Trabajo Interior

DELICADEZA

La diplomacia está considerada por muchos, una profesión en torno a las apariencias, pues consiste en tener un buen trato con las personas, respetando la voluntad del otro, teniendo discreción y cortesía en el hablar, persiguiendo unos objetivos concretos. Pues lo que se busca es, tener unas relaciones positivas y pacíficas con los países de nuestro entorno. De lo contrario podrían volverse esas relaciones difíciles, intransigentes, con posibilidad de ocasionar conflictos sociales, económicos y hasta bélicos.

Este arte se desarrolla en las relaciones externas que mantenemos con los demás países. En ocasiones se puede dar el caso que las negociaciones son independientes del tipo de pensamiento de los interlocutores que la practican.

Hago esta similitud, en tanto en cuanto la delicadeza también consiste en la atención, trato amable, respeto, sencillez, tolerancia… y dialogo cortés con los demás. Pero este valor, ¡¡si es una conquista interior del espíritu!!

Como diría David Hume (1711) la delicadeza es una cualidad “agradable a los demás”. Consiste en agradar sin adular, complacer sin mentir, ni rebajar. Pero en la sociedad de hoy en día, profundamente materialista, impera el egoísmo, que mira por el propio interés individual.

Actitud esta, que nos encamina a la soledad, a no darle importancia en la forma de relacionarnos con los demás, el pensar: “yo soy así, y no voy a cambiar” consiguiendo con esta actitud tan negativa, que nuestro trato con el prójimo sea áspero, arisco, mezquino… sin importarnos que cualquier gesto nuestro, pueda hacer daño. Y quizás mirando conseguir algún tipo de provecho en las interrelaciones que establecemos con la gente que nos rodea.

Cuando la ira o el enfado aparecen, mostramos nuestra cara más oscura, al  dejarnos llevar por lo negativo de esos sentimientos, nos volvemos resentidos con actitudes  despreciativas hacia nuestro prójimo, demostrando la incapacidad para controlar esos sentimientos, y la inmadurez espiritual para saber dominar lo negativo que hay dentro de nosotros.

Deberíamos tener presente que nuestros gestos muestran la belleza o fealdad de nuestra alma. Nos preocuparíamos más de nuestro comportamiento, de nuestro interior. En esta vida es difícil ser prudente, tolerante ante actitudes ofensivas, gestos agresivos, con los que te encuentras en muchas ocasiones, cuando los demás los dirigen hacia nosotros. Lo que tenemos que valorar es hasta qué punto, ese clima de crispación que nos rodea, del que nos quejamos, no lo provocamos o alimentamos nosotros, en la parte que nos corresponde, con la intransigencia, intolerancia o terquedad que mostramos en ocasiones, cuando la tozudez puede más que la razón. Aparecen entonces las faltas de respeto a nuestros semejantes, creando muros que después cuestan mucho de romper.

Cada ser humano es único y diferente a los demás, y cada uno debe ser tratado con respeto por muy opuesto que sea a nosotros, a la hora de pensar o sentir. Por lo que hay que ser cuidadoso con el lenguaje, prudente en el trato, teniendo presente su forma de pensar. Herir susceptibilidades, con nuestro diálogo o gestos bruscos, no genera entendimiento, ni establece una situación agradable que propicie una buena relación.

Cada ser humano es singular, cada cual tiene un punto de evolución diferente. Esto significa que un gesto que a uno le pueda parecer normal, al de al lado le puede ofender. Por tanto nuestro comportamiento tiene que ser exigente con el trato que demos a cada una de las personas con las que nos relacionemos.

La delicadeza es sinónimo de, suavidad en el hablar, dulzura en los gestos, trato atento…; es un modo de mostrarse, de ser, de comportarse en la vida de todo espíritu noble, generoso y sosegado. Es confianza y llaneza sin familiaridad, también es diligencia y espíritu de servicio afectuoso. Es acogedora, ofreciendo respeto y comprensión. Sabe esperar, porque la paciencia es una de sus características. Entiende que para poder cambiar las cosas o que las personas cambien, se necesita de tiempo.

Esta virtud puede dar la sensación de fragilidad, de no tener firmeza en sus principios, por no oponerse al contrario, de ser pusilánime. Nada más lejos de la realidad, son personas con las ideas muy claras, con unos indudables principios morales que les permite actuar en cada momento de la manera más adecuada a la situación que se le presente, tanto sea de ayuda, de comportamiento, de maneras…

Siempre que decimos unas palabras amables, callamos con inteligencia ante una respuesta desafortunada, o controlamos nuestros enfados, crecemos interiormente, hacemos un esfuerzo para no importunar a nuestro interlocutor, desarrollamos la comprensión, tolerancia, capacidad de dialogo y luchamos para evitar que nuestros gestos o comentarios ataquen a los que nos rodean, consiguiendo que se sientan cómodos y serenos en nuestra compañía, dando confianza, haciéndoles sentir que pueden contar con nosotros.

La fortaleza moral siempre será causada por el equilibrio y  paz interior, conseguido por nuestras luchas internas para alcanzar esa transformación moral, que nos hace ser poco a poco mejores.

La educación ayuda a aprender  normas de urbanidad, las reglas con las que te conduces en la sociedad con normalidad por los círculos familiares, sociales y laborales en los que nos toca estar. Pero cuantas veces hemos conocido esa persona sencilla que sin tener una educación adecuada, desprende delicadeza en todo lo que hace y dice, en la forma de relacionarse con los demás. Esta naturalidad que muestra, es un ejemplo de trabajo interior realizado a lo largo de sus encarnaciones pretéritas, desarrollando valores que ayudan a conseguir esa virtud que muestra unos valores intrínsecos  a ella, como pueden ser: cortesía, mesura, respeto, equilibrio, paciencia, bondad…

La delicadeza es caridad, y ésta, se enriquece dentro de nosotros a la par que engrandecemos el amor en nuestras acciones desinteresadas; por eso la sonrisa natural que  mostramos, palabras oportunas que consuelen, gestos que ayuden en situaciones difíciles, es expresión de serenidad y paz interior.

 El cuidado en los detalles de las cosas pequeñas que despiertan nuestro cariño; cuando ponemos atención a los mil y un detalles que surgen en la vida diaria. También podemos mostrar delicadeza en la forma de tratar los objetos que nos rodean, la corrección en el vestir, el aseo personal…

La mujer es el alma en el hogar, también es resguardo y fuente de delicadeza. Ella es la que representa los componentes de dulzura y de paz en la humanidad.

En una sociedad donde el respeto y los buenos modales se van perdiendo, donde la aspereza en el trato con los más mayores esta al orden del día; el ejemplo vivo que les podamos dar a nuestros hijos en el trato amable, alegría natural, los gestos afectuosos que ganan el corazón de los que tratan con nosotros, les va a ayudar en el aprendizaje de cómo se deben desenvolver a la hora de relacionarse con los demás.

La conducta que presenta este valor se muestra en la alegría, en el dolor, en la felicidad, en la fe y serenidad que mostramos en las pruebas que tengamos que pasar, el interés afectivo que nos despiertan los que nos rodean y la paz que podamos conseguir en  nosotros mismos y los demás.

Escribe San Juan Crisóstomo (de Antioquía): “Que nuestra mirada no se distraiga por todas partes, ni nuestros pasos anden a la deriva, que nuestra boca pronuncie las palabras con calma y suavidad; en una palabra, que todo nuestro aspecto exterior refleje la belleza interior de nuestra alma” (Sermo ad neophytos, VII, n. 26).

Delicadeza por: Gloria Quel

© 2016, Amor, Paz y Caridad

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