controladas o superadas, pero que tan solo les habíamos lavado la cara.

Esa fuerza especial se concreta en el descenso a nuestro plano físico de hermanos espirituales que traen consigo un programa personalizado a realizar en cada uno de nosotros, para ayudarnos en ese análisis profundo que hacemos de nuestro interior. Al final, recogen todo el trabajo realizado conjuntamente durante ese periodo, corto pero intenso, de pruebas, reflexiones, actuaciones, etc.,  para elevarlo al Padre y que Él, en su infinita sabiduría y misericordia, actúe en consecuencia, aportándonos aquello que más podamos necesitar.

Ellos no vienen a fiscalizar, sino todo lo contrario, vienen a hacer hincapié en donde fallamos, ver esas deficiencias que no nos dejan avanzar, pero no para fastidiarnos o mostrarnos nuestras bajezas, sino para que tomemos conciencia del daño que nos suponen y nos incentive a resolverlos poco a poco. También nos inspiran ideas nuevas, enfoques diferentes ante situaciones que teníamos atascadas, sin saber cómo transformarlas, sin ver solución posible.

Vienen a enseñarnos un camino, ese es en resumen su trabajo: el de mostrar, guiar y enseñar.

Son hermanos que la mayoría de ellos han tenido algún tipo de relación con la persona a la que cuidan, y por lo tanto le aman. Son hermanos que, con poco que nos pongamos en equilibrio espiritual, les notamos por su cariño, porque nos inundan de paz y de amor. Son ellos los que nos inspiran para que razonemos en qué punto nos encontramos, y de esta manera avanzar en el progreso; siempre seguir adelante, esforzándonos en la superación.

Elevando el pensamiento nos sintonizamos mejor con ellos. Son la mano amiga que nos sostiene, nos anima, nos conmueve a través de una mayor sensibilización espiritual. Nos mandan esa ayuda que tanto necesitamos en los momentos de sufrimientos, de dudas, en los que no podemos encontrar la calma y se nos presenta harto difícil hallar respuestas a nuestras súplicas. O, simplemente, nos inspiran un pensamiento diferente que nos hace abrir los ojos y entender una situación concreta que se nos escapaba.

Oramos porque confiamos en Dios, y Él, como buen Padre, no nos desatiende nunca; nos manda esa ayuda que demandamos, pero muchas veces no de la forma en que la pedimos, sino la más conveniente a nuestras circunstancias personales. Hemos de procurar que esa elevación de pensamiento que está unida al sentimiento sea sincera para que sea eficaz. De esta forma llega con más claridad  a los planos superiores.

Por otra parte, significar que esta ayuda que recibimos en Cuaresma no es exclusiva de los cristianos, también los seguidores de otras religiones la reciben, como por ejemplo los árabes con su Ramadán, o los judíos con su Pascua Judía… Todas las religiones y culturas tienen unos días al año donde reciben esta ayuda espiritual. Por otra parte, aunque alguien no se pueda sentir identificado con ninguna de las religiones, esto no importa, la ayuda les llega igualmente en base a la ley de justicia por la que todos somos iguales a los ojos de Dios. No  existen privilegios para nadie, como tampoco discriminaciones.

El dinamismo de una doctrina como es la espírita nos permite conocer detalles de esta etapa a través de las informaciones que el propio mundo espiritual nos facilita, corroborados por los hechos observados y constatados a lo largo de muchos años de experiencias.

Por lo tanto, el valor espiritual de la Cuaresma se corresponde a un periodo especial, muy poco conocido por la inmensa mayoría, pero que año tras año se repite. Es un esfuerzo extra más, de los muchos que realizan los planos superiores, aprovechando nuestras costumbres y periodos de especial sensibilidad religiosa o espiritual. Es un trabajo sutil el que elaboran durante esas fechas estos hermanos espirituales, con el afán de que podamos ser cada día un poco mejores, tener una mayor claridad y resolver los conflictos y problemas interiores.

 

El valor espiritual de la cuaresma por: Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA COMPRENSIÓN DESARROLLA LA CONFIANZA

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La comprensión desarrolla la confianza

“Al comprender a tu prójimo y relacionarte con él, serás más bondadoso contigo; si percibes su fragilidad, estarás más atento a tus límites y buscarás crecer, entonces lo amarás y te amarás más”.

Juana de Angelis por medio de Divaldo Franco en el libro: Momentos de Salud.

El amor es el sentimiento más profundo que podemos experimentar, y lo manifestamos de manera espontánea en la generosidad y entrega a los demás.

La comprensión que recibimos tiene las propiedades de un bálsamo para nuestro espíritu. Lo experimentamos con las personas que nos sentimos realmente a gusto porque, aunque quizás no compartan nuestros pensamientos, evitan juzgarnos, evitan criticarnos, no intentan inculcarnos su forma de entender la vida; podemos mostrarnos como realmente somos y entienden nuestra forma de proceder.

Comprender va más allá de tolerar o soportar a la otra persona, es poner el corazón y la razón al servicio de quien necesita de nuestra atención o cariño, y saber proponer, sugerir o establecer los medios con los que contamos para poder ayudarle.

Esta virtud nos ayuda a saber cuál debe ser nuestro comportamiento, porque mientras más entiendo a la persona, mejor puedo comprender las cosas desde su punto de vista, aceptando su realidad y la forma de conducirse. Esto no significa que tengamos que ser condescendientes con todo lo que pueda realizar o pensar, porque el propio discernimiento de lo que está bien y está mal siempre debemos tenerlo presente.

La comprensión es todo lo contrario a juzgar, ridiculizar, ironizar. Establece una postura receptiva que obliga a poner los cinco sentidos en la persona que nos está hablando sobre sus problemas. Quizás sólo quiere ser escuchado, sentir que interesa a alguien.

Además, todos los días no nos levantamos igual, pues depende de nuestro estado de ánimo, producido por los diversos problemas que nos perturban o las situaciones adversas por las que estamos pasando; nos pueden provocar estados emocionales dispares en los que poder escuchar o comprender a los demás; se nos presenta, a veces, harto difícil.

Lo mismo puede suceder con las personas conocidas que se cruzan con nosotros en el diario vivir; unas veces les cuesta dirigir la palabra, otras se hacen las despistadas para evitar cordialidades o comentarios; incluso, en casos más extremos, se llega a percibir cierto rechazo… Lo más fácil es pensar mal de ellas, “qué antipática”, “qué poca educación”, “qué se habrá creído”, cuando lo más normal es que simplemente vayan pensando en sus cosas, en sus problemas, y no se fijan en lo que pasa a su alrededor; no es mala fe, simplemente están enfrascados en sus preocupaciones. Disculpar esta situación y no darle importancia nos ahorrará malestar y malquerencias, para continuar andando con tranquilidad de espíritu. Incluso se puede revertir esa situación, y en lugar de tomarlo como algo personal, actuar con una actitud de servicio, de ayuda al semejante; por ejemplo, elevando el pensamiento y solicitando ayuda espiritual para que les auxilien en lo que puedan necesitar.

También es cierto que no podemos caer bien a todo el mundo, para eso no hace falta tener méritos o deméritos, simplemente podemos tener alguna persona a nuestro alrededor que nos rechaza, no nos quiere bien, que muestra su antipatía hacia nosotros; evidentemente,  no podemos ser afines a todo el mundo. Lo mejor que podemos hacer es minimizar su influencia negativa, no prestándoles atención, y al mismo tiempo relacionarnos con personas más afines, de actitudes más constructivas, que luchan por ser mejores, que trabajan en el bien buscando fomentar una buena convivencia con sus semejantes.

Es precisamente la comprensión el camino que facilita unas relaciones humanas más armónicas, porque admite otros valores, pensamientos e ideales… además de los propios; es estar siempre dispuesto a considerar el punto de vista de los demás; abriendo paso a la fraternidad.

¡Cuántas veces nos hemos podido encontrar inmersos en un “diálogo de sordos”! Es decir; todos quieren hablar y ninguno quiere escuchar. En otras ocasiones se habla mucho, pero divagando, sobre temas que no llevan a ninguna parte y además perdiendo el tiempo; esto es debido a que oímos pero no escuchamos, y lo importante para que exista entendimiento es prestar verdadera atención.

Hay también personas que, debido a sus complejos, prejuicios, miedo a no ser aceptados o valorados socialmente, prefieren mostrarse con una máscara superficial de su personalidad, prefieren las conversaciones livianas, superficiales, que no comprometan o permitan evaluarles como personas. Sin embargo, es bueno darse a conocer en nuestro círculo social, revelar aspectos de nuestra personalidad que ayuden a los demás a desplegar una relación más sincera, pero siempre con mesura y prudencia.

En ocasiones ocurre que nos quedamos sólo con la idea de algo negativo que nos sucedió con otra persona en el pasado, recordando el hecho ocurrido siempre que nos encontramos con ella. La sola idea de que pueda cambiar la desechamos con celeridad. Sin embargo, todos estamos expuestos a la transformación interior, esa persona también. Existen las pruebas, acontecimientos, experiencias buenas y malas, que nos ayudan a todos a madurar; son lecciones que recibimos a lo largo de nuestra encarnación, que nos van renovando. Cerrar la puerta indefinidamente al diálogo y a la concordia, o lo que es lo mismo, negar otra oportunidad, sería un síntoma claro de intransigencia e intolerancia.

La comprensión es paciencia, tolerancia, ya que asumimos que todos somos falibles, que cometemos errores. También es beneficiosa, pues profundiza en las relaciones que desarrollamos con las diferentes personas que están cerca de nosotros. Evita los celos, los enojos, evita también la crítica, los pensamientos se vuelven afectuosos, y esta situación ayuda a que los sentimientos que vayan aflorando sean siempre, cuanto menos, de simpatía, haciendo crecer la relación que establezcamos. Además, la comprensión es una virtud que desarrolla otras muchas, como pueden ser el perdón, la indulgencia, la tolerancia, el respeto… etc.

Esta virtud te lleva además por el sendero del perdón, nos ayuda a sobreponernos de los agravios que podamos recibir de algunos de nuestros congéneres, nos hace entender las vanidades humanas sin que nos sintamos ofendidos y tener indulgencia hacia las miserias humanas, con las que nos podamos sentir atacados, obteniendo la paz de espíritu.

La comprensión sostenida por el amor está siempre dirigida por una mente que piensa en positivo, que trata de ver siempre el lado bueno de las personas. Entiende que las limitaciones, debilidades, miserias… que con tanta facilidad criticamos y juzgamos en los otros, también son taras que arrastramos nosotros. Si hiciéramos una reflexión profunda y objetiva de cómo actuamos o pensamos, no tendríamos dificultad para aceptarlas, y estos nos ayudaría también a nosotros, a entender a los demás. Saber que yo soy imperfecto y que aún me queda mucho camino que recorrer para serlo, es una convicción que me llena de sentido la vida, conduciéndome a la comprensión de los demás. Si yo tengo caídas a lo largo de mi vida, no puedo negar ni criticar las caídas que tienen los demás.

El ejemplo más claro de la relación existente entre el amor y la comprensión nos lo dio el Divino Maestro cuando en el Calvario, ya subido en la cruz, dijo “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34)

Al comprender a nuestro prójimo y conocernos mejor conseguimos vivir en paz, primero con nosotros mismos, y acto seguido con los demás, ya que somos seres sociables y las relaciones se establecen para convivir, en tanto que necesitamos los unos de los otros. Por medio de estas relaciones surgen los sentimientos, y el más poderoso es el amor, que consigue establecer relaciones fraternales entre esposos, hijos, amigos, compañeros, etc. Como hemos mencionado anteriormente, todos somos iguales pero con nuestras propias peculiaridades, y estas diferencias hacen que nos enriquezcamos más en la convivencia.

“El amor constituye la única manera de aprehender (comprender) a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos y rasgos esenciales de la persona amada…” Viktor E. Frankl, extraído del libro El hombre en busca de destino.

Concluyendo, el entendimiento consigue que tengamos una actitud de calma, actitud que nos ayudará a solventar los acontecimientos, tanto gratos como ingratos, que van surgiendo a lo largo del día. Sabemos que no hay que juzgar a nadie porque piense diferente a nosotros. Ser receptivos hacia ellos y mostrarnos interesados en sus problemas hará que, cuando les tengamos que hablar, nos escuchen, ya que nuestro ejemplo y actitud dará confianza a todos aquellos que quieran acercarse a nosotros. Para conseguir esa naturalidad en nuestro proceder será necesario estar centrados y ser autocríticos para ver dónde fallamos, y de ese modo rectificar el comportamiento inadecuado. La confianza y el respeto es la base para que los demás puedan creer en nosotros.

La comprensión desarrolla la confianza por: Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

ORGULLO, VENENO INTERIOR

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El orgullo, veneno interior

El orgullo responde a un sentimiento de supervaloración de sí mismo. Tiene un exceso de autoestima y de sus méritos, por lo cual se siente superior a los demás.

El orgullo es uno de los defectos que más hieren internamente al ser humano, pues desdeña a todo semejante que no crea que está a su altura. Se puede presentar de muchas maneras que a veces son difíciles de discernir. La manifestación de esta suficiencia puede ser mostrada de forma notoria o por el contrario de forma disfrazada, sin apariencia alguna, como puede ser  mostrando timidez o vergüenza, forma que se adquiere para protegerse de las críticas que pudiera sufrir o sentirse humillada ante cualquier valoración de su forma de ser.

Podemos pensar que no somos orgullosos, sin embargo, cuando ese defecto lo observamos en los demás nos molesta; habría que reflexionar por qué nos provoca ese rechazo, y si eso puede ser un síntoma de que albergamos ese mismo defecto, aunque no nos demos cuenta.

Para ir eliminando esta carcoma del espíritu e ir transformándola en humildad, necesitamos un trabajo firme y perseverante; esta modificación es uno de los objetivos que traemos la gran mayoría de los que tomamos materia. ¡Qué pocos le dan importancia a esta necesidad espiritual!

Además, el orgullo nos hace indulgentes y condescendientes con todo aquel que nos adula, que valora todo lo que hacemos, que nos siguen sin hacer crítica a aquello que realizamos. Nos gusta vernos rodeado de gente que nos da “palmaditas en la espalda”, siendo halagados en cualquier actividad que participemos.

Las críticas, por el contrario, nos enojan, las tomamos como un ataque personal totalmente injustificadas, sufrimos cuando nos sentimos menospreciados. No entendemos ni podemos soportar que nos contradigan; siendo las ofensas lo que peor llevamos porque no las sabemos gestionar; siempre nuestra reacción es de forma negativa, ya sea sarcástica, agresiva, vejatoria… o incluso vengativa.

El egoísmo es el motor que mueve a un orgulloso; nos da igual que nuestro comportamiento llegue a dañar o perjudicar al prójimo, sobre todo a nuestro círculo más íntimo. No nos damos cuenta del perjuicio que podemos causar, incluso obstaculizando y entorpeciendo los compromisos espirituales de aquellos que pertenecen a nuestro entorno.

Existe el orgullo de clase social o de lugar de procedencia, dándole excesiva importancia a la “dignidad” mal entendida, la “posición” social o económica, “honorabilidad” de la familia, empresa, creencia… es decir, “el ego” y “lo mío”.

La deformación de la realidad o la exageración entran dentro de las variantes de manifestación del orgullo, pues engaña con respecto a su estatus social, sus capacidades, su posición económica; le importa más la imagen que da a los demás que realmente lo que es, ya que la vanidad está ligada al orgullo en muchos casos; la necesidad de aparentar, y esa forma de proceder para sentirse importante y valorado, le puede ocasionar un estado de ansiedad que impide la serenidad interior; una falta de paz producto del desequilibrio moral.

El orgullo, por regla general, genera personas ingratas que fácilmente reniegan u olvidan las ayudas que reciben de los demás; creen que los méritos son sólo personales. Si la ayuda la recibe de la familia, suele minimizarla, quitándole valor, dando a entender que, aunque no les hubieran ayudado, lo habrían conseguido igualmente. Si es de otras personas no tan allegadas, marcan una distancia, porque la sensación de deberle algo a alguien no les gusta, pero si esto no lo consiguen, se pueden llegar a sentir muy incómodos.

Esa distancia también puede venir provocada por la actitud de creerse con una verdad superior a la de los demás, lo que dificulta la atención o el interés por escuchar al semejante, puesto que considera que aquello que puedan exponer o decir es de poco valor. Sufre también cuando no es el centro de atención, y tiene una tendencia a imponer su criterio allá por donde pasa.

Esta tara moral provoca falta de empatía hacia las necesidades de los demás, sean de la familia o del prójimo en general, ya que el orgullo puede destruir matrimonios, familias, amistades… ya que pedir perdón no entra dentro de su vocabulario; es maestro en justificar los propios errores, echándole la culpa, por ejemplo, a la complejidad del momento vivido, o a las circunstancias e incluso a los posibles errores de los demás.

Los comportamientos que tiene esta imperfección, como hemos ido describiendo con anterioridad, generan con facilidad ambientes de malestar allá donde él se encuentre; incluso provocando discusiones sin causa real. Si en esos incidentes recibe una ofensa, por banal que sea, como el rencor también asoma en esta lacra, procurará devolver la humillación recibida en cuanto tenga ocasión.

El orgullo es el padre de muchos más defectos, por lo que es importante que nos analicemos, que estudiemos nuestras reacciones ante cualquier prueba, vicisitud, acción… para poder localizarlo, pues como he comentado con anterioridad, el orgullo se puede manifestar de  muchas formas, y a veces incluso en alguna de sus vertientes la podemos considerar una virtud.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Mateo 5:3.

El peor pensamiento que puede tener un orgulloso es que no tiene necesidad de Dios. La oración la tiene olvidada porque piensa que nada le debe ni tiene que pedirle al Padre. Se revela ante la idea de lo contrario, cree que puede prescindir de Él, sin darse cuenta que Él es el creador de todo, de lo que nos rodea, y de nosotros mismos; por esa razón existimos. Y que todo lo que vivimos, tenemos, disfrutamos… es gracias a su amor infinito; además, nos deja la libertad de actuación, tomando el camino de nuestra preferencia, eligiendo de qué manera o cuándo queremos llegar a la perfección, que sean nuestros méritos los que nos acerquen a Él.

La transformación pasa por desarrollar el amor hacia los demás, colocarse en su lugar, valorando a las personas; siendo comprensivo, tolerante; desarrollando la capacidad de empatía; rompiendo la dureza de corazón que no permite pensar en las necesidades de nuestro prójimo. Acercarse a ellos para ver en qué podemos ayudarles, y con ese proceder experimentar una alegría interior que nos indicara que sí, que hay algo más de lo que vemos a través de nuestros ojos, que la vida no gira exclusivamente a nuestro compás.

La humildad es reconocer las limitaciones y que necesitamos de los demás; nadie es autosuficiente.

Darnos cuenta de que somos hijos de Dios, de un Dios lleno de amor por nosotros, generoso, que pone a nuestra disposición unos instrumentos de ayuda para conseguir llegar a la perfección, como son la voluntad, la templanza, la perseverancia… además de marcarnos la senda por donde recorrer el camino con rumbo claro, siendo nosotros, con nuestro libre albedrío, los que elegimos seguirla o no. Él nos abre un mundo lleno de esperanza, de fe en el porvenir. Es un Padre misericordioso que pone toda su ayuda a nuestro alcance para que logremos los méritos que nos conducen a la perfección. Sin abandonarnos en todo el trayecto, por largo que este sea.

Seamos conscientes de nuestras limitaciones, debilidades, así como de nuestras virtudes, y podremos actuar en consecuencia; sabiendo que tenemos conquistas pero también fracasos,  reconociendo ambas realidades; que no somos ni más ni menos que nadie, aceptándonos como somos y trabajando para ser mejores.

La docilidad, familia de la mansedumbre, nos fortalece para aceptar todas las vicisitudes por las que tengamos que pasar. El reconocimiento del compromiso firmado voluntariamente antes de encarnar nos ayuda a enfrentarnos a las dificultades, pruebas u obstáculos que se nos van presentando, convirtiendo la vida en una experiencia más llevadera; asimismo sabiendo que, si pedimos ayuda a Dios, la tendremos, pues nunca nos deja desatendidos.

Por tanto, el trabajo interior nos conduce a una transformación interna que nos permite ir evolucionando, en cada esfuerzo, en cada pequeña conquista espiritual que logramos. Desarrollando la humildad desarrollamos otras cualidades que nos ayudan a ser mejores, como pueden ser el amor, la tolerancia, la paciencia, la prudencia, la justicia, la calma… y sobre todo, como hemos dicho antes, la fe y la esperanza.

“No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más”.  Tomás de Kempis (1380-1471).

                                                                                             Gloria Quel

© 2018, Amor, Paz y Caridad

LA CALMA, CONSEJERA DE LA REFLEXIÓN

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La calma, consejera de la reflexión

Podríamos describir LA CALMA como un estado mental y de comportamiento que se caracteriza por la tranquilidad y el control emocional. Evita la irritación y la tensión en el trato hacia los demás en situaciones conflictivas. Permite desarrollar un ambiente de equilibrio y serenidad entre las personas.

En momentos de inquietud, de zozobra, donde las dudas nos asaltan y nuestra actuación puede verse comprometida por falta de reflexión, y cuando nuestro discernimiento está oculto, en estados de  perturbación por situaciones que nos superan o nos violentan, o en situaciones donde el equilibrio emocional lo tenemos totalmente destruido porque nuestros sentimientos están sublevados ante experiencias que nos dañan, es en esos momentos, recurriendo a toda nuestra fuerza interior, cuando debemos serenarnos, buscar la calma, pues ella es la que nos inspirará la mejor manera, momento de proceder.

El enfado, la pérdida de control de uno mismo, la irritación son estados internos que nos pueden provocar las pruebas u obstáculos que se nos presentan a lo largo de la vida. Esta inestabilidad emocional deteriora nuestra conducta moral, que queda reflejada en  nuestra conducta social, generando un ambiente tenso a nuestro alrededor que no deja resolver o aclarar el conflicto originado.

Estando en calma podríamos frenar toda dificultad que nos pueda acontecer. Dominando nuestra conducta y con reflexión encontraríamos soluciones que pueden ser beneficiosas para todos. Y la acción de reflexionar pasaría a ser un hábito útil que nos serviría para pensar en forma positiva, con esperanza, dominando nuestra vida y generando felicidad.

La tensión o el estrés es un estado que nos creamos por diferentes razones, como pueden ser la inseguridad emocional, el exceso de trabajo, no aceptar críticas, la ambición por conseguir algo… No solo no nos deja sacar nuestra auténtica personalidad, sino que, además, nos consume las energías y nos genera falta de salud. La paz en nosotros no surge de situaciones externas a nosotros, sino de la tranquilidad de conciencia por el deber cumplido y bien hecho.

La persecución, incluso de las mejores cosas, debe ser calmada y tranquila.

(Marco Tulio Cicerón)

Perder los nervios, llevándonos a gritar, menospreciar o humillar a alguien, no sólo no nos ayuda sino que entorpece más la relación, pues estos estados no nos dejan ver con claridad suficiente la forma de solventarlos razonablemente. La serenidad nace del trabajo interior, realizado por mantener la paciencia en hechos o momentos dolorosos o ásperos a lo largo de la vida en el plano terrestre.

Si somos impulsivos, en muchas ocasiones podemos enfadarnos, y ese enfado, si lo dejamos que vaya creciendo porque a nuestro temperamento no le ponemos freno, podemos llegar a perder el control en cualquier lugar y por cualquier motivo, por insulso que sea. Si es en la calle, el espectáculo que podemos dar es lamentable; si es en casa y tenemos hijos no es el mejor ejemplo que podemos dar, pues les estamos enseñando que enfadarse por cualquier tontería es un comportamiento normal cuando queremos conseguir algo.

Cuando esa agresividad, por falta de cabeza, la volcamos en ellos insultándolos porque no se conducen como nosotros queremos que lo hagan, siendo frases de menosprecio las que les dedicamos en medio de gritos desmesurados, les estamos enseñando un comportamiento poco edificante que ellos asimilarán y lo desplegarán con sus hermanos pequeños, amigos e incluso con sus propios hijos en el futuro. Si no queremos dar ese ejemplo negativo, tendremos que hacer un ejercicio de control, usando nuestra voluntad,  pues el mejor ejemplo que debemos dar a nuestros hijos siempre será conducirnos ante cualquier situación, por desagradable que nos parezca, con calma, actitud que nos ayudará a resolver cualquier conflicto por complicado que sea.

Recordemos que existe la ley de afinidad, es decir, que conectamos con el mundo espiritual positivo o negativo en función de la franja vibratoria en la que estamos sintiendo o pensando, y de la misma manera que los hermanos espirituales superiores están pendientes de que les pidamos ayuda para poder intervenir, también están los hermanos espirituales negativos con ganas de enredar y hacer daño, y estos no piden permiso para actuar; en cuanto ven oportunidad de interferir, lo hacen y con ganas. Para ellos, hacer el mayor daño posible es su objetivo. Por eso es importante que, en el momento en  que nos damos cuenta de ese enfado, crispación, tensión, etcétera, elevemos nuestro pensamiento pidiendo que nos amparen y ayuden a retornar a la calma o equilibrio emocional.

Los errores cometidos, contrariedades surgidas, deseos insatisfechos u oportunidades perdidas, nos crean emociones diversas que nos pueden llevar al remordimiento, a la irritación, a la impaciencia, a la inquietud… Estas actitudes tenemos que saber rebajarlas hasta conseguir la calma y serenidad para saber dar la respuesta adecuada a cada acción que nos desequilibra. Sin estar constantemente recordando y lamentando ante nuestro círculo familiar o social las situaciones que nos perturban.

Siempre a lo largo de nuestra vida viviremos experiencias, situaciones, etapas, circunstancias que no solo no nos gustarán, sino que nos pueden fastidiar, violentar, entristecer… por eso es importante el trabajo interior, porque un profundo conocimiento nuestro nos propicia  saber cómo reaccionamos en las variadas situaciones en las que nos podamos encontrar, facilitando su control. Y una de las mejores herramientas con la que podemos trabajar es la calma, pues nos da el tiempo suficiente para reflexionar, nos ayuda a discernir el mejor comportamiento que debemos tener, reaccionando de forma positiva.

La calma nos ayudará a enfrentarnos a la vida de forma tranquila, dominando los sentimientos y pensamientos. Ante las ofensas es mejor no prestarles atención, siendo el perdón  y el  olvido la mejor forma de proceder. Ante cualquier agresión en la que nos veamos inmersos, debemos pedir al Padre por ellos y tener la determinación suficiente  para seguir el camino, evitando el enfrentamiento.

Trabajemos por nuestros rescates personales, pues estamos transitoriamente en la Tierra, y lo que hagamos en miras a los demás será lo que nos dará la felicidad. Perdonar nos dará tranquilidad de espíritu y nos llevará por el camino del bien según la Ley de Dios.

No hay más calma que la engendrada por la razón.

(Séneca)

La paz en nosotros nace de la comprensión, la tolerancia, la paciencia en nuestras vidas; y nos convertiremos en personas cuya compañía será agradable y transmitirá serenidad. Sabremos disculpar las dificultades y errores ajenos, porque aceptaremos que nosotros también los tenemos.

La calma nos da la confianza en Dios y en Su Justicia, nos invita a llevar una conducta recta que responde a una actitud mental equilibrada, armonizada. Si nuestro comportamiento es correcto, no temeremos a imprudencias que nos traigan tristeza o sufrimiento.

 

Gloria Quel

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

Lo que se hace con precipitación nunca se hace bien; obrar siempre con tranquilidad y calma

(San Francisco de Sales)

NATURALEZA:FUENTE DE VIDA

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Naturaleza: fuente de vida.

La Tierra es la casa temporal donde transcurre nuestra peregrinación evolutiva, lugar que Dios nos presta para nuestro desarrollo espiritual. Mientras más crezcamos mejor lo comprenderemos, y en ella veremos el reflejo de la belleza y la bondad de Dios.

“Mira profundamente en la naturaleza y entonces comprenderás todo mejor”

Albert Einstein

En ella encontramos todo lo que podemos necesitar para vivir; es una madre que nos lo ofrece todo, es generosa en sus dádivas. Nos provee de todos los elementos necesarios para que puedan sobrevivir todas las especies que habitamos en ella, tanto en el aire, en el mar, como en la tierra.

Los humanos no somos sus dueños, tan sólo representamos una más de las especies que habitan en ella, llegando a veces a ser la más dañina y mortífera de todas, como consecuencia de nuestro egoísmo, defecto que nos hace actuar de forma irresponsable.  Gozamos de una libertad que usamos desmedidamente, sobreexplotando y destruyendo nuestro entorno natural, el medio ambiente.

Proveyó a la naturaleza de los tres reinos, mineral, vegetal y animal, para que pudiéramos utilizarlos y cubrir nuestras necesidades, siempre y cuando ese uso fuese hecho con equilibrio y con mesura, aprovechando únicamente aquello que nos fuera necesario.

El Evangelio Según el Espiritismo nos dice que “Así caminan paralelamente al progreso del hombre, al de los animales, sus auxiliares, al de los vegetales y al de la habitación, porque nada es estacionario en la naturaleza.” Capítulo III, ítem 19.

A todos nos gusta ver las macetas de flores en un patio, los terrenos llenos de trigo dorado al sol, los animales sueltos por el monte, un frondoso árbol lleno de pájaros, caminar por el campo generoso y pleno de vegetación variada y exuberante, o pararnos a mirar el mar en toda su grandiosidad, tanto si se encuentra sereno como bravío.

No podemos olvidar que estamos en un planeta todavía de expiación y prueba, y por lo tanto, habitado por personas con imperfecciones morales, entre las que destaca el egoísmo, lacra que provoca en nosotros una necesidad de consumir desproporcionadamente, tanto si lo necesitamos como si no; esto nos induce a que queramos apropiarnos de todo, como si lo creado fuera sólo para nosotros y para ese momento.

Este abuso irresponsable causa un daño irreparable sobre los recursos que nos ofrece la naturaleza, no permitiendo su renovación y crecimiento; que no se respete su espacio y desarrollo natural, provocando que miles de especies desaparezcan y que al mismo tiempo se agoten los recursos de que disponemos, sin permitir que lleguen a renovarse. Sabiendo que más tarde o más temprano se producirán consecuencias, tales como la extinción de plantas, desaparición de grandes extensiones de arboleda, etc.

Libro de los Espíritus, pregunta 705: ¿Por qué no siempre produce la Tierra lo bastante para abastecer de lo necesario al hombre?

-Porque el hombre –ingrato- la descuida. No obstante, es ella una excelente madre… La tierra produciría siempre lo necesario si el hombre supiera contentarse con ello. Si la Tierra no basta a todas sus necesidades es porque el hombre emplea en lo superfluo lo que podría destinar a lo necesario… no es la Naturaleza la imprevisora, sino el hombre, que no sabe.

La vegetación nos produce el oxígeno indispensable,  para poder vivir. En la naturaleza está la base de nuestra alimentación y también la farmacopea que deriva de los depósitos de la naturaleza, etc.

Si nos dedicamos a destruir la selva, los campos, a la tala indiscriminada de árboles, provocando incendios intencionados para luego destinar esas parcelas a un uso lucrativo, por rebeldías…  aun cuando fueren simplemente descuidos, solo traerán eliminación y destrucción  de la vida en el suelo y vegetación, matanza de animales, contaminación de las aguas…

No debemos derrochar ni contaminar el agua. ¿Puede importar más el afán lucrativo de las industrias químicas que la contaminación que provocan, resultante del aire y de las aguas no tratadas? Ello implica la muerte para el ecosistema, que subsiste en esas mismas aguas en donde existen filtraciones o escapes de líquidos químicos enormemente contaminantes, ya sean en charcas, lagos, ríos… que llegan incluso al mar. Además tenemos que sumarle todo tipo de deshechos que lanzamos al mar sin ningún tipo de miramiento, que perjudican y dañan el fondo del mismo, con lo que supone de agresión a todas las especies marinas.

Al mismo tiempo no podemos considerar la caza como un deporte; tampoco debemos matar más animales de los que necesitamos para alimentarnos.

Y así podríamos seguir citando acciones destructivas -como explosionar bombas atómicas bajo tierra o en el fondo del mar para medir su grado de destrucción-, que se realizan a lo largo de nuestro querido planeta, sin apercibirnos de las consecuencias negativas que todas estas acciones nos pueden acarrear por su efecto dominó.

Efectivamente, no podemos quedarnos de brazos cruzados, aunque lo demande nuestra comodidad e inconsciencia, creyendo que lo han de resolver los demás.

          [infobox]Cuando el último árbol sea cortado, el último rio envenenado, el último pez  capturado, sólo entonces el hombre descubrirá que el dinero no se come.

Proverbio indio Cree.[/infobox]

Hay que respetar a todos los seres que pueblan el planeta, pues todos tienen una función muy importante en el desarrollo del equilibrio que debe mantenerse siempre en la naturaleza, el equilibrio que Dios le ha concedido.

San Francisco de Asís decía: “La preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior son inseparables”

Tenemos que darnos cuenta de que, si cumplimos con las leyes de la naturaleza y las respetamos, ella nos dará sus recursos con generosidad.

Es en ella donde nos percatamos de cuán perfecta es la obra de Dios, que refleja su amor y magnanimidad hacia nosotros y la justicia de sus leyes.

No somos sus dueños como queremos creer, sino usufructuarios de la misma, y no debemos romper el orden que construye el equilibrio existente en la misma, pues según la ley de causa y efecto, toda acción o movimiento procede de una causa o impulso, es decir, la pone en acción.

Son nuestros defectos los que nos llevan al desastre en la naturaleza, haciendo un uso inadecuado de la misma. Y cuando encontramos la respuesta en forma de lluvia ácida, efecto invernadero, sequía persistente, ríos inundando zonas ocupadas por el hombre… es cuando lloramos y nos sentimos víctimas de la misma, y nos preguntamos ¿por qué a estas alturas no la dominamos todavía?, sin que nazca en nosotros ningún sentimiento de culpa por la desaparición de esta protectora que nos cuida y nos da sus recursos para poder vivir.

Reflexionemos sobre cuál es nuestro grano de arena a la hora de ayudar para mantener el planeta limpio y en armonía. Que nuestra buena voluntad por cooperar nos ayude a entender cuáles son nuestros deberes, y de ese modo, mantener un equilibrio que la ayude a ella y a nosotros en la ruta del progreso.

Tenemos que tener presente que el bien lo hacemos cuando tenemos un saludable interés en cumplir la ley divina, actitud esta que nos aporta progreso y felicidad; sentimos la protección y la justicia para nosotros y nuestro prójimo y todas las criaturas que están en la senda que vamos recorriendo.

Cuidemos la naturaleza y ella nos cuidará a nosotros, tratémosla con todo el cariño y el  cuidado que se merece, y disfrutemos de ella.

Todos somos responsables de cuidar el planeta y debemos saber cómo actuar en nuestro  vivir cotidiano. Reciclar, reutilizar o reparar; respetar, en una palabra, son pequeños actos por los cuales contribuimos a mantener la Naturaleza. Vivamos en equilibro con ella, pensemos que es la obra de Dios, y que nos la ofrece con todo su amor para nuestra evolución espiritual.

             “Muchos han vivido sin amor. Ninguno sin agua”  W.H. Auden

Naturaleza: Fuente de vida por: Gloria Quel

© 2017 Amor, Paz y Caridad

LA VALENTÍA: CLAVE DE NUESTRO TIEMPO

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La valentía: Clave de nuestro tiempo

La valentía es una virtud que el ser humano va desarrollando a medida que, fiel a sus principios, no se amedrenta ante las dificultades, obstáculos e impedimentos que se le puedan presentar; siempre discerniendo cual es el mejor modo de llevar adelante ese proceder, valorando la forma de salvar todas las trabas que le van surgiendo en el camino de la vida.

Hoy en día, lo que predomina es ser políticamente correcto, en el momento que te sales del pensamiento mayoritario quedas señalado, marginado o expuesto a las críticas, a las burlas e incluso puede que a la agresividad del círculo social en el que te desenvuelves.

Es más fácil callar y dejar que las ideas y comportamientos que la sociedad va implantando, por amorales que sean, vayan cogiendo fuerza y queden como actitudes normales de conducta.

Es difícil mantenerse firmes, en silencio y ocultando los principios, las ideas, cuando nos encontramos envueltos en acciones que chocan de frente con nuestra filosofía de vida, obligándonos a ir contra corriente de lo que propone la sociedad.

Pero hay realidades que se manifiestan en las cuales tenemos que reaccionar aunque los miedos nos hablen, animándonos a dejarlo pasar; entonces hay que apartarlos y continuar por la senda que nos hemos marcado. En esas circunstancias es cuando tenemos que mostrar el valor para exponer nuestra posición en las diferentes situaciones que la vida nos pone delante, y en donde no nos podemos callar, demostrando con hechos nuestra postura libre y pacífica.

Tenemos por naturaleza tendencia a la comodidad. Esto significa que guardamos dentro de nosotros todas las enseñanzas que vamos atesorando a lo largo de las innumerables existencias vividas, pero la materia las tiene adormecidas y olvidadas. A veces se da un hecho, una palabra, alguna situación… en definitiva, un impulso externo a nosotros que las despierta, las estimula de súbito, y entonces aparecen, facultades y aptitudes que ignorábamos que tuviéramos, que nos sorprenden incluso a nosotros mismos, extrayendo una personalidad algo distinta a la anterior, y que no nos permite mostrarnos displicentes ante ciertos desafíos de la vida.

“Saber discernir qué podemos asumir como propio y qué resulta inaceptable.”

Del libro “La Ética”, de Adela Cortina.

Muchas veces es la cobardía la que nos lleva a una vida mas cómoda, dejando sin realizar el proyecto que nos habíamos trazado, cuya consecuencia mas directa será un retraso  significativo para nuestro espíritu, amen de lo que podríamos endeudarnos, pues el silencio y la inacción, en ocasiones, hacen más daño que equivocarse a la hora de actuar en un sentido u otro. La tibieza, o ponerse de perfil, o como hoy en día se dice, la postura de “no mojarse”, de no querer pillarse los dedos, es una de las peores actitudes que podemos mantener en la vida, porque significa que nos escondemos, que no nos importa nada de lo que suceda a nuestro alrededor excepto el propio bienestar por encima de todo, y por supuesto no tomar ninguna posición aunque con ello puedas hacer daño a tu prójimo más cercano.

“No son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino”

(Confucio).

La conciencia siempre nos avisa sobre el camino más correcto, sin atender a comodidades ni actitudes negligentes; nos marca una ruta que libremente debemos aceptar si queremos seguir por una senda certera y recta. Si no es así, podemos tener remordimientos que nos van a causar sufrimiento espiritual, porque se nos da la oportunidad de ayudar y la rechazamos, aun sabiendo cuál es la actitud correcta que deberíamos haber tomado. Situación esta que, en vez de romper ataduras que nos estancan en la materia, nos anclan más en la misma.

Hemos de ser conscientes de que, además de luchar contra nosotros mismos, tenemos la batalla contra la habilidad e inteligencia de los hermanitos negativos que, para llevar sus planes a cabo, encuentran instrumentos apropiados para alcanzar sus funestos objetivos, siendo nuestras debilidades e imperfecciones morales las que nos hacen instrumentos fáciles de manejar, pudiendo sucumbir ante la tentación de estos hermanos.

Pensar que nos faltan las fuerzas para rechazarlos nos hacen presas fáciles para ellos, con el consiguiente arrepentimiento cuando tropezamos. Cuando nos sentimos amenazados lo mejor es pedir por ellos. Pedir el perdón del Padre para el que hiere, el que persigue nuestro fracaso disculpándolo, pues en su momento llegará a ser un hermano fraternal, ya que su final es el de todos: ser perfectos, aunque no sepamos el tiempo que le llevará conseguirlo.

No hay que pensar que las pruebas son superiores a nuestras fuerzas, lo único que hace falta es movilizar los recursos internos, la determinación, el coraje para ponerse manos a la obra. La fuerza de voluntad nos ayuda a sobreponernos, a  tomar decisiones,  a actuar en situaciones en las que se puede salir dañado, o incluso, en casos muy excepcionales, perder la vida si fuera necesario, como ocurrió en otras épocas por las creencias que sostenían los primeros cristianos.

Jesús de Nazaret es el principal ejemplo, crucificado por sus ideas innovadoras en unos tiempos muy convulsos. También Mahatma Gandhi es un ejemplo de valentía, pues fue asesinado por unos ideales que defendió pacíficamente. Otros como Sócrates, Juana de Arco… y también personas anónimas que llevaron sus principios de fraternidad y paz hasta las últimas consecuencias.

La fe nos hace sabedores de que el Padre nunca nos deja a la deriva, sino que está pendiente de nosotros, dándonos la ayuda que pedimos en la forma que Él cree más correcta.

La valentía se manifiesta de muchas maneras en distintas situaciones y hay que tener en cuenta que no estamos hablando de grandes hechos, sino de pequeños gestos, acciones que tenemos que ir resolviendo según se nos van presentando. Es el ejercicio del deber, de nuestra integridad, la rectitud en nuestros principios, después de reflexionar cuál es la mejor manera de actuar, de analizar si lo que vamos a decir o hacer nos afecta solo a nosotros, o por el contrario afecta a terceras personas.

Estamos en momentos donde las creencias vacilan, las pasiones consiguen que el espíritu se hunda más en la materia, y esto hace que la conciencia y el carácter decaigan en medio de tanta insolidaridad y falta de caridad por los demás. Por eso debemos ser fuertes, superando las adversidades que la vida nos ponga delante; no avergonzarnos de nuestras creencias y ponerlas en práctica,  logrando vencer los temores o dudas que nos puedan surgir, actuando con decisión y firmeza.

Que sea la perseverancia la que conduzca nuestro caminar por el manto terrestre, estando atentos a ayudar a quien lo necesite; alertas y vigilantes a esos pensamientos que nos pueden hacer caer en cualquier momento, y estar dispuestos a enfrentarse a cualquier situación que se nos presente, sin hacer daño a los demás.

 

La valentía: Clave de nuestro tiempo por: Gloria Quel

©2017, Amor, Paz y Caridad

 

“La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía.”

(Aristóteles).

SACRIFICARSE POR UN IDEAL

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Sacrificarse por un ideal

Cuando nos incorporamos a una materia, todo el conocimiento adquirido de lo que tenemos que hacer se nos nubla, dando la impresión que empezamos desde cero. Mientras habitamos en el plano físico, tenemos que soportar pruebas y situaciones de sufrimiento, de esfuerzo que son más o menos dolorosas, y todas estas circunstancias nos hacen cuestionar ¿cuál es el sentido que tiene la vida?

La insatisfacción que nos provoca periodos temporales de infelicidad y sufrimiento hace que nos reafirmemos en las creencias atesoradas; si son razonables y sólidas podremos darles sentido y aceptar todas estas vicisitudes, si por el contrario, son débiles, sin consistencia, o simplemente carecemos de ellas, lo más probable es que aparezca el sentimiento de rebeldía ante las mismas.

Es imprescindible saber elegir el camino que debemos tomar en una sociedad como la nuestra, llena de egoísmos, donde los valores morales y la dignidad de las personas van desapareciendo, dando paso al “todo vale” y “mi libertad acaba donde yo quiero”, por tanto se nos abre un campo lleno de posibilidades a la hora de poder actuar. Por consiguiente, poseer unos principios morales fuertes, nos mantiene firmes y no nos deja llevar por el ambiente negativo existente, donde la caída puede hacer que nos estanquemos, siendo la recuperación posterior más difícil de realizar.

Un objetivo claro de vida nos marcará los pasos que hay que dar y, al mismo tiempo, nos ayudará a sobrellevar y vencer esos momentos de aflicción. La paciencia y la voluntad serán dos herramientas muy útiles para tenerlas de punto de apoyo ante los desafíos con los que nos podremos encontrar.

Los ideales se fortalecen con la experiencia y con el discernimiento, a través de nobles doctrinas o filosofías de vida. Sin embargo, no olvidemos que la búsqueda se origina desde nuestro interior, pues es nuestro espíritu, encerrado en la materia, el que nos impulsa a esa búsqueda de algo trascendente y superior.

Es a partir de la idea de un Creador, que rige nuestros destinos, que nos lleva a adquirir unos objetivos superiores, que según vamos cumpliendo nos llenan de alegría y gozo, sentimientos estos que nos hacen seguir por la senda elegida, conduciéndonos a una vida llena de esperanza, de trabajo, de superación, siendo estímulo suficiente para servir de forma desinteresada a nuestros semejantes; actitud ésta que irá desarrollando el amor hacia nuestro prójimo, consiguiendo poco a poco, ir eliminando ese egocentrismo que tanto nos entorpece. Esto sólo será posible con el trabajo diario, renovado, siendo sinceros con nosotros mismos, analizando nuestros sentimientos, pensamientos y acciones para mejorarlos.

La renuncia que supone permanecer en esos ideales de vida, es uno de los desafíos más difíciles para el hombre de bien. Significa un esfuerzo o concesión que realizamos en favor de alguien para proporcionarle toda la ayuda que pueda necesitar. Siempre es un acto voluntario y altruista, y sobre todo de valor espiritual, que produce alegría a quien lo hace.

El servicio fraterno que podamos hacer en favor de alguien nos ayuda a elevarnos, a olvidarnos un poco de nosotros mismos, además de restarle importancia a nuestros problemas ante los sufrimientos ajenos. Amar el bien empezando desde el hogar, poniendo en práctica los principios que deben sustentar a la familia.

En la convivencia con el grupo social y en el trabajo es donde demostramos hasta qué punto somos capaces de llevar a cabo esos principios espirituales. Cómo reaccionamos frente a las zancadillas u obstáculos de la vida; si nos retraemos ante el qué dirán, si nos derrota el primer contratiempo que tengamos… Todas estas cosas pondrán a prueba nuestras creencias y fortaleza interior.

La elección que hagamos en nuestra vida estará en función de las convicciones personales, que nos irán llevando por un camino, que con el tiempo, nos irá demostrando su consistencia, a tenor de los resultados obtenidos. La aceptación por la fe razonada y sentida, la esperanza en el porvenir, nos conduce a vivir estos ideales superiores aunque vivamos días amargos, ásperos, que nos perturban y nos hacen flaquear; incluso llegando a dudar de la utilidad de esas situaciones tan complicadas. Pero siempre encontraremos a nuestro lado amigos visibles o invisibles que nos darán un empujoncito para que salgamos de las sombras y sigamos en la lucha interna para seguir creciendo espiritualmente. Hemos de confiar en Dios para lograr los objetivos y tener la convicción de que la asistencia espiritual no nos faltará, sobre todo si nuestras acciones se realizan con el corazón. Y son los méritos que hacemos a lo largo de nuestras sucesivas vidas las que nos hacen crecer y aumentar los lazos con el mundo espiritual.

Trabajar por un ideal superior significa esfuerzo, renuncia, perseverancia, firmeza de acción…. por tanto los defectos y debilidades son los que nos impiden llevar a la práctica nuestro camino de realizaciones positivas, nos lastra a la hora de actuar. El orgullo, el egoísmo, la vanidad, la comodidad… que todavía podemos traer del pasado, nos ciegan a la hora de saber de qué forma debemos proceder hacia los demás, pues solemos mirar antes nuestras necesidades que las ajenas.

Por eso, nuestra principal lucha es la interna, sabernos con capacidad de realizar lo que nos propongamos, conseguir una fuerza interna que al primer obstáculo, no nos haga caer, y aunque caigamos no dudar del camino, sino tener la determinación de ir solventando cada obstáculo que se nos vaya presentando, en dirección al objetivo marcado; de esta forma iremos cogiendo cada vez más confianza para llevarlo a cabo y consiguiendo indudablemente la elevación de espíritu.

Si cualquier gesto de amistad o de solidaridad es menospreciado hay que saber olvidar, seguir hacia delante sin que aparezca el desánimo y seguir dando ayuda fraterna donde se necesite, desarrollando nuestros valores internos que nos harán tener mayor certeza de lo que estamos haciendo y  ganas para realizarlo.

Recordemos que es con las acciones y no con las palabras como se consigue plasmar las ideas en hechos, que demostraran si esas ideas son útiles o por el contrario muestran los desaciertos de las mismas. Anteponer a los demás por delante nuestro, es lo que nos ayuda a desarrollar el amor desinteresado, hacia los hombres, los animales, la naturaleza… El saber que el comportamiento fundado en una moral de principios superiores nos guía por la senda de la generosidad, tolerancia, de la verdad… y sobre todo del Amor.

La determinación con que decidimos seguir una forma de vida, no significa que tengamos que renunciar a todo lo que nos rodea; es decir, no hace falta llevar una vida ascética para conseguirlo. Nacemos cada uno de nosotros en el ambiente adecuado para poder realizar nuestros compromisos, así fue planificado y nos preparamos para ello.

El alcanzar un ideal de vida que nos ayude a conocer y valorar el mundo que nos rodea, a admitir ideas que nuestra fe y razón puedan aceptar porque son coherentes con nuestra forma de pensar, puede ser la ayuda que necesitamos para poder evolucionar como personas y ayudar para que nuestro corazón y nuestro pensamiento funcionen conjuntamente; esta es la mejor manera de poder llevar a cabo todas las realizaciones que tenemos para efectuar en el tiempo asignado, de estancia en la tierra.

 

Sacrificarse por un ideal por:   Sacrificarse por un ideal por: Gloria Quel

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ENFADARSE, ¿DE QUÉ SIRVE?

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ENFADARSE, ¿DE QUÉ SIRVE?

El diccionario  define enfado como:

Enfado: Impresión desagradable y molesta que hacen en el ánimo algunas cosas. Conmoción del ánimo que causa ira contra una persona.

El enfado surge cuando la energía natural que todos tenemos, no somos capaces de controlarla ante situaciones que nos son incómodas.

Una de las mejores formas para no enfadarse es tener la conciencia tranquila, el dar a cada situación, a cada hecho, la importancia que tiene. Nos evita ser tomados por dicha actitud negativa que nos puede llevar a decir o a hacer algo poco apropiado. Mantener la serenidad nos ayuda a discernir cual es la mejor manera de reaccionar ante las situaciones que vivimos en nuestras interrelaciones con los demás.

Los enfados por pequeños que sean son perjudiciales. Y en la mayoría de los casos son  por nimiedades, pequeñeces que si lo pensamos fríamente no tendrían razón de ser.

La falta muchas veces, de comprensión, tolerancia, paciencia…hacen que los enfados surjan. Sobre todo en personas que adolecen de egoísmo, que son impulsivas. Podemos decir que los enfados surgen cuando pensamos más en nosotros mismos que en los demás.

Tenemos que tener  presente que cuando nos enfadamos, provocamos una desarmonía vibratoria que afecta a la mente y a las emociones propias causando modificaciones de los sentimientos. La ira, el odio, el resentimiento…son sentimientos incompatibles con  el amor.

Si queremos estar bien con nosotros mismos lo mejor es rechazar cualquier sentimiento de esta índole; por eso es importante en el caso de enfadarnos, ser conscientes de que cuanto antes nos deshagamos del mismo, antes volveremos a la normalidad; de lo contrario el enfado puede ir hasta extremos de perder el control y luego las consecuencias se vuelven muy dolorosas y en ocasiones sin vuelta atrás.

Entendamos que el enfado es un sentimiento fuerte de discordia o indignación por un disgusto más o menos intenso.

Este sentimiento negativo no justifica nunca el uso de actitudes o conductas que van en contra de nuestro prójimo. Las excusas utilizadas a menudo son: que tengo “un pronto malo”, “salto con rapidez” “se me pasa rápido el enfado” pero no son razones de justificación.

 Mientras nos dejemos dominar por ese sentimiento negativo, el peligro de hacer daño y dejar cicatrices que tardan en curar es efectivo, ya que no hay que entrar en el “cuerpo a cuerpo” para ocasionar un perjuicio. Muchas veces basta una palabra para herir al que tienes al lado. Recordemos que no podemos anular lo que hacemos o decimos en un momento de enfado profundo, ocasionando a veces un daño que es irreparable.

En ocasiones el enojo surge ante la falta de tolerancia y comprensión por los defectos que vemos en los demás, como pueden ser la mentira, la injusticia, la intolerancia, la ira, la hipocresía… sin embargo la indignación no nos ayuda a resolver estos problemas. Es la CALMA, la que nos hace reflexionar el comportamiento que tenemos que llevar a cabo, para poder dar solución a estas vicisitudes que nos asaltan haciéndonos daño.

No olvidemos que lo que nos molesta de quienes nos rodean, es sino el reflejo de nosotros mismos. Es decir, proyectamos en los demás nuestros propios defectos.

Dice Epicteto: “Cuando estas ofendido por los errores de otro hombre, mírate a ti mismo y estudia tus propios errores. Entonces olvidarás tu rabia.” Filósofo griego (50-125 dC)

Es un rasgo de egoísmo cuando se está enfadado, descargar en toda su amplitud, el enfado sobre la persona que nos lo ha provocado; quedando aliviado de las tensiones y dejando al contrario sumido en desconcierto, amarguras, o incluso resentimientos.  O también entrar al trapo ambos, y retroalimentar un fuego que puede ir en aumento, fuera de control.

No hay que guardar rencor ante una ofensa, injuria o un daño recibido, porque en ese caso los  más perjudicados somos nosotros. Lo correcto sería no darse por aludido, mostrar calma ante situaciones desafortunadas, esta actitud desarma al que quiere denigrar y debilita la fuerza del ataque y la ofensa se apaga.

Comprender que quien ataca o agrede se encuentra en desequilibrio, es por ello que no hay que tomárselo como algo personal sino desde otra perspectiva más compasiva. Esto no significa compartir su punto de vista pero si adoptar una postura más constructiva.

El grado de irritación está en función del desequilibrio de la emotividad de la persona que se enfada a menudo y van desde un enfado simple sin casi consecuencias hasta la ira más desaforada pasando por la colérica. Siendo la más peligrosa la iracundia, que es la causante de muchos males ya que es incontrolable.

Toda persona que es desequilibrada, irascible, malhumorado, irritable, se ofusca con facilidad, ante cualquier contratiempo o contrariedad reaccionando sin control ya que no puede ni quiere controlarse. Siendo capaces de dejarse llevar por las pasiones, con tal de dañar al causante de una ira que a su vez es enemiga de la razón, por lo que le quita la capacidad de aconsejar u obrar de forma positiva.

Aristóteles:  “La ira es el deseo de devolver el daño.”

Estos estados descontrolados de la emotividad fundamentalmente afectan a uno mismo, aunque las consecuencias también afectan al prójimo. Y es el orgullo herido o el exceso de amor propio el que provoca esta reacción malsana, que con voluntad firme se puede ir corrigiendo. Recordemos que la voluntad es un atributo esencial del espíritu, con cuya herramienta podremos conseguir todo lo que nos propongamos.

Un modo de eliminar el enojo o la irritabilidad es evitar todo tipo de polémicas, si la conversación va subiendo de tono, lo que habría de hacerse es cortarla o simplemente dejar de participar en ella, también si la situación lo permite cambiar de tema. Las discusiones pueden terminar en agrias disputas porque los ánimos se van acalorando y esta situación atrae a los hermanitos negativos que disfrutan interviniendo en tales situaciones, y se dedican a acosar  a las partes existentes en la disputa, incitándolas a la violencia.

Las vibraciones negativas que emiten los encarnados en la discusión conectan con los del bajo astral y estos se adhieren a las mentes de los afectados induciéndoles  a realizar acciones que después, cuando ha pasado la irritación y analizan lo sucedido  los lleva al remordimiento o a la mala conciencia, puesto que no nos podemos olvidar de la Ley de Atracción y de Afinidad.

Por eso aprender a estar calmados  ante cualquier ofensa, insulto, enojo… nos ayudará a responder de forma mesurada y sin alentar el conflicto. Esto no es sencillo de realizar, cuesta esfuerzo el mantener control sobre uno mismo; pero es lo difícil lo que tiene mérito, lo que conseguimos con sacrificio y perseverancia fortalece nuestro espíritu.

El enojo, irrita nuestros nervios, acelera la respiración, altera la tensión, por lo tanto ese estado de indignación afecta a nuestra salud que queda resentida y a lo largo de nuestra vida nos salen dolencias que nos condicionan. Pues es el dolor el que nos hace comprender las leyes que regularizan la armonía en los cuerpos y por medio de él pagamos y/o rescatamos deudas que tenemos pendientes.

Muchas veces las discusiones vienen por falta de vigilancia en nosotros mismos manteniendo el impulso del orgullo, de la vanidad, del egoísmo o los celos. Evitemos, la maledicencia, las provocaciones, la intolerancia. No ataquemos a la persona herida en su orgullo, no nos enfademos cuando nuestras deficiencias estén expuestas a los demás, porque si no estamos dispuestos a cambiar y sólo vivimos de teorías que es lo más fácil, dejando la práctica a un lado, viviremos una vida que no nos dejará apreciar el tiempo que nos da el Padre para vivir en la fraternidad con los demás, disfrutando de la vida terrenal, aprovechando el tiempo para nuestro progreso espiritual.

Mahoma: “El hombre fuerte no es el buen luchador; el hombre fuerte es solo el que se controla a si mismo cuando está enfadado.”

 

                                                                                                                 ENFADARSE, ¿DE QUÉ SIRVE? por:     Enfadarse ¿De que sirve? por: Gloria Quel

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EL DEBER INHERENTE AL PROGRESO

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El deber inherente al progreso.

El Deber. Los compromisos que traemos, abarcan todos los aspectos humanos, y somos responsables de cada uno de nuestros actos, de cada hecho en nuestras vidas. Necesitamos esmero, atención y un trabajo bien hecho para que quede la satisfacción del deber cumplido.

El deber es la obligación moral que todos, sin excepción tenemos y que tiene tres vertientes:

  1. – Hacia Dios: Cumpliendo con nuestros deberes y obligaciones, tanto a nivel material, como espiritual.
  2. – Respecto a nosotros mismos: respetándonos y actuando con prudencia, y esforzándonos en ser cada día mejores, dando siempre lo mejor.
  3. Respecto a los demás: Tratar a los demás tal como queremos ser tratados nosotros, con justicia, sinceridad y amor.

“El hombre que cumple su deber, ama a Dios más que las criaturas y ama las criaturas más que a sí mismo” “El Evangelio según el Espiritismo”. Capítulo 17º – Ítem 7.

Está en nuestra vigilancia y en nuestra atención, la determinación de no ceder ante las seducciones de la materia, de la promiscuidad o la inferioridad de sentimientos o cualquier otro tipo de distracción que nos brinda hoy la sociedad, volcada como está en los placeres de  los sentidos.

Si nos acostumbramos a dejar de lado los deberes más sencillos que tenemos, acabaremos, finalmente,  abandonando los deberes de mayor responsabilidad. Porque no los consideraremos de nuestra competencia, dando rienda suelta a nuestro egoísmo. Nuestra falta de previsión y trabajo ante las responsabilidades comprometidas incrementará  nuestra ceguera ante los deberes a realizar, faltando así al compromiso adquirido.

Muchas veces el cumplimiento de deber radica en los dictados del corazón y de los intereses instintivos y es nuestro libre albedrío el que nos convierte en los únicos responsables de nuestras decisiones y actos. No obstante, la conciencia nos protege y advierte de los compromisos asumidos.

Por lo tanto, cuando faltamos a nuestros compromisos, la conciencia reacciona,  y nos provoca remordimientos que alteran nuestras sensaciones, surgiendo un sufrimiento interno difícil de apagar; ocasionado bien por el mal causado o por el bien dejado de realizar. Es siempre la conciencia de cada persona la brújula que marca su deber íntimo para con Dios.

La práctica constante del deber nos ha de llevar al cumplimiento de nuestros objetivos espirituales pero, para poder alcanzarlos,  primero debemos estudiarnos interiormente,  con minuciosa imparcialidad para así, conocer donde fallamos y ser capaces de valorar nuestros actos diarios. Y es que no podemos atajar el mal si lo desconocemos.

El trabajo interior, recordemos: Es una lucha personal contra nuestras imperfecciones y sus manifestaciones; pero es necesario conocerlas, para poder, si no eliminarlas, cuanto menos controlarlas. Propongámonos una disciplina rigurosa, que ayude a cambiar esas tendencias negativas que tanto nos entorpecen en el vivir diario. Al principio resultará difícil, pero,  poco a poco, cuando se convierta en un hábito, resultará todo más fácil.

Para realizar este trabajo es muy importante sacar a relucir la voluntad,  porque será ella la que nos ayude a exteriorizar lo mejor de nosotros mismos. Si creemos no estar dotados de la voluntad necesaria para realizar este trabajo, no es que carezcamos de ella,  sino que la hemos ejercitado poco, pues, la comodidad se habrá hecho presente en nuestra vida y, conocernos a nosotros mismos es un deber imprescindible para poder cumplir con el resto de deberes que nos ayudarán a elevarnos espiritualmente.

Si no se consigue a la primera, pues será a la siguiente, tantas veces como resulte necesario. Hay que enfrentarse a los demonios internos y luchar tantas veces sea necesario, caerse una y otra vez, sin desfallecer ni desmoralizarse, porque el mérito está en levantarse una vez más y seguir en la senda de la superación. Recordemos que el cielo siempre ayuda a quien desea mejorar.

El deber comienza en el momento que se influye en el bienestar y la  tranquilidad y alegría del prójimo, y nunca concluye. Debemos proporcionar al prójimo los mismos derechos y favores que a nosotros nos gustaría recibir de los demás.

Por tanto, sacrifiquemos el egoísmo que tanto daño nos causa y que va envenenando el alma sin que lo percibamos. Seamos generosos con lo demás, viendo sus necesidades y proporcionándoles tanta ayuda como seamos capaces de dar. Eliminemos el odio que en ocasiones nos hace violentos y que nos impide las relaciones con las personas próximas a nosotros. Si transmutamos ese sentimiento negativo y, poco a poco, lo convertimos en amor, este sentimiento será la palanca que nos empujará hacia delante, y nuestras relaciones crecerán  fluidas, proporcionándonos felicidad.

Porque la vida fácil nos invita a no tomar riesgos, a trabajar solo para uno mismo y dejarse vencer por cualquier dificultad que se presente, por pequeña que sea. Pero en la lucha personal para mejorar, se demuestra la valentía y fuerza para el cambio propuesto y los actos desinteresados de amor, bondad, compasión y generosidad… que son el resultado de la contienda interior que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes y a la progresión del alma.

No olvidemos tampoco, la lucha contra la apatía, la pereza y el desánimo, que debemos combatir constantemente. Tampoco dejemos de aprovechar los sufrimientos que surjan, que no son más que otros elementos a superar. Dejémonos acompañar, siempre, por la  valentía y el ánimo. Herramientas estas que  a la hora de asumir el sufrimiento que nos pueda surgir como un elemento más de la vida; Nos servirán para no actuar con cobardía o miedo ante los problemas que puedan ir surgiendo; sino todo lo contrario será el discernimiento el que nos hará ver cuál es la mejor actitud para poder aceptarlos.

Así mismo, debemos tener presente que los deberes tienen también una doble dimensión y no podemos olvidar ninguno de ellos.

  1. – Son los deberes que como individuos tenemos, al formar parte de una sociedad a la que le debemos colaboración y respeto; respeto a sus propias leyes y también a nuestra profesión, al trabajo realizado con honestidad o, en su caso atendiendo las necesidades familiares…
  2. Son los deberes espirituales, que como seres inmortales debemos cumplir; con la predisposición de aprender y servir; desarrollando la caridad, que es virtud esencial para el engrandecimiento y sin olvidar, la dedicación al prójimo, el perdón,  la indulgencia, la tolerancia, la prudencia, la calma, etc. La satisfacción interior ante el deber cumplido y la tranquilidad de conciencia  es  la mejor alegría que el alma puede sentir. La vida recta es difícil de seguir, y no se consigue  sin esfuerzo y sin sacrificios.

No veamos nuestros deberes como fardos para transportar, como cruces provocadoras de sufrimiento, sino como oportunidades para desarrollar nuestras capacidades. Cumplámoslos sin amarguras, sin sufrimientos, sin frustración.  Cumplirlos nos ayudará a pasar las pruebas sin rebeldía y sin dudas y así, nuestro adelanto espiritual se verá reforzado.

Qué podamos decirnos al final de cada día: “He hecho una obra útil, he logrado un éxito sobre mí mismo, he socorrido, he consolado a los desgraciados, he esclarecido a mis hermanos, he trabajado por hacerlos mejores, he cumplido con mi deber.”  Extraído del libro “El Camino Recto (León Denis)

 

El deber inherente al progreso por: Gloria Quer

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