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PENSAR EN LOS DEMÁS

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¿Hemos valorado en alguna ocasión si podemos remediar, o por lo menos aminorar, el sufrimiento ajeno? Esta cuestión queda sin respuesta en la sociedad del hombre del siglo XXI pues ni tan siquiera llegamos a plantearla.
Nuestras aspiraciones únicamente buscan el be­neficio de nosotros mismos y de nuestro entorno, con lo cual relegamos al más completo de los olvidos a to­das aquellas personas que sufren, bien moral, física o psíquicamente, afectadas por algún tipo de situación, cuya solución bien podría residir en nuestras manos.
En nuestra lucha diaria por obtener mayores bienes materiales y mejorar nuestras condiciones per­sonales, nos olvidamos de los que nos rodean y de sus necesidades más elementales. Cuando la fortuna nos sonríe pasamos por alto la idea de un Dios que preside nuestros destinos y erradicamos de nuestra mente toda concepción espiritual que requiera de nuestra renuncia y sacrificio. Pero ¿qué ocurre cuando el sufrimiento hace su aparición? Entonces, clamamos al cielo, le solicitamos expresamente una explicación a nuestro dolor, y a partir de ahí comenzamos a observar lo equivocado de nueátro comportamiento.
Lamentablemente, es así, no nos apercibimos de la intensidad del sufrimiento de otras personas hasta que una situación similar la vivimos en nuestra propia carne. ¿Es útil, pues, el sufrimiento, si por lo menos nos ayuda a sensibilizar nuestros ya distorsionados sentimientos, y comenzamos a preocuparnos por los demás?
No debería ser preciso incurrir en tal situa­ción, máxime cuando disponemos a nuestro alcance de los suficientes conocimientos y experiencias que nos demuestran que las actitudes egoístas conducen al individuo a la soledad y a la infelicidad más abso­lutas.
Si deseamos que los demás nos atiendan cuando lo necesitemos, hemos de comenzar por ayudarles en sus necesidades actuales. Para recibir es preciso primero dar.
Sin lugar a dudas, uno de los deseos de todo ser humano es ser apreciado y querido por los que le rodean, y no ignoramos que para llegar a esta situación es preciso merecerlo, es necesario hacerse querer. Aunque este último punto es más difícil pues requiere un esfuerzo por nuestra parte, el cual no siempre estamos dispuestos a realizar.
La mejora de nuestras condiciones actuales no ha de basarse únicamente en los aspectos materiales que nos rodean, sino en lo más importante, en las relaciones humanas y nuestro trato con las demás personas. No en vano la convivencia, cuando es armónica, ofrece al ser humano bienestar y alegría.
Llegará el día en que nuestras concepciones sobre la vida cambiarán profundamente, y todo el panorama actual se modificará, dando paso a unas rela­ciones humanas basadas en el respeto y la amistad, donde no tengan cabida las diferencias de clases, razas, sexo, religión, etc. Por si fuera poco, también tendremos aprendida la lección de la inutilidad de las guerras y las violencias, nuestras únicas aspiraciones serán la mejora de nuestro entorno y del mundo que nos rodea.
REDACCION

EL ORIGEN

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   Continuando con la exposición de esta sección iniciada en el mes pasado, la controversia entre ciencia y religión fue sustanciada con amplios debates a lo largo de la historia y que alcanzaron su punto álgido con la aparición de la teoría de la
evolución de las especies de Darwin y Russell Wallace. 
 
   Estos enfocaron la ley natural alejados de cualquier premisa teológica o religiosa, basando sus observaciones únicamente en los parámetros científicos del siglo XIX, ocasionando una gran polémica de las fuerzas religiosas tradicionalistas que veían detrás del origen de la vida y del universo únicamente la intervención divina.
 
   Darwin y Wallace llegaron al concepto de la teoría de la evolución de las especies y de la selección natural cada uno por su cuenta, y aunque contemporáneos y coincidentes en la mayoría de preceptos y postulados científicos, mantenían algunas pequeñas diferencias, sobre todo respecto al origen de la inteligencia humana que Darwin situaba también en el entorno evolutivo de las especies pero que Wallace afirmaba no poder explicar esta característica humana por el proceso de la selección natural en la que siempre sobrevive el mejor adaptado.
 
   Sea como fuere, las religiones dogmáticas de la época se apresuraron a condenar explícita e implícitamente esta teoría de la evolución; y para comprobar que lento es el progreso de la humanidad en algunas áreas del pensamiento y el progreso científico, baste observar cómo hoy, siglo y medio después de aquello todavía las religiones dogmáticas siguen manteniendo sus postulados con firmeza y rechazan de plano la teoría de la selección natural.
 
   Lamentablemente, también algunas de las teorías darwinistas han quedado obsoletas, pero lo que hoy ningún biólogo serio y científico niega es que la evolución humana, en lo que a características físicas, genéticas y fisiológicas se refiere, está perfectamente explicada en el origen y evolución de las especies.
 
   La religión, sobre todo las monoteístas y preferentemente occidentales, argumentan sus postulados en la creación divina, sin ninguna concreción científica y apelando al espíritu del dogma, de la tradición y de la palabra revelada por Dios y sus diferentes profetas enviados a la tierra.
 
   Ambas posturas son respetables, y también ambas deberían ser objeto de revisión por aquellos que las mantienen en el tiempo de forma inmutable, sin intentar avanzar en nuevos contenidos o postulados que ayuden a clarificar más sus conceptos. No debemos olvidar que el progreso se mide en la capacidad de investigar con una mente abierta, libre de prejuicios y convencionalismos, con total independencia ideológica y sin estar sometidos a ningún interés que condicione la investigación.
 
   Tristemente los esfuerzos realizados en ambas tendencias no se centran en buscar la verdad científica sino en reforzar los postulados de los conceptos ya mantenidos por ambas, con lo cual el resultado de estos trabajos viene ya condicionado por una total ausencia de libertad teológica y/o científica.
 
   Una vez dicho esto, y puesto que el motivo de esta sección no es entrar a debatir, pasamos a exponer cómo se analizaría el origen del hombre y la evolución del mismo en la tierra desde la óptica que nos interesa: la ciencia del espíritu.
 
   Si bien los teólogos mantienen el origen del hombre como un ser a imagen y semejanza de Dios, efectivamente hay que darles la razón en cuanto a que la semejanza viene de su parte transcendente, el alma o espíritu que le anima y le permite la vida. Esta es la auténtica semejanza con Dios, y no podemos ver en el concepto antropomórfico de Dios nada que se parezca al hombre; pues Dios no tiene forma humana, es energía, es espíritu, y no sabemos de él más que por su obra, siendo nuestra limitadísima inteligencia humana incapaz de comprenderlo. No hay que preguntarse cómo es sino quién es: Causa primera de todas las cosas e inteligencia suprema.
 
   Si aceptamos, como dicen los teólogos, que somos “creados” por él, estamos refiriéndonos al alma o espíritu como chispa divina, aquí encontraríamos el origen de la vida del hombre, cuando la evolución de esa psique, alma o espíritu (como queramos llamarle) alcanza en un momento determinado la capacidad raciocinativa y volitiva que nos distingue de los animales.
 
   Esa chispa divina es como una semilla que lleva implícita las características, capacidades y recursos de un árbol frondoso que se ha de desarrollar. También es cual tabla rasa en experiencias conscientes pero no así inconscientes, pues el origen y formación de ese psiquismo hasta que se adquiere la consciencia, está formado por multitud de capacidades heredadas de la evolución en otros reinos de la naturaleza. Y es aquí donde entroncamos con la experiencia evolutiva de la teoría darwiniana en su aspecto psíquico y no físico. 
 
   Como podemos ir comprobando, el inicio del camino nos conduce a un ser humano parte material y parte espiritual o psíquica, ambas en estado evolutivo. Y como se puede entrever, tanto la concepción del origen del hombre del creacionismo y del evolucionismo tienen puntos en común que se acercan entre ellos cuando se complementan con la comprensión de la ley de evolución.
 
   Esta es la gran norma que rige las bases de la evolución consciente en todo el universo, afectando principalmente a la naturaleza humana que tiene por objeto, proporcionando las bases del origen del hombre, del porqué y del para qué de su aparición en la tierra, de cómo ha de desarrollarse en sus distintas etapas y de cuál es el futuro que le espera. Pero también ordena y estructura la evolución de los mundos, planetas y galaxias que pueblan el infinito.
 
   Es la ley de leyes, y todo esto será objeto de un análisis posterior en meses sucesivos; baste por el momento comprender que, tanto la teoría científica como la religiosa tienen su parte de verdad y no están tan lejos como parece, únicamente les falta comprender el eslabón perdido de las leyes espirituales que rigen la vida del hombre en la tierra y en todo el universo.
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012

LOS IDEALES ESPIRITUALES

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  En innumerables ocasiones él ser humano se siente abrumado por las circunstancias. Llega a creer que las dificultades y problemas son más fuertes que él y se derrumba, pierde toda ilusión y esperanza.
 
  Cuando a esta situación unimos que, además, se carece de unos ideales espirituales que nos permitan mantener nuestro estado de ánimo alejado de las ideas pesimistas, nos veremos abocados a sumirnos en la apatía y en el más completo de los desánimos. 
 
  Si para nosotros no existe nada transcendente más allá de la materia, atribuiremos las desdichas y problemas diarios que nos acontecen al puro azar, y llegaremos a pensar que no existe justicia ni razón de ser para que haya tanta desgracia en el mundo, y de ahí a negar la existencia de Dios sólo hay un paso. 
 
  Sin ideales espirituales, nuestra moral y comportamiento se ajustarán a los propios caprichos y buscaremos de la vida, únicamente, la satisfacción de nuestros gustos personales, huyendo de todo aquello que nos suponga cualquier tipo de esfuerzo, o que signifique ayudar altruista y desinteresadamente a los demás. 
 
  Hay personas que no necesitan ayudarse de unos conceptos espirituales o transcendentes, su sencillez y cualidades morales se encargan de crearle un bienestar y un comportamiento positivos ante cualquier tipo de dificultad. Actúan con corrección de forma natural, sus sentimientos derrochan altruismo y contagian a tos demás con su alegría y paz interior. 
 
  Sin embargo, hay otras que, de un carácter más mental y escéptico, se realizan innumerables preguntas acerca del porqué y para qué de su existencia, y buscan incansablemente respuestas a esas cuestiones que les inquietan. Para ellas, unos razonamientos espirituales sólidos a los que no le falta la base moral, filosófica y científica, sin duda les brindarán un apoyo que calme su sed espiritual y les otorgue unas nuevas perspectivas en su monótona e incomprendida existencia.
 
  Por otra parte, aquellos que se debaten en el dolor en cualquiera de sus manifestaciones. llegan a plantearse el motivo de tanto sufrimiento. y también para ellos pueden existir respuestas esclarecedoras que incentiven su fortaleza espiritual y le ayuden a afrontar cualquier prueba con otro estado de ánimo. 
 
  En definitiva, las ideas de índole espiritual pueden ofrecernos un apoyo importante a cada cual, en su caso particular, pues nos abren nuevos horizontes al ofrecernos respuestas a un mar de dudas e incomprensiones, incentivan en nosotros la fe y la esperanza, y comenzamos a ver la vida con mayor amplitud y transcendencia, erradicando el fantasma de la nada después de la muerte. 
 
  Por todo ello, la profusión de esa enorme cantidad de ideas espirituales siempre resulta beneficiosa, ahora bien, hemos de saber cuál se adapta más a nuestra forma de pensar y actuar. Debemos analizar el grado de positividad que encierra y hasta qué punto nos permite mejorarnos moralmente y ofrecer una ayuda a los demás, a la sociedad que nos rodea. Una idea es positiva si plantea aspectos que ayuden a hacer mejor al ser humano y sus seguidores la llevan a la práctica en su vida diaria. 
 
REDACCIÓN

INTRODUCCIÓN

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  Iniciamos hoy una nueva sección que pretendemos mantener en el tiempo durante meses. El objeto de la misma no es convencer a nadie de lo que en ella se desarrolle; sino invitar a la reflexión y a la comparación entre las dos vías que se enfrentan en los pensamientos filosóficos, religiosos y científicos sobre el origen
de la vida, contrastándolas con la “tercera vía”: la que nos ofrece la ciencia del espíritu con sobrados argumentos y explicaciones lógicas y racionales que pueden enfrentar a las dos anteriores sin ningún reparo y en condiciones de igualdad.
 
  Es de reciente actualidad el famoso debate que proviene del siglo XIX entre Creacionismo y Evolucionismo y que intenta explicar a su modo el origen de la vida en la tierra y su desarrollo posterior. Este debate, creado a partir de los descubrimientos de Darwin, Russell Wallace y otros sobre la teoría de la evolución, en el fondo no es más que la continuación del antiguo litigio entre ciencia y religión, que viene siendo debatido desde las épocas más antiguas de la humanidad.
 
  No es nuestra intención denostar o criticar ningún planteamiento científico o religioso, sino simplemente, exponer las características de las dos posiciones mantenidas por los religiosos y los científicos sobre este tema y ofrecer al mismo tiempo las ideas y reflexiones que un conocimiento profundo de las leyes espirituales ponen de manifiesto sobre el tema del origen de la vida y del ser humano. 
 
  Con este contraste de pareceres y esta tercera posición, el lector podrá apreciar nuevas posibilidades hasta ahora insospechadas, y que, lejos de enfrentar pareceres o ideas, acercará posturas entre esas dos opiniones ya que, el eslabón perdido de esta discusión sobre el origen de la vida se encuentra precisamente en la tercera vía que intentaremos explicar y detallar en los próximos artículos.
 
  Reflexionaremos sobre el origen del universo y la aparición del hombre en la tierra como un ser integral, y no sólo parcial, abarcando sus aspectos fisiológicos y espirituales. 
 
  Explicaremos las etapas que el ser humano ha de recorrer por los diferentes estadios evolutivos y mundos que pueblan el universo. Etapas que todas ellas son válidas para comprender el desarrollo de la evolución humana desde la aparición del hombre hasta aquí y de lo que le espera en un próximo futuro.
 
  Analizaremos las fuerzas contrarias al progreso del ser humano, tanto físicas, sociales, espirituales y de otro índole.
 
  Ubicaremos la coyuntura actual de la tierra, de la sociedad y del momento que vive el planeta en este proceso evolutivo. Y en relación con este tiempo que nos ha tocado vivir, reflexionaremos sobre nuestro papel como seres humanos: qué podemos hacer y cómo lo llevamos la práctica; averiguando primeramente si es casualidad lo que nos toca vivir y cómo encajamos nuestras vidas en estos tiempos de confusión y turbulencias.
 
 Si, cómo es presumible, derivamos de lo anterior una responsabilidad social, profundizaremos en cual podría ser nuestra aportación para mejorar la realidad que nos ha tocado vivir, cómo hemos de prepararnos para ello y de qué manera nos afecta a nosotros y a aquellos con los que nos relacionamos.
 
  Además de los vínculos personales intentaremos explicar cuál es la postura a mantener respecto a la naturaleza y el universo que nos rodea, esbozando conceptos de la nueva sociedad que se avecina en ese proceso de evolución en el que se encuentra inmerso el planeta.
 
  Sabremos igualmente si, en la asunción de la posible responsabilidad social a la que hemos aludido anteriormente nos encontramos solos o contamos efectivamente con ayudas de otras fuerzas y colaboradores que nos harán más fácil nuestra labor.
 
  En definitiva, contrastaremos la opinión teológica y científica frente a las leyes espirituales que rigen el proceso evolutivo del ser y que no son otra cosa que la auténtica y más coherente explicación al desarrollo del ser y su destino, o lo que denominaremos más adelante como “La tercera vía: Evolución Espiritual”. 
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012

LIBERALIZACIÓN IDEOLÓGICA

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   En análisis realizados sobre ideas y reflexiones sociales que proponen cambios de rumbo en la concepción de entender la vida y realizarse como personas, se observa, como pauta fundamental que, todas aquellas ideologías o fundamentos sustentados en planteamientos dogmáticos, jerárquicos o que no aceptan la crítica
o el análisis de la razón son ideas condenadas al fracaso y a la desafectación de la humanidad en este siglo XXI, donde la libertad de expresión y el ansia de libertad ideológica y  religiosa es algo imparable que no acepta negociación alguna, sobre todo en los jóvenes.
 
La necesidad de liberar los corsés de las ideologías políticas, religiosas, científicas y sociales es la clave del progreso de la humanidad presente y futura. El desarrollo social, la educación y la capacidad de discernir y discurrir por uno mismo hace que  métodos y formas empleadas en el pasado como dogmas científicos, religiosos o políticos, estén fuera de lugar, pertenecen a sociedades del pasado, y los individuos que se encuentran acomodados aceptando esas situaciones, las asimilan como propias por conveniencia, intereses egoístas y sin afán de progreso y cambio alguno.
 
Quienes así actúan dentro del ámbito científico, político o religioso son personas habituadas a mentalidades inmovilistas, sin capacidad de colocarse en la senda del progreso. En esto también influyen las élites, que con una actitud conservadora y tradicionalista impiden que el mundo avance y progrese más rápidamente porque se sienten, equivocadamente, por encima de otros seres humanos por su clase social, económica, política, y no les interesa que nada cambie.
No obstante el progreso es imparable, y el avance de las sociedades también, por mucho esfuerzo que los políticos empeñen en su “pensamiento único”, que los religiosos acudan al “dogma inmutable”,  que los científicos se enroquen en “la verdad científica absoluta”, o que los iconos sociales que determinan tendencias e influyen en las colectividades, se empeñen en “dirigir el rumbo de la sociedad hacia lo que les interesa”.
Cuando se comprende la evolución de la humanidad desde una perspectiva no solo atemporal, sino incluso científica y espiritual, nos percatamos de lo pequeños que somos, de la insignificancia que este mundo y su humanidad representa dentro del vasto universo en el que nos desenvolvemos.
Cuando tomamos consciencia de nuestra posición y nuestro peso en esta infinitud universal, es cuando empezamos a comprender que ni la ciencia, ni la religión ni la política ni los referentes sociales están en la verdad absoluta. Comprendemos entonces que somos niños en el apartado evolutivo, científico y tecnológico y no digamos en desarrollo ético-moral donde apenas hemos llegado a la primaria. A partir de esta reflexión alcanzamos a discernir que, en función de nuestro escaso nivel evolutivo, estamos comprendiendo el universo en ese mismo grado. Nuestra concepción de el universo y la vida es limitada, imprecisa y en algunos aspectos poco desarrollada. 
 
También somos capaces de entender entonces que existe un enorme desfase entre el desarrollo tecnológico (que no científico) y el desarrollo ético-moral de nuestra humanidad hoy día. Este desequilibrio; es fuente de enormes y complejos problemas como el de la injusta distribución de la riqueza en el planeta, la injusticia social, la nula capacidad de entendimiento entre los hombres. Es pues el fruto del egoísmo humano el que desencadena las guerras, el hambre, la injusticia y la falta de fraternidad y solidaridad en el planeta.
 
Muchos argumentan que la pérdida de los valores tradicionales es la fuente de estos desequilibrios; pero lo hacen, no con la intención de reiniciar un proceso de mejora en la sociedad, sino de retornar a comportamientos sociales e ideologías dogmáticas que pretenden seguir controlando el desarrollo humano, restringiendo la libertad personal y asegurando, según ellos, el orden y la paz social.
 
Este planteamiento, aunque puede tener algunas dosis de veracidad (porque muchos valores anteriores muy positivos han quedado relegados a un segundo plano por una sociedad hedonista); es sin embargo erróneo, ya que no busca el progreso de la libertad del individuo y su emancipación y realización integral.
 
Así pues, las opciones de conseguir una sociedad más justa y solidaria pasan casi exclusivamente por aceptar que estamos en nuevos tiempos, que exigen nuevas formas de comportamiento social más acordes al esfuerzo personal y el respeto por el semejante.
Si perdemos el respeto por los seres humanos que poblamos el planeta estamos condenados al fracaso de la raza humana y, lamentablemente, las élites que dirigen el mundo y la sociedad no quieren ser conscientes de esta realidad porque su propio egoísmo les impide ver la gravedad de un cambio social que, desde hace algunas décadas, está ya operando en los comportamientos y formas de pensar de los individuos.
 
No son pues las instituciones, los estados, los organismos internacionales, etc. los que van a implementar estos cambios que se acercan a marchas agigantadas, porque no tienen la capacidad ni la voluntad de ejecutarlos. Son las personas, simple y llanamente con sus actitudes sociales y reivindicativas en todo el planeta, y  de forma apenas imperceptible, las que van a ir consolidando unas formas de pensar y actuar que derivarán en un nuevo tiempo, que exigirá nuevas normas de articular una sociedad más justa y coherente, más solidaria y más humana.
 
La resistencia de las élites, de algunos gobiernos, estados e instituciones será numantina pero no podrán conseguir parar lo que se avecina, antes al contrario, su inmovilismo y su incapacidad acelerarán los problemas y los acontecimientos, potenciando enfrentamientos y graves disturbios sociales que ya se están dejando notar por todo el planeta y en algunos países más que en otros.
 
La clave es la solidaridad y su enemigo el egoísmo
 
A.LL.F.

© Grupo Villena 2012

ACTIVIDADES Y TIEMPO LIBRE

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  Las condiciones que la sociedad actual nos brinda con respecto al bienestar y comodidad exte­riores son importantes y a tener muy en cuenta. La era de la industrialización e innovación tecnológica
, ha ofrecido al ser humano de hoy una serie de oportunidades y posibilidades con las que antaño no contaba. Estos nuevos ingenios posibilitan, al hombre disponer de tiempo para desarrollar facetas que en otros momentos solo podían cultivar las clases mas favorecidas. 
 
  Muchas personas que anhelan disponer de un tiempo libre suficiente para dedicarse a aquellas actividades que les gustan o con las cuales se sienten identificados: deportivas, culturales, sociales, religiosas y un largo etcétera. 
 
  Puede ocurrir que no se cuente con gran cantidad de tiempo libre y sea preciso decidir en qué actividades conviene dedicamos, haciendo de ellas una valoración no únicamente en cuanto al gusto personal sino también con respecto a la utilidad que se puede obtener de las mismas. 
 
  La gran cantidad de distracciones y acti­vidades que existen en la actualidad hacen preciso que seleccionemos aquello que más nos interese, valorando los beneficios o perjuicios que vamos a obtener. En  este sentido, el ocio, o tiempo de inactividad, debe ser ocupado en actividades productivas, nunca en aspectos que a priori nos proporcionen bienestar y que posteriormente vayan en detrimento de nuestra salud física o mental, o perjudiquen a otras personas. 
 
  La persona que se halla continuamente ociosa y no emplea su tiempo con acierto no tarda en acercarse a vicios y situaciones nada provechosas que le ocasionarán más de un problema. Por tal razón, es conveniente seleccionar el tipo de actividad a desarrollar y volcarse con la mayor ilusión en la realización de la misma, pues de este modo evitamos que aniden en nosotros pensamientos o sentimientos que nos infunden desánimo, apatía y comodidad, verdaderos causantes de infelicidad y desequilibrios. 
 
  Existen innumerables actividades que pueden ayudarnos a aprovechar mejor nuestro escaso tiempo, y nos infundirán mayor ánimo y entereza ante las difi­cultades diarias que se nos presentan. Incluso existen actividades altruistas que desarrollan nuestras cuali­dades interiores y ayudan además a otras personas. 
 
  No hay que dejar pasar el tiempo sin aprovecharlo plenamente. Hay muchas cosas que deseamos hacer pero que al exigir de nosotros un esfuerzo dejamos de realizarlas, en cambio malgastamos nuestros días en situaciones o aspectos que no nos ayudan a realizarnos interiormente. 
 
  No permitamos que la comodidad se adueñe de nosotros. Sepamos discernir lo que más nos conviene y alejémonos de aquellos aspectos que no nos benefician mas que momentáneamente. Busquemos nuestro engrandeci­miento espiritual en el fomento de trabajos y reali­zaciones que redunden en la mejora del ser humano en cualquiera de sus facetas: moral, social o cultural. Es ahí hacia donde hemos de encaminar todas nuestras miras. 
 
REDACCIÓN 


CONFERENCIA, REENCARNACIÓN ¿TEORIA O REALIDAD?

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  •  ¿Hay vida después de la muerte?
  • ¿Sólo se vive una vez?
  • ¿Qué nos dice la Historia y la Ciencia al respecto?
  • ¿Si la Reencarnación es real, puede cambiar nuestro modo de ver la vida?

DIALOGO Y RELACIONES HUMANAS

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  Uno de los aspectos que más echa en falta el hombre del siglo XXI es el de la relación humana. La comunicación libre y espontánea, en la que se expresan los más hondos sentimientos de amistad y buenos deseos es cada día más escasa en nuestra sociedad.
 
 
  Anteriormente, sobre todo en pequeñas ciudades, existían una mayor relación y trato entre todos los habitantes, siendo totalmente natural la comunicación de nuestros pensamientos y sentimientos. Sin embargo, con la aparición de la «era del consumismo» se ha coartado ese aspecto tan importante de la relación humana con las personas que nos rodean; buscamos hoy, por encima de todo, la satisfacción de nuestros intereses egoístas y nos olvidamos de cultivar toda esa serie de valores humanos que nos engrandecen y son productores de satisfacción y felicidad interiores. 
 
  El hombre de hoy cuando cae en las redes de la mentalidad consumista se va volviendo cada vez más egoísta, para él sólo existe un objetivo: consumir. Dedica la mayor parte de su tiempo en trabajar para obtener dinero con el que poder adquirir toda esa serie de objetos que nuestra sociedad nos plantea como imprescindibles. No se da cuenta de que olvida otras tareas importantes en su vida. 
 
  La familia es la primera perjudicada puesto que no se le dedica suficiente tiempo, se descuida la vida de relación entre los cónyuges y lo que es peor pasamos por alto la educación de nuestros hijos. 
 
  Mas no es cuestión de tiempo lo que perjudica a la familia, sería preferible decir que es por la escasez de interés e ilusión; aspectos que es preciso saber cuidar y desarrollar diariamente. Si olvidamos esto, otra serie de situaciones harán mella en nuestro interior, como son la apatía y la insatisfacción, y cuando la persona se encuentra en este estado ve como única salida la evasión, buscando una posible solución en el aspecto material, en las muchas facetas, no siempre positivas, que se nos ofrecen. 
 
  La ajetreada vida a la que el hombre de hoy se ve sujeto influye muy negativamente en su interior. El estrés, la depresión, los desequilibrios emocionales y un largo etcétera son los males que imperan en nuestra sociedad. Sus causas no hemos de buscarlas en situaciones físicas, al contrario, se trata de un aviso que nuestro psiquismo nos da ante tanto ataque y desarmonías interiores a las que nos vemos sujetos por participar de esa mentalidad puramente egoísta. 
 
Para llevar una vida equilibrada no hemos de permitir que las situaciones exteriores nos afecten. ¿Cómo?, cabría preguntarse. De forma muy sencilla, ocupando nuestra mente y emociones en esos aspectos espirituales que tan relegados al olvido tenemos. Buscando la actividad rechazaremos la comodidad. Procurando cultivar el diálogo y la comunicación alejaremos el fantasma de la soledad y el aburrimiento. Siempre que procuremos actuar bien no daremos paso a los malos pensamientos. Los aspectos materiales que la vida nos ofrece son positivos siempre que no hagamos un uso indebido de ellos. No debemos dejarnos llevar por las costumbres materiales de «la masa», hemos de saber entresacar las circunstancias positivas de cada situación. 
 
REDACCION 
 
 
 

PROBLEMAS DE LA PERSONALIDAD HUMANA

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   Son muchas las facultades que capacitan al ser humano para discernir lo correcto de lo que no lo es; la voluntad de aplicar lo justo antes que lo injusto, la nobleza de actuar con coherencia y sinceridad sin pretender engañarse a sí mismo con falsas
expectativas que distraen la solución de los problemas al no querer enfrentarlos y sí desviarlos. 
 
   Esta actitud de no querer enfrentar los problemas que nos surgen en la vida diaria sale del interior del propio hombre: la ley del mínimo esfuerzo y la comodidad de las situaciones nos impiden muchas veces actuar de forma directa, buscamos siempre rodear la situación e incluso apartarla de nuestra mente creyendo erróneamente que desaparecerá el problema o se solucionará por sí mismo.
 
  Lamentablemente la experiencia demuestra que si no se enfrenta el problema, con el tiempo se hace más grande, e incluso el tiempo perjudica su solución hasta llegar a ser irreversible. Baste como ejemplo, en el campo de las enfermedades mentales, algunas patologías que se enrocan en nuestra mente y que nos llevan a estados de desequilibrios emocionales y psicológicos por no poner la solución adecuada a su debido tiempo. 
 
  Si esto ocurre a nivel fisiológico y mental, ni que decir tiene que en el apartado de la ciencia del espíritu las situaciones son todavía más claras y decisivas, puesto que la materia es temporal y transitoria mientras que el espíritu es inmortal y guarda en su interior el acervo y la trayectoria de todo nuestro pasado: con nuestra historia profunda, con nuestro bagaje personal, único y diferenciado, donde se entrelazan las virtudes, defectos, actitudes y aptitudes psicológicas, sociales, mentales y espirituales que condicionan y forman nuestra personalidad presente.
 
  En este análisis tenemos la ventaja y la claridad de contemplar al ser humano en su concepción integral: la de un ser eterno en proceso evolutivo cuya meta es la perfección; donde la reencarnación nos permite, vida tras vida, alcanzar nuevas metas de progreso mental y de conciencia, nuevos límites de conocimiento y evolución personal  y espiritual.
 
   El desarrollo de un análisis ceñido sólo a la vida presente está cojo y deficiente, al no contemplar que la integridad del ser humano viene de atrás y que para diagnosticar correctamente hay que tener en cuenta tanto el presente como sobre todo el pasado.
 
  Pero volviendo a nuestro examen desde el punto de vista de la ciencia del espíritu inmortal, la solución de los problemas tiene varias vertientes que es preciso mencionar a continuación y que nos ayudará a entender mejor cuál es el origen de los mismos, a fin de poder identificarlos y corregirlos.
 
  Entre las distintas vertientes que originan problemas que acucian la personalidad humana, en su  aspecto transcendente, se encuentran las siguientes:
 
  1.- Puede tratarse de procesos deudores, originados en el pasado; en una vida anterior y que debemos reparar en esta existencia porque la ley de causa y efecto así lo determina aplicando la justicia divina que a todos trata por igual. (Expiación)
 
  2.-  Puede ser un proceso de prueba que el propio espíritu se impone a sí mismo antes de encarnar para intentar superar la dificultad y con ello encarar de forma nítida y fortalecida el resto de su existencia y los retos que ha propuesto superar. (Prueba)
 
  3.- También pueden ser problemas inducidos por el libre albedrío de espíritus enemigos del pasado que intentan a través de la obsesión cobrar deudas que piensan tenemos contraídas con ellos. (Obsesión)
 
 4.- Puede tratarse de la propia actitud de libre albedrío de aquellos que vienen comprometidos con nosotros en una vida (familiares) y que lejos de entender el motivo de la relación que nos une, se empecinan en mantener sus hábitos perniciosos y llegan a condicionar nuestras decisiones y libre albedrío hasta el punto de hacernos perder el norte de nuestro objetivo y compromiso pre-encarnatorio. (Relaciones)
 
  5.-  Y también puede acontecer que ante determinadas pruebas que la vida  nos presenta, no seamos capaces de discernir qué es lo que debemos hacer, optando por la actitud más cómoda materialmente hablando, dejándonos llevar por el materialismo imperante y renunciando de hecho al objetivo que traemos comprometido con el esfuerzo y la superación de aquello que se nos presenta. (Comodidad y materialismo)
 
  6.- Y por último puede también acontecer que nuestros propios defectos e imperfecciones morales tengan tanta fuerza y dominio sobre nosotros que una vez encarnamos se impongan de forma definitiva a la intuición que nos transmite nuestro propio espíritu, ahogando la voz de nuestra propia conciencia que intenta advertirnos de cuál es el camino que debemos tomar y para el cual hemos encarnado. (Imperfección)
 
  Sea como fuere, y si nos identificamos o no con alguna de esta casuística, lo importante es comprender que en la vida se viene con un objetivo espiritual que no es otro que el del progreso espiritual; donde cada espíritu, único y diferente, tiene su propio proyecto que debe llevar a cabo, es responsabilidad nuestra identificarlo e intentar cumplirlo, pues en ello nos va el aprovechar la oportunidad de progreso que se nos concede y que no siempre es posible obtener de la misericordia divina, debiendo esperar, a veces mucho tiempo, para poder reencarnar.
 
  Si comprendemos las leyes que rigen el proceso evolutivo del espíritu uno de los mayores errores que podemos cometer es perder el tiempo en una vida en la tierra vegetando, dejándose llevar por los acontecimientos y sin intentar llegar a la realización personal, mejorando, aprendiendo, esforzándonos por ser mejores y ayudar a ser mejores a los demás.
 
  La voluntad dirigida mediante nuestro raciocinio y discernimiento nos diferencia del resto de reinos de la naturaleza, y nos confiere el poder del libre albedrío; pero al mismo tiempo esta extraordinaria facultad nos obliga a la responsabilidad sobre nuestras actuaciones en las distintas existencias. Y las leyes evolutivas actúan de forma perfecta e inmutable cuando no somos capaces de asumir nuestras responsabilidades.
 
  Por ello, insistimos en que la espiritualidad superior se manifiesta en la voluntad, el discernimiento y la capacidad de querer asumir los compromisos que aceptamos previamente antes de encarnar.
 
 Cuando la renuncia a estos compromisos se instala en nosotros, por los  motivos explicados anteriormente u otros de otra índole, estamos sembrando en nuestro interior la semilla de la infelicidad, la frustración y el retraso evolutivo; y si ya nuestra conciencia nos lo recrimina estando encarnados, podemos pensar sin  temor a equivocarnos que, cuando retornemos al mundo espiritual, el dolor moral y la decepción por la oportunidad perdida nos llevará a un estancamiento evolutivo de impredecibles consecuencias.
 
  Es este el motivo por el cual invitamos a la reflexión a toda aquella persona con inquietudes espirituales que no se encuentre del todo satisfecha con su caminar por esta existencia. Es conveniente reflexionar para detectar dónde está el problema, el entorpecimiento, la duda, la incertidumbre que nos atenaza; y una vez detectado el problema, sin pérdida de tiempo, con la valentía necesaria, la determinación de carácter precisa y la nobleza para no engañarnos a nosotros mismos, afrontar su solución.
 
  Seamos conscientes de que en esta lucha no estamos solos, contamos con una gran ayuda desde el plano espiritual, donde aquellos que vienen con nosotros desde el momento de nuestro nacimiento desean ayudarnos, protegernos y estimularnos a cumplir con lo que prometimos realizar; pero antes de todo es preciso el paso previo de movilizar nuestra voluntad y ser los primeros en realizar el esfuerzo para luego solicitar la ayuda necesaria. “Ayúdate y te ayudaré”. “Dios devuelve ciento por uno”. “Pedid y se os dará”.
 
  Hemos de dar el primer paso: asumir riesgos, enfrentar los problemas, desterrar la comodidad que atenaza nuestra materia, trabajar en nuestras debilidades e imperfecciones a través de nuestra voluntad.
 
  Debemos ganar el mérito de la ayuda mediante el esfuerzo y la renuncia a nuestro egoísmo personal, solo así estaremos en el camino de la redención moral y el progreso espiritual que venimos a conseguir aquí en la tierra y que nos permite rectificar errores del pasado y alcanzar nuevas metas de espiritualidad superior y felicidad futura.
 
A.LL.F.
Grupo Villena 2012
 
 
 

Decidir un rumbo

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Hay determinados momentos en la vida de una persona, de todos nosotros, en que se nos plantean diversos caminos a tomar, diferentes formas de actuar, cada una con sus características, ante un mismo hecho. En realidad, esas disyuntivas se nos presentan a diario, en los actos cotidianos, pero no siempre tienen
la misma transcendencia, pues hay ocasiones en que una decisión bien tomada puede suponer un bene­ficio muy grande para nuestras vidas.
Desde un punto de vista intranscendente, a menudo todas estas circunstancias se nos pueden pasar desapercibidas, sin darle por nuestra parte importan­cia alguna. Desde este punto de vista, todo se ve bajo una perspectiva muy limitada, y frecuentemente en un contexto puramente material. Pero, conocedores de la realidad espiritual que rige nuestra existencia, no tenemos más remedio que valorar justamente estas situaciones y comprender la transcendencia que pueden tener para una más rápida evolución de nuestro espíritu.
Indudablemente, si la visión del transcurrir de nuestra vida se fundamenta en el simple azar, nada habría que objetar al respecto, pues nuestras decisio­nes perderían hasta cierto punto su valor, ya que todo estaría en última instancia regido por una casualidad arbitraria. Ahora bien, si sabemos con plena certeza que nuestra vida tiene una razón de ser, un motivo por el cual existe, y que incluso está debidamente planificada por nosotros mismos antes de nacer de acuerdo a nuestras necesidades de progreso y con el fin de lograr una mayor y más rápida evolución espiritual; entonces todo se transforma, todo adquiere una nueva dimensión, pues nada, absolutamente nada, escapa a una causalidad: todo tiene un porqué y un para qué, incluso un cómo.
Porque nosotros nos planificamos las circuns­tancias a atravesar, aquellas que más beneficio nos pueden reportar a nivel espiritual; pero las respues­tas, las acciones que de ellas se deriven, constituyen patrimonio de nuestro libre albedrío, es decir, dependen de nosotros, según creamos más oportuno. De esta forma, cualquier decisión trascendente que se nos pueda presentar en nuestra vida debemos enfocarla siempre desde un punto de vista espiritual, intentando profundizar en las ventajas que para nuestro progreso espiritual pueda reportarnos.
Hemos de intentar estar siempre por encima de las puras conveniencias materiales, no quedarnos simplemente en lo transitorio, sino mirar más allá, esforzarnos en aquello que realmente nos va a proporcionar un beneficio más duradero. ¿Dónde? En nuestra realidad eterna, la espiritual.
En ocasiones ello es difícil, y no siempre estamos dispuestos a hacerlo, pues requiere renuncia y esfuerzo constantes, y una lucha denodada contra defectos como el egoísmo o la comodidad, los cuales suponen grandes trabas en nuestro desarrollo espiri­tual. Pero, en el esfuerzo y el sacrificio se forjan las grandes satisfacciones futuras, la tranquilidad y felicidad que el espíritu siente y transmite a la materia por saberse en el camino correcto. De ahí que las grandes decisiones, a menudo tienen un significado más profundo del que sospechamos, pues acercan más o menos al espíritu del camino de su progreso, con las consecuencias futuras que de ello se derivan.
REDACCIÓN

Un alto en el camino

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  En ciertos momentos de la existencia conviene detenemos a reflexionar, a recapacitar acerca de un determinado comportamiento, hecho o situación. De ese modo se consigue, en cierta medida, conectar con nuestro fuero interno e interrogarle,
descubriendo, en muchas ocasiones, nuevos horizontes y perspectivas que ni siquiera antes habíamos imaginado. 
 
 Ese contacto que tenemos con nuestra conciencia espiritual siempre resulta positivo pues nos acerca, en mayor o menor medida, a la solución de ese problema o dificultad que estábamos atravesando, y también, arroja luz sobre esas dudas o vacilaciones que nos sobrevienen, en innumerables ocasiones, en las pruebas cotidianas. 
 
 Un nuevo año se inicia, y resulta beneficioso analizar lo positivo o negativo que ha resultado para cada uno el anterior. Si así no lo hiciéramos quizás estaríamos tropezando continuamente con la misma piedra sin apercibimos de ello; por esa razón fundamental, conviene someter a la consideración de cada uno, lo que ha significado ese periodo de tiempo, lo mucho o lo poco que ha hecho por su mejoramiento y también, por el de sus semejantes. 
 
 Ese análisis retrospectivo nunca ha de servir para lamentamos de nuestros errores, sino más bien para procurar modificar en lo sucesivo nuestro comportamiento. Aprovechándonos de ese sentimiento de automejora, convendría afianzamos en los más elevados propósitos, no sin antes recuperar la ilusión perdida y recobrar esos ideales altruistas que animan nuestra existencia. 
 
 Afiancemos en cada uno de nosotros esa idea, y aunque creamos que no somos nada y que carecemos de cualidades para desarrollar esa labor espiritual, común para muchos, sepamos que con buena voluntad e ilusión podemos conseguir aquello que nos propongamos, siempre que por sus características se trate de algo positivo, tanto para nosotros como para los demás. 
 
 Recordemos que, cuando tratamos de ayudar a nuestros semejantes, estamos poniendo en funcionamiento esas cualidades interiores de las que todos sin excepción somos portadores, y que además, somos ayudados por esas fuerzas superiores, por hermanos espirituales elevados, que esperan encontrar por nuestra parte buena disposición para ofrecernos, de forma casi intuitiva, sus consejos y sentimientos más elevados, los cuales nos incentivan a comportamos con mayor entrega hacia los demás. 
 
 De igual forma sucede, cuando los malos pensamientos y sentimientos anidan en nuestro interior y les damos cabida, las fuerzas negativas exteriores, nos influencian e infunden en nosotros peores actitudes. Una ley universal rige y regula todos estos aspectos, la Ley de Consecuencias o de Causa y Efecto ofrecerá a cada cual aquello que haya cosechado anteriormente, tanto si de bien como si de mal se ha tratado. 
 
 Nuestro porvenir es la cosecha de nuestras actuaciones presentes. El destino del ser humano no está sujeto al simple azar, es él mismo el que se gana un porvenir venturoso o desafortunado, dependiendo de cómo afronte las vicisitudes diarias. 
 
REDACCIÓN

EDUCACIÓN ESPÍRITA

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XVIII CONGRESO ESPÍRITA NACIONAL

A continuación les ofrecemos, la conferencia que nuestro compañero Antonio Lledo pronuncio en el Congreso de Calpe. Esperamos que sea de su agrado.