Inicio Blog Página 5

EL PERDÓN

0
Perdón

El perdón en el  Evangelio según san Mateo 18, 21-19,1

“En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

A lo largo de nuestra vida espiritual, hacemos pausas para bajar a la Tierra, y poder evolucionar más deprisa. Siendo las emociones, las batallas más difíciles en las que tenemos que lidiar continuamente, cuyo ejercicio se realizan a través de las relaciones que establecemos en la convivencia diaria con los demás, de la cual surgen desacuerdos naturales. Estos conflictos se suelen dar sobre todo en los seres más próximos a nosotros por lo que son situaciones que pueden producir daños profundos, difíciles de solucionar.

Las taras o cualidades morales inferiores que no hemos todavía eliminado de nuestro interior, sobre todo el orgullo y la vanidad nos provocan celos, malquerencia, ira, rencor, insatisfacción… causando desequilibrios en las emociones. Estos desequilibrios se muestran incluso en el rostro. Una persona con amargura, ambiciones frustradas, pasiones no resueltas…se plasman en un rostro serio, triste.

Mientras que una persona equilibrada, en armonía consigo misma, con ganas de ayudar a los demás, y con capacidad de perdonar, tendrá un semblante sonriente, contagiando las ganas de vivir. Aquellos que perdonan tienen la vida más saludable y alegre. Los que no perdonan son rencorosos, celosos y con sentimientos contrarios a la vida, siendo personas más afectadas por las dolencias.

Mostramos la falta de madurez espiritual que tenemos, cuando estas desavenencias, en ocasiones nos hacen reaccionar, de forma hostil y con animadversión ante cualquier ofensa. Estos conflictos se pueden encallar hasta tal punto, que los sentimientos que crecen dentro de nosotros llegan a ser de rabia, de odio; generando rencores. Cuando una persona exclama: “Yo nunca le perdonaré lo que me hizo”; esa persona está cometiendo un gravísimo error, que puede significarle muchos años de dolor. Porque el mismo daño que causemos o deseemos, lo recibiremos en la misma proporción. Siendo como es,  la ley del Amor  justa, tenemos que tener siempre presente lo siguiente: La siembra es voluntaria pero la cosecha es obligatoria.

El perdón, tiene acciones beneficiosas tanto espiritual como materialmente. Sabemos que con la muerte, (recordemos que con la desencarnación, mantenemos los mismos pensamientos, sentimientos y tendencias  que con la envoltura carnal),  nuestros enemigos,  sobre todo los vengativos, no desaparecen sino que nos esperan en el espacio para reclamarnos, para perseguirnos.

Puesto que los lazos de odio imantan a los espíritus y esa animadversión se lleva hasta la tumba,  pudiéndose dar el caso de obsesiones por estos espíritus vengativos que quieren hacer daño al enemigo, considerándolo culpable de la mala situación en la que se encuentran. Tanto víctima como verdugo,  por medio de su conducta malsana, provocan esas relaciones de venganza. Por consiguiente si perdonamos al que nos ha ofendido, no sólo cortamos los lazos que nos unen a nuestro adversario, sino que además, se produce dentro de nosotros un sentimiento de paz y  armonía.

Debemos de tener presente que si los demás se equivocan y nos afecta de forma directa, nosotros que tampoco somos perfectos ¡Cuántos errores habremos cometido en el convivir diario, provocando daños u ofensas, sin ser conscientes de ello! Puede darse el caso de tener al lado a un compañero que en ocasiones es insoportable ¡Cuántas veces nuestro comportamiento, puede también ser inaguantable! En ocasiones una sonrisa, una palabra amable, un gesto simpático a tiempo, basta para romper esa tirantez, consiguiendo que ese conflicto no vaya a mayores o incluso desaparezca.

Desarrollando la compasión y la comprensión en las conductas de nuestros semejantes, y haciendo un análisis interno, nos daremos cuenta en donde fallamos, cuáles son las lagunas en nuestro espíritu, aprendiendo a entender mejor a los demás.

La caridad es el sentimiento superior del amor sincero y desinteresado. Darse a los demás sin intercambio de intereses, ver el lado bueno de todas las personas que nos rodean. Es una virtud que nos predispone naturalmente al perdón, si comprendemos al compañero que nos decepciona en su actuar, por conflictos internos que no sabe cómo solucionar, nos resultará más fácil disculparle. Realizando con honestidad nuestro trabajo interno, aprenderemos a perdonar con verdadera espontaneidad de corazón, generando además una energía positiva a nuestro alrededor que nos protege de las energías negativas, que al alcanzarnos, no  pueden penetrar en nosotros.

El perdonar una ofensa, un daño causado, no significa que lo tengamos que  olvidar al instante, acto imposible de realizar por el dolor causado en dicha acción, pero evitando pensar en ello, el olvido se realiza poco a poco. Si tenemos buena voluntad conseguiremos el olvido pleno de los males recibidos, impidiendo que aparezca el resentimiento, siendo este un sentimiento de inferioridad que puede perjudicar nuestro trabajo de evolución, y de paso conseguimos que la maldad de los enemigos no nos contagie.

No dejemos que malos pensamientos se alojen en nuestra mente instalándose en nuestro pensamiento más íntimo. Evitemos desear el mal a nadie. Por eso el Maestro nos invita a perdonar las ofensas antes de desencarnar, para poder irnos con la tranquilidad de espíritu.  Hay que recordar que no podemos ir al Padre con ningún sentimiento de odio en el corazón.

 Cuando guía el amor en los sentimientos, no hay lugar para el resentimiento, sino todo lo contrario, nos invita a trabajar por el bien de nuestros enemigos, auxiliarlos en lo que necesiten y trabajar por hacer el bien a todo el que nos rodea. En otras palabras, poniendo el  amor en acción, conseguimos tener una buena salud emocional y física y establecemos en nuestro interior armonía y calma, estado natural consecuencia de la ley del amor.

Eduquemos a nuestros hijos en un valor tan importante como es el perdón, les ayudará el día de mañana a ser mejores personas, a sentir alegría por la vida, a ser responsables de sus actos. Serán capaces de reconocer las consecuencias y daños que pueden provocar sus errores. Les enseñará a desarrollar la empatía y pensar en los demás a la hora de actuar. Y recordemos que la mejor forma de educar, es por medio del ejemplo que les damos los padres.

El Maestro en el monte del Calvario, frente a sus perseguidores y verdugos,  y mostrándonos el momento culminante del amor, fueron estas sus últimas palabras: Lucas 23, 34: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!…

Enseñándonos que la grandeza del amor es más generosa, cuanto más grave y difícil es la situación que nos invita a perdonar.

Alegres los que perdonan, porque se liberan de las ataduras amargas, que siempre obstaculizan las realizaciones más elevadas y obtienen la paz.

 

El perdon por:   Gloria Quel

© 2016, Amor Paz y caridad

 

 

 

 

TEMPLANZA

0
Templanza

Ya sé hablaba de la templanza, en la literatura  griega más antigua.

Platón (s. IV a C.) en el diálogo Cármides o de la templanza, dice: “La templanza es la virtud propia de la parte concupiscible (deseable) del alma y en armonía con el coraje y la sabiduría conduce al ser humano a la virtud de la justicia”.

Más tarde san Agustín (s. III d C.) en el tratado De diversis quaestionibus, dice: “La templanza es el dominio firme y moderado de la razón sobre las pasiones, y sobre los otros movimientos desordenados del alma”.

Cuando desarrollamos  la templanza, conseguimos el control sobre nosotros mismos, permitiendo que la razón guie nuestra voluntad. Discerniendo cuándo, de qué manera o cómo conviene realizar la acción que tenemos que ejecutar en cada momento, la mesura y el equilibrio nos ayuda a que en nuestras relaciones sociales, laborales y sobre todo familiares, exista una armonía que nos enriquezca y nos ayude a desarrollar el plan de trabajo con el que bajamos al plano físico con mayor facilidad.

Para poder llegar al punto del equilibrio, tenemos que desarrollar las virtudes, que son habilidades que se van adquiriendo con esfuerzo, estos hábitos se consiguen con educación, constancia y autodisciplina.

La templanzaUna de las virtudes más importantes para  dominar los instintos de la materia, es esta virtud, que modera la atracción de los placeres y apetencias procurando el equilibrio; nos permite llegar al dominio de la voluntad sobre los instintos.

El dejarnos llevar por los instintos sin control, dejando libres las inclinaciones negativas, nos perjudica sobre manera, pues en vez de elevar el espíritu lo encierra más en la materia, de manera  que lo vamos ahogando, hasta el punto de permitir que sea la materia la que domine nuestra vida, demostrando lo ignorantes que podemos llegar a ser, permitiendo que nuestras debilidades nos superen, perdiendo la oportunidad de aprovechar la encarnación presente.

Las pasiones humanas vividas en encarnaciones pasadas, son las responsables de situaciones dolorosas, que se presentan hoy en nuestras vidas, como pueden ser: obsesiones, enfermedades, carencias, contraídas por los abusos cometidos, gula, ira, sexo, etc… consecuencias todas ellas de nuestras debilidades que nos someten a una esclavitud elegida por nosotros mismos, que una vez desencarnados nos las llevamos con nosotros viviendo situaciones terribles de las que no es fácil salir.

El saber decir no a las cosas que nos gustan o nos apetecen, pero que son superfluas y no nos aportan nada en nuestro vivir diario, e incluso nos hacen perder el tiempo, nos da libertad para actuar, nos permite elegir lo que queremos hacer, mantener los deseos en los límites de la honestidad, nos ayuda a orientar los sentidos hacia el bien. Nos libera de ataduras materiales que pueden entorpecer nuestro caminar en la vida aquí en la tierra.

Desarrollando la templanza aprendemos que no todo lo que se puede hacer, se debe hacer. Nos da calma, serenidad y fortaleza para actuar con objetividad. Y en las situaciones que tengamos que rechazar, en determinados momentos placenteros, nos podamos alejar con discreción, no dejándonos arrastrar por los instintos.

Poner medida en la razón, lo necesitan los niños y los mayores, los niños no lo tienen desarrollado. Cuántas veces hemos oído decir, este niño come por los ojos, no para de pedir caprichos…; el sentido de la medida se consigue con educación, con el tiempo, adquiriendo experiencia y sobre todo con el esfuerzo personal que hacemos renunciando a nuestros caprichos. Así vamos pasando de la niñez a la juventud y de esta etapa, a la madurez, aprendiendo a dominarnos, a tener mesura y equilibrio.

En el hogar, actuando con templanza, conseguimos paz y serenidad, consiguiendo minimizar los problemas que van surgiendo por los roces que se pueden dar en la convivencia diaria de los diferentes componentes que existen en una familia. El no encolerizarse, oponerse a las contrariedades por medio de la prudencia y la serenidad, superando las rudas tormentas que puedan aflorar, se consigue crear un ambiente de entendimiento entre todos.

Controlando los sentidos nos liberamos de las ataduras materiales y dejamos actuar más al espíritu que es él, el que sabe cuál es el plan de trabajo con el que hemos venido, nos permite elevar el pensamiento acercándonos más al plano espiritual superior, y pudiendo sentir las inspiraciones de los hermanos que están junto a nosotros, que nos quieren ayudar para que aprovechemos el tiempo en la tierra y rescatar deudas del pasado

Las virtudes forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien, mejorar dichas cualidades, en un trabajo íntimo de transformación personal para convertirnos en personas de bien y poder ayudar a mejorar la sociedad que nos rodea.

                                                           Gloria Quel

© 2016, Amor, paz y caridad

LA FORTALEZA

0
LA FORTALEZA

La fortaleza moral, virtud que nos hace crecer, nos ayuda a desarrollar todas las demás potencialidades que están en nuestro espíritu conduciéndonos a una vida espiritual profunda, que nos hace aumentar la fe en Dios y aceptar su voluntad.

La fortaleza, es la capacidad de sobreponerse al esfuerzo, gracias a la voluntad, de plantarse a las tentaciones para eludir nuestros deberes, o nuestras responsabilidades. Es una virtud que no se ve, pero la paz y la serenidad que transmite llama la atención.

Dos figuras importantes me vienen a la cabeza y que han demostrado a lo largo de su vida la fortaleza interior que poseían, en la lucha e interés por su prójimo, son: Gandhi y la madre Teresa de Calcuta, dos personas que físicamente fueron pequeñas, incluso daban una sensación de fragilidad, y sin embargo no había obstáculo o entorpecimiento que los hiciera desistir de sus obras para ayudar a los demás.

Siendo sin duda alguna, el Maestro, el modelo de fortaleza interior, mostrando su condición humana, en la oración del huerto de Getsemaní (Mt 26, 38) se mantiene firme ante la voluntad del Padre, aun sabiendo de la dureza de la prueba que va a vivir.

Es una virtud que se consigue con esfuerzo, teniendo la voluntad de vencer las malas tendencias, que a veces con pequeños impulsos lo conseguiríamos si pusiéramos ganas en conseguirlo. Tenemos que recordar que la fuerza de voluntad la tenemos todos, porque es un instrumento que el Padre nos facilita, para poder desarrollar los compromisos que traemos al encarnar. Pero con nuestro libre albedrío decidimos si la empleamos o no.

La constancia de dominarse a sí mismo, de luchar por controlar los instintos y las emociones, nos lleva a mantener bajo control, pensamientos, sentimientos y obras. El continuo esfuerzo por pensar en los demás sobreponiéndolos a nuestros deseos, nos ayuda a desarrollar serenidad de ánimo en los momentos difíciles y no tomar decisiones de las cuales más adelante nos podríamos arrepentir.

Estar en guardia ante las flaquezas que podamos tener, nos evita ser blandos con nosotros mismos y ante cualquier adversidad por pequeña que sea venirnos abajo, siendo la apatía la que se nos apodera renunciando al esfuerzo que supondría resistir la tentación que tenemos delante. Situación que puede provocar que nuestra evolución se ralentice. San Juan de la Cruz decía respecto de ella “no es virtud de principiante”.

Venimos al mundo material para superar inseguridades, temores, miedos… que nos surgen a lo largo de nuestro viaje terrenal, por la necesidad de pasar por penas, necesidades, desgracias, imprescindibles para ir creciendo en la evolución espiritual, ya que sabemos que los acontecimientos que vamos viviendo no son por casualidad, sino que tienen un porqué y un para qué. Somos objetos de estas pruebas, porque las necesitamos.

Tenemos que darnos cuenta en el ambiente tan negativo y material en el que hoy en día nos encontramos. Si no somos capaces de tener el ánimo de lucha, de estar en guardia, de tener claridad y disciplina a la hora de discernir cómo queremos que sea nuestra vida, este ambiente y el bajo astral se harán con nosotros y perderemos oportunidades de seguir la senda de nuestra superación en esta existencia, teniendo que esperar otras oportunidades para poder volver y rectificar.

Por eso, la fortaleza nos enseñará a ser perseverantes en nuestra lucha diaria sin decaer, desarrolla el valor que necesitamos para hacer lo que es nuestra responsabilidad y obligación. Nos muestra que nada hay insuperable, ni dificultad que no se pueda salvar, ni problema que no tenga solución. Nos ayuda a meditar a usar la razón y tener medida al actuar, consiguiendo firmeza de ánimo.

Por otro lado enseñar a nuestros hijos, lo beneficioso que es esforzarse y dominarse en lo bueno para ellos. La fortaleza les ayuda también cuando, a la hora de recibir un “no” éste, no les suponga una frustración, sino, una molestia o un obstáculo el cual, al vencerlo se hacen más fuertes. A lo largo de la vida habrán asperezas con las cuales tendrán que lidiar, para poder conseguir lo mejor habrá que trabajar. Nada es imposible para el que quiere. Con esta cualidad se desarrolla la capacidad de sacrificio. Cuando los padres les sustituimos en los esfuerzos que tienen que realizar ellos, no aprenden otra cosa más que recibir, y el resultado a la larga es indiferencia, todo les da igual, no han aprendido que los esfuerzos, son personales y se vuelven blandos incluso tibios, ante su porvenir.

Ir desarrollándola no evita, en situaciones, que podamos estar viviendo de adversidad, las dudas, inseguridades, zozobra…si somos perseverantes en la superación interior y consolidamos la entereza de la que disponemos, conseguiremos dos cosas: primero superar los obstáculos o pruebas que se nos van presentando y la segunda hacer desaparecer la tibieza, la cual en algunos momentos en nuestro peregrinar material hace acto de presencia.

Y sobre todo recordemos que, la esencia de la fortaleza no es vencer dificultades, sino obrar el bien, cueste lo que cueste.

Gloria Quel

© 2016, Amor, paz y caridad

LA VIRTUD DE LA JUSTICIA

0
La virtud de la justicia

En el Libro de los Espíritus, libro tercero; Leyes Morales, capítulo XI, en la pregunta 875 – ¿Cómo puede definirse la justicia? – La justicia consiste en el respeto a los derechos de cada uno.

La vida material es un campo lleno de experiencias y oportunidades para crecer o estancarnos en el crecimiento espiritual, en ese progreso moral por el que trabajamos internamente, haciendo que se acreciente el sentido de la justicia.

Para practicar la justicia de verdad, hay que tener desarrollado tanto el amor como la caridad, pues sin esos dos sentimientos asentados en nosotros es más difícil ser justos, pues por el amor aprendemos a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros mismos, y la caridad nos conduce a ayudar al prójimo; por medio del pensamiento, pidiendo por el que lo necesita, con la palabra, consolando, animando, a la persona que pueda necesitarla, y por medio de la acción, colaborando para ayudar a quien pueda tener carencias.

A medida que nos vamos despojando de imperfecciones, de debilidades que nos entorpecen, en el caminar hacia nuestro adelanto evolutivo, contemplamos con mayor objetividad y lucidez los hechos y acontecimientos que nos presenta la vida material. Mientras más trabajemos en nuestra limpieza interior, el sentido moral y el discernimiento, profundizaremos más en las nociones del bien y del mal, de lo justo e injusto, por lo que la responsabilidad moral de los actos de la vida la iremos ampliando. Por lo tanto, excusarse de las faltas o actos inapropiados es síntoma de una cierta inmadurez espiritual, un querer escaparse de las situaciones, para no afrontar las verdaderas responsabilidades.

La justicia es un sentimiento natural que se desarrolla y engrandece con la moralidad y la inteligencia, con total independencia del grado cultural, pues se trata de una cualidad innata que va creciendo, al igual que todas las facultades que tenemos depositadas en el fondo de nuestra alma, en función de nuestro desarrollo espiritual, de las distintas experiencias y pruebas, a lo largo del devenir de nuestras sucesivas encarnaciones.

No siempre es fácil ver la justicia en hechos que nos acontecen a lo largo de nuestra vida, y nos rebelamos ante situaciones que no entendemos porque han pasado, sin saber que son consecuencia de nuestra conducta pasada. Esa misma rebeldía nos indica lo injustificable de nuestro proceder, pues no sólo no se obtiene ningún beneficio con esta actitud, sino que nos bloquea ante posibles soluciones que se le podría aplicar al hecho en cuestión teniendo un poco de buena voluntad. Pero es que además esa rebeldía se proyecta hacia las personas del alrededor, creando un ambiente de negatividad que no permite recibir ayuda, claridad para poder ver el camino de salida de una situación que no se entiende, sin que por ello deje de ser justa.

Estas circunstancias, son las que más alejan al hombre de Dios, las que son aparentemente injustas, situaciones que no se comprenden. Tenemos la fea costumbre de juzgar sin comprender, porque ese juicio esta mediatizado por nuestras deficiencias morales, por lo que no vemos más allá de lo que nuestros ojos y razonamiento llegan a alcanzar. Nos equivocamos si queremos ver como base de apoyo el presente, sin profundizar que el presente, es el resultado de nuestro comportamiento del ayer.

Todos los errores humanos, el daño que provocan y todas las situaciones adversas que podemos vivir, son consecuencia de las injusticias que los hombres cometen los unos contra los otros. Estas acciones, faltas de objetividad, pueden atentar contra la dignidad, respeto u honorabilidad de nuestros semejantes. Además no siempre nuestros comentarios o acciones son suficientemente objetivos, pues carecemos, debido a nuestras imperfecciones y muchas veces a la falta de prudencia, del entendimiento necesario para valorarlas de tal forma que nos permita actuar de manera totalmente ecuánime.

Otra condición que nos puede provocar rechazo y rebeldía, es el dolor. Hoy en día, en la sociedad de bienestar en la que vivimos, cuesta entender el sentido que tiene el dolor en nuestras vidas. No llegamos a comprender que el dolor nos transforma y fortalece, aprendemos la resignación y nos purifica. Es un mecanismo que el Padre pone en nuestra vida material, por el gran beneficio que reporta en la adquisición de valores imperecederos y de un destino espiritual dichoso.

¿Por qué nos otorga la posibilidad, Nuestro Padre, de volver a una envoltura material tantas veces como lo necesitemos? Para que podamos ir corrigiendo y depurando nuestros fallos con nuevas pruebas, en la vida corporal. Como muy bien se refleja en El libro de los Espíritus, capítulo II, en la pregunta 167 – ¿Cuál es el objetivo de la encarnación?.- La expiación, el mejoramiento progresivo de la humanidad. Sin eso, ¿dónde estaría la justicia?

Por tanto, la naturaleza de la Justicia Divina es perfecta, y no posee privilegios para nadie. El Padre da a cada uno lo que necesita o merece, y ahí entran los méritos o deméritos que consigamos en nuestro trayecto hacia la perfección. Tampoco nos da una carga que no podamos soportar, porque nos conoce y desea que crezcamos teniendo en cuenta nuestras limitaciones, proporcionando las experiencias necesarias en cada encarnación para ir ampliando nuestra espiritualidad, y siempre con las herramientas necesarias para poder aprovechar las oportunidades que se nos presentan.

Otro de los aspectos de la justicia muy importante se encuentra en la educación de los hijos. Los padres siempre tienen que ser imparciales, los criterios de educación han de ser los mismos para todos, siempre con amor y sabiduría, tratándolos de igual forma, evitando favoritismos, estableciendo normas justas, no prejuzgando de antemano y evitando comparaciones. Estableciendo una reflexión continua porque no hay dos iguales y al tratarlos no se puede obrar siempre de la misma forma, teniendo en cuenta que hay que dar a cada uno en función de sus necesidades y características; sabiendo que lo que a veces vale para uno no sirve para el otro, y viceversa. Conocer sus virtudes potenciándolas y los defectos enseñándoles a ir controlándolos. Pedir perdón si nos equivocamos. Ayudarles a pensar las consecuencias de una acción antes de realizarla. La importancia del ejemplo de la rectitud y la dulzura, que han de ver los hijos en sus padres, para que vayan asimilando la importancia de un sentido justo de la vida, aprendiendo a ponerla en práctica a lo largo de su existencia material, haciéndolos más tolerantes, objetivos, atentos…

En conclusión, la justicia expresa su equilibrio en los actos de amor y sabiduría. Cuando hay justicia no hay confusión porque cuando se practica, todo está perfecto. El equilibrio necesario entre el corazón y la razón se conquista en el interior de cada persona, manteniendo tranquila la conciencia y libre el alma.

La responsabilidad moral que vamos adquiriendo nos hace valorar la importancia del ejemplo, con un comportamiento recto que nos lleve hacia el respeto que debemos de mostrar hacia los derechos de los demás, actuando con equidad.

                                                                                                                                                                      La virtud de la justicia por: Gloria Quel
©2015, Amor,paz y caridad

LA PRUDENCIA

0
La prudencia
Fotografía de Eddi van W.

La virtud es un hábito saludable, una costumbre que se  adquiere mediante la reiteración de actos positivos semejantes. Una virtud se adquiere por el trabajo que se hace habitualmente, sobre un valor que se tiene o un defecto que queremos ir eliminando. Es la práctica frecuente y la autodisciplina que nos imponemos en la realización consciente de que ese trabajo nos hará conseguir las metas que nos proponemos.

La prudencia es una virtud vinculada a la inteligencia, que guía directamente el juicio del pensamiento, desarrollando la razón, para un mejor discernimiento de nuestro comportamiento en nuestras relaciones familiares, sociales y laborales. Los conocimientos que vamos adquiriendo, junto a los principios morales que vamos alcanzando a lo largo de las sucesivas vidas, nos facilitan mecanismos  por los cuales nuestro proceder llegue a ser el más correcto ante cualquier situación.

Nos ayuda a deliberar, a juzgar con objetividad y a discernir el bien o el mal, que podemos realizar en una acción.  Nos fuerza para analizar los pros y los contras de las situaciones que vivimos, nos invita a que reflexionemos ante determinadas situaciones. Hace que actuemos con precaución y responsabilidad por los posibles daños que podamos causar.

Por regla general, las personas no nos conocemos a nosotras mismas, y en muchas ocasiones no nos damos cuenta de nuestra reacción hasta que no comprobamos los resultados, y aunque nos arrepintamos de dichas consecuencias ya no hay posibilidad de marcha atrás.

Sentimiento este, de arrepentimiento, que nos ayuda para que en análogas situaciones, nos haga pensar antes de reaccionar de manera impulsiva o irreflexiva, y para que cuando la prueba se nos vuelva a presentar, seamos capaces de detenernos un momento y saber actuar de forma positiva.

La experiencia nos demuestra que los seres humanos aprendemos más, mediante la equivocación, porque nos duelen los hechos negativos que se suscitan, que por la complacencia de los buenos resultados. Porque aunque nos satisfagan, nos pueden hacer creer que somos mejores de lo que realmente somos, y podemos caer en el orgullo, vanidad, autosuficiencia…por lo que es positivo siempre una reflexión sobre los actos tanto buenos, como en los que vemos que no hemos estado acertados y han causado daño a nuestros semejantes o a nosotros mismos.

A poco que nos paremos a reflexionar nos daremos cuenta de que casi siempre tropezamos en las mismas faltas que debemos superar; comprenderemos también que la precipitación nos empuja casi, de una forma automática, a la reacción impulsiva cuando debería de predominar la acción controlada.

La prudencia por lo tanto,  sujeta nuestros defectos. Aunque hayamos errado, facilita que reconozcamos nuestros fallos y limitaciones, aprendiendo de ellos, sabiendo rectificar, pedir perdón y solicitar consejo. Ayuda a desarrollar otras virtudes que nos hacen falta para ir creciendo espiritualmente y afrontar las pruebas de la vida con mayor fortaleza y seguridad.

En ocasiones, durante las conversaciones que tenemos con los que nos rodean, nuestros comentarios o formas de contestar, mostramos el respeto que nos causa nuestro interlocutor, y en esa disposición inconsciente que nos producen, (y en ocasiones nuestro estado de ánimo, también, nos puede hacer malas pasadas), presentamos nuestra cara menos amable, evidenciando lo imprudentes que podemos llegar a ser, haciendo comentarios poco edificantes, que en vez de ayudar a las personas que nos rodean, podemos herirlas aunque sea inconscientemente, por eso es conveniente pensar dos veces antes de hablar.

Conseguirla con trabajo diario, nos ayuda  en el  ejemplo que podamos dar a nuestros hijos. Enseñarles la empatía hacia los demás, el ponerse en el lugar del otro y aprender que nuestro comportamiento puede hacer daño al amigo, enseñarles el respeto hacia los padres y a las personas mayores. Les aportará en su  aprendizaje para el futuro, una visión más clara de lo importante que es la prudencia para relacionarse con los demás y para la vida en general, porque nos hace más reflexivos y serenos a la hora de tomar decisiones.

Ser prudente no significa ser cobarde, ni indeciso o pusilánime, sino todo lo contrario, tener unos  principios morales que son las herramientas, de  las que te sirves, para actuar sobre los objetivos y metas que, luchando por ellos, quieres alcanzar, siguiendo el camino más correcto, eligiendo los medios adecuados para conseguirlo. Ayuda a reflexionar y a medir con firmeza y valentía los riesgos de las decisiones que se tienen que tomar.

Una persona prudente es discreta, tolerante, paciente. Ante las diferentes pruebas que le presenta la vida, se toma su tiempo para reflexionar de qué forma debe de actuar para evitar una reacción precipitada. Esto no le garantiza que siempre responda de la manera correcta puesto que los errores son consustanciales a la naturaleza humana y son los que en realidad nos enseñan. Con análisis y esfuerzo conseguirá que las equivocaciones se vayan limando poco a poco, y por el autocontrol que se imponga la persona prudente.

Ir adquiriéndola con el trabajo interno que vamos realizando a lo largo de la vida material, nos capacitará para ir aprendiendo a valorar las diferentes situaciones, de todo tipo, que se nos pueden ir presentando, laborales, sociales, y sobre todo, en las que más nos importan, las familiares.

Los valores morales que vamos acrecentando en nuestro interior, hace que aumente nuestra fe en Dios, sabiendo que Él está pendiente de nosotros, ayudándonos día a día y que siempre nos presentará las pruebas, que tengamos que pasar, en el momento que estemos más fuertes para realizarlas, por eso también hay que aprender a dejar transcurrir el tiempo, pues, en algunas ocasiones es mejor dejarlo correr, siendo nuestra intervención más perjudicial que beneficiosa, provocando que se precipiten las situaciones, finalizando con unas consecuencias no deseadas por nadie.

Desde el punto de vista espírita, hay dos actuaciones en que la prudencia es muy importante:

  1. La mediumnidad: Hay que tener cuidado con lo que se recibe a través de las facultades, hay que analizar, razonar lo recibido y ver si la lógica lo acepta o está dentro los conocimientos espirituales que tenemos. Si provoca duda mejor rechazarlo que creer una falsedad. Allan Kardec decía: “Más vale rechazar diez verdades que admitir una sola mentira.”
  2. La atención fraterna: Cuando se recibe a una persona que va buscando consuelo, respuestas a sus dudas existenciales o simplemente aclaraciones de cualquier tema espiritual, el escucharla atentamente con interés, para saber exactamente qué clase de ayuda necesita, en sus dudas, dificultades o problemas y cuál es la mejor forma de ofrecérsela. Philomeno de Miranda decía: “Escuchar es renunciar. Es la más alta forma de altruismo, todo cuanto esa palabra significa de amor y atención al prójimo”.

La prudencia, como cualquier otra virtud, se consigue con el análisis diario y sincero de lo que hacemos a lo largo del día, de los errores y aciertos que cometemos y cuáles han sido las razones o motivos que nos ha movido a sentir, a pensar y actuar de la forma que lo hemos hecho.

La prudencia por: Gloria Quel

2015 © Amor, paz y caridad

ATENUAR LAS MALAS TENDENCIAS

0
Atenuar las malas tendencias
Fotografía de Christos Tsoumplekas

Muchas veces pensamos en la sociedad que estamos creando entre todos, y resulta difícil no sustraerse de algunas de las tendencias que están surgiendo, y lo mal que lo van a tener las generaciones venideras si esto no cambia. El que todo vale o todo puede hacerse adormece la moral, permitiendo comportamientos perniciosos que se aceptan porque los argumentos de índole moral y sobretodo espiritual no interesan, estando en una sociedad profundamente materializada, lo que no se ve, o no se puede tocar, no tiene validez alguna.

La mayoría de las ocasiones los malos hábitos, que tienen su principio en el egoísmo y en el orgullo, empiezan a mostrarse desde que se es muy joven. Hablando un día con una maestra de infantil con muchos años de experiencia me decía, que ya desde la más tierna edad se ve el camino bueno o malo que van a tomar los niños cuando se hagan mayores, que se pueden corregir las tendencias perniciosas, sí, pero hay que tener mucha constancia y estar encima de ellos.

Por tanto, es responsabilidad de los padres observar, comprender y corregir los comportamientos negativos de sus hijos. La educación, aprender principios morales firmes que en su crecimiento vayan asimilando poco a poco. Los buenos ejemplos de los padres, sus valores puestos en práctica, les pueden proporcionar las herramientas necesarias para estimularles a ir eliminando sus tendencias negativas, contribuyendo a  fortalecer su carácter y ayudándoles a tomar las decisiones más convenientes en su progreso espiritual.

Paralelamente, en esta sociedad, el alcohol, las drogas y el sexo están al alcance de la mano de jóvenes y adolescentes, donde muchos hacen uso de ellos para evadirse de sus problemas, por la presión de su grupo social o simplemente como mera diversión. La aparente normalidad en su uso les lleva a  excesos sin saber el daño que se hacen a sí mismos y  a su círculo familiar.

No estamos diciendo que el descontrol en los jóvenes este generalizado, porque hay mucha juventud sana que no hacen ruido, silenciosa, llevando sus vidas con normalidad; estudian, trabajan, se divierten, tienen ideales y luchan por encaminarse hacia ellos.

En una sociedad materialista, egoísta, que vive exclusivamente para los sentidos como la que estamos viviendo en estos momentos, no ayuda a disponerse positivamente hacia lo espiritual, sino todo lo contrario, invita y arrastra a muchos jóvenes incautos a dar rienda suelta a sus instintos, cuya consecuencia más inmediata es el vacío interior y con el tiempo la depresión.

Los abusos atrapan sobre todo a los débiles, y las debilidades en las personas son puertas abiertas al bajo astral, hermanos de baja condición que se unen al encarnado para hacerle daño y causarle el fracaso en sus compromisos espirituales, porque una vez que te metes en ese círculo es muy difícil salir de esos ambientes.

Muchas personas dicen: quiero dejar el alcohol, las drogas, el juego…, pero con la boca pequeña, ya que cuando empiezan los tratamientos los abandonan al poco tiempo con excusas como: No puedo, es superior a mí, para qué dejarlo si no hago daño a nadie… Estas excusas son para no tener que hacer el esfuerzo de luchar. La fuerza de voluntad la tienen pero no la quieren sacar,  y la ayuda espiritual si se pide de corazón también se tiene.

Pero el debilitamiento de la materia por los excesos y los obsesores que alimentan las ideas de volver a caer, hacen difícil recuperarse, son encarnados ignorantes de su realidad espiritual que se complacen con ellas y no quieren dejarlas. Sin embargo para otros, que se dan cuenta de que esos excesos destrozan su vida; vencer el vicio, la lucha contra sí mismo, es un triunfo del espíritu sobre la materia.

 El egoísmo es el causante de todos estos males, en el que podríamos incluir el hedonismo, la cobardía, la comodidad, el orgullo… aspectos del espíritu que entorpecen mucho el crecimiento del mismo. Actitudes que no permiten una sana relación con el semejante, alejándolos, y porque los  hermanos espirituales de baja condición no los dejan ni un minuto, los enredan con pensamientos pesimistas para hundirlos más en la amargura y adicciones. En esos casos, el hermano protector lo tiene muy complicado por las distancias vibratorias que se generan, es decir, una sintonía espiritual  alejada del bien y del equilibrio, dificultando sobremanera su labor de ayuda y rescate.

El egoísmo, origen de todos los vicios, se va desarrollando entre otros motivos, a medida que el joven recibe malos ejemplos, también puede estar incentivando por desengaños o interpretaciones respecto a comportamientos ajenos, que nos inducen a pensar que cada quien va a la suya y que nadie se preocupa por nadie. Es una forma simplista de justificar las deficiencias propias y de ver sólo una parte de la convivencia humana desde un punto de vista negativo.

La causa puede estar también en la familia; el cada vez mayor número de separaciones y de divorcios en nuestra sociedad trasladan a los hijos, en la inmensa mayoría de los casos, el mensaje del desamor, que la convivencia es muy difícil y de que los problemas en lugar de afrontarlos con coraje, paciencia y buena voluntad, es preferible abandonar la lucha en común a las primeras de cambio, para buscar nuevos estímulos en otra parte, con otras personas diferentes. Les trasladamos inconscientemente a nuestros hijos un mensaje de fragilidad, de valores pero efímeros, inconsistentes, muchas veces compensados con regalos y alicientes materiales que desvíen la atención de los verdaderos problemas.

No obstante, ejemplos positivos los hay, se prodigan a nuestro alrededor aunque no estemos atentos, familias unidas por el afecto y el amor sincero pese a las dificultades que todos tenemos, también personas que pasan desapercibidas que demuestran con infinidad de detalles de cara a la sociedad, las enormes posibilidades del amor en acción y de la caridad sentida y realizada. Como dijo el Maestro hace dos mil años, actuando siempre con ejemplaridad: “El que tenga ojos para ver que vea, el que tenga oídos para oír que oiga”

En definitiva, el hombre que vive egoístamente, con hipocresía, dañando a los que les rodean, tarde o temprano sufrirá el dolor y sufrimiento que en su día provocó; es la Ley de causa y efecto.

En la sociedad de hoy en día, estos comportamientos son los que toman relieve; los jóvenes no se deben dejar arrastrar por ellos,  tampoco se puede pretender cambiar a los demás, pero si ser firmes con uno mismo, sabiendo lo que se quiere conseguir, siguiendo un camino de valores espirituales que ayuden a luchar, para ir eliminando poco a poco las debilidades y fortalecerse interiormente.

Por tanto, el trabajo interno será la ayuda necesaria para cerrar puertas a las actitudes negativas, a las rebeldías e incomprensiones que provocan disturbios innecesarios, que provocan un rechazo a las propuestas de vida diseñado por lo Alto para elevarse y triunfar. Al mismo tiempo, la firmeza  en el desarrollo de los valores morales nos hace apreciar la ayuda espiritual positiva que recibimos y nos  alienta para darla a  quien lo necesite. Si somos firmes en la predisposición de cambiar, serán los hermanos de luz los que nos acompañaran y ayudaran cuando los necesitemos,  junto con nuestro hermano protector, para llevar a buen término nuestros compromisos espirituales.

                                                                                                    Atenuar las malas tendencias por:         Gloria Quel

©2015, Amor, paz y caridad

TOLERANCIA

0

A lo largo de la historia el concepto de tolerancia ha estado presente.

Aristóteles (siglo IV a C.) ya la proponía, pero no usa el término tolerancia sino prudencia y lo hace en el tratado de la Justicia, definiéndola como: Grado de aceptación frente a un elemento contrario a una regla moral.

Luego con S. Agustín (siglo IV d C.), la propone como tratado filosófico de cómo la tolerancia sirve  para detectar el mal y discernir si ese mal se puede aguantar pacientemente o por el contrario hay que rechazarlo.

Decía San Agustín: “No es tolerante quien lo permite todo sino quien, defendiendo una postura verdadera, respeta a otra que mantiene una opinión diferente o equivocada”.

En el siglo XVI, Martín Lutero propone la tolerancia  para convivir católicos y protestantes, y sobre todo, las distintas corrientes del protestantismo con sus disputas teologales…

John Locke, en el siglo XVII, en su ensayo y carta sobre la tolerancia. Habla sobre permitir toda clase de pensamientos religiosos, siempre que no perjudicaran los intereses de la sociedad y del estado.

Pero si yo tuviera que elegir el que mejor explicó la tolerancia y para qué sirve, me quedo con el Maestro Jesús, que en un lenguaje sencillo y por medio de parábolas explicaba las virtudes morales que las personas debemos de desarrollar por medio del trabajo interior para ir perfeccionándonos.

La parábola que utilizó fue la del trigo y la cizaña, explicando que es mejor esperar a que, el bien y el mal, crezcan juntos: «No la arranquen, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo; dejad que ambos crezcan hasta la siega». (Marcos.13, 24-30). Dando una lección de tolerancia y explicando que a veces aunque veamos que existe un perjuicio hay que esperar, dejando pasar un tiempo, porque atajarlo precipitadamente puede causar un peor daño.

La exigencia de Jesús en la práctica de la tolerancia va más allá de la paciencia y nos dice: «Amad a vuestros enemigos». (Lucas. 6,27-30)

Tolerar deriva del verbo en latín “tolerare” que significa soportar, sufrir y sostener. Podríamos relacionarla también con permitir y aceptar

La tolerancia hace del ser humano respetuoso con todas las convicciones y no censura a los que no piensan como él. Transige con el contrario a su moral o diferente a  sus valores.  Respeta las opiniones o forma de actuar de los demás. Reconoce el derecho que tiene el ser humano de pensar, actuar y vivir en la forma que tiene de entender el mundo.

La tolerancia es una virtud que necesitamos para poder actuar en medio de los conflictos de la vida. Desarrolla en la persona la capacidad de habituarse a los problemas de la vida diaria, en el ámbito familiar y en la sociedad en general. Es practicar la caridad, el respeto, la serenidad y la paciencia.

El ser humano es sociable por naturaleza, para desarrollarse necesita de una interrelación con las personas que le rodean. El bagaje con el que nacemos de defectos y virtudes ayuda a que la presente encarnación quede marcados por ellos. Esto indica que en esta sociedad, no todos estamos en un mismo nivel evolutivo, sino que cada uno de nosotros estamos a un nivel moral y espiritual diferente. Por tanto cada cual, tiene su manera de pensar diferente e individual, acorde a su evolución espiritual.

En la sociedad actual la tolerancia pierde su importancia como valor moral, porque cada vez nos hacemos más individualistas, más egoístas. Donde los hombres ven en sus creencias verdades absolutas, creando conflictos cuando alguien les lleva la contraria, llevando su rechazo hasta a todo lo que rodea al oponente. Porque sólo se piensa en uno mismo y no interesa lo que piensen los demás.

Ese mismo egoísmo lleva a muchas personas al permisivismo o relajación moral, o sea, al todo vale mientras a mí no me afecte. La falta de valores que hoy existe en la sociedad permite que casi todo pueda hacerse, haciendo la vista gorda con tal de alcanzar unos objetivos materiales, o en satisfacer los propios deseos y caprichos sin respetar a los otros. Porque no se reconoce la dignidad personal, se saltan los principios de igualdad de oportunidades y una base de comportamiento justa que no discrimine a nadie.

La tolerancia suele resultar más sencilla con nuestros hijos y las personas más allegadas a nosotros. El amor y el cariño que sentimos por ellos facilita las relaciones y nos ayuda a ser más benévolos con ellos, aunque en muchos casos, los sentimentalismos inclinen la balanza en exceso, perjudicando en lugar de beneficiar a los seres queridos.

Que los hijos vean en sus padres el ejemplo (que no hay mejor lección) del respeto, comprensión y paciencia hacia ellos y todas las situaciones que se les pueden presentar tanto a nivel familiar o social, les ayudará en el futuro para su desarrollo personal. Ser padres tolerantes no significa dejar de ser firmes en los temas fundamentales de educación, sin embargo la necesidad de expresarlas con serenidad y entereza. Los padres tenemos una responsabilidad adquirida  y no debemos renunciar ni delegar de ella.

Ser indulgentes, aceptar que todos tenemos debilidades y defectos. De la misma manera que nos soportan los nuestros, también nosotros tendremos que transigir con los demás. Convivir con personas que no tienen los mismos valores o pensamientos nos ayuda a reflexionar sobre nosotros mismos; nos obliga a mejorar y ampliar nuestro campo de visión ante situaciones que nos pueden sobrepasar, de cómo podemos controlar las diferentes reacciones que nos provoca por ejemplo: el enfado, la ira, la falta de respeto, la impaciencia, etc. El rechazar el resentimiento que nos puedan provocar las agresiones verbales y evitar discutir sin provecho.

A través del análisis sincero que hacemos diariamente es donde podemos descubrir esos pequeños tropiezos que tenemos que evitar hasta llegar a eliminarlos.

El aprender a ser tolerantes nos ayuda a desarrollar otras virtudes como puede ser: la prudencia, la paciencia, la templanza, la flexibilidad…Eso no significa que tengamos  que dejar que nos impongan formas de vida ajenas a las nuestras, ni que seamos permisivos con todo lo que nos rodea, porque para discernir lo bueno de lo malo tenemos que tener claros nuestros fundamentos morales de vida y como queremos llevarlos a la práctica. El ser tolerante es un desafío cotidiano que nos compromete diariamente en nuestra vida personal y social.

                                                                                                   Gloria Quel

©2015, Amor,paz y caridad

“La tolerancia es el mayor don de la mente; requiere el mismo esfuerzo del cerebro que se necesita para equilibrarse en una bicicleta” (Helen Keller – 1880-1968; Escritora, oradora y activista política sordociega estadounidense.)

LA MALEDICENCIA

0

Este mes empezamos una nueva sección, en la que iremos analizando de qué manera podemos reconocer y trabajar sobre nuestros defectos. Una permanente lucha interna que nos hace estar en guardia sobre todos los aspectos de nuestra conducta y proceder, en nuestra relación con los demás.

En las sucesivas encarnaciones por las que pasamos los espíritus, tenemos el fin de ir poco a poco mejorando, consiguiendo una paulatina transformación moral hasta llegar a la perfección, y esta transformación se consigue por medio del trabajo interno, realizándolo con perseverancia día a día.

El progreso consiste en ir cambiando los defectos por virtudes. Esta renovación espiritual se alcanza por medio del conocimiento de uno mismo y a este discernimiento se llega, con el autoanálisis diario de las situaciones y experiencias que vivimos a lo largo del día, detectando donde fallamos, que nos molesta, que dejamos de hacer…

Esta transformación moral, sólo se consigue a través del esfuerzo y del trabajo,  estando al alcance de cualquiera, independientemente de su nivel, de su fuerza e incluso de su claridad mental. Marcarse unos objetivos y proponerse constancia para superarlos, es así como sin darnos cuenta conseguiremos poco a poco la modificación interior.

Comenzaremos con uno de los defectos en los que todos estamos expuestos a caer alguna vez, se trata de la maledicencia, señal de los que guardan rencor y sufren de celos. En menor grado nos encontramos con la crítica y la murmuración igual de dañinas, que se centran más en resaltar los defectos aparentes o reales del  prójimo.

De acuerdo al diccionario de la real academia de la lengua española, maledicencia es la acción o hábito de hablar en perjuicio de alguien denigrándolo.

Los individuos vivimos en sociedad, nos movemos en continuas relaciones sociales y familiares donde se dan en muchas situaciones circunstancias que sirven para que asomen de nuestro interior los defectos o debilidades que tanto nos entorpecen. Este estado nos alienta para que nos fijemos en como los demás actúan y, si esos comportamientos  son rechazables para nosotros, lo haremos público, en una crítica de condena. Por tanto, la maledicencia, la crítica y la murmuración  pueden llevar al ser humano, a fijarse en el error del otro más que en el de uno mismo.

Esta misma forma de actuar, contando lo que vemos sin profundizar y sin valorar el perjuicio que ocasionamos a la persona enjuiciada, y lo que es peor lo hacemos a veces, inconscientemente, delante de los niños, dándoles mal ejemplo, con un comportamiento rechazable, además que si es una persona cercana podemos mediatizar la relación del niño con dicha persona.

No somos perfectos y siempre deberíamos analizar las situaciones y a nosotros mismos antes de comentarlas, pues son nuestras carencias las que provocan que interpretemos erróneamente situaciones que nos sacan de nuestro estado de comodidad, ya que ese malestar  nos indica donde estamos fallando. Actitud sobradamente egoísta, porque advertir de dicho comportamiento, es para mostrar que se es mejor que el contrario, ignorando que la mayoría de las veces lo que nos hace saltar es la proyección de nuestros propios defectos en el hecho criticado. Crítica que por otro lado siempre suele ser destructiva, dañina para quien la recibe pero también para quien la realiza, ya que será el responsable de las consecuencias que se desprendan de dicha acción. Tanto a nivel material como, sobre todo, espiritual.

 Las actuaciones mínimamente reprochables del otro ¡¡con qué facilidad se ven!! pero cuánto cuesta ver las imperfecciones morales propias. Estas carencias provocadas  por la envidia, la ira, el rencor, el orgullo…lo que nos estimula sin ningún tipo de control, para hablar del contrario sin miramientos, provocando rumores muchas veces sin ningún fundamento, que luego son difíciles de parar creando un daño innecesario a la persona afectada.

Se ofende, injuria y calumnia con un desparpajo increíble, si preguntamos a quien nos viene con esas habladurías, de donde ha sacado esos comentarios, responderá: “me dijeron”, “lo oí en una conversación”, “me lo contó un amigo”. En muchos casos la maledicencia se basa en afirmaciones de supuestos hechos “no presenciados”, o de interpretaciones muy arbitrarias, pero una vez que han sido pronunciadas causan un perjuicio difícil de reparar.

Entre otras razones porque estos juicios se dan siempre en ausencia del criticado, lo que permite que sean  más mordaces y burlescos. Siendo así nuestro comportamiento más nocivo, más merecedor de corrección y censura que de aquel que pretende dañar.

Cicerón decía: “Nada hay tan veloz como la calumnia, ninguna cosa más fácil de lanzar, más fácil de aceptar, ni más rápida en extenderse.”

Esta acción nos marca la falta de caridad, de indulgencia que tenemos hacia  el prójimo, lo que conduce a una crítica que se caracteriza por una falta de piedad e irreflexión,  midiendo la conducta del otro con recursos que ni son  justos ni nobles, pues salen de nuestros defectos, lo que no nos deja ser objetivos a la hora de valorar la situación, no estando capacitados para conocer la causa real, las verdaderas intenciones que producen las acciones y realidades.

Y aunque sucede que se ignore las razones por las cuales la persona actúa así, nos sentimos con derecho a penetrar en la problemática que le envuelve y esa ignorancia de los motivos que le llevan a actuar así, es justo la que nos tendría que hacer callar.

Es verdad que quien hace algo por los demás está expuesto a que se le critique, muchas veces por  personas que son incapaces de hacer nada. Analicémonos, ahondemos en nuestro interior tratando de mejorar día a día, procuremos conocernos a nosotros mismos y sepamos cuales son nuestros límites para que por medio del trabajo interior ir mejorando, y por cada defecto que vayamos a criticar a los demás, desarrollar el contrario. Por ejemplo: ante el egoísmo seamos generosos; ante la rebeldía, consigamos la docilidad…  No perdamos el tiempo en murmuraciones y críticas que nos restan energías positivas.  Pensemos que mientras más trabajemos en nuestro interior, mejores personas seremos, volviéndonos  más tolerantes con los errores ajenos y más exigentes con los propios.

El análisis del error es siempre una actitud necesaria, cuando no se realiza con intenciones negativas lejanas de la ley de amor y de caridad. Analizar para auxiliar, para corregir, para educar, es una valiosa contribución del ser moral y espiritual.

 Este cuento anónimo nos puede ayudar a ser cuidadosos y prudentes con lo que decimos a los demás,  y que un silencio a tiempo puede evitar un comentario negativo, además de ser un signo de respeto al semejante.

 LAS TRES REJAS

  Un joven discípulo de Sócrates llega a casa de éste y le dice:

– Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia.

– ¡Espera! – Lo interrumpe Sócrates- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

– ¿Las tres rejas?

– Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos…

– Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguien?

– No, en realidad, no. Al contrario…

– ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

– A decir verdad, no.

– Entonces –dijo el sabio sonriendo- si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

No seamos ningún germen que ocasione maledicencia y si la muralla que la detenga.

Gloria Quel

©2015, Amor,paz y caridad

LA AYUDA ESPIRITUAL QUE RECIBIMOS

0

Cuando decidimos encarnar en una materia, es porque sabemos que nuestro perfeccionamiento se consigue más deprisa, con todas las posibilidades y situaciones que nos proporciona el cuerpo físico.

 Para eliminar parte de las deudas que tenemos, elaboramos un cuidadoso proyecto de las experiencias y pruebas de recuperación de tropiezos vividos con anterioridad, que necesitamos vivir en esa próxima existencia, para sacar lo mejor de nosotros. Las dificultades estarán en función de nuestra imperfección moral. Mientras más grande sea y en función de la actitud, más ayuda nos proporcionaran para superar las pruebas que fallamos en el pasado y para eliminar defectos que aún tenemos arraigados y nos ocasionan sufrimiento.

Los proyectos en el astral siempre se hacen con la ilusión de cumplirlos, pero al encarnar nos encontramos con el cuerpo físico, instrumento necesario, pero a su vez obstáculo para desarrollar los compromisos con facilidad, porque, dentro de la materia estamos muy limitados, ya que, todas las potencialidades del espíritu se quedan latentes, el recuerdo de lo que veníamos a hacer disminuye, por lo tanto poner en práctica el programa y la comunicación con el mundo espiritual resulta más difícil.

        Nuestro programa ésta confeccionado según las necesidades de lo que tenemos que rescatar y corregir. Ahí es cuando empezamos a recibir la ayuda de los hermanos que nos aprecian, ya que nos aconsejan lo que podemos hacer, lo que es conveniente dejar para más adelante y las pruebas que tenemos que pasar obligatoriamente si queremos aprovechar la existencia carnal.

Al mismo tiempo y previamente, se compromete con nosotros un hermano, que nos acompañará en toda la existencia que estamos preparando, es decir, desde que nacemos hasta la muerte física. Son seres más elevados que nosotros que nos conocen y nos quieren, pretenden que aprovechemos el tiempo en la materia; es considerado como el guía, ángel de la guarda, ángel bueno…

Él está a nuestro lado para proteger, orientar, intuir…, si queremos escuchar, el camino que nos hemos marcado y avisar si nos estamos saliendo de lo que hemos acordado de antemano.

Como él se ha comprometido con nosotros a guiarnos y cuidarnos durante nuestra estancia en la tierra, sigue con nosotros aunque rechacemos su ayuda o su presencia, él siempre continúa ahí para auxiliarnos. Nos ayuda a enfocar esa fuerza, y nos facilita las cosas comunicándose con nosotros, e indicando cuál es la mejor manera de actuar. Son compasivos  y no juzgan, nos dejan que hagamos las cosas a nuestra manera y entienden que tenemos que cometer nuestros propios errores para aprender.

  Uno de los motivos que nos hace rechazar la ayuda puede ser el orgullo, que tantas veces nos entorpece haciéndonos creer que somos capaces de valernos por nosotros mismos, que somos autosuficientes para superar esas situaciones que tanto nos molestan y no nos dejan avanzar en nuestra evolución.

Otro motivo de rechazo viene motivado por la sociedad que nos rodea. Es muy fácil dejarse llevar por ella, no complicarse la existencia, haciendo en cada momento lo que nos pide el cuerpo y así olvidarnos por completo el compromiso que hemos traído.

   La ayuda espiritual la recibiremos si estamos receptivos. Mientras más nos materialicemos y nos centremos sólo en los quehaceres diarios, en las preocupaciones del trabajo, en las relaciones sociales, etc., crearemos una distancia con ellos. Bien es cierto que los aspectos materiales son necesarios pero no hasta el punto de abstraernos de manera que, no nos dejen elevar el pensamiento en algún momento al Padre, porque esto significa que en algo estamos fallando, ya que tampoco nuestro guía podrá ponerse en contacto con nosotros porque el canal  se irá cerrando y porque tenemos libre albedrío para decidir  qué tipo de vida queremos llevar.

Al ir centrándonos en el plano material, los valores morales que tengamos van a ir cambiando, según nos vayamos relajando y no nos esforcemos en mejorar interiormente. Esto en nuestra relación con los demás va a repercutir de manera considerable y siempre de forma negativa. En ocasiones al llevar esta clase de vida, podemos entrar en estados de melancolía, tristeza o depresiones, porque al no realizar lo que hemos venido hacer, se establece un desequilibrio en nuestra vida, de donde es difícil salir, pero con oración, ayuda y voluntad de cambiar se sale. Además, el protector que tenemos al lado nos socorrerá y nos infundirá ánimos para que lo logremos.

       El amparo lo tenemos siempre que lo pidamos, en todas las dificultades, situaciones complicadas, pero recordemos que nos inspiran para ayudarnos; no son apuntadores que nos dicen lo que tenemos que hacer, ya que el que toma la decisión última en cada situación es el propio encarnado. Ellos nunca imponen nada, son pacientes y saben que, lo que no hagamos en esta existencia, lo haremos en la próxima.

     En alguna ocasión el hermano espiritual se puede alejar del protegido si ve que son inútiles sus consejos, porque el encarnado ha cerrado los oídos y su vida en la tierra tiene un proceder de comportamientos dañinos que atraen a hermanos negativos que lo envuelven en un ambiente nocivo; no obstante,  apenas le llama acude.

Invariablemente la ayuda espiritual que nos es enviada desde el plano espiritual, cuando la pedimos, nos será mucho más fácil reconocerla si estamos en buena predisposición para recibirla, esto se consigue con un trabajo interior que se hace día a día, entonces veremos cómo desde el astral nos inspiran en aquellas situaciones que tenemos que superar para avanzar espiritualmente, teniendo presente que la asistencia que recibimos es exactamente la que “necesitamos”, a veces, no la que “desearíamos”, por lo cual, en ocasiones podemos pensar que no nos escuchan.

En conclusión, si nos centramos y sabemos que es lo que queremos lograr en esta existencia, y tanto nuestros pensamientos como nuestras acciones están   encaminados hacia lo espiritual, la ayuda que recibiremos será inmensa y lo mejor es que estaremos en predisposición de reconocerla y aceptarla.

                                                                                                            Gloria Quel

©2015, Amor,paz y caridad

 

         [infobox]

No es bastante levantar al débil; es necesario aún sostenerlo después.

SHAKESPEARE  

[/infobox]