Convivencia

CONVIVIR ES AYUDAR

 

En el devenir de los grupos, se producen multitud de situaciones constantemente, es algo natural, pues los componentes de un grupo son diferentes los unos de los otros, diferentes por su carácter, por su cultura, por la familia de la que proceden, por su grado de evolución, por la misión que traen, etc.  Esto es lo atractivo que tiene un grupo y es algo que hay que respetar y valorar al mismo tiempo.

En una comunicación que se recibió vía mediúmnica, se nos dijo que los miembros de un grupo, cada uno con su particular forma de ser  y de expresarse formaban un bonito ramo de flores. Si todas las flores fueran iguales, perderían ese atractivo multicolor, de formas y de perfumes. Por ello es fundamental que cada persona preserve su identidad, manera de sentir, y  sus características personales.

Resulta muy positivo, pues entre todos ellos se complementan, se ayudan y cubren las funciones que sean necesarias atender, en virtud de las cualidades de cada uno. Lo primordial en un grupo es entender que todos, absolutamente todos, somos necesarios, y que nadie es imprescindible. Todos somos una pieza necesaria de un engranaje más sofisticado, ninguna pieza sobra.

Sin embargo, esto también puede conllevar algún tipo de problema, si no se comprende el aspecto anterior, y si entre alguno de sus miembros surgen desavenencias porque, entre los diferentes caracteres no logren entenderse o compenetrarse. Posiblemente, todos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida, alguna situación en la que nos hemos cruzado con alguna persona y esta, sin haber hecho nada en nuestra contra, no nos ha caído bien desde el principio. Después, al conocerla un poco mejor, hemos comprendido que estábamos equivocados y que la habíamos juzgado mal. Y otras veces este hecho ha permanecido en el tiempo, seguramente porque por nuestra parte no hemos hecho nada para remediar dicha situación.

Esto es algo que hemos de atajar por todos los medios, porque supone un grave obstáculo, tanto desde el punto de vista de las relaciones humanas,  y mucho más en las relaciones dentro de un grupo. De este hecho se desprenden una serie de consecuencias bastante perniciosas para la buena proyección y convivencia, y suponen una barrera y un entorpecimiento muy perjudicial que una vez detectado debemos proponernos urgentemente resolver.

Si firmemente nos proponemos poner fin a dicha situación hemos de partir de una base de humildad, enfocando la cuestión desde el punto de vista de que el fallo está en nosotros, y que el cambio de mentalidad y de sentimientos lo hemos de centralizar sobre nuestra persona. Si pensamos que todos los errores están localizados fuera de nosotros, será misión imposible conseguir algo positivo en dicha relación.

Al mismo tiempo, tenemos que recurrir a los principios fundamentales de nuestra filosofía, que es caridad, amor al prójimo y ayuda sin poner condiciones ni esperar nada a cambio. ¿Cómo nos gusta ser tratados? Sin duda nos gusta que nos traten con cariño, con afecto, con respeto. No gusta que nos valoren, que se nos tenga en cuenta, etc. pues así mismo tenemos que hacer y tratar a los demás.

Cuando hay algo en una persona que no nos complace, que no nos cae bien, y esta  no ha hecho nada para que merezca un trato diferente al que le ofrecemos a los demás, tenemos un problema en nuestro interior. Es una prueba a superar, algo hay que debemos corregir en nuestra personalidad con respecto a esa situación, y desde luego, debemos procurar  no convertirnos en su enemigo, por acción, pensamiento, sentimiento u omisión, muy al contrario hemos de procurar  prestarle cercanía, respeto y tolerancia.

El simple hecho de que una persona no nos caiga bien, supone, como intentamos recalcar, un grave problema para la convivencia,  procuramos que otros, los más afines piensen igual. Creamos sin darnos cuenta una especie de bandos con propósitos de batallar. De ahí surge la crítica, la incomprensión, la falta de respeto hacia todo lo que diga o haga la otra persona, en fin una cadena de despropósitos que conducen a una cangrena interna dentro del grupo que destruye la convivencia, y con ella todas las grandes ventajas que se derivan de la misma.

Es decir, estamos promoviendo y generando todo lo contrario que se debe propiciar en un grupo, máxime si este tiene connotaciones espirituales,  si nos llamamos espiritistas. En lugar de hermanos nos convertimos en enemigos, en contrincantes, en inquisidores. Exigimos que cambien los demás, somos capaces de afirmar que tenemos toda la razón, echamos toda la responsabilidad al resto. Mientras, ¿nosotros que hacemos?; simplemente querer dominar, gobernar, mandar, querer llevar la batuta.

Obrando así, estamos muy equivocados, en un grupo espiritual ha de primar la solidaridad, la fraternidad, el entendimiento, la humildad, y el que crea que está por encima de los demás es el primero que tiene que dar ejemplo.

Hay dos maneras de proceder completamente opuestas. La primera es la más generalizada. Tratamos de llevar la razón, creemos que los otros son los responsables de nuestras faltas, carencias o errores, con ello pretendemos que ellos cambien, no actuamos con nobleza, tratamos de llevar a nuestro terreno a los demás. Damos pie a la crítica, a la censura, hasta a la  maledicencia, perdemos la parcialidad y no vemos nada positivo en otros compañeros del grupo, que, sin embargo lo que quieren y desean para el mismo es que este progrese y consiga sus objetivos, al igual que nosotros. Pero no nos quedamos ahí, queremos destruir al compañero, que ya no es eso, es un contrincante, un adversario, lo descalificamos y empleamos todos los argumentos para conseguir nuestro objetivo.

La segunda es la más difícil, es la espiritual, es intentar llevar a la práctica las enseñanzas morales, lo que a la postre es nuestra misión en la tierra, no ver la paja en el ojo ajeno, sino la viga en el nuestro, nos sentirnos molestos  con nosotros mismos por la fealdad de nuestra actitud hacia  otros compañeros, por considerarlos no iguales a nosotros, quizás hemos pensado en algún momento que nos pueden molestar para conseguir puestos deseados, entonces vemos el mal en nosotros, lo consideramos perjudicial para nuestra salud interna, para los fines del grupo, e intentamos corregirnos.

 Si somos nobles y humildes, debemos pensar si en algo podemos ayudar a esas personas, por ejemplo, quitando las barreras y allanando el camino. Acercándonos a ellas e intentando comprenderlas, conseguiremos con toda seguridad que se nos vayan las manías que teníamos  y verlas de otro modo. En realidad si tomamos esta decisión a quien más estamos ayudando es a nosotros mismos, porque estamos haciendo un esfuerzo para corregirnos y estamos progresando.

Tenemos que intentar profundizar en los aspectos espirituales, cuando nosotros o cualquier otra persona, tiene una forma de ser, de expresarse, de hablar, de lo que sea, eso tiene unas raíces profundas, no es fruto del día de ayer, es consecuencia de muchas experiencias, y hemos de ayudarles a mejorar, esta ayuda comienza por nuestro ejemplo, por ser tolerante, comprensivo y respetuoso. No podemos dar ejemplo desde los altares, el ejemplo se da a pie de calle y con las obras.

Convivir es ayudar a mejorar lo que tenemos, desde la base de construir, de abrazar a todos, de no crear diferencias ni privilegios entre los miembros de una sociedad, no olvidemos que todos somos necesarios y nadie imprescindible.

Convivir no es destruir, pelear por lograr una supremacía. Dios nos ha hecho a todos iguales, y nos ha encomendado la misión de ayudarnos y de convivir en paz y en armonía.

Fermín Hernández Hernández

© 2014 Grupo Villena

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