Trabajo Interior

ESPERANZA, IMPULSO DE VIDA

San Agustín: “La esperanza es imposible, si no hay algún amor”.

La fe es la confianza que tiene el hombre en su destino, teniendo una fe razonada nos ilumina el camino que tenemos que recorrer y nos da la voluntad y fuerza necesaria para salvar incluso, los mayores obstáculos que nos podamos encontrar a lo largo de nuestro transitar en la tierra. La esperanza es un sentimiento que impulsa el ánimo en aquello que deseamos o aspiramos y nos parece posible lograrlo.

La esperanza, muchas veces sirve como asidero moral para no caer en el desaliento, para no perder la serenidad, ni perder de vista aquello que se anhela alcanzar.

La esperanza es uno de los sentimientos más positivos y constructivos que pueda tener el ser humano. Nos ayuda a recorrer el camino que nos hemos trazado a la hora de vivir en la materia, con paciencia y confianza.

En la sociedad de hoy en día, con tanta tecnología, donde se vive tan deprisa hay poco espacio para la esperanza, donde todo lo que queremos se consigue apretando un botón, obteniéndolo con rapidez, teniendo la sensación de que el tiempo pasa muy deprisa y hay que aprovecharlo para conseguir las cosas que necesitamos o deseamos. Estableciendo relaciones superficiales, que no nos llenan, sin valorar todo lo que tenemos y lo que nos rodea.

En el momento que algo falla, que los planes no salen como queríamos, nos surge el pesimismo, las dudas, incluso la desesperación, creciendo dentro de nosotros el escepticismo pues, si nada esperas no hay decepción posible.

Lo que hay que entender es que no es malo caer en la lucha, sino el no ser capaz de ponerse en pie y volver a intentarlo. Nuestra vida es imperfecta, porque nosotros somos los imperfectos y tenemos mucho que trabajar para ir perfeccionándonos; nunca nos debemos cansar en esta guerra íntima que tenemos.  En estas batallas que libramos podemos encontrarnos con dos enemigos que nos pueden hacer mucho daño; el orgullo cuando nos va bien y la desesperación cuando las cosas nos van mal, siendo ésta segunda la peor, porque quien desespera ya ha perdido la mitad de la lucha y las sombras empiezan a crecer dentro de uno mismo, siendo más difícil sobreponerse a los obstáculos, trabas o pruebas con las que nos vamos encontrando durante nuestra envoltura carnal.

Siempre hay que dar un primer paso para llegar al final del camino que nos hemos trazado, y esos pasos es mejor darlos con disciplina y voluntad, para evitar los bandazos o vaivenes  que la irresponsabilidad nos pueda ocasionar por no tener las ideas claras de dónde quieres llegar. La disciplina es la responsable de que salgan con éxito todas las realizaciones elevadas, siendo la voluntad el motor que nos ayuda a realizarlas; de esta forma conseguimos ir cambiando, haciéndonos mejores, despertando interiormente el amor que nos guiará por la senda del bien.

La fe y la esperanza tienen un mismo objetivo, creer en algo que no se ve con los sentidos físicos.  Mientras que la fe  es un sentimiento innato que se tiene en el destino futuro. La esperanza es un sentimiento de espera en  cosas buenas que sucederán en el futuro, y con esa ilusión aguardamos el mañana.

Cuando no hay nada que nos mueva, esta virtud te anima a ir hacia adelante, es como una palanca que te impulsa a seguir el camino, a pensar que hay salida, te da la seguridad en momentos de obstáculos, de dificultades, donde la vida se hace dolorosa. Cuando pensamos que las pruebas que pasamos son superiores a nuestras fuerzas, nos da la convicción de que estas situaciones tienen fin y que vendrán tiempos mejores, proporcionándonos paz en el alma y fortaleza para seguir luchando. Teniendo la certeza de que nuestra vida no es estéril, que tiene un ¿por qué? y un ¿para qué?

La esperanza se aloja en nuestras creencias más íntimas, es como una conexión que nos une al Padre, que nos ayuda a sobreponernos a los desatinos, errores, a las caídas que podemos tener en nuestro peregrinar terrestre. Nos dice que por muchas pruebas u obstáculos que podamos encontrar en el camino, y que pase lo que pase, hay una luz al final del túnel.

Sólo cuando nos sentimos derrotados, cuando nos dejamos arrastrar por nuestros defectos, nuestras debilidades, con el peligro que supone dejar las puertas abiertas a los hermanitos oscurecidos, nos embarga el sentimiento de derrota, rompemos esa conexión y nos hunde en nuestra soledad, alejándonos de los demás y perdiendo el sentido de la vida. Es en ese momento cuando debemos parar y volver la vista hacia nosotros, analizar por qué nos encontramos en ese estado de ánimo y luchar por salir. Creyendo y sabiendo que,  renunciar a nosotros mismos y centrándonos en el compromiso de ayuda hacia los demás, nos dará el sentido que necesitamos a nuestra existencia; el ayudar a nuestro prójimo cubriendo sus necesidades y dándole comprensión, conseguiremos que se haga más grande el amor en nuestro interior.

Sólo nos tenemos que fijar en nuestros hijos pequeños, para ver la esperanza; son niños que aman a sus padres, y ese amor les hace confiar, no tener dudas en el porvenir; se sienten queridos, protegidos, cuidados. Que pase lo que pase nos tienen a su lado, en las ilusiones y en las decepciones, apoyándoles, animándoles, ayudándolos para que sigan adelante, sin miedo a cualquier derrota que pudieran sufrir, porque las caídas, si se vuelven a levantar, son enseñanzas que adquieren, en las que aprenden a ser mejores.

Es uno de los sentimientos más positivos y constructivos que puede experimentar el hombre, pues quien espera algo, se le abre el futuro para poder cimentar su camino en acciones positivas, dirigidas a los demás.

La paciencia es una característica importante de la esperanza, nos orienta para no precipitarnos por tomar decisiones, hacer cosas. Nos da tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, sobre la actitud que tenemos a la hora de acometer las responsabilidades y deberes que debemos asumir, analizando los posibles efectos que resultan de todas nuestras acciones o decisiones, pudiendo actuar en consecuencia.

Cuando se tiene fe, se tiene esperanza, que nace del amor y éste cuando lo ponemos en movimiento hace que surja la caridad.

Pensemos en una escalera con una barandilla, donde podemos pensar que los peldaños son la fe que nos invita a subir, apoyándonos en el posamanos que es la esperanza para no caernos o pararnos; mientras vamos tejiendo estos dos sentimientos dentro de nosotros, iremos desarrollando de forma natural el otro gran sentimiento la caridad;  en lo alto, al final de la escalera alcanzaríamos la plenitud.

En el sermón de la montaña Jesús dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá“. (Mateo. 7:7-11).

Acordémonos de pedirle al Padre por las necesidades de los demás y por las nuestras, porque Él siempre está ahí, ofreciéndonos toda la ayuda que podamos necesitar en nuestro tránsito por el mundo material.

La esperanza nace de la fe, de la fe en Dios y el amor que va creciendo en cada uno de nosotros, ese amor nos despierta la creencia de que Él está ahí, Fiel a sus promesas y está para ayudarnos, para proporcionarnos toda la asistencia que necesitamos en nuestro caminar hacia el desarrollo espiritual. Podemos necesitar más o menos tiempo, pero nuestra meta es llegar a la perfección.

 

                                                                                                                         Gloria Quel

©2017, Amor, Paz y Caridad

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