EL ORIGEN

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   Continuando con la exposición de esta sección iniciada en el mes pasado, la controversia entre ciencia y religión fue sustanciada con amplios debates a lo largo de la historia y que alcanzaron su punto álgido con la aparición de la teoría de la
evolución de las especies de Darwin y Russell Wallace. 
 
   Estos enfocaron la ley natural alejados de cualquier premisa teológica o religiosa, basando sus observaciones únicamente en los parámetros científicos del siglo XIX, ocasionando una gran polémica de las fuerzas religiosas tradicionalistas que veían detrás del origen de la vida y del universo únicamente la intervención divina.
 
   Darwin y Wallace llegaron al concepto de la teoría de la evolución de las especies y de la selección natural cada uno por su cuenta, y aunque contemporáneos y coincidentes en la mayoría de preceptos y postulados científicos, mantenían algunas pequeñas diferencias, sobre todo respecto al origen de la inteligencia humana que Darwin situaba también en el entorno evolutivo de las especies pero que Wallace afirmaba no poder explicar esta característica humana por el proceso de la selección natural en la que siempre sobrevive el mejor adaptado.
 
   Sea como fuere, las religiones dogmáticas de la época se apresuraron a condenar explícita e implícitamente esta teoría de la evolución; y para comprobar que lento es el progreso de la humanidad en algunas áreas del pensamiento y el progreso científico, baste observar cómo hoy, siglo y medio después de aquello todavía las religiones dogmáticas siguen manteniendo sus postulados con firmeza y rechazan de plano la teoría de la selección natural.
 
   Lamentablemente, también algunas de las teorías darwinistas han quedado obsoletas, pero lo que hoy ningún biólogo serio y científico niega es que la evolución humana, en lo que a características físicas, genéticas y fisiológicas se refiere, está perfectamente explicada en el origen y evolución de las especies.
 
   La religión, sobre todo las monoteístas y preferentemente occidentales, argumentan sus postulados en la creación divina, sin ninguna concreción científica y apelando al espíritu del dogma, de la tradición y de la palabra revelada por Dios y sus diferentes profetas enviados a la tierra.
 
   Ambas posturas son respetables, y también ambas deberían ser objeto de revisión por aquellos que las mantienen en el tiempo de forma inmutable, sin intentar avanzar en nuevos contenidos o postulados que ayuden a clarificar más sus conceptos. No debemos olvidar que el progreso se mide en la capacidad de investigar con una mente abierta, libre de prejuicios y convencionalismos, con total independencia ideológica y sin estar sometidos a ningún interés que condicione la investigación.
 
   Tristemente los esfuerzos realizados en ambas tendencias no se centran en buscar la verdad científica sino en reforzar los postulados de los conceptos ya mantenidos por ambas, con lo cual el resultado de estos trabajos viene ya condicionado por una total ausencia de libertad teológica y/o científica.
 
   Una vez dicho esto, y puesto que el motivo de esta sección no es entrar a debatir, pasamos a exponer cómo se analizaría el origen del hombre y la evolución del mismo en la tierra desde la óptica que nos interesa: la ciencia del espíritu.
 
   Si bien los teólogos mantienen el origen del hombre como un ser a imagen y semejanza de Dios, efectivamente hay que darles la razón en cuanto a que la semejanza viene de su parte transcendente, el alma o espíritu que le anima y le permite la vida. Esta es la auténtica semejanza con Dios, y no podemos ver en el concepto antropomórfico de Dios nada que se parezca al hombre; pues Dios no tiene forma humana, es energía, es espíritu, y no sabemos de él más que por su obra, siendo nuestra limitadísima inteligencia humana incapaz de comprenderlo. No hay que preguntarse cómo es sino quién es: Causa primera de todas las cosas e inteligencia suprema.
 
   Si aceptamos, como dicen los teólogos, que somos “creados” por él, estamos refiriéndonos al alma o espíritu como chispa divina, aquí encontraríamos el origen de la vida del hombre, cuando la evolución de esa psique, alma o espíritu (como queramos llamarle) alcanza en un momento determinado la capacidad raciocinativa y volitiva que nos distingue de los animales.
 
   Esa chispa divina es como una semilla que lleva implícita las características, capacidades y recursos de un árbol frondoso que se ha de desarrollar. También es cual tabla rasa en experiencias conscientes pero no así inconscientes, pues el origen y formación de ese psiquismo hasta que se adquiere la consciencia, está formado por multitud de capacidades heredadas de la evolución en otros reinos de la naturaleza. Y es aquí donde entroncamos con la experiencia evolutiva de la teoría darwiniana en su aspecto psíquico y no físico. 
 
   Como podemos ir comprobando, el inicio del camino nos conduce a un ser humano parte material y parte espiritual o psíquica, ambas en estado evolutivo. Y como se puede entrever, tanto la concepción del origen del hombre del creacionismo y del evolucionismo tienen puntos en común que se acercan entre ellos cuando se complementan con la comprensión de la ley de evolución.
 
   Esta es la gran norma que rige las bases de la evolución consciente en todo el universo, afectando principalmente a la naturaleza humana que tiene por objeto, proporcionando las bases del origen del hombre, del porqué y del para qué de su aparición en la tierra, de cómo ha de desarrollarse en sus distintas etapas y de cuál es el futuro que le espera. Pero también ordena y estructura la evolución de los mundos, planetas y galaxias que pueblan el infinito.
 
   Es la ley de leyes, y todo esto será objeto de un análisis posterior en meses sucesivos; baste por el momento comprender que, tanto la teoría científica como la religiosa tienen su parte de verdad y no están tan lejos como parece, únicamente les falta comprender el eslabón perdido de las leyes espirituales que rigen la vida del hombre en la tierra y en todo el universo.
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012

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